El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 7 de 91

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El ejecutor

Cuatro años antes…: Casa de oración de Ådland, isla de Karmøy. Lunes, 16 de agosto de 2010

Cuatro años antes…

Casa de oración de Ådland, isla de Karmøy

Lunes, 16 de agosto de 2010

 

ABRAHAM, rezaba en brillantes letras de oro sobre fondo azul el estandarte que presidía la sala de congregaciones de la casa de oración de Ådland. Jonas Ferkingstad miró a su padre mientras colocaba el estandarte, que se desplegaba y plegaba antes y después de los encuentros semanales de oración.

El nombre de la congregación no era casual. Su intención era volver a los orígenes para crear un vínculo directo entre Dios y el hombre. Los miembros juraban fidelidad a las escrituras originales y compartían la idea de que las demás congregaciones se estaban dejando secularizar por una sociedad pecaminosa. La palabra de Dios se iba adaptando al mundo exterior. Y no era así como debía ser.

Jonas tenía ganas de escupir al crucifijo de la pared, pero no se atrevió. Al menos no cuando su padre se encontraba en la sala. Se sentía atrapado. Todos los libros habían ido desapareciendo de su casa. Solo quedaba la Biblia. Las paredes desnudas con algún que otro crucifijo o bajorrelieve eran lo único que se podía contemplar en la casa paterna. Sus padres se habían refugiado en un completo silencio.

El muchacho había dejado de jugar al fútbol y también había colgado su uniforme de la banda musical escolar. No porque tuviera la obligación de hacerlo, sino porque era algo que siempre provocaba discusiones. Unas discusiones tranquilas, en voz suave, que él siempre estaba condenado a perder. Porque ¿qué podría ser más trascendental y noble que consagrar la vida al Señor? Su padre siempre insistía en el mismo argumento alegando que él había optado por reducir en un 70 por ciento su jornada laboral como funcionario en el Ayuntamiento. Lo había hecho únicamente para servir al Señor y a las escrituras sagradas.

Jonas dejó a su padre con los preparativos. Salió y se sentó en la escalera, intentando impregnarse del característico verano del oeste de Noruega. Llovía y se mojaba, pero no le importaba. La lluvia ocultaba sus lágrimas traicioneras, que afloraban con más frecuencia cada vez que le obligaban a atender a los encuentros de oración. Al principio había sido capaz de mantener a raya toda aquella infamia. Fingía que lo que le estaba pasando era tan solo fruto de su imaginación. Una realidad distinta. Pero ya no era así, y no tenía dónde esconderse. La verdad brotaba por todos lados.

Esperaba con ansia el fin de semana. Afiliarse a las Juventudes Centristas había sido su refugio. Allí podía emplear su tiempo en otras cosas que no fueran el inquieto divagar por las escrituras del Antiguo Testamento. Asistía a reuniones varias tardes entre semana, y los fines de semana participaba en seminarios, cursos y diversos encuentros regionales. Constituían su vía de escape. Brevísimos instantes en los que podía ser él mismo sin más.

La verdad se le manifestó en el mismo instante en que vio a Fredric Karjoli, un año mayor que él, en la entrada del local de reuniones de las Juventudes Centristas. En realidad siempre había sabido que era así. Sin embargo, había albergado la esperanza de que Dios, en su infinita misericordia, le guiara para encontrar el camino correcto. En aquel momento le pareció oír la risa irónica de Dios resonando entre las paredes del pequeño local.

Jonas volvió a secarse la lluvia y las lágrimas. Permaneció mirando el paisaje gris azotado por el viento, pensando en un antiguo refrán yiddish al que hacía referencia su padre en muchas ocasiones. Lentamente, como si fuera un anciano, se levantó de la escalera y contempló la cruz bajo el caballete de la casa de oración.

«Así es, padre…».

«Los hombres hacemos nuestros planes mientras Dios se ríe».