El ejecutor
Biblioteca Pública de Haugesund. Sábado por la mañana, 18 de octubre de 2014
Biblioteca Pública de Haugesund
Sábado por la mañana, 18 de octubre de 2014
La Biblioteca Pública de Haugesund. Antigua y venerable, integrándose en el paisaje por encima de la iglesia de Nuestro Salvador en el centro de la ciudad. Viljar todavía sentía la jaqueca de la resaca como una pesada losa sobre su cabeza. Tenía pocas ganas de entrar. Se detuvo delante de la puerta principal para concederse el tercer cigarrillo del día. Se percató de que, al pasar junto a él, la gente le miraba con expresión irritada. Por un momento se preguntó qué olería peor, si el cigarrillo o la ropa sudada con la que había dormido. Probablemente fuera la combinación de ambos lo que provocaba que la gente torciera el gesto.
Poco después se entreabrió la puerta detrás de él y un tipo alto y flacucho asomó la cabeza.
—Oye, no está permitido fumar aquí en la entrada. ¿Te importaría bajar al aparcamiento?
—¡Hola, Øystein!
La cabeza tras la puerta sobresalió un poco más. Esta vez con expresión inquisitiva.
—Ah, hola… ¿Eres tú, Viljar? No te había reconocido. ¿Puedes hacer lo que te he dicho?
Su tono no era agradable ni interrogativo. Hay personas con esa capacidad. Te preguntan algo pero al mismo tiempo te lo ordenan, sin variar la entonación.
Viljar no contestó. Se limitó a lanzar de un capirotazo el cigarrillo, que trazó un arco sobre los resecos arbustos otoñales antes de caer al asfalto. Se dio la vuelta y entró en el edificio con Øystein Vindheim.
—Qué bien que te haya encontrado, Øystein. —Viljar se aclaró la voz antes de continuar—: ¿Te acuerdas de la noche que acabamos juntos en el Bestastuå, después de encontrarnos con Henrik Thomsen en los muelles?
El bibliotecario se quedó mirando a Viljar antes de asentir levemente con la cabeza.
—Mmm… No fue hace mucho. Lo que me asombra es que tú lo recuerdes. ¡No parabas de beber como una esponja!
Viljar desechó sus palabras con un gesto de la mano. Ya tenía bastante resaca como para encima ponerse a recordar otras noches bañadas en alcohol.
—Esta mañana he tenido una charla con Henrik Thomsen. Le he preguntado si nos hizo fotos aquella noche. Me ha dicho que no. ¿Las hiciste tú?
Øystein Vindheim alzó las cejas muy por encima de la montura de sus gafas.
—¿Me preguntas si tomé fotos? Yo me fui a casa a los diez minutos, Viljar. No soporto al grandullón ese y no tenía el más mínimo interés en pasarme la noche libre con ese imbécil.
—Entonces… ¿te fuiste?
—Je, je… Tal y como me imaginaba. No te acuerdas de nada. Incluso subiste conmigo las escaleras para acompañarme, después de que pidiera el taxi. Pero, si no recuerdo mal, te paraste a medio camino cuando te encontraste con unas tías a las que conocías.
Viljar tenía un vago recuerdo de haber estado en aquellas escaleras con Øystein, pero no eran más que flashes borrosos que no habían llegado a fijarse en su memoria. Dejó aquel asunto de lado para centrarse en el verdadero motivo por el que había acudido a la biblioteca.
—Bueno, no sería la primera vez que Thomsen se inventa cosas. En fin, pero no es esa la razón por la que estoy aquí. Verás, necesito ayuda con un asunto y sospecho que tú eres el hombre indicado para pedírsela.
Viljar se detuvo delante del mostrador y esperó a que Øystein se abriera paso entre carritos y estanterías para colocarse a salvo detrás del mismo. Miró a Viljar con una sonrisa.
—Muy bien. Si tiene que ver con libros, estoy seguro de que podría ayudarte, pero eso dependerá de si quiero hacerlo.
Øystein esbozó una agria sonrisa y clavó una mirada fría en Viljar.
—¿Qué coño…?
Viljar le miró sin comprenderlo. Øystein Vindheim siempre había sido la amabilidad personificada. Eran amigos. ¿De dónde venía esa repentina hostilidad?
—Precisamente hoy no sé si me apetece mucho hablar con el Haugesunds Avis. Tengo ciertos asuntos pendientes con la periodista que escribió sobre nosotros ayer. Me ha citado incorrectamente y ahora se ha puesto en plan arrogante y ni siquiera se digna contestarme cuando la llamo. No parecéis lo que se dice muy serios últimamente.
Viljar se quedó sin palabras. Su rostro adoptó una expresión grave y distante, y Øystein se percató de ello.
—¿Qué te pasa? ¿He dicho algo malo o qué? Tendréis que aceptar alguna crítica cuando…
El bibliotecario no pudo decir nada más antes de que se oyera un puñetazo en el mostrador delante de él. Una pila de libros devueltos amenazaron con volcarse, pero cambiaron de idea en el último momento. Ahora le tocó a Vindheim abrir los ojos de par en par.
—La periodista que te entrevistó fue asesinada hace dos noches, Øystein. Estoy bastante seguro de que te habría cogido el teléfono y se habría disculpado por haberte citado incorrectamente si no fuera porque murió colgada de una soga.
—Oh, Dios mío, Viljar. ¿Fue Ranveig la que…?
—¡Sí! —lo interrumpió, y se pasó la mano por la cara luchando tenazmente para no perder los estribos.
Øystein se había quedado sin color en el rostro. Su habitual sonrisa se borró en un segundo y se agarró al mostrador con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Lamento haberme puesto brusco —dijo Viljar—. En fin… El caso es que necesito ayuda.
Øystein se quedó paralizado durante unos segundos antes de volver en sí de repente.
—Claro, claro… Lo que sea… Lo siento de verdad. Tiene que haber sido un mazazo tremendo…
Intentó torpemente darle unas palmadas en el hombro a su amigo. Viljar le apartó la mano con gesto amable.
—En realidad he venido por este asunto. Tengo indicios de que el asesino está imitando escenas de libros o películas para llevar a cabo los asesinatos.
—¿Libros…? ¿Quieres decir en plan copycat?
Viljar se quedó mirando al larguirucho bibliotecario. Él no habría empleado ese término, pero resultaba realmente apropiado. Copycat… Alguien que imita los actos de los demás. O en este caso, si daba crédito a las palabras de Henrik Thomsen, alguien que imita lo que «escriben» los demás.
—Ranveig vestida con un camisón blanco y colgando de una cuerda en el salón… ¿Te suena de algo?
Viljar sabía la respuesta, pero quería que Vindheim se lo confirmara. Este lo miró consternado. No sería humano si no le afectaran ese tipo de detalles. Era un tipo de información que la policía no solía compartir con los medios.
Øystein negó con la cabeza, y luego se detuvo antes de empezar a asentir. Viljar constató que no había tardado más de diez segundos en llegar a la misma conclusión a la que habían llegado Henrik y él. La similitud era evidente. Aun así, la policía llevaba más de veinticuatro horas sin percatarse de ella. O… bueno, tampoco sabía si lo habían descubierto.
—Pues sí… Estás pensando en Gunnar Staalesen, ¿no? Ángeles caídos. El asesino cuelga a las víctimas después de matarlas. Y todas llevan vestidos blancos.
—Correcto, Øystein, pero Thomsen afirma que lo de los «ángeles» colgando con vestidos blancos solo pasa en la película. ¿Es así?
—¿Cómo? Ni de coña. Staalesen no consentiría que introdujeran unos cambios tan importantes en su obra, ¿no crees?
Viljar se limitó a encogerse de hombros. No lo sabía y, en realidad, tampoco le importaba mucho. Øystein Vindheim se quedó pensativo un momento.
—Y, claro, luego está lo del primer asesinato.
Viljar se quedó mirando fijamente al bibliotecario sin decir palabra. El sistema de arranque de su cerebro iba algo lento esa mañana y le llevó su tiempo hacer las conexiones adecuadas. Su expresión interrogante hizo que Vindheim continuara:
—Sí, ya se lo mencioné a Ranveig Børve… El primer asesinato de la mujer que se precipitó por el balcón. Más o menos el mismo rollo.
Finalmente el cerebro de Viljar arrancó a funcionar. Comprendió que aquello era importante. Significaba que Ranveig ya había descubierto la conexión el jueves.
—¿Cómo? ¿Es que ese asesinato también está sacado de un libro o una película?
Vindheim no respondió. Se limitó a darse media vuelta y dirigirse a las estanterías del lado derecho del mostrador. Con dedos rápidos y experimentados buscó un libro en el estante. Se lo entregó a Viljar. Unni Lindell. El ángel oscuro. Viljar echó un vistazo a la contraportada y comprendió por el texto de la solapa que habían dado en el blanco.
—La novela empieza con una mujer que es arrojada por el balcón de su apartamento. Fue lo primero que me vino a la cabeza cuando leí sobre el asesinato en el periódico, pero pensé que era una coincidencia.
—¿Se te pasó por la cabeza… y no le dijiste nada a la policía?
—Je, je… Entiendo tu reacción, pero todos los asesinatos cometidos en Noruega presentan muchas similitudes con los que puedan aparecer en cualquier novela negra. Los autores hacen sus investigaciones, ¿sabes? Pero esto es demencial…
Øystein Vindheim se quedó con la mirada perdida. Sus brazos cayeron a los costados, como si le hubieran colgado en un tendedero para que se secara.
Viljar le ofreció los datos del segundo asesinato: el del vendedor de coches muerto en las escaleras de su casa tras recibir un disparo en la cabeza desde gran distancia. Vindheim negó con la cabeza. Así de entrada no recordaba nada parecido a ese crimen en la literatura policíaca. Viljar estaba a punto de desistir cuando Øystein le pidió que esperara un momento.
Un par de minutos más tarde volvió con los dos compañeros bibliotecarios, un hombre y una mujer, que estaban de guardia ese sábado. Les expuso la trama del asesinato y les pidió que intentaran recordar si habían leído algo parecido en un libro últimamente.
Los tres se quedaron pensando un rato hasta que la mujer, menuda, morena y vivaracha, pronunció las palabras liberadoras que hicieron que Viljar se levantara de la silla en que se había sentado.
—¿Podría ser de Jo Nesbø? ¿No fue en uno de sus libros donde mataban de un simple disparo a larga distancia a un abogado corrupto o algo así, en las escaleras de su casa? El asesino llevaba toda la noche apostado, esperando. Empleó una de esas armas antiguas de la Segunda Guerra Mundial…
El rostro de Øystein se iluminó.
—¡Pues claro! Eso es. Aparece en el primer tomo de la trilogía de Oslo, la de Harry Hole. Es la novela del viejo combatiente… ¿Cómo se llamaba? ¿Némesis? No… Era la anterior…
—¿Petirrojo? —respondió con rapidez la morena vivaracha.
—¡Sí! Petirrojo. Gracias, Ruth. No estoy completamente seguro, pero es posible que sea lo que estamos buscando.
Se dirigió nuevamente a los estantes para buscarlo. Al regresar, añadió:
—Creo recordar que el asesinato ocurría bastante avanzado el relato. No al final, pero al menos pasada la mitad del libro.
Le entregó el ejemplar a Viljar. Este le dio rápidamente las gracias, se colocó los libros bajo el brazo y se dirigió hacia la puerta. Al ir a cruzarla, la alarma empezó a pitar de modo infernal. Øystein acudió corriendo y apagó el mecanismo.
—¿Tarjeta de socio?
—No tengo —murmuró Viljar, mirando abochornado al suelo.
Le avergonzaba reconocer ante su amigo lo poco familiarizado que estaba con el sistema de préstamos de la biblioteca.
—¡Pues entonces ya es hora, joder! Ven conmigo —le ordenó Øystein, y empezó a preparar la tarjeta de socio para Viljar Ravn Gudmundsson.
Una vez fuera, Viljar se detuvo un instante y echó un vistazo hacia el centro urbano de la Ciudad del Arenque. En el aparcamiento del Europark avistó a un individuo con el que había estado hacía apenas una hora. Henrik Thomsen se dirigía a su coche acompañado de otro hombre que le resultó vagamente familiar.
Viljar había entrevistado a aquel hombre en relación con un robo cometido hacía varios años. Se llamaba Arve no sé cuántos. No recordaba su apellido, pero el tipo era bastante conocido en la ciudad. Henrik abrió el maletero de su coche para que el otro metiera la enorme caja que llevaba.
Viljar seguía absorto en sus propios pensamientos cuando el coche pasó por delante de la biblioteca. Entonces se acordó. El músico regional que ocupaba el asiento del copiloto resultaba inconfundible. Tocaba con la orquesta sinfónica del norte de Rogaland desde que Viljar era un chaval.
«Típico de Thomsen. Siempre le han ido las bellas artes».