El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 38 de 91

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El ejecutor

Torvastad, Karmøy: Jueves por la noche, 16 de octubre de 2014

Torvastad, Karmøy

Jueves por la noche, 16 de octubre de 2014

 

Las llamas se elevaban rugiendo hacia el cielo nocturno. La madera quejumbrosa crepitaba y chisporroteaba. Un auténtico infierno. Los bomberos gritaban y corrían de un lado a otro para conectar las mangueras a la boca de riego más próxima. Una de las vigas maestras de la antigua casa estaba a punto de ceder y se veía cómo la pared sur se inclinaba pesadamente hacia la chimenea. Hacía un buen rato que la casa estaba siendo pasto de las llamas y no había salvación posible. Sin embargo, los bomberos trabajaban como si hubiera vidas en peligro. Un gran número de personas se había congregado tras la zona acordonada provisionalmente por la policía. No hay nada que atraiga más a los curiosos que un incendio. Una muchedumbre que contempla en silencio lo que más teme que pueda ocurrirles a ellos mismos. Todo lo que uno posee en esta vida, devorado por las llamas. También había un equipo de cámaras de TV Haugaland, y un fotógrafo del Haugesunds Avis se había colado bajo el cordón policial para obtener mejores imágenes.

Lotte Skeisvoll echó un vistazo a la casa, que estaba a punto de derrumbarse en cualquier momento. No tenía nada que hacer allí. Resultaba absurdo quedarse. Aun así, permaneció como en estado de trance contemplando cómo las llamas devoraban el edificio.

—No tienes que quedarte, Lotte. Lo tenemos todo bajo control. La casa estaba vacía. Los buceadores de humos ya habían entrado cuando llegamos. André Ferkingstad llevaba cuatro años sin vivir aquí.

Knut Veldetun posó una mano con delicadeza sobre el hombro de Lotte Skeisvoll. Ella asintió distraída, aunque siguió sin moverse.

La casa le despertaba recuerdos muy tristes. Todavía se acordaba de aquel fatídico domingo de agosto de hacía cuatro años, cuando la vida de la familia Ferkingstad se vio completamente arruinada por un trágico incidente que llenó las portadas de todos los periódicos del país durante varios días.

Lotte se dio la vuelta y empezó a bajar la calle lentamente. Notaba el cansancio latiéndole en las sienes. Se detuvo ante el propietario de la casa. Al igual que hacía cuatro años, no pudo mirarle a los ojos. Había algo implacable en su mirada que siempre la hacía apartar la vista.

—Lo siento —dijo ella pateando la gravilla del suelo.

Al principio, André Ferkingstad no dijo nada. Era como si estuviera inmerso en una dimensión que nadie más percibía, que lo agarraba por la nuca haciéndolo mirar al frente con la fuerza de una contractura. De pronto pareció despertar. La cogió de las manos y sonrió.

—No pasa nada. Ya era hora de que Dios redujera a cenizas esa ciénaga del pecado.

Lotte se enderezó, retiró las manos y continuó andando hacia el coche. El reportero de guardia del Haugesunds Avis y el siempre molesto Hans Indbjo intentaron detenerla, pero pasó completamente de ellos. Que se buscaran la vida.

Una vez dentro del coche, apretó el mando del cierre centralizado, pero bajó un poco la ventanilla para poder oír y ver lo que ocurría. No era capaz de apartar la mirada del incendio. De repente, todas las vigas maestras cedieron a la vez y la madera se desplomó sobre sus cimientos formando una enorme hoguera centelleante.

Lotte observó extrañada cómo Ferkingstad alzaba los brazos por encima de la cabeza y empezaba a aplaudir. «Habrá que investigar a ese hombre por fraude al seguro —se dijo—, podría parecer que él mismo ha provocado el incendio». Arrancó y avanzó despacio con el coche por el camino de gravilla. Por el retrovisor vio cómo Ferkingstad blandía triunfalmente los puños por última vez, antes de entrar en un viejo Toyota Corolla aparcado junto a la carretera.