El ejecutor
Requiem – Kyrie
Estoy satisfecho. Me tumbo. Compruebo que adopto la postura correcta, la que me proporciona el apoyo que necesito. Perfecto…
El crepúsculo empieza a asomar conforme cae la noche. Los frondosos árboles inclinados obstruyen la luz. Ahogan cualquier esperanza. Las aves se muestran taciturnas, expectantes. La eterna noche está a la espera. Pero en esta ocasión no me espera a mí. Ha señalado a otro. Mi mente se colma de una sensación brumosa de gozo exultante.
Sé que la partitura está compuesta con precisión hasta el último detalle. Sin embargo, siempre se corre el riesgo de que cualquier nota defectuosa eche por tierra toda la composición. Eso todavía no ha sucedido, y hace solo unas horas sentí una especie de regocijo pueril al destruir los documentos relacionados con Rita Lothe.
Ahora sé que soy capaz de llevar a cabo mi obra maestra. Cuando la cogí y la arrojé por encima de la barandilla, fue como lanzar un avión de papel desde el balcón. Sentí una intensa dicha al oír el impacto de su cuerpo contra el asfalto. De hecho, pensé que sentiría angustia, temor y arrepentimiento. Sin embargo, solo experimenté felicidad. Una alegría desbordante, efervescente.
Hubo un momento en el que temí que tardarían mucho en descubrir el cuerpo. Pero en cuanto empezó el ajetreo de la mañana, enseguida pude constatar con cierta satisfacción que las primeras sirenas acudían a toda prisa a las torres.
Lo único que me queda ahora es un hormigueo, un letargo entumecido por todo el cuerpo. De momento estoy manteniendo el esquema previsto. Me repito una y otra vez los dos recordatorios que he anotado en el cuaderno: «No seas demasiado ansioso» y «No pierdas el enfoque». He leído tantos manuales de criminología que sé que, cuando uno ha tenido éxito la primera vez, es fácil precipitarse, o perder una perspectiva de rigor y precisión. Me siento preparado, pero me obligo a esperar.
El escondrijo que me he construido no se puede ver desde la casa, ni tampoco desde la carretera ni el sendero forestal. Lo he camuflado lo mejor que he podido, aunque realmente no es necesario. Un senderista debería desviarse bastante del camino para descubrirlo. Si no fuera por lo que va a suceder mañana, seguramente podría permanecer aquí oculto durante todo el invierno sin que llegara a descubrirme nadie.
Desde el escondrijo solo hay unos cinco metros hasta el puesto de vigilancia. Desde este punto dispongo de una visión despejada hasta la casa, y también puedo ver lo suficiente del sendero forestal como para controlar a la gente que transite por los alrededores. Los perros están debidamente atados. Durante el espacio de tiempo previsto para llevar a cabo mi acción, no pasará nadie por aquí. Tal vez algún corredor madrugador, pero es altamente improbable a las seis y media de la mañana.
Saco el rifle. Vuelvo a limpiar la mirilla con el paño. Me la acerco al ojo para mirar. La casa blanca de un ostentoso estilo funcionalista es la única que hay en esa hondonada. En ella reside una familia de cinco miembros. Mañana serán solo cuatro. Pienso por un instante en los niños, pero siento que no me afecta especialmente.
Durante la preparación, el menor de los problemas fue adquirir el silenciador. Es fácil conseguir silenciadores para rifles de caza registrados. La mayoría de los cazadores disponen de ellos, porque así no espantan a los otros animales, amortiguan el retroceso y reducen el efecto de deslumbramiento cuando los observas de noche a través de la mirilla. El único problema es que hay que entregar el rifle a fin de adaptar el cañón para poder incorporar el silenciador. Suelen tardar una semana en hacerlo.
El arma que utilizaré es mi rifle de caza. Un Lakelander 389, estándar. En Noruega hay miles registrados con nombre y apellido, pero supuestamente hay una cantidad similar sin registrar. Lo ideal sería realizar mi acción con otra arma, un rifle Märklin con balas Singapur de 16 mm. No obstante, esos rifles no existen. Incluso un virtuoso como yo puede cometer algunos fallos durante el proceso de preparación. No obstante, se trata de un insignificante escollo en el mar.
Empiezan a caer los primeros goterones de lluvia y vuelvo a mi escondrijo arrastrándome. Saco el teléfono y pongo la alarma a las cinco de la madrugada.
¡Estoy preparado! Todo está preparado…
Solo me queda esperar la llegada del ciervo.