El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 59 de 91

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El ejecutor

Calle Austmannavegen, Haugesund. Sábado por la mañana, 18 de octubre de 2014

Calle Austmannavegen, Haugesund

Sábado por la mañana, 18 de octubre de 2014

 

Tras la visita a la biblioteca, Viljar dejó que la apatía se apoderara de él nuevamente. No le había dicho nada a Lotte por teléfono, pero había un correo electrónico sin abrir en la bandeja de su dirección del trabajo. El asunto del mensaje no dejaba lugar a dudas sobre el contenido.

«Sentencia n.º 4»

Viljar no había querido abrirlo. No tenía el más mínimo deseo de leer más mensajes macabros de aquellos. El anterior había sido sobre Ranveig. El hecho de presentarla como una especie de delincuente merecedora de la pena de muerte resultaba tan espeluznante como sumamente injusto. Por lo menos, su acto había convencido a Viljar de una cosa. El asesino no buscaba a delincuentes que merecían un castigo. Buscaba a personas a las que había decidido matar, y luego trataba de justificarlo de algún modo.

El centro periodístico de Akersgata había despertado de su letargo. La prensa sensacionalista se regodeaba con unos titulares histéricos. En los periódicos que había recogido a toda prisa cuando volvía a casa destacaban a toda plana las fotos de Tømmerdalen. El VG provocaba con el titular «La última víctima del Verdugo» y una gran foto de Ranveig. El Dagbladet se había decidido por una variante más «seria»: «Nuevo asesinato en Haugesund — La gente huye de la ciudad». Cada emisión de noticias y programa de actualidad trataba sobre «el Verdugo», un apodo que implicaba que Ranveig había cometido un delito por el que había sido castigada.

Ranveig le había contado la historia en una fiesta de empresa con mucho alcohol de por medio. Se había dormido en el asiento del copiloto de un coche y no se despertó hasta que se produjo el accidente. El conductor huyó a pie del lugar del siniestro, dejando puestas las llaves. Incluso llegó a afirmar que ella le había robado el coche. La acusaron de conducir bajo los efectos del alcohol, pero la absolvieron por falta de pruebas. Nadie pudo demostrar que era ella la que conducía.

Emplear ese incidente como un pretexto de que ella merecía morir era algo absolutamente ridículo y, en el fondo, el asesino también lo sabía. Había escogido a Ranveig para hacerle el mayor daño posible a él.

«Este caso tiene que ver conmigo. Lotte puede pensar lo que quiera. Es una vendetta. Cuando yo desaparezca, habrá acabado todo».

Abriría el correo cuando llegara Lotte, pero a partir de ese momento sería ella la que se encargase de leerlos. No tenía intención de permanecer mucho más tiempo en la ciudad. Compartiría con Lotte las teorías a las que habían llegado Øystein Vindheim y él. Luego ella y la policía tendrían que ocuparse de todo lo demás. Aquel juego se había vuelto demasiado peligroso.

«Tengo más que suficiente con mis propios fantasmas», pensó cuando llamaron a la puerta.

Lotte estaba en el rellano. O, mejor dicho, lo que quedaba de ella. No intercambiaron palabra alguna. Viljar se limitó a abrir la puerta de par en par para que ella entrara. Se dio cuenta de que había estado llorando. Había surcos de lágrimas en sus mejillas y sus ojos enrojecidos traslucían su dolor. Presentaba un aspecto descuidado, desaliñado.

Pasó por delante de él y entró directamente en el salón sin quitarse el abrigo. Se dejó caer en el sillón más cercano y soltó un suspiro profundo e intenso. Fue como si la hubieran despojado de su identidad, de toda su personalidad. Apenas quedaba nada de ella, un zombi a plena luz del día. Viljar se sentó en el sofá y orientó el portátil hacia ella. Señaló el correo.

Un destello de desesperación recorrió su mirada. Miró fijamente la pantalla y abrió el correo. Lo leyó atentamente.

Cuando terminó, Lotte meneó la cabeza con expresión consternada. Pronunció las primeras palabras desde que entrara en el piso de Viljar:

—Y bien… ¿Lo has leído?

Viljar negó con la cabeza. Sacó la petaca de tabaco pasando olímpicamente de la mirada reprobatoria de Lotte. Era su casa. Sus reglas. Si a ella le molestaba que fumase, tendría que marcharse. Lotte carraspeó, mirando a su alrededor para localizar una ventana que pudiera abrir. Se levantó a duras penas del sillón para arrastrarse hasta la que había junto al pequeño cuarto que albergaba la cocina.

—En esta ocasión su objetivo es alguien metido en asuntos de contrabando. Utiliza el mismo nombre, pero ha vuelto a cambiar de servidor de correo.

Sacó su teléfono para comunicar la información a la comisaría. Prometió enviar inmediatamente el correo a la dirección de Olav. Viljar permaneció callado hasta que hubo acabado.

—No servirá de mucho —dijo—. No vais a encontrarle por la información que proporciona en el mensaje. Podría ayudar a reducir la búsqueda de algún modo, pero acabará consiguiendo su objetivo. Lo más interesante deben ser las letras y los números que aparecen en la parte inferior. ¿Cuáles son?

Lotte lo miró interrogante antes de volver a dirigir la vista a la pantalla. Fue bajando por el texto hasta encontrar lo que buscaba.

—AH1-2.

—Muy bien. Entonces pronto sabremos cómo llevará a cabo su asesinato —dijo Viljar.

El caso resultaba tan extenuante que ni siquiera sentía ninguna satisfacción por haber descubierto parte de la solución.

—Los acertijos me gustan tanto como los periodistas oscuros y decadentes —dijo Lotte—. Si hay algo que no tenemos ahora mismo, es tiempo.

—El código hace referencia a un asesinato concreto de alguna novela negra. Una novela escrita por alguien que responde a las iniciales AH. En esta ocasión se trata del segundo asesinato que aparezca en el primer libro de ese autor o autora.

—¿Anne Holt?

—Por ejemplo, pero podría haber otros. Habría que comprobarlo para asegurarse. Si es Anne Holt, estáis de suerte. Tengo toda su obra aquí mismo.

Viljar señaló con el pulgar hacia atrás, donde una enorme librería cubría todo el ancho de la pared del suelo al techo. Aunque el resto del piso parecía una guarida de yonquis, allí reinaba el orden.

—No sabía que leyeras libros…

Viljar obvió el comentario con un gesto de la mano.

—Se los dejó mi ex.

Lotte se levantó y se acercó a la librería. Pasó el índice cuidadosamente por los lomos.

—¿Cuál es el primero?

—Diosa ciega. Están colocados por orden cronológico.

Lotte no dijo nada. Se limitó a asentir pensativa y sacó el título mencionado del estante. Empezó a hojearlo, pero después de un par de páginas se detuvo.

—¿Tengo que leerlo o ya sabes la respuesta? —preguntó volviendo la cabeza hacia Viljar, que seguía en el sofá.

—No tengo ni idea. Tendrás que buscarla tú misma.

Lotte volvió a sentarse en el sillón. Llevaba la novela en las manos.

—¿Y los otros tres? ¿Qué libros eran?

—El primero era El ángel oscuro, de Unni Lindell. Una señora es arrojada por el balcón de su piso. El segundo resultó más difícil: Petirrojo, de Jo Nesbø. Disparan a un abogado en las escaleras de su casa con un rifle. El último no creo que haga falta mencionarlo. Todos hemos visto la película…

—Ángeles caídos…

Lotte susurró las palabras al aire. Las escenas de las víctimas que parecían ángeles en camisón blanco colgando del techo se encontraban entre las más aterradoras filmadas jamás por el cine noruego.

Viljar apartó la mirada. El recuerdo de Ranveig permanecería para siempre, inexorablemente, ligado a esas escenas.

El embarazoso silencio no duró más de un par de segundos. Viljar extendió la mano. No para coger la de Lotte, sino para que le entregara el libro. Ella se dio cuenta. Se lo pasó y volvió a llamar a la comisaría.

Diez minutos más tarde tenía la respuesta.

—Aquí está… Disparan a un tipo a quemarropa con una pistola de grueso calibre en la entrada de su propia casa. Breve y brutal. Un tiro en la cabeza y fuera de juego. Si Anne Holt es la autora en cuestión, ya tenéis la respuesta.

—¿Podría tratarse de otro autor?

Lotte apartó la mirada de Viljar para dirigirla a la librería.

—Tendréis que comprobarlo bien. En Ángeles caídos se basó más bien en la versión cinematográfica, pero creo que en este caso se trata sin duda de Anne Holt. Todos los demás son autores noruegos muy conocidos: Gunnar Staalesen, Unni Lindell y Jo Nesbø.

Lotte asintió. Si fuera así, tendría las respuestas a las preguntas del qué y el cómo.

El problema era que les faltaban el quién, el dónde y el cuándo.

Viljar miró disimuladamente a Lotte. Parecía abstraída, y sintió pena por ella. Era la responsable de resolver un caso que no se dejaba resolver. El asesino actuaba con demasiada rapidez para ello.