El ejecutor
Requiem – Benedictus
Mientras lo llevo en brazos, noto su aliento jadeante contra mi cuello. Pesa bastante, y se retuerce sin parar. Me da igual. Lo tengo bien agarrado por la cintura, de manera que no puede escapar. Además está atado de pies y manos, así que sus forcejeos resultan inútiles. Está aterrado. Presa de la angustia, la desesperación y el miedo. Sé cuánto duele experimentar esas sensaciones. Sin embargo, lo peor es la esperanza. Ese pequeño atisbo de esperanza de que todo se resolverá finalmente. De que alguien te liberará y te salvará. De que, después de todo, la muerte no te espera justo a la vuelta de la esquina. La esperanza es lo que crea el pánico. La adrenalina hace que la sangre bombee con una fuerza incesante. Afortunadamente para él, dispongo de todo lo necesario para acabar con su pánico. Todo lo necesario para sustituir la inútil y terrible esperanza por una sensación mucho más cómoda: la resignación.
No es hasta que muere ese último resquicio de esperanza cuando los que deben ser sacrificados encuentran la paz. Entonces la calma se cierne sobre ellos como las primeras nieves que caen por la tarde antes de Nochebuena. Antes del tañido de las campanas. Silenciosa y suave. La certeza de lo inminente también es así. Silenciosa y suave. El pulso que disminuye. La mirada que baja lentamente. La resignación…
En unos minutos le llegará a él también. Cuando finalmente comprenda que la ayuda no va a llegar. Que no va a poder escapar. Cuando por fin entienda lo que va a ocurrirle, y que no voy a concederle el indulto. Entonces llega la resignación.
Los gritos son sustituidos por sollozos. Los músculos tensos se calman. Lo sé porque lo he visto anteriormente. Así fue con Ranveig… Luchó desesperadamente contra lo inevitable, hasta que de repente se derrumbó y cayó en un estado de completa resignación apática. La rendición… Saboreo la palabra. Se la susurro al oído mientras lo llevo en brazos: «Rendición».
Todavía no ha llegado a ese punto, pero lo hará pronto.
El sonido del agua chapoteando contra las rocas de la playa aleja todos esos pensamientos durante unos segundos. Este lugar es tan apacible. Silencioso. No hay nada discordante que estropee la estampa. Solo estamos el agua y yo. Aunque él sigue conmigo, sus gemidos ya no me llegan. No oigo sus protestas, sus maldiciones. En gran medida se debe a la mordaza, claro, pero aun así… Tampoco creo que le oyera si pudiera gritar. Ni aunque tocase todos los cuernos de Heimdal. No puede llegar a mí. Estoy fuera de su alcance. Solo estamos el susurro del agua en las rocas y yo. El gorgoteo del bidón de gasolina que llevo. Yo soy. Él no es. Así de simple.
—Está en las Escrituras —le susurro cuando llego al poste.
Descubre el bidón rojo de gasolina y, por su mirada, entiendo que sabe lo que vendrá a continuación. No será una muerte tranquila. Pues no, esta vez no. No será un salto en estado inconsciente desde un séptimo piso, una bala que revienta y lo apaga todo en una centésima de segundo, una pérdida de conocimiento tras la falta de oxígeno en el cerebro… Pues no, esta vez habrá dolor. Piel que se derrite lentamente entre las llamas y que hace implosionar el cuerpo en un infierno de dolor. Sangre que bulle, el olor a carne quemada, antes de que el cerebro se colapse y todas las terminaciones nerviosas griten en un aullido simultáneo de dolor. Unos breves instantes después, se produce la muerte, cuando las llamas penetran en la piel y se detiene el flujo sanguíneo. Unos minutos más tarde, lo único que queda es ceniza y carbón. Lo que eran pensamientos, sentimientos, olores, sabores e impulsos volverá de nuevo a sus orígenes. Ceniza y carbón.
Noto un hormigueo en los dedos ante la posibilidad de ser testigo de ese paso a la eternidad. Ver los últimos instantes de un ser humano abandonando su cuerpo. Es una pena que no pueda quedarme. Me arrepiento de haber escrito la escena así. Ahora comprendo que no me supondría ningún problema contemplarlo todo antes de volver al barco, pero me ciño al plan. Mi réquiem debe llevarse a cabo a rajatabla. Rocío gasolina sin cesar. Por encima de él y a su alrededor. Una espiral en torno al poste. Me deleito sintiendo la hierba seca bajo mis pies. Será un espectáculo grandioso. Incluso desde el mar.
Espero que le invada la resignación, pero al parecer se ha ocultado detrás del miedo. ¿Tal vez no resulte tan fácil rendirse cuando el final conlleva tanto dolor? Pienso en mi propio dolor. Hacia el final dolerá de una manera indescriptible. Lo sé. Pero merecerá la pena. Cuando ocurra, la gente ya me habrá visto. Habrá descubierto mi talento. Me marcharé con la certeza de que no seré olvidado. Se acerca el momento, pero todavía nadie lo sabe. Nadie lo comprende. Nadie puede ver el cuadro tal y como lo he pintado. Llegará cuando se hayan quemado todos los puentes y la última nota salga deslizándose por el oboe melancólico. Piano pianissimo… Un último movimiento de batuta y todo lo que es y será desaparecerá.
La mecha blanca casera es lo que retardará el brutal desencadenamiento de la fuerza potencial de los noventa y cinco octanos de combustible fósil. En realidad no es necesario. Ese tipo de mechas no se consumen con más rapidez de la habitual, pero reducen el riesgo de que se apaguen durante el recorrido hacia la espiral trazada sobre la hierba seca. Al menos eso era lo que aseguraban las instrucciones de fabricación. La levanto para que la vea. Él sacude desesperadamente la cabeza e intenta gritar. Parecen los mugidos de un alce en celo. Rabia. Desesperación. Miedo. Nada de resignación todavía. Eso me irrita. ¿Es que los periodistas aguantan más que los demás? ¿Tienen más cosas pendientes en la vida que la gente en general? ¿Tienen una especie de esperanza intrínseca que les dice que todo puede cambiar en el último segundo? ¿Que las fechas límite se pueden posponer? Mis pensamientos me hacen sonreír.
«La fecha límite», murmuro para mis adentros. La fecha límite. Levanto la mecha otra vez y se lo grito:
—¡Hemos llegado a la fecha límite!
Entonces veo cómo se paraliza. Un sentimiento de orgullo me colma el pecho. Puedo ver que agacha la cabeza. Sus hombros se sacuden. Está llorando. Por fin, pienso. Por fin ha encontrado la paz.
Enciendo el mechero y lo acerco al cabo de la mecha. Él apenas reacciona. Arquea la espalda cuanto puede. Sus rodillas se doblan. Antes de que la mecha prenda, saltan algunas chispas. Una refulgente luz blanca. La coloco en su sitio y me doy media vuelta. Me dirijo al barco. Sé que tengo dos minutos para llegar a él y rodear el estrecho. Lamento no poder ver el momento culminante, pero intuyo que podré oírlo.
Acabo de subir al pequeño barco y, al principio, no me percato de lo que ocurre a mis espaldas. Me doy la vuelta una última vez y, totalmente estupefacto, observo que hay movimiento en el campo. No entiendo cómo es posible. Dos coches de policía han entrado a toda velocidad en el puerto deportivo y, mientras me acerco al estrecho por el lado norte de Lindøy y Røyksund, veo que varias personas se dirigen corriendo hacia el poste. Es imposible que lleguen a tiempo. Y si lo consiguen, sería fatídico para ellos. Me obligo a aminorar la velocidad. Tengo que ver el desenlace antes de doblar el cabo.
Están a menos de cincuenta metros, y entonces siento que mi pulso se calma. La mecha ha alcanzado su objetivo y el fuego cobra impulso. Y, en menos de cinco segundos, sucede. El cuerpo empieza a arder y las llamas se elevan a varios metros. Unas llamaradas infernales que se abalanzan sobre los policías que casi han llegado hasta el poste. Casi… Un grito de otro mundo ahoga el sonido del motor. Un dolor limpio, puro y hermoso resuena en el aire.