El ejecutor
Cuatro años antes…: Torvastad, Karmøy. Domingo por la mañana, 29 de agosto de 2010
Cuatro años antes…
Torvastad, Karmøy
Domingo por la mañana, 29 de agosto de 2010
Las dudas atenazaban a Jonas. Sabía que debía marcharse, salir huyendo a toda prisa, mientras tuviera la oportunidad. Pero le costaba abandonar la casa.
—¡Date prisa, Jonas! No tenemos todo el puto día. Tu padre puede aparecer en cualquier momento.
Fredric daba pataditas impacientes a su lado.
—Nunca viene antes de que acabe el refrigerio después de misa, ya lo sabes.
—Ya no queda nadie que no esté al tanto de los rumores, Jonas. Volverá a casa en cuanto escuche cualquier comentario a la salida de la iglesia.
Jonas vaciló. Sabía que Fredric tenía razón, pero la casa que había odiado con todas sus fuerzas de repente se le antojaba un lugar seguro. Era como si se inclinara hacia él para susurrarle que allí no podría pasarle nada malo.
Agarró la maleta que tenía a sus pies. Miró la carta que había escrito a su madre y a su hermana. Pidiéndoles perdón. Pidiéndoles que conservaran los buenos recuerdos. Pidiéndoles que recordaran lo bonito que había sido todo antes de que la congregación les arrastrara a su mundo de profecías apocalípticas, antes de que el miedo al pecado se infiltrara por las paredes de la casa, eliminando todo calor humano.
Incluso les pidió que cuidaran de su padre. Que intentaran hacerle comprender. En el fondo sabía que era inútil. Jamás perdonaría el hecho que su propio hijo hubiera escogido una vida de pecado y perdición antes que el regazo seguro y protector del Señor.
No le quedaba otra salida que huir. Cuando su padre volviera de la iglesia, tendría la certeza de lo que había estado ocurriendo a sus espaldas. Después de meter el equipaje en el maletero del coche de Fredric, Jonas se giró y se quedó contemplando la casa. Quería rezarle a Dios, pero al mismo tiempo sentía que ya estaba bien de tanta hipocresía. Así que lo dejó correr.
La artimaña mediática con el VG del día anterior le había proporcionado el tiempo que necesitaba. Les había prometido una entrevista en exclusiva para ese domingo por la noche, a cambio de que mantuvieran oculto todo aquello que pudiera revelar su identidad. «Necesito algo de tiempo para preparar a mi familia», les había dicho. Y le creyeron.
Esa noche se desataría un infierno cuando descubriesen que les había engañado. Era muy probable que cuestionaran su credibilidad, pero esa misma mañana le había llegado una ayuda inesperada. Un joven de Surnadal se había puesto en contacto con la NRK para confesar su experiencia de cuando era miembro de las Juventudes Centristas, y con solo dieciséis años, había sido seducido por el actual ministro de Transportes. En aquel entonces Eliassen era un simple dirigente regional, pero de todos modos la historia no dejaba lugar a dudas acerca de su catadura moral y de los muertos que guardaba en el armario.
Ahora se trataba de escapar antes de que su padre se enterara de los rumores que corrían por el pueblo. Seguramente ya los había oído, y era muy probable que Fredric tuviera razón al afirmar que ya estaría de camino.
—¡Joder, Jonas! ¡Tenemos que largarnos!
Mantenía el motor en marcha, esperando impaciente a Jonas, que continuaba inmóvil contemplando la casa. No reaccionó ante la llamada urgente de su amigo. No despertó de su ensimismamiento hasta que Fredric se acercó corriendo a él y le puso una mano sobre el hombro.
—¿Qué coño haces, Jonas? Tenemos que marcharnos. Pueden volver en cualquier momento.
—Ine… La pequeña Ine. Se quedará aquí completamente sola, Fredric. A solas con mi padre. No me tiene más que a mí y lo poco que queda de mi madre. Se sentirá tan sola…
Jonas luchaba contra el llanto. El amor que sentía por su hermana pequeña era lo único que le había mantenido unido a la casa paterna.
—Ella saldrá adelante, Jonas. Tú, en cambio, estarás acabado si te pilla. Y lo sabes. Tenemos que irnos. ¡Por favor!
Jonas miró aturdido a su novio. Se dejó arrastrar hasta el coche y entró como si fuera un muerto viviente. Fredric se montó a toda prisa y aceleró haciendo que la gravilla saliera despedida bajo las ruedas. Esquivó por poco la cancela de la entrada cuando pasó derrapando con el coche.
No habían avanzado más de cien metros cuando ocurrió lo que no debería haber ocurrido nunca. El Opel Corsa negro del padre giró para tomar el mismo camino de gravilla y venía directamente hacia ellos. No había espacio para los dos coches a menos que uno de ellos se apartara metiéndose por la hierba. Fredric frenó en seco y golpeó el volante.
—¡Joder! ¡Joder! —gritó con todas sus fuerzas.
No había escapatoria. Tenían que enfrentarse a la ira de André Ferkingstad. Vieron cómo la portezuela del conductor se abría y el padre de Jonas bajaba del coche. Permaneció un momento junto al vehículo, con los puños cerrados a los costados. Luego empezó a caminar lentamente hacia ellos.
Iba muy despacio. Cada segundo transcurrido contenía una eternidad de sueños rotos. Ellos se quedaron paralizados, esperando lo inevitable. La figura de su padre iba creciendo paso a paso. No cabía la menor duda. Lo sabía. Su rostro pétreo, la mirada inexorable. Una corneja graznó y pasó aleteando frente a ellos, pero por lo demás solo había silencio. Aun así, Fredric apenas oyó las palabras que susurró Jonas. Un siseo casi mudo. Una exhalación.
—Arranca, Fredric.
—¿Cómo?
Fredric no podía creer lo que oía.
—¡Arranca! —dijo Jonas en voz mucho más alta ahora—. ¡Arranca, arranca, arranca! Gira a la izquierda y súbete a la hierba. ¡Tú solo arranca el coche!
Fredric reaccionó de inmediato. Pisó el acelerador a fondo y soltó el embrague. Avanzaron hacia el hombre a toda prisa y lo esquivaron por el lado izquierdo. Oyeron sus gritos y lo que probablemente fuera un puñetazo contra el maletero cuando pasaron a su lado a gran velocidad.
No fue hasta que esquivaron el coche del padre y las ruedas se adentraron en la hierba del prado cuando se percataron de la catástrofe inminente. La puerta trasera del Opel Corsa estaba abierta y, dos metros más adelante, había una niña que empezó a chillar. Ninguno de ellos tuvo tiempo de reaccionar. Tan solo oyeron el golpe cuando el coche impactó contra la pequeña a la altura de las rodillas y la levantó por los aires trazando un arco. La niña se estrelló contra el parabrisas, siguió volteando por encima del techo y aterrizó en una posición torcida detrás del coche antes de que a Fredric le diera tiempo a pisar el freno. El coche se deslizó por la hierba antes de detenerse. Durante unos breves segundos, hubo un silencio absoluto. Luego estallaron los gritos. La madre de Jonas salió del coche y se dirigió corriendo hacia la figura inmóvil que yacía en el suelo. La sangre formaba un charco debajo de la pequeña. El padre bramaba mientras echaba a correr. No hacia la niña, sino hacia ellos.
Fredric volvió a arrancar y aceleró a fondo. Jonas estaba paralizado a su lado. No protestó. No gritó. No había lágrimas que pudieran transmitir la desesperación que sentía. Cuando el coche salió a la carretera, vieron por el espejo retrovisor que el padre se detenía finalmente. Amenazaba con el puño, gritándoles algo que no oyeron. Jonas no prestaba atención a lo que hacía su amigo. Permanecía con la mirada perdida, contemplando el vacío. Había desaparecido el color de su tez y, sin previo aviso, empezó a vomitar sobre su camisa y su regazo.
Fredric se secó las lágrimas y gimió mientras aceleraba hacia Karmsundbroa. Una mujer que se disponía a cruzar la carretera junto a la escuela secundaria de Bø se apartó asustada. Fredric ni siquiera se percató de su presencia. No había vuelta atrás. Nada de lo que pudieran hacer ayudaría a Ine. Nada podría ayudarles a ellos.