El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 79 de 91

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El ejecutor

Puerto deportivo, Lindøy: Domingo por la noche, 19 de octubre de 2014

Puerto deportivo, Lindøy

Domingo por la noche, 19 de octubre de 2014

 

Las llamas se elevaban casi cinco metros por encima del poste. Lotte oyó el demencial grito de dolor desde el coche policial. Apartó la mirada. No podían hacer nada para salvarlo. El grito se convirtió en un aullido estremecedor antes de cesar definitivamente. Todo pasó en cuestión de segundos, pero a Lotte le pareció una eternidad. El hecho de presenciar cómo las llamas devoraban al hombre fue la aceptación definitiva de su derrota.

«Sea cual sea el final de todo esto, hemos perdido», pensó ella mientras se acuclillaba junto al coche y escondía la cabeza entre las manos. La desesperación y la desesperanza se apoderaron de ella, mientras la gente vociferaba y gritaba a su alrededor. Cuando volvió a alzar la mirada, pudo ver que habían conseguido derribar el poste al que estaba amarrado el cuerpo y que intentaban en vano apagarlo arrojándole agua de mar. Lotte se dio la vuelta hacia el coche. No quería ver más. No quería oír. Con manos temblorosas, cogió el micrófono de la emisora policial e informó de lo ocurrido. Pidió que enviaran una ambulancia y a los técnicos forenses, así como a los bomberos para apagar los rescoldos del incendio. Lo hizo todo de modo mecánico. Sin apenas pensar.

Se quedó mirando a los tres policías que corrían de aquí para allá por el campo como pollos descabezados. «¿Por qué se siguen afanando? De todas formas, ya es demasiado tarde».

Poco después se percató de que algo raro ocurría allí abajo. Un hombre había llegado corriendo desde el puerto, haciendo señales como un loco a dos de los agentes. Lotte se obligó a salir de su estado de apatía y echó a andar lentamente hacia ellos.

—Cuando empezó el incendio estaba cerca del cabo —oyó decir al hombre en voz alta cuando se acercaba, mientras señalaba hacia la entrada del muelle.

Lotte se acercó corriendo los últimos metros hasta llegar a donde estaban.

—¿Quién? ¿Has visto a alguien?

La voz de Lotte rompió la barrera del sonido, haciendo que los otros tres se encogieran.

El tipo del puerto se giró hacia ella y repitió lo que acababa de decirles a los dos agentes. Había visto desaparecer a un hombre en un barco por detrás del cabo más o menos en el momento en que empezó el fuego.

—Se dirigía hacia Røyksundet —puntualizó.

—¿Y dices que eso fue hará unos cinco minutos?

Lotte se había calmado un poco para no asustar más al pobre hombre, que asintió.

—Incluso menos… quizá tres minutos. Tenía que venir de la playa, si no le hubiese visto desde mi barco.

Lotte llamó a sus compañeros. Tenían que actuar rápidamente. Si estaba yendo hacia la ciudad en el barco, todavía había esperanza de coger a aquel cabrón.

—Knut, tú te vienes conmigo en el coche. Vosotros dos os quedáis por aquí vigilando el lugar. No dejéis que nadie entre antes de que lleguen los forenses. ¿De acuerdo? Ni siquiera los paramédicos, si podéis evitarlo. Viljar está muerto y lo que menos necesitamos ahora es un montón de gente pisoteando el campo a su alrededor.

Volvió al coche corriendo. En cuanto había vislumbrado la posibilidad de detener al asesino, había recuperado toda la energía. Se sentó al volante y a Knut apenas le dio tiempo a meter sus largas extremidades antes de salir derrapando por el estrecho camino con la gravilla salpicando bajo las ruedas. Los bajos del coche chocaron contra el suelo al pillar el primer bache. Lotte ordenó a Knut que se comunicara con la central para pedirles que buscaran un barco blanco con un hombre a bordo que se dirigía hacia el norte por el Karmsundet.

—¡Qué rabia que no tengamos un barco patrulla, joder! Si fuera así, podríamos interceptarlo antes de que llegara a tierra.

Les quedaba la esperanza de que el asesino pensara seguir fiel a su manuscrito. De ese modo, podría esperarle una gran comitiva de bienvenida al llegar a tierra. Lotte llamó a la comisaría y pidió que le pasaran con Harald Madsen, que se había acomodado en su silla cuando ella le dijo que podía disponer de su despacho.

—¡Harald! Soy Lotte. Comprueba de nuevo la ruta de huida que toma el asesino desde Lindøy. ¿Qué hace y dónde desembarca? Sabemos que decía en Haugesund, pero repasa los detalles.

Harald carraspeó y ella oyó cómo hojeaba las páginas junto al teléfono. Pasaron unos instantes eternos antes de que volviera a carraspear. Había encontrado algo.

—En el libro deja a la víctima antes de que empiece el incendio, y luego vuelve a Haugesund, a un lugar que llama… espera… el muelle de Bakarøy.

Sabía que era arriesgado jugárselo todo a una sola carta, pero dadas las circunstancias no tenía elección. Si el asesino seguía el plan trazado en el manuscrito, Lotte podría tener un equipo de intervención listo en el muelle para detenerlo. Según sus cálculos, tardaría algo más de treinta minutos en realizar el trayecto hacia el norte en el pequeño barco. Si no seguía el plan previsto, lo perderían. ¡Otra vez!

Lotte aceleró al máximo, con los arbustos y los bordes de las cunetas rascando los costados del coche, antes de desviarse bruscamente hacia la carretera principal en la nueva intersección viaria en forma de T. Knut Veldetun la miró asustado, agarrándose del cinturón e intentando aferrar con una mano el asidero sobre la puerta.

Se veían los intermitentes de los coches incorporándose desde todas las direcciones, y se abrían huecos milagrosamente donde hacía un momento solo había tráfico. Lotte no comprendió que había un límite de velocidad incluso en casos de emergencia como aquel hasta que el coche que conducía casi se salió de la carretera en la rotonda de Raglamyr. El BMW M3 no era el vehículo estandarizado de la policía. Aun así, aceleró temerariamente sorteando las numerosas rotondas que llevaban hacia el centro. Esta vez nada la iba a detener. Por primera vez desde que empezó todo aquello, iban por delante del asesino. Por primera vez, ella era la cazadora y él la presa. A través de la radio, Lotte organizó un dispositivo de emergencia en el muelle de Bakarøy. Sin embargo, debían ser discretos para que las luces y las sirenas no se vieran desde el mar. Las patrullas tenían que aparcar fuera de la vista y mantenerse ocultas. Todos los efectivos debían ir armados. Iban a sorprenderlo en el momento de desembarcar. En opinión de Lotte, era la única oportunidad que tenían para detenerlo. Si el asesino los veía, era muy probable que se desviara del plan original. Si los descubría antes de poder detenerlo, perderían la ventaja que les daba conocer el manuscrito sin publicar y él tendría posibilidad de escapar.

En la rotonda de Flotmyr, se dirigió a toda velocidad hacia el centro al tiempo que apagaba las luces de emergencia. Una vez traspasado el límite urbano, no volvió a activar la sirena. Dos minutos más tarde aparcó junto a la galería de arte y sacó el arma del maletero del coche. Se puso el chaleco antibalas y el casco. Comprobó el equipamiento de Knut y él el de ella, antes de dirigirse al puente que llevaba a Hasseløy. Cruzaron el puente corriendo medio agachados para no ser visibles desde el estrecho. De momento no se avistaba ninguna embarcación acercándose al muelle, y el equipo de intervención les hizo señas para que se escondieran en un lado. Si el asesino atracaba allí, no tendría escapatoria.