El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 39 de 91

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Risøy, Haugesund: Jueves por la noche, 16 de octubre de 2014

Risøy, Haugesund

 

Jueves por la noche, 16 de octubre de 2014

 

Ranveig se despertó por un zumbido procedente de la mesa del salón. Otra vez tenía el móvil en silencio, pero al menos lo había puesto en vibración. La pantalla mostró que se trataba de Øveraas. Antes de contestar, se preguntó qué querría a esas horas.

—¿Ranveig?

—Mmm…

—Oye, espero no haberte despertado, pero te necesito para cubrir un asunto.

—¿Ahora? Son las… —Giró la pantalla para echar un vistazo al reloj digital—. Son casi las once y media, Øveraas. ¿No hay nadie de guardia a quién se lo puedas pedir?

—Ranveig, ya conoces la ley de Murphy. Todo lo que pueda salir mal saldrá mal, y en el peor de los momentos. Thomsen está en Stavanger cubriendo a no sé qué artista en el auditorio. No me acuerdo de quién. Seguramente algo bastante bueno, porque parecía muy emocionado. Stiansen está de vacaciones, y hace media hora tuve que enviar al periodista de guardia y al fotógrafo a cubrir un incendio en Torvastad.

—De acuerdo… ¿Y qué es eso tan urgente que no puede esperar a mañana? El periódico ya está en imprenta, ¿no?

—La edición digital es lo que importa, Ranveig. Nunca lo olvides. Nos han llegado dos soplos de dos fuentes distintas que aseguran que Stein Vikshåland ha muerto. La policía no nos lo ha querido confirmar, pero nunca lo hacen cuando se trata de alguien famoso. Según los soplos, lo han encontrado en su casa. No contesta al teléfono ni a los mensajes que le hemos enviado, algo que nunca nos había pasado antes. A ese tío le pone tanto salir en los medios que tiene al periódico en marcación directa.

Stein Vikshåland era la mayor celebridad de Haugesund a nivel nacional. Había escrito dos libros muy polémicos que habían vendido casi cien mil ejemplares, en los que atacaba a las élites culturales noruegas con una crudeza que rozaba la falta de ética, sacando los trapos sucios de la gente de forma absolutamente provocadora. De la noche a la mañana, Vikshåland pasó de ser un don nadie a participar asiduamente en casi todos los debates de la televisión nacional. Había salido retratado de todas las maneras posibles en todos los periódicos, revistas y cadenas del país. Participó en un reality para famosos y era muy odiado por todo el mundo, especialmente por los haters más recalcitrantes que enviaban sus comentarios a la redacción del VG. Pese a todo, era un personaje muy solicitado por los medios. Si uno quería vender periódicos o conseguir mucha audiencia, lo único que tenía que hacer era recurrir a Stein Vikshåland con cualquier pretexto.

Ranveig tuvo que recapacitar para asimilarlo. Aquello era lo último que podría haberse esperado. Era cierto que Stein Vikshåland era un vividor hedonista que hacía que sus compañeras escritoras Lindell y Ragde parecieran unas misioneras, pero le sorprendió mucho que la palmara tan pronto. Solo tenía cuarenta y pocos años. En todo caso, Ranveig comprendió que Øveraas no exageraba: era una noticia que realmente no podía esperar a mañana.

—¿Has dicho en su casa? ¿Te refieres a la miserable casucha que tiene en Tømmerdalen o a la lujosa mansión Se & Hør de Salhusvegen?

El chalet de Vikshåland había recibido ese nombre después de que, tras la fiesta de inauguración, la revista de cotilleos Se & Hør le dedicara el reportaje «En casa de…» más extenso de su historia. Nada menos que siete páginas.

—¿Y tú te llamas periodista cultural? Todo el mundo sabe que el tío jamás está en su lujosa mansión. Solo la tiene para aparentar.

—Ya lo sé, Øveraas. Pero has dicho que hemos recibido un par de soplos, y puede que tengan aún tan poca información como nosotros.

—Vale, vale, pero se trata de Tømmerdalen. Una de nuestras fuentes lo ha mencionado expresamente. ¿Subes allá a toda leche y me llamas cuando sepas algo más?

Ranveig le contestó afirmativamente y se vistió en un santiamén. Por esa noche tendría que olvidarse de la sensación de que las cosas no encajaban como debían en el caso de los asesinatos. Se echó al hombro la bolsa con la cámara y el teleobjetivo, cogió las llaves y salió a toda prisa.