El ejecutor
Centro de Haugesund: Sábado por la noche, 18 de octubre de 2014
Centro de Haugesund
Sábado por la noche, 18 de octubre de 2014
Lotte Skeisvoll estaba muy incómoda. Estaba en el asiento trasero de un coche policía, apretujada contra la portezuela y mirando por una ventanilla de la que tenía que limpiar el vaho cada dos por tres. Por lo visto el aire acondicionado había pasado a mejor vida y solo era capaz de mantener libres de vaho las lunas delantera y trasera. Le dio un toque con el dedo a Scheldrup Hansen, que estaba sentado en el asiento del copiloto.
—¿Podemos volver a repasar brevemente la operación? Hay un par de detalles que no he entendido bien.
Él no hizo ademán de darse la vuelta, sino que se limitó a carraspear levemente antes de repetir el plan que le había explicado hacía solo un par de minutos. Más despacio esta vez, como si Lotte no tuviera muchas luces y necesitara su tiempo para entender bien todos los detalles.
—Hemos restringido la vigilancia a cuatro escenas del crimen potenciales. No vamos de incógnito, sino que hemos optado por mostrarnos visibles, con las luces azules encendidas. Lo hacemos para truncar sus planes de modo que tenga que empezar a improvisar. ¿Me sigues hasta ahora?
Olav la miró brevemente por encima del hombro. Lotte asintió con la cabeza.
—Las cuatro direcciones que estamos vigilando son dos de aquí del centro, una en Salhusvegen, cerca del cementerio, y otra en Skudeneshavn. Además hemos enviado a dos hombres a Røvær para hacer de canguro de una mujer que también podría estar en la mira del asesino. Aquí estamos vigilando la vieja casa que se ve al otro lado de la calle, justo al lado del Palestine Restaurant. Ahí vive Jomar Palsgård, «Jompa» para los amigos. Tiene cincuenta y cinco años. Es alcohólico. Ha sido condenado repetidas veces, pero también absuelto en un par de ocasiones. Muy aficionado al contrabando de aguardiente polaco y cigarrillos. Tenemos otro coche apostado en el centro, en la zona del estadio de fútbol. Allí vive un inmigrante llamado… Espera…
Olav Scheldrup Hansen sacó un smartphone del bolsillo de su chaqueta y buscó entre sus notas. Encontró el nombre.
—¡Aquí está! Heilu Manstrawi. Cuarenta años. Acusado de importación ilegal y venta de cigarrillos de Nigeria… ¿Quién coño querría fumar cigarrillos nigerianos? En fin… Fue absuelto del cargo de venta porque, no sé muy bien cómo, consiguió convencer al tribunal de que eran para consumo propio. ¡Cuarenta y dos cartones! Le multaron por importación ilegal, pero lo absolvieron del cargo de venta y se libró de la prisión.
Lotte estaba francamente desconcertada ante aquella táctica, pero no sabía hasta dónde podía estirar la goma sin que se rompiera.
—Lo pregunto por pura curiosidad, pero ¿por qué has decidido esta estrategia de vigilancia? Quiero decir… mi primer impulso habría sido proteger a las posibles víctimas dentro de sus casas, o trasladarlas a un lugar seguro.
Scheldrup Hansen se incorporó en el asiento. Lotte sabía por experiencia que le disgustaban esa clase de preguntas, pero al menos esa vez le dio una respuesta satisfactoria sin alterarse:
—Tenemos que ponerlo nervioso. Con una presencia visible, le obligamos a actuar de modo irracional. Esto lo sacará de su zona de confort y así le forzamos a jugar según nuestras reglas. Simplemente le estamos devolviendo la jugada.
Lotte entendía la lógica de su razonamiento, pero no le gustaba. Era un juego muy arriesgado en el que no se podían permitir ningún fallo. Estaba a punto de seguir haciendo preguntas, pero cambió de idea. Se sentía demasiado cansada.
Se miró las manos. Le temblaban ligeramente. La inquietud. La preocupación. La vergüenza. Faltaban solo unas horas para que reanimaran a Anne en el hospital, y ella estaba allí, haciendo lo que se había prometido que iba a dejar de hacer. Había antepuesto el trabajo a la familia. «¿Y qué más da? —pensó—. No supone ninguna diferencia que yo esté o no aquí esta noche».
Las lágrimas brotaron sin previo aviso y tuvo que girarse para que el agente que estaba al volante o Scheldrup Hansen no la vieran por el espejo retrovisor. En aquel instante sintió que su hermana estaba más cerca de las puertas doradas del cielo de lo que ella estaría jamás. En un día como aquel, Lotte había preferido la descarga de adrenalina a atender a su hermana. No creía que el Señor tuviera en muy alta estima esa forma de actuar.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se prometió que pasaría por el hospital una vez que terminasen con la operación de vigilancia. Tenía que hacerlo. No podía traicionar a Anne de aquella manera. Era importante que pudiera demostrarle a su hermana que podía confiar en ella. La cuestión era si, realmente, podía confiar.
El agente y Olav hablaban tan bajo que a Lotte le era imposible captar lo que decían. Incluso tenía la sensación de que lo hacían adrede. Se sentía ignorada allí, en el asiento trasero. Como si no estuviera participando plenamente… Aquello evocó en ella uno de sus recuerdos de infancia más íntimos, una voz que le retumbaba en los oídos. Una voz que escuchaba siempre que jugaban en la calle a patear la lata, al pillapilla o al tú la llevas. Y que le decía que ella no quería participar de verdad. Porque implicaba que podía perder, y eso no le gustaba. ¿Le seguía pasando lo mismo? ¿Se había distanciado de la investigación en cuanto había surgido el primer contratiempo? ¿Le resultaba más cómodo dejar que los chicos grandes y duros tomaran las riendas para que ella participara solo a medias? Lotte apartó aquel pensamiento. Ella todavía tenía el control. Era la directora de la investigación. Solo que ahora estaba en el asiento trasero…
Sus divagaciones se vieron interrumpidas cuando la radio empezó a crepitar. Era un aviso de otra de las patrullas.
—¡Se oyen disparos! Repito. Estamos oyendo disparos. No en la zona del estadio, sino por el área de Fjellvegen, creo. Hemos podido oír las detonaciones desde aquí. Dos disparos. Repito. Dos disparos. ¿Debemos abandonar nuestra posición o enviar a otras patrullas?
—¿Estáis seguros de que se trata de disparos? —preguntó el inspector de la judicial—. ¿Has dicho Fjellvegen? ¿Eso no es donde se encuentran las malditas torres de viviendas?
—Correcto. No sabemos si los disparos provienen de allí, pero concuerdan tanto la dirección como la distancia.
—¡Todas las patrullas… repito… todas las patrullas! Diríjanse de inmediato a las torres de viviendas de Fjellvegen. Se han producido disparos. Hay una potencial víctima en el piso número 8H.
Lotte se quedó boquiabierta en el asiento trasero. ¿Una posible víctima en las torres de viviendas?
¿Desprotegida?
—¿Qué coño está pasando, Olav?
—Eliminamos a esa víctima potencial de nuestra lista. Vive en uno de los pisos más altos del bloque y consideramos improbable que el asesino se atreviera a regresar al mismo lugar donde ya había cometido otro crimen, y que además sería fácilmente descubierto al entrar o salir del edificio. Sobre todo después de efectuar un disparo.
—¡Joder, eres el mayor imbécil que he conocido en mi vida! —gritó Lotte, y le propinó una colleja en la nuca que sin duda debió de dolerle.
Poco después, cuando llegaban a la zona de Fjellvegen, se oían sirenas procedentes de todos los puntos cardinales.
Dos coches patrulla entraron derrapando simultáneamente en el aparcamiento situado delante de las torres. Justo detrás aparecieron las luces azules de otros vehículos policiales. Un puñado de residentes se habían congregado delante del portal de uno de los edificios. Lotte, Scheldrup Hansen y el agente salieron rápidamente del coche y se parapetaron detrás del mismo. El inspector de la judicial gritó a la gente que se alejara del bloque, pero nadie se movió.
Un minuto más tarde seguían llegando coches de policía y se oían más sirenas acercándose por Fjellvegen. Knut Veldetun llegó en uno de aquellos vehículos y gritó a la gente por el megáfono que se alejara del edificio. Poco a poco la multitud empezó a dispersarse, pero nadie parecía dar muestras de pánico o nerviosismo. Uno de los curiosos se acercó caminado tranquilamente hacia los coches patrulla. Lotte hizo ademán de levantarse, pero Olav la agarró bruscamente para que volviera a agacharse.
Sintió que la invadía una sensación extraña. Había algo que no cuadraba. En circunstancias normales, la gente habría salido corriendo para buscar refugio huyendo del peligro, pero allí lo único que reinaba era un sentimiento de curiosidad. La manera en que el hombre se acercaba a ellos indicaba lo mismo. Se detuvo justo delante y miró a los policías agachados detrás del coche.
—Se ha largado —dijo escuetamente, señalando en dirección a la residencia de estudiantes que había un poco más allá.
Lotte hizo un nuevo intento de incorporarse y esta vez nadie se lo impidió.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Y quién se ha largado? —preguntó haciendo señas a los demás para que también se levantaran.
El hombre volvió a mirar hacia el portal del edificio.
—Entró un tío, disparó dos veces y después desapareció en una bicicleta por allí —dijo, y volvió a señalar hacia el lugar donde Fjellvegen traza una curva junto a la residencia de estudiantes y sigue hacia Geitafjellet.
Lotte lo agarró del brazo para llevarlo aparte.
—¿Le ha visto?
—Bueno… —Vaciló un poco—. Le he visto fugazmente de espaldas cuando se marchaba en la bicicleta, pero ya estaba bastante lejos cuando he salido a la calle. En cualquier caso iba todo de negro, con una chaqueta con capucha que le cubría la cabeza.
—Entonces ¿cómo puede saber que era un hombre?
—Bueno, pues… En realidad no lo sé. Solo me dio esa impresión.
—¿Sabe si hay alguien herido dentro?
Las pupilas del hombre se dilataron al percatarse de que evidentemente cabía esa posibilidad.
—Ay… Por Dios, es posible, pero…
—¿Pero…?
—No, no lo sé. La gente salió en tromba de todos los apartamentos, así que no creo que haya sucedido nada. En ese caso alguien habría avisado, o nos habríamos dado cuenta si hubiera disparado a alguien.
—Usted se queda aquí. Tendré que interrogarle después de que hayamos registrado el edificio. ¿Ha podido oír de qué planta procedían los disparos?
El hombre pareció confuso. Negó con la cabeza y miró interrogante a Lotte.
—¿Planta…? No, no creo que procediera de ningún piso de arriba. Más bien fue en el portal. Yo vivo en la planta baja y salí corriendo enseguida. Y él ya se estaba alejando en la bicicleta, así que no creo que pasara más allá del portal.
Lotte no comprendía absolutamente nada. Si la persona que disparó solo había entrado en el portal, su objetivo no habría sido el de matar a alguien. Cruzó corriendo el aparcamiento hasta la entrada, adonde ya habían llegado varios agentes para comprobar si había heridos. Scheldrup Hansen estaba junto a la puerta gritando órdenes:
—Subid primero al apartamento 8H. Comprobad si hay alguien allí.
—¿Quién vive ahí? —preguntó Lotte.
—Johan Gundersen. Soltero, cuarenta y tres años. Absuelto por contrabando hace cuatro. Estaba en nuestra lista.
—Y aun así, ¿estaba sin protección esta noche?
El inspector de la judicial parecía azorado. En su expresión alternaban la rabia y el desconcierto. Lotte no alcanzaba a entender que hubiese podido cometer semejante fallo. Pensaba que habría escarmentado tras lo ocurrido con Ranveig.
—Es una idiotez intentar disparar a alguien en el octavo piso. Sabe que seguramente lo verán cuando vuelva a bajar.
—¡No, Olav! Una idiotez es presuponer que nuestro hombre piensa de modo sensato y racional. También lo es actuar y poner en riesgo la seguridad de la gente basándonos en meras suposiciones. Somos policías, Olav. Estamos aquí para proteger a la gente, no para ponerla en peligro. ¡Joder, tío!
Pasó por delante de Scheldrup Hansen y empezó a subir las escaleras hasta el octavo piso. Iba ya por la mitad cuando se arrepintió amargamente. Había un maldito ascensor en el edificio. Suspiró, pero continuó subiendo los últimos pisos. Se cruzó con varios policías interrogando a algunos residentes de las plantas superiores. En la puerta del 8H estaba Knut Veldetun, hablando con un hombre que no podía ser otro que Johan Gundersen.
La peste a alcohol que desprendía Gundersen la alcanzó ya cuando subía el último tramo de escalera, y a juzgar por su cara estaba claro que no se había tomado solo una copa esa noche. Tampoco debían de ser los primeros tragos de su vida. Una harapienta chaqueta de punto cubría holgadamente el torso desnudo y una barriga abultada que seguramente no había visto muchos días mejores se desparramaba en todo su esplendor, dejando claro que Gundersen llevaba bastante tiempo sin verse la polla. En cualquier caso, el hombre estaba vivo y eso era lo importante. Lotte meneó la cabeza. Le hizo una seña a Knut para indicarle que volvía a bajar.
Los impactos de disparo eran visibles en la pared blanca entre la planta baja y el primer piso. Parecían totalmente aleatorios. Lotte intentó pensar qué podría haber hecho actuar al asesino de aquella forma. ¿Querría asustarles? ¿Demostrarles que todavía tenía el control y que podía elegir a sus víctimas?
Regresó al coche patrulla. Se sentía tremendamente cansada. ¿Tal vez no fuera su hombre el que había disparado en el portal? ¿Tal vez aquello solo fuera una puta coincidencia? La respuesta llegó dos minutos más tarde, cuando ya estaba sentada en el asiento del copiloto del coche policial. Ni de coña iba a dejar que Scheldrup Hansen ocupara ese asiento ni un minuto más, estaba pensando en el momento en que crepitó la radio.
—Central llamando. ¿Alguien me puede contestar?
Lotte suspiró y sacó el transmisor de la funda del salpicadero.
—Aquí coche 554. Skeisvoll. ¿De qué se trata?
—Acaba de llegarnos un aviso de disparos en Djupaskarsvegen, justo al lado del estadio. ¿Estáis cerca?
Se quedó helada, como si la sangre hubiera abandonado su cabeza. La patrulla de vigilancia había estado allí toda la noche, salvo en la última media hora. Con todas las fuerzas policiales concentradas en un mismo lugar, el asesino tenía vía libre para actuar a su antojo. Le extrañaría mucho que el inmigrante del 21B de Djupaskarsvegen siguiera con vida. Se abalanzó sobre el claxon para avisar a los demás, aunque en su fuero interno sabía que era demasiado tarde.
Cuando las sirenas llegaron al lugar tres minutos más tarde, la escena que se encontraron frente a la casa de Manstrawi era muy distinta a la que habían encontrado en las torres de viviendas. También se había congregado una multitud de curiosos, pero había miedo en sus rostros. Algunos gritaban. Otros lloraban. Muchos permanecían apáticos con la mirada perdida. La puerta del chalet estaba abierta de par en par y en el recibidor yacía el cuerpo del contrabandista nigeriano.
Lotte se rindió finalmente. Comunicó a Lars Stople que no iba a estar localizable por teléfono y abandonó el lugar del crimen sin dar explicaciones. En aquel momento el trabajo le importaba una mierda. Podría pasarle el mando de la investigación al primero que se lo pidiera. No le importaba que la acusaran de negligencia en el servicio. Así al menos el jefe de policía tendría a alguien a quien echarle la culpa cuando al día siguiente tuviera que cubrirse las espaldas delante de toda la prensa de la capital, pensó Lotte mientras caminaba hacia el puente peatonal. El hospital estaba a apenas dos minutos a pie y allí había alguien que la esperaba. Alguien que seguía viva, aunque a duras penas…