El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 71 de 91

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El ejecutor

Requiem – Sanctus

 

Me encantan los domingos. Son tan puros. Tan blancos. Tan refrescantes en su inocencia. Aun así… ¡sé que se acerca la hora! No debe de quedar mucho para que dispongan por fin de toda la partitura. Me excedí en mi entusiasmo por encaminarles en la dirección correcta y ahora tengo que bajar el ritmo. Lo que hasta el momento han sido pequeños ajustes, ahora se han vuelto mucho más laboriosos y amplios. Hay notas falsas en mi réquiem que hay que suprimir. Eliminar. Es necesario poner firme a la orquesta para ejecutar los movimientos que quedan.

El sudor se acumula en la parte baja de mi espalda y en las axilas. Los pequeños atisbos de duda y temor hacen que mi cuerpo reaccione de modo irracional. Dedico mucho tiempo a los ajustes y eso implica menos tiempo para los preparativos. En la siguiente ronda todo conlleva un riesgo mucho mayor. La idea de fracasar ahora que estoy tan cerca de mi meta resulta insoportable. Estoy inquieto e impaciente. Las dos cosas que me había prometido que no estaría. El tiempo iba a ser mi aliado, no mi enemigo. Necesito un glissando perfecto para llevar a cabo el cambio de movimiento. Hay que aumentar la velocidad para crear caos y desesperación, pero no había previsto que eso también implica que todo resulte menos previsible y, por consiguiente, exige unos ajustes mayores. Hacer que toda la orquesta acometa un crescendo es difícil y aumenta el peligro de que alguien se equivoque, de que se rompan las cuerdas.

Contemplo las últimas modificaciones de mi obra de arte y, por ahora, me siento satisfecho. Pero la certeza de que no es la última vez que tendré que hacer variaciones es algo que me disgusta más de lo que me gusta. Lo que en principio había sido algo intencionado se ha convertido ahora en una distracción. Debería alegrarme cada vez que levanto la batuta. Alegrarme de que sigan mis instrucciones. Que así sea. Ahora hay otra cosa que me impulsa. El impulso hacia un clímax en el que todo se funda al unísono en un tono celestial. La ejecución me llena mucho más que los preparativos. Las leves sacudidas eléctricas que recorren mi cuerpo cuando inhalo el último aliento de mis elegidos constituyen una experiencia erótica. Una ebriedad que trasciende todo lo que haya experimentado hasta el momento. Mi inquietud aumenta solo de pensarlo.

Puedo hacerlo aquí y ahora. Todo lo que necesito lo tengo delante de mí, sobre la mesa. Tengo acceso al elegido. Se encuentra en esta misma habitación. Si no fuera porque mi obra de arte todavía aspira a la perfección y aún conservo un atisbo de autocontrol, lo haría en este preciso instante. Dejaría de lado todas mis inhibiciones y me quedaría con la embriaguez, el deseo y el placer de su último estertor. Durante una fracción de segundo soy consciente de que eso sería una locura, y finalmente mis defensas resisten. El arte me obliga a ser racional y a ejecutar mis acciones por necesidad, no por deseo. Dirijo mis pensamientos en la dirección que les corresponde. El enfoque. Hay que respetar el cronograma, aunque tengo la sensación de que mis sentidos se debilitan. Que todo se ralentiza. Los movimientos, los razonamientos, la memoria, como una secuencia de tonos más prolongados. Posiblemente se deba a la falta de sueño tras una noche sin dormir, pero el reposo tendrá que esperar. Hay que enviar el correo electrónico. No lo puedo posponer más.

Meto el portátil en la mochila junto con el resto de los pertrechos que necesito. Pienso una última vez en lo que debo hacer antes de abandonar el cuarto. Todo está en su sitio. Un nuevo remitente y un nuevo receptor. Todo está preparado, y esta vez a la policía no le servirá de nada reducir el espectro de posibles víctimas. Ya me he ocupado de ello. Una pequeña e ingeniosa artimaña que les sorprenderá. Hacerlo así no formaba parte del plan original, pero ahora lo es. Solo faltaba un trino. Ya está. No puedo arriesgarme a que interfieran en mi elección, por lo que conviene adelantarse a los acontecimientos. No sabrán lo que se les viene encima hasta que sea demasiado tarde.

Cruzo sigilosamente el chirriante suelo y salgo por la puerta. Respiro la fresca brisa del mar mientras contemplo el canal de Smedasundet. Me siento protegido y seguro. El elegido ya sabe lo que le espera. De hecho, al apresarlo pude sentir el olor a puro terror. Fue agradable y liberador.

Unas horas más tarde, el olor se disipó y fue sustituido por otro más intenso que inundó el cuarto. Por lo visto, su vejiga no aguantó más y acabó aliviándose. La presa ya ha caído y aquí fuera el aire se siente fresco y renovado. Como si también se hubiera purificado y preparado para un nuevo día lleno de nuevos pecados. Me dirijo al muelle interior. Donde una larga serie de redes wifi abiertas y desprotegidas me esperan bajo el sol.

Me encantan los domingos. Son tan puros. Tan blancos. Tan refrescantes en su inocencia.