El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 46 de 91

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El ejecutor

Tømmerdalen, Haugesund: Viernes por la mañana, 17 de octubre de 2014

Tømmerdalen, Haugesund

 

Viernes por la mañana, 17 de octubre de 2014

 

El dolor amenazaba con estallarle en la cabeza. Lotte se sentía agotada. Cansada, harta, enfadada, asustada, frustrada. Todos esos adjetivos podían aplicársele, contribuyendo a convertir aquel viernes en un verdadero infierno. El desaliento se había posado como un manto plomizo sobre todos los presentes en Tømmerdalen. Pese a todo, Lotte logró recomponerse. Reunió las últimas reservas de fuerza que le quedaban para poder mirar a los ojos a los miembros de su equipo y asignarles las tareas necesarias. «Aprende de la lluvia —decía Ole Paus en una de sus canciones—. Siempre queda una gota…». Debía encontrar esa gota en cada uno de ellos.

Tenía la sensación de que, hasta ese momento, la gente que la rodeaba no se había percatado de la gravedad de la situación. Tal vez porque hasta entonces no habían comprendido que el asesino no tenía ningún sentido de la justicia, por mucho que se jactara de ello en sus correos. Tal vez porque todos los implicados en la investigación habían podido comprobar con sus propios ojos lo imprevisible que era a la hora de escoger a sus víctimas. Sin embargo, probablemente fuera por el simple hecho de que así lo había querido el asesino. Había orquestado todo aquello tras dejar a su paso un rastro de tristeza y horror. Aquel era el punto de inflexión. El asesino había lanzado su órdago.

Cuando Lotte Skeisvoll vio a Ranveig suspendida en el aire, expuesta como un macabro maniquí, sintió que daba comienzo una nueva etapa en su vida. Sabía que aquella imagen permanecería con ella para siempre. Colgaba completamente inmóvil, con la cabeza inclinada hacia delante en posición reverente. El blanco transmitía la idea de pureza. El asesino recalcaba así que nadie estaría a salvo. El blanco reforzaba la dramaturgia. Se trataba de una decisión consciente de alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Una provocación. Una demostración de fuerza: «Si no os habéis espabilado antes, lo haréis ahora…».

Lotte no paraba de vociferar órdenes. Todo se haría según el manual. No se obviaría ni el más mínimo detalle. Cada huella dejada por el asesino tenía un objetivo. El hecho de que en todas las escenas del crimen se hubieran encontrado rastros evidentes del autor no se debía a dejadez o descuido. Eran hilos conductores. «No hace nada que no sea premeditado», pensó Lotte. La apariencia de vulgar aficionado le proporcionaba una tapadera magnífica, confiriéndole mucho más margen de actuación del que tendría de otro modo. Porque, a pesar de que hubiera cometido dos asesinatos, no habían llegado a tomarle completamente en serio. Y ahora aquello se había acabado.

Ante ella tenía a Viljar Ravn Gudmundsson, que también había dado muestras de considerar todo aquello poco más que un emocionante juego. Por lo menos, si se tenía en cuenta toda aquella mierda que había publicado esa misma mañana en su periódico. La prensa sensacionalista se había desmadrado por completo a raíz del artículo en el que Viljar hablaba sobre los misteriosos correos que había recibido del asesino. A partir de ese momento habían pasado a apodarlo «el Verdugo». Los periodistas de sucesos de todo el país abandonarían los soporíferos tribunales y los aburridos casos en los que estaban trabajando para abalanzarse como buitres sobre Haugesund. A lo largo de esa tarde, el número de reporteros en la Ciudad del Arenque se multiplicaría por cinco. Y todos y cada uno querrían hablar con ella…

Después de pasarse un buen rato en cuclillas zarandeando a Viljar, pareció que este por fin empezaba a ser capaz de centrarse. Poco a poco, vio aparecer en sus ojos un brillo de determinación.

«Bien, Viljar. Necesito que te pongas las pilas», pensó.

Poco después lo soltó y consiguió que hablara. Viljar le contó lo ocurrido. Lotte se enteró así de que, en algún momento de la noche anterior, se había recibido un soplo que había llevado a Ranveig hasta Tømmerdalen.

«¿Cómo podía saber esa persona que la mandarían a ella?». Se levantó sintiendo las piernas doloridas. Constató que, por imposible que pareciera, la jaqueca había empeorado aún más y se frotó la frente con la palma de la mano. Más allá del cordón policial empezaban a congregarse bastantes curiosos. Sin embargo, el propietario de la casa no aparecía por ningún lado. Finalmente consiguieron localizarlo gracias a su agente. A través de una línea de teléfono crepitante, el escritor explicó desde Riga que llevaba una semana fuera de Haugesund, algo que también pudo confirmar su editorial. A la pregunta de si alguien tenía acceso a la casa, respondió que la llave estaba debajo del felpudo.

Lotte se pasó los dedos por el cuello de la camisa y volvió a mirar hacia la muchedumbre congregada delante de la casa. La sensación de irrealidad volvió a infiltrarse bajo su piel.

«Si esto fuera una serie americana cutre, el asesino se encontraría entre esa multitud», pensó. Lamentablemente, en la vida real las cosas no eran tan sencillas.