El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 67 de 91

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Comisaría de policía de Haugesund: Domingo por la mañana, 19 de octubre de 2014

Comisaría de policía de Haugesund

Domingo por la mañana, 19 de octubre de 2014

 

Olav Scheldrup Hansen jamás se había sentido un hombre pequeño. Su ego era demasiado grande para ello. Sin embargo, esa era exactamente la sensación que le invadió cuando iba caminando detrás de Knut Veldetun. Lo de aquel hombre no era normal. Parecía incluso artificial. Era como una escultura florentina del Renacimiento. Pese a su envergadura, el hombre se movía con una agilidad casi felina. Olav sintió una repentina añoranza de su pasada juventud mientras observaba a aquel hombre que, para más inri, le abrió la puerta como si estuviera impedido.

—Knut, ¿has intentado por todos los medios hablar con Gudmundsson? ¿Qué te han dicho en el periódico?

El joven agente le miró por encima del hombro antes de contestar:

—Se ha cogido una baja de cuatro semanas y no ha ido a trabajar.

Ya fuera de la comisaría, se subieron a uno de los coches patrulla. Olav se alegró por el hecho de que el enorme policía no hubiera decidido tomar el coche de san Fernando, pero aun así no pudo evitar pensar que la situación resultaba bastante cómica. El descomunal agente apenas podía meter las piernas cuando se sentó en el asiento del conductor. Presentaba un aspecto patético detrás del volante, y le recordó al grandullón Bubba Smith en el papel de Moses Hightower en la primera película de Loca academia de policía.

Cuando pararon ante los bloques de viviendas de la calle Austmannavegen, tuvieron que hacer frente a las miradas de curiosidad de la gente. Era domingo y los residentes del vecindario disfrutaban de una agradable mañana de buen tiempo otoñal al aire libre. Los niños jugaban en la zona ajardinada situada a la izquierda del edificio B y sus padres permanecían sentados contemplando pacientemente a sus retoños. Los dos policías salieron con dificultad del coche y fingieron no reparar en las miradas de la gente. Últimamente, cada movimiento de la policía se relacionaba con el «caso del Verdugo». Había una gran cantidad de periodistas y cámaras de televisión pululando por toda la ciudad.

Knut Veldetun y Olav se acercaron al portal de Viljar Ravn Gudmundsson y llamaron al timbre. Tras intentarlo un par de veces más sin éxito, Olav decidió recurrir al viejo «truco de entrar en un edificio sin llaves»: llamó a todos los timbres del portal. Enseguida se oyó el zumbido de la puerta, no solo una, sino dos veces. Tenían vía libre. Viljar vivía en el primer piso. Olav respiró aliviado. «Knut no cogería el ascensor ni aunque viviera en la planta veinticinco», pensó con cierta acritud.

Oyeron sonar el timbre dentro del piso, pero nadie salió a abrir. Knut aporreó la puerta hasta hacer retumbar las paredes del rellano. Seguían sin obtener respuesta. Estaban a punto de marcharse sin haber conseguido nada cuando una mujer asomó la cabeza por la puerta del piso de enfrente.

—No está.

No dijo nada más, solo se quedó mirando a los dos policías. Cuando quedó claro que no tenía intención de proporcionarles más información por iniciativa propia, el inspector de la judicial tomó las riendas.

—¿De veras? ¿Y cómo lo sabe? ¿Lo ha visto salir hoy?

La mujer ladeó ligeramente la cabeza. Miró fijamente a Knut, no a Olav, con una expresión de avidez lasciva que apenas consiguió ocultar. Vaciló un poco.

—Nooo… No sé si ha estado por aquí hoy. Por lo menos yo no lo he oído, ni tampoco lo he visto. Pero anoche estuvo en casa. Hubo un gran alboroto en el recibidor. Me desperté, y cuando me puse algo encima y me asomé al descansillo para comprobar si todo iba bien, solo lo vi brevemente de espaldas cuando salía por el portal.

—De acuerdo. ¿Y está segura de que era él? Quiero decir, como solo lo vio de espaldas…

—Claro, ¿quién iba a ser si no? El alboroto venía de su piso, y después de marcharse no se oyó nada más.

—¿Podría decirnos algo sobre la ropa que llevaba? ¿Si estaba borracho o algo así?

La mujer del umbral hizo un gesto elocuente con la cabeza y sonrió.

—¿Que si estaba borracho? Me sorprendería mucho que estuviera sobrio, por así decirlo. Normalmente la gente sobria no derriba el perchero de su casa al salir y lo deja sin recoger.

—¿Usted vio cómo tiraba el perchero? Creí que había dicho que solo le vio de espaldas cuando salió por el portal.

La mujer suspiró frustrada y salió al descansillo, revelando unas esbeltas caderas desnudas debajo de una camiseta corta de seda. Knut puso los ojos en blanco esforzándose en mirar a todas partes menos a ella.

—Echen un vistazo —dijo la mujer y, a modo de demostración, pegó un ojo a la pequeña mirilla de la puerta—. Ahí se ve el perchero, tirado contra la pared.

Les invitó a que se acercaran y se aseguró de conseguir el mayor contacto físico posible cuando Knut se agachó para atisbar por la mirilla.

—¿Se acercó a la puerta después de que él se marchara?

La mujer de la camiseta de seda miró al inspector como si fuera idiota.

—Por supuesto. Tenía que comprobar si todo estaba en orden. Ahí dentro hubo un gran alboroto, ¿sabe?

Olav Scheldrup Hansen sospechaba que la encantadora vecina era bastante más fisgona de lo que intentaba aparentar.

—¿Se acercó a la mirilla para comprobar que Viljar estaba bien después de haberle visto salir por la puerta de abajo?

La mujer adoptó una expresión hosca, suspiró y empezó a hablar articulando con mucha más claridad, como si estuviera dirigiéndose a un sordo.

—Yo no sé si era Viljar el que salió por la puerta. Solo supuse que era él. Vi a un hombre con una chaqueta negra con capucha. Parecía que llevaba una bolsa bastante grande. Mañana pasan a recoger la basura, así que pensé que bajaba para tirarla.

Scheldrup Hansen tiró de la manga a su compañero para indicarle que era hora de marcharse.

Knut miró sorprendido al inspector y bajó las escaleras detrás de él. Se sonrojó un poco cuando la mujer le lanzó una mirada claramente insinuante.

Una vez fuera, Olav llevó a Knut a un lado y le pidió que buscara al portero o al presidente de la comunidad de vecinos.

—Esto no me gusta. Desde el primer momento Gudmundsson ha estado más ligado a este asunto que la cuerda para atar el asado del domingo.

—Necesitamos una orden de registro para entrar en el piso. No debería haber problemas, teniendo en cuenta el testimonio de la vecina, el perchero tirado y el hecho de que no abra la puerta. Mientras tú buscas a alguien que tenga las llaves, yo me ocuparé de las formalidades.

Knut se dirigió a toda prisa hacia los bancos donde los padres y las madres contemplaban a sus hijos. Alguno de ellos debía de saber quién tenía la llave maestra.

Cuando media hora más tarde volvieron al piso de Viljar, lo hicieron en compañía de los técnicos de la Científica. Un portero bastante nervioso metió la llave en la cerradura. La puerta se entreabrió unos centímetros antes de quedarse atascada. Olav no tuvo paciencia para esperar y empujó con fuerza. Finalmente consiguió pasar por el resquicio. A los pocos segundos de entrar, asomó la cabeza. Sus palabras fueron más que suficiente para que todos comprendieran la gravedad del asunto:

—¡Da la voz de alarma, Knut! ¡Voz de alarma…!