El ejecutor
Calle Austmannavegen, Haugesund: Lunes por la mañana, 20 de octubre de 2014
Calle Austmannavegen, Haugesund
Lunes por la mañana, 20 de octubre de 2014
Lotte Skeisvoll no era cobarde por naturaleza, pero estaba muy asustada. Si algo se había demostrado durante la última semana, era que el asesino era capaz de descolocarlos totalmente cada vez que creían que iban a pillarlo. Por ese motivo, intentó protestar cuando el jefe de policía aceptó vacilante la propuesta de Scheldrup Hansen.
Sin embargo, comprendió que no podía negarse cuando se reunió a solas con Guldbransen y este le explicó sus motivos para haber accedido. Por una parte, todo indicaba que el tipo siempre tenía un plan B cuando el original le fallaba. En otras palabras, si no conseguía a Lotte, buscaría a otra chica en su lugar. Una chica de la que no sabían nada, pero que el asesino seguramente ya tenía en la recámara. Una chica a la que no iban a poder proteger. Y, por otra parte, desde el punto de vista táctico aquella era su última oportunidad de capturarlo. Después de la escena en cuestión, el manuscrito resultaba prácticamente inútil, ya que apenas proporcionaba información sobre el paradero del asesino tras haber cometido el crimen final.
Lotte aparentaba mucha más seguridad por fuera de la que sentía por dentro. A pesar de que había amanecido un suave día otoñal, el frío se le había metido en los huesos y le temblaban las piernas sobre el asfalto mientras hacía footing recorriendo su trayecto habitual de todos los días. A aquella hora, entre las seis y las siete de la mañana, antes de que despertara la ciudad, Lotte se sentía lo más cerca que podía estar de comprender la adicción de la que hablaba su hermana Anne. Todavía le quedaba un trecho para llegar al lugar que el autor había señalado en su manuscrito: el paso subterráneo cerca del concesionario Opel, justo al oeste de los bloques donde vivía Viljar.
Lotte había hecho lo que le habían pedido. Había salido de su piso en Ramsdalen a las seis en punto, como de costumbre. El recorrido era algo tan rutinario que el asesino lo tendría anotado desde hacía varios años. Lotte tuvo que admitir que no era una persona que variara excesivamente sus hábitos. La gente podría ajustar la hora de sus relojes siguiendo sus rutinas y, de hecho, hoy lo estaban haciendo.
Lotte sabía que, a simple vista, no había nadie en el paso subterráneo. Sin embargo, un total de diez policías estaban apostados en la zona del túnel y seguramente podrían localizar y capturar al asesino mucho antes de que ella llegara. En el caso de que no fuera así, estarían preparados para intervenir en el momento en que el hombre intentara atacarla. Según el manuscrito, el asalto debía producirse justo al entrar en el túnel y el asesino emplearía una táser para luego llevarla a un coche aparcado junto al concesionario Opel. En opinión de Olav, la acción no implicaría un gran riesgo, puesto que tenían los conocimientos previos. Incluso si el asesino llegaba a emplear la táser, lo máximo que Lotte podía temer era algún hematoma.
Todo aquello estaba muy bien. Lotte entendía la lógica del planteamiento. El problema era que aquel hombre les había dejado en evidencia tantas veces que, mientras corría hacia el túnel, no se sentía en absoluto segura. Y además, por si las cosas se descontrolaban, le habían dicho que llevara un espray de pimienta en el bolsillo.
En principio era un sistema de autodefensa pensado para incrementar su confianza; sin embargo, había tenido el efecto contrario. Para Lotte implicaba que el jefe de policía consideraba que podría haber alguna grieta en su plan: cabía la posibilidad de que algo saliera mal. La idea resultaba de lo más inquietante, pero la certeza de que al menos diez pares de ojos la estarían vigilando en el momento de entrar en el túnel la tranquilizó y fue la razón por la que acabó accediendo a participar en la operación. Con anterioridad, Lotte había visto muchos ejemplos de la eficacia de los equipos de intervención.
Su frecuencia cardíaca aumentó en cuanto cruzó la carretera cerca del último bloque de apartamentos. El túnel se hallaba a unos cincuenta metros. Era solo cuestión de segundos. Lotte trató de calmarse, no quería parecer insegura y vacilante. Corrió con pasos ligeros hacia la entrada mientras recorría la zona con la mirada. Entonces, un poco más adelante, divisó a un individuo que parecía estar esperándola. La adrenalina sacudió todo su cuerpo y notó que las piernas estaban a punto de traicionarla. La figura del túnel se perfiló cada vez con más nitidez. Le resultaba familiar. Y cuando descubrió quién era, no se lo podía creer. Ese hombre apenas había sido objeto de interés durante la investigación. Corrió llena de estupor los últimos pasos hacia él, llevándose imperceptiblemente la mano al bolsillo para sacar el espray de pimienta. El hombre esbozó una amplia sonrisa de satisfacción cuando se acercaba a él, pero solo durante una fracción de segundo. En el instante en que Lotte llegaba a su altura, se desató un infierno a su alrededor.
Un tremendo estallido y un fortísimo destello los derribó de golpe. Lotte quedó cegada y aturdida. Le pitaban los oídos y notó un intenso dolor en el cuello que se fue extendiendo al pecho. No podía respirar. Completamente paralizada en el suelo, alguien la levantó y la lanzó contra el muro de hormigón. Oyó unas fuertes pisadas que retumbaron entre las paredes del túnel, así como unos fuertes gritos. Lentamente acertó a vislumbrar a varios individuos corriendo. Había una mujer tirada en el suelo un poco más allá, chillando histérica. Lotte intentó llevarse las manos a la cabeza, pero no le obedecieron. Trató de ponerse en pie, pero recibió una fuerte patada en la sien y todo desapareció a su alrededor.