El ejecutor
Requiem – Offertorium, Domine Jesu
Soy consciente de que, antes de que llegue el fin de semana, debería tomarme los analgésicos que me recetó el médico, pero no quiero hacerlo. Las pastillas me quitarían el dolor, pero también me adormecerían y me despojarían de la capacidad de actuar. De observar. De sentir la música…
Siento que la vida misma recorre todo mi ser con una excitación estimulante. Siento un hormigueo en los dedos de las manos y los pies. Siento vibrar todos los músculos. La sangre bombeando. El vello erizándose. Una erección.
El cordón policial me roza el abdomen como una caricia sugerente. Como el delicado roce de unos dedos femeninos alrededor del ombligo. Los dedos de Ranveig eran suaves. Incluso cuando me arañaban eran suaves. Tengo que ocultar los profundos y sangrantes rasguños de mis brazos, pero noto que están ahí. Siento un profundo anhelo en las entrañas cada vez que paso la mano sobre las frescas heridas. El mismo anhelo que se siente cuando las fuerzas gravitacionales te propulsan en una montaña rusa. Agradable, estimulante, excitante.
Las marcas de las uñas de Ranveig son el último vestigio de su energía vital, transferida desde sus dedos a mis brazos cuando me colgué de ella aferrado a la parte inferior de su cuerpo. Rodeé sus brazos y sus piernas con mi propio cuerpo, y me quedé oscilando como una prolongación de ella. El peso de dos personas hizo que la cuerda se tensara alrededor de su cuello con más fuerza. No tanto como para quebrárselo, pero sí lo suficiente como para que la vida escapara de ella con más rapidez de lo que lo hubiera hecho solo con su propio peso.
Mientras ella moría, me corrí. Fue algo incontrolable y repentino. Y es algo que me sorprende. Nunca he tenido fantasías sexuales morbosas. Nunca he relacionado la muerte con algo sexual. Mi sexualidad siempre ha sido bastante normal. Nunca he permitido que la más mínima fantasía aflorara a la superficie. Así que, literalmente, me llegó por sorpresa. El hemisferio lógico de mi cerebro me permite explicar por qué sucedió. La sensación de controlar la vida y la muerte. La excitación de hacer algo prohibido, combinada con un cuerpo tembloroso entre los brazos… Así es como puedo explicar el repentino orgasmo. Aunque supongo que en realidad no habría que calificarlo como tal. No fue como los que te sobrevienen en el clímax de un deseo ardiente. Tenía más que ver con una especie de descarga, de vaciado. Como los sueños húmedos que te despiertan de noche en la adolescencia.
Esa agradable sensación es un recuerdo dulce mientras observo a la policía corretear de un lado a otro como ratoncitos desconcertados. No ven al gato, pero ¿intuyen tal vez que está cerca? Veo que Lotte Skeisvoll nos está observando.
¿Acaso sabe algo? ¿Comprende lo que está a punto de ocurrir a su alrededor?
No lo sé. No puedo estar totalmente seguro. Aun así, creo saber bastante bien lo que está pensando justo ahora. Seguramente se está reprochando no haberme tomado más en serio. Está furiosa consigo misma. Furiosa por no haber comprendido que todo llegaba mucho más al fondo de lo que expresaban los correos electrónicos. Desesperada por no haber sido capaz de proteger a Ranveig, por no haber descubierto a tiempo lo que se estaba cociendo.
Seguramente se esté preguntando cómo podía saber yo a qué reportero enviaría el periódico aquí anoche. Lo más gracioso es que no podía saberlo. Tan solo tenía la esperanza de que así fuera, aunque por otra parte me aseguré de que los demás periodistas de guardia estuvieran «ardientemente» ocupados en otros asuntos.
Por si acaso, también tenía la llave del piso de Ranveig, por si el plan original no funcionaba.
Lo único que no entiendo es por qué la policía no había tomado medidas para proteger a Ranveig. Al parecer trabajan con más lentitud de lo previsto. En realidad me están facilitando la labor, aunque van a un ritmo un tanto desacompasado y no debería ser así. Es importante que haya armonía entre todos los instrumentos. Preferiría que siguieran la composición hasta el último detalle, pero no puedo hacer nada respecto a lo que ya ha pasado hasta ahora. No harán falta grandes cambios, únicamente unos mínimos ajustes en la partitura. Nada que tenga graves consecuencias cuando se produzca la entrada de mi Domine Jesu.
Veo que Viljar Ravn Gudmundsson se levanta por fin. Ya era hora. Debo tener un poco más de cuidado para que no se derrumbe del todo. Todavía no hemos llegado a esa parte de la partitura. Ya habrá tiempo de que se enfrente a sí mismo y a sus actos. Sin embargo, de momento lo necesito como primer violinista. Visto así, es una pena que fuera él quien la encontró, pero, bueno… al menos, ha incrementado el dramatismo.
Me retiro discretamente para que no me vea. Si lo hiciera, podría empezar a sospechar. Ahora mismo estoy moviéndome en el filo de la navaja. Soy consciente de ello, pero en todo momento he sabido que, cuando llegara el punto de inflexión, la línea que separa el éxito del fracaso sería tan fina y frágil como el velo de una novia.
Viljar es un animal herido. Es peligroso, pero incapaz de protegerse a sí mismo. Es el estado en que me lo imaginé mientras componía. Ahora no me queda más que mover la batuta correctamente y el resto irá saliendo solo.
Mientras estoy charlando con uno de los vecinos, siento unas punzadas dolorosas en la parte posterior de la cabeza y echo a andar para alejarme de allí. Utilizo los dolores reales para mostrar compasión y empatía. Me divierte.
Al oír unos murmullos que recorren a la multitud, me doy la vuelta. Alzo la vista y descubro el motivo de la reacción. Están sacando por la puerta la camilla con el cuerpo de Ranveig. Naturalmente, está cubierto por una tela blanca. Tanto color blanco… De hecho, solo hay blanco. Tan blanco como lo estaba Ranveig. Blanco puro. Culpable o no. Me resulta totalmente indiferente.
Si pudiera cambiar algo, serían los próximos correos electrónicos que tengo que mandar. Resulta patético cuando tanto quien los envía como quien los recibe saben que no son más que chorradas, pero qué se le va a hacer. Cada pieza ocupa su lugar necesario en la obra de arte, aunque a posteriori me doy cuenta de que esta no es perfecta.
Reflexiono sobre algo que me enseñó mi antiguo profesor de arte en el instituto. Edvard Munch pintó muchas versiones de cada obra. Cada vez que terminaba un cuadro, encontraba algo de lo que no estaba satisfecho, así que hacía una nueva versión. Existen muchas variantes de Madonna y de Las chicas en el puente. Edvard Munch era un privilegiado. Yo solo tengo una única oportunidad para alcanzar la perfección. No puedo rehacer mi obra. Para mí solo existe una versión de El grito…