El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 2 de 91

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El ejecutor

Cuatro días más tarde…: Puente Stemmen, Haugesund. Martes por la noche, 31 de agosto de 2010

Cuatro días más tarde…

Puente Stemmen, Haugesund

Martes por la noche, 31 de agosto de 2010

 

Nubes amenazantes barrían el cielo como oscuros presagios, reclamando su lugar en la hora azul entre el día y la noche. Durante unos breves instantes, el lago Eivindsvatnet quedó bañado en un resplandor mágico, para verse envuelto a continuación en un negro manto con olor a azufre, truenos y fuertes aguaceros.

Jonas Ferkingstad estaba en Stemmen, un pequeño puente construido en 1907 sobre el embalse situado junto a la entrada de la zona de esparcimiento alrededor del lago Eivindsvatnet. El frágil individuo miraba por el borde, como tanteándolo.

La melena rubia se le pegaba a la frente. Sus ojos de color azul intenso contemplaban un punto imaginario en el vacío. En los breves destellos de luz que aparecían de vez en cuando al abrirse las nubes en el cielo, podía ver allí abajo las aguas del embalse. Desde el lugar donde se encontraba en el puente hasta el fondo de la zona pedregosa, habría unos diez metros de distancia. La fina camiseta de color burdeos se le adhería empapada al torso. Le temblaba todo el cuerpo. Lanzaba breves ojeadas hacia el terreno circundante, hacia el paso peatonal debajo de Skjoldavegen, pero la mayor parte del tiempo permanecía mirando al vacío.

Jonas se enderezó cuando descubrió que una persona se acercaba caminando. Era imposible reconocerla, pero Jonas sabía quién era. Durante todo el tiempo que pudo había albergado la esperanza de evitar aquel enfrentamiento. Ya no había negación o mentira posibles. Ninguna traición ni engaño. Dos seres humanos a solas que conocían la verdad. No tenían necesidad de esconderse detrás de ninguna farsa o fachada.

Durante un largo rato se quedaron quietos, contemplándose en la distancia. El viento otoñal azotaba el lago Eivindsvatnet, creando crestas de espuma en el agua. Un nuevo rayo desgarró el cielo. En medio del fugaz destello de luz gélida, se miraron. Desnudos. Desprotegidos. Solos. Al cabo de unos segundos volvió la oscuridad y los truenos hicieron vibrar el hormigón del puente. Jonas permanecía expectante, con los hombros encorvados. Contempló a la persona que tenía enfrente. Deseaba arrojarse a sus brazos. Quedarse a salvo allí, fingiendo que no había ocurrido nada. Que todo no había sido más que una fata morgana. Irreal. Algo que desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, no era posible. Nada se podía deshacer.

Durante unos breves instantes se quedaron así, mientras el agua se escurría por sus cuerpos. Sus rostros reflejaban impotencia mutua. No dijeron nada, pero después de un rato la otra persona extendió los brazos hacia Jonas, que, respirando con dificultad, se fundió con ella en un abrazo. No había palabras que pudieran expresar la sensación que experimentó en aquel momento. No era felicidad. No era alivio, sino otra cosa diferente. Algo muy profundo, que hizo que todo su ser se dejara ir. Todos los sentimientos reprimidos brotaron como un géiser. Percibía su propia voz gritando contra el pecho de la persona que le abrazaba, pero apenas podía oír el sonido. Tenía que sacar todo su dolor.

Por encima de su hombro, Jonas creyó atisbar una sombra que se movía junto a la pequeña caseta de los botes. Dos kayaks se aferraban entre sí contra el azote del viento, apoyados en una pared de la caseta. Durante los últimos días los había visto flotando en las aguas, pero no entendía muy bien que alguien quisiera sacarlos al lago con ese temporal.

Aquella pequeña digresión le distrajo. El abrazo aumentó notablemente en intensidad, como si la otra persona intentara estrujarle. Jonas intentó desprenderse un poco de aquellos brazos de hierro. Pero aún no quería apartarse del todo. Sentía los sollozos en sus entrañas. Breves gañidos desesperados que eran testigos de lo que había hecho. Jonas sabía que todo era culpa suya. Era el único responsable.

Los brazos que lo rodeaban eran poseedores de una fuerza primitiva. Inhumana. Jonas dejó caer los brazos flácidamente a los costados, manteniéndose en pie únicamente por la presión de la otra persona. Jonas se sentía vacío. Era una cáscara fina y frágil, incapaz de oponer ninguna resistencia. De repente se percató de que se trataba de una batalla. Una batalla a vida o muerte. Comprendió que la otra persona no lo abrazaba para consolarle u ofrecerle apoyo. Jonas reunió toda la energía que le quedaba y, con gran esfuerzo, se liberó de aquellos brazos. Miró a su oponente con otros ojos. Separó las piernas para mantener el equilibrio, pero notó lo lánguido que se le había quedado el cuerpo.

De repente, la escena del puente cambió por completo de tono. Un nuevo destello de luz. Un nuevo trueno. La otra persona abrió la boca para gritar, pero lo único que se oyó fueron unos roncos susurros. Una espiración sibilante.

Con movimientos lentos, la otra persona lo agarró con fuerza y, levantando limpiamente su cuerpo del suelo, lo arrojó por encima de la barandilla del puente. Cuando el cuerpo se precipitó por el abismo, el grito que se oyó resonó por todo el valle Djupadalen. Después llegó el silencio. Incluso las gotas de lluvia caían silenciosas cuando todo hubo terminado.