El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 17 de 91

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Aeropuerto de Haugesund, Karmøy: Miércoles por la mañana, 15 de octubre de 2014

Aeropuerto de Haugesund, Karmøy

Miércoles por la mañana, 15 de octubre de 2014

 

El descenso hacia el aeropuerto de Haugesund, en Karmøy, parecía un ejercicio de acrobacias aéreas. El avión de Norwegian, con la imagen de Thor Heyerdahl en su cola, daba trompicones por el aire del mismo modo que debió de hacerlo la Kon-Tiki en el océano Atlántico hacía medio siglo. El inspector de la policía judicial Olav Scheldrup Hansen se sentía como un explorador que tal vez se hubiera arriesgado demasiado, mientras se aferraba al reposabrazos y miraba por la ventana las nubes blancas que nunca parecían acabarse. Cuando finalmente desaparecieron, la nubosidad cambió de blanco a gris. Por lo visto, la niebla matutina no era un fenómeno extraño en Haugesund en otoño. Según le habían contado, tampoco lo era el resto del año.

El avión aterrizó con un golpe brusco y aparatoso. Después de unos segundos de fuertes frenazos, el inspector pudo constatar felizmente que los pilotos habían conseguido encontrar la pista de aterrizaje en medio de aquel mar de niebla. Soltó el reposabrazos y respiró aliviado.

El jefe de sección de Olav le había enviado por correo electrónico un breve informe sobre la naturaleza de su misión. Ya tenía reservado el pasaje, de modo que sus protestas por tener que viajar en avión fueron recibidas con un encogimiento de hombros. Haugesund no podía esperar a que él cruzara como un machote todo el país, con todos sus puertos de montaña incluidos, en un puto autobús. La información disponible del caso dejaba mucho que desear, y Olav tenía la esperanza de que eso no significara que se había realizado un pésimo trabajo policial hasta el momento. Afortunadamente, el jefe de la judicial le había asegurado que quien llevaba la investigación era la mejor inspectora de la comarca. En otras palabras, se trataba de una investigadora curtida con muchos años de experiencia en el cuerpo. Por su parte, Olav acababa de cumplir cincuenta años y los últimos quince había estado asignado a la judicial. Gozaba de gran prestigio como investigador y con frecuencia había sido invitado a la Escuela Superior de Policía para impartir clases. Asimismo había escrito dos libros sobre tácticas de investigación y, en general, sabía manejar bastante bien a sus jefes.

La única desventaja era que, de vez en cuando, le mandaban a la periferia de Noruega para ayudar en casos de homicidio. Se encontraba más a gusto en Oslo y no le gustaba nada la idea de verse atrapado en el asiento de un avión. Se había visto obligado a sustituir los dieciocho grados de la soleada capital por los siete grados y la niebla de Haugesund. Se arrepintió de no haberse traído la trenca.

Un pasillo corto y estrecho llevaba a la sala de llegadas, cuyo tamaño era aproximadamente como el de cualquier salón noruego. Una cinta de equipaje daba vueltas con dificultad en un lateral, mientras que el resto del espacio lo ocupaban los familiares y amigos que habían acudido a recibir a sus seres queridos.

Entre los presentes se encontraba un joven agente novato sujetando un folio de tamaño A4 en el que había escrito HANSEN con rotulador. Olav habría sido lo suficientemente inteligente como para ser capaz de identificar al policía, ya que el joven iba de uniforme.

Diez minutos más tarde, Scheldrup Hansen estaba sentado en el asiento del copiloto de uno de los coches patrulla del distrito policial, un destartalado Volkswagen Passat totalmente «uniformado» por dentro, lleno de envoltorios de perritos calientes y botellas de refrescos vacías en el lugar donde debía poner los pies.

Olav permanecía callado y, por suerte, el agente tampoco parecía tener muchas ganas de entablar conversación. Dio una cabezada y, medio adormilado, reparó en que estaban cruzando un puente. La aglomeración de viviendas aumentó a medida que se acercaban al centro de Haugesund. El humor del inspector mejoró algo. Después de todo, aquella no era una zona tan rural. Sabía que la ciudad tenía alrededor de treinta y cinco mil habitantes y que además contaba con uno de los mejores equipos de fútbol del país. Sin embargo, se había imaginado un minúsculo núcleo urbano con poblaciones dispersas por los alrededores.

Cuando llegaron al hospital de Haugesund, se desviaron hacia el centro de la ciudad y avanzaron a través de calles pequeñas y desiertas. Poco después aparcaron el coche frente a la comisaria, junto al Smedasundet, y el agente se bajó con presteza para ayudarle con el equipaje. Olav lo interpretó como una señal de que todavía no habían sido capaces de encontrarle una habitación de hotel. Dos minutos después de personarse ante el mostrador, apareció Lotte Skeisvoll. Él se quedó mirando atónito su mano tendida durante demasiado tiempo antes de reaccionar. El hecho de que ella fuera la directora de la investigación cambió por completo todas sus previsiones respecto al caso. La reconoció al instante, y no fue un reencuentro precisamente agradable. Seguramente tampoco lo fuera para ella, pero se le daba mejor que a él ocultarlo.

Lotte Skeisvoll era la agente más joven a la que había dirigido en su carrera en la Escuela Superior de Policía. Entró como una estudiante engreída que, ya desde el primer día, pensaba que lo sabía todo. La recordaba como el tipo de persona excesivamente minuciosa que se pasaría todo un año reuniendo las pruebas suficientes para llegar a la conclusión de que, para que un huevo quede duro, necesita estar nueve minutos en agua hirviendo.

Solo podía hacer una cosa, pensó Olav cuando al cabo de un rato se levantó para estrecharle la mano. Tenía que emplear todos los medios posibles para hacerse con el control del caso. De otro modo se embarcarían en una investigación improductiva en la que no ocurriría nada, no avanzarían en absoluto y nadie asumiría ningún riesgo para seguir las pistas antes de que estas se hubieran enfriado por completo. E imaginaba que los diez años transcurridos desde que Lotte Skeisvoll se graduara no la habrían hecho menos arrogante y meticulosa.

Olav no pudo evitar darse cuenta de que, durante el reencuentro, Lotte Skeisvoll tenía que hacer grandes esfuerzos para no echarse a reír. Sus pensamientos retrocedieron en el tiempo. Al momento en que conoció a aquella mujer de la costa oeste. A aquella pedante. La que siempre levantaba la mano intentando aleccionarle, cuando él era el profesor. Si no la conocía mal, llevaría diez años deseando que llegara este momento…