El ejecutor
Calle Austmannavegen, Haugesund. Sábado por la mañana, 18 de octubre de 2014
Calle Austmannavegen, Haugesund
Sábado por la mañana, 18 de octubre de 2014
El sol le molestaba en los ojos y Viljar fue a girarse para evitar que le alcanzaran sus rayos. Enseguida se dio cuenta de que no podía. No estaba en su cama y no podía girarse hacia ningún lado. Su espesa masa cerebral trató de establecer algunas conexiones, sin éxito. Viljar intentó abrir los ojos con la esperanza de resolver el misterio. Al momento se arrepintió. Un dolor punzante recorrió los circuitos nerviosos desde las cuencas oculares hasta el cerebro. Cerró los ojos en el acto.
Intentó desesperadamente volver a dormirse, pero el resto de su cuerpo había descubierto que estaba despierto y le transmitió un mensaje clarísimo. Tenía tres necesidades básicas y urgentes: una vejiga llena que había que vaciar; un organismo que necesitaba agua, y, por último pero no menos importante, una zona lumbar a punto de fracturarse por una postura terrible. En otras palabras, no le quedaba más remedio que levantarse, y cuanto antes mejor.
Viljar intentó abrir la boca, pero a lo largo de la noche la saliva reseca le había pegado los labios y notó cómo se agrietaban al forzar las mandíbulas para separarlos. Consiguió incorporarse a duras penas, aún con los ojos cerrados. Poco a poco, logró ponerse en pie. Con cierto asombro, comprobó que llevaba puesta la ropa y los zapatos del día anterior y que se había quedado dormido en el minúsculo sofá del salón.
«Por lo menos estoy en casa», pensó, y se dirigió tambaleante al cuarto de baño. Tuvo que agarrarse al lavabo mientras dejaba vaciar la vejiga. Una breve mirada al espejo le bastó para confirmar sus sospechas: tenía una enorme contusión en la frente, pero fue incapaz de recordar cómo se la había hecho. Cuando el goteo finalmente cesó, percibió el fuerte olor a orina que se extendía por el minúsculo baño. No hizo falta nada más para que las náuseas tomaran el mando y le hicieran arrojarse de cabeza sobre el lavabo. Con los pantalones por las rodillas, agarrándose convulsamente a los laterales del lavamanos de porcelana, los últimos restos de la noche anterior salieron al exterior. Comprendió que ese día lo iba a pasar infinitamente peor que en otras resacas anteriores. La próxima parada sería, sin lugar a dudas, la cama.
De camino al dormitorio, Viljar se percató de algo raro por el rabillo del ojo. Un detalle que no pertenecía a su salón. Se detuvo y, lentamente, se dio la vuelta. Del sillón de cuero negro sobresalían unos enormes zapatos por debajo de una manta. ¡Había alguien allí! Había un hombre en el sillón. Completamente inmóvil.
Se le erizó el vello de la nuca y, durante un instante, se preguntó si no debería hacer otra visita al lavamanos de porcelana del baño contiguo. No obstante, se armó de valor para acercarse al cuerpo que había debajo de la manta. Lo único que vio fueron unos mechones ralos que sobresalían por la parte superior y los zapatos en el lado opuesto. El cuerpo estaba en una posición retorcida muy poco natural. El cerebro de Viljar emitió unas señales para advertirle de que no le iba a gustar lo que había debajo de la manta. Aun así, la retiró de golpe. Luego se dejó caer en el sofá y sacudió la cabeza.
«¿Qué coño ha ocurrido?». Viljar volvió a mirar el cuerpo que tenía enfrente. Suspiró con fuerza y se pasó los dedos por la contusión de la frente. Viljar sabía que iba a tener serios problemas para explicar aquello. Miró desesperado a su alrededor. Comprendió que no tenía mucho sentido seguir ocultándolo. El cuerpo estaba allí y, en breve, tendría que responder por él. En ese instante, el cuerpo inerte empezó a murmurar de modo incoherente. Viljar se puso a zarandear a su colega.
Henrik Thomsen abrió primero un ojo, luego el otro. Al contrario que Viljar, no parecía tan desconcertado ni mortificado por la situación. Incluso fue capaz de esgrimir una untuosa sonrisa antes de incorporarse. El viejo sillón se lamentó en protesta por el enorme peso que sostenía. Thomsen miró a Viljar y meneó la cabeza.
—Caramba… ¿Ya ha resucitado el fantasma? ¿Hay café o algo para un caballero que ha tenido que pasar la noche en el sillón más incómodo del mundo?
—Ahórrate las bromitas, Henrik. El sillón me da más pena que tú. ¿Qué coño haces aquí?
Henrik Thomsen miró a Viljar fingiendo un gesto ofendido.
—Vaya, vaya… De desagradecidos está el mundo lleno, por lo que veo. Para tu información, anoche estabas en tal estado de embriaguez que si yo no te hubiera recogido te habrías despertado en alguna cuneta en vez de en tu casa. Quién sabe siquiera si te habrías vuelto a despertar.
Viljar miró a su colega con recelo. Se dirigió tambaleante a la cocina y, con manos temblorosas, puso en marcha la cafetera. Volvió al salón y entregó a Henrik una taza de café humeante, mientras buscaba el tabaco palpándose los bolsillos.
—Toma —dijo Henrik, tendiéndole un paquete de cigarrillos—. Se te cayó anoche mientras subías las escaleras. Supuse que te haría falta para calmar los nervios cuando te despertaras.
Viljar lo cogió, recogió el cenicero rebosante que había debajo de la mesa y encendió un pitillo a medio fumar que guardaba dentro del paquete. La primera y profunda bocanada recorrió todo su organismo hasta el tuétano, provocando un ataque de tos digno de un tuberculoso octogenario.
—No entiendo cómo las autoridades sanitarias afirman que fumar es malo —dijo Henrik.
Viljar no se rio.
Tomaron el café en silencio. No parecía que ninguno de los dos tuviera muchas ganas de hablar sobre lo inevitable. Se miraban con desconfianza, como dos vaqueros preparándose para iniciar un duelo al amanecer. Si llegara el caso, Henrik asumiría el papel de Bud Spencer. Viljar fue el primero en disparar, aunque seguramente fue mucho más lento que Terence Hill.
—¿Me puedes explicar por qué te molestaste en recogerme anoche de la calle y traerme a casa?
Henrik suspiró pesadamente, como si llevara mucho tiempo con un peso encima que finalmente iba a poder descargar de su conciencia.
—No sé si me vas a creer, pero en realidad fue una casualidad. Anoche me di una vuelta por el Captain’s Cabin. No es que suela frecuentar ese lugar muy a menudo, pero mi hermana sí va por allí de vez en cuando y la estaba buscando. —Hizo una pausa. Tomó un sorbo de café antes de continuar—: Allí te encontré en muy mal estado, por decirlo de un modo suave, y dispuesto a desvelar todos los secretos del mundo a toda la prensa amarilla noruega. Pensé que lo mejor sería salvarte de esa difícil situación. Así que te saqué del local para llevarte a casa. Al principio pensé en dejarte en el portal, pero cuando te caíste de bruces y te golpeaste en la cabeza contra las baldosas, comprendí que seguramente necesitarías ayuda y que alguien te echara un vistazo. Así que te subí y te tumbé en el sofá.
—Y entonces descubriste todo esto —dijo Viljar señalando la mesa del salón.
Estaba repleta de papeles que no debería ver nadie más que el propio Viljar. Henrik asintió con aire pensativo y se pasó una mano por el cabello ralo y canoso.
—Entonces descubrí esto —confirmó.
Viljar meneó la cabeza con frustración y bajó la vista al suelo de parquet, evitando la mirada de Thomsen. Sabía que, en lo que se refería a guardar secretos, Henrik Thomsen era tan impermeable como una red de pesca de malla gruesa. De modo que no le cupo la menor duda de que todo aquello iba a acabar en un bombazo sensacionalista.
—¿Y qué piensas? —murmuró Viljar, y si no hubiera sido por el pesado silencio que se había instalado en el salón, Henrik ni siquiera le habría oído.
—Pienso que tienes problemas muy graves y que has actuado como un completo idiota. Lo que hay sobre esta mesa no solo es material inflamable… ¡Es de combustión espontánea, joder!
Viljar asintió, pero no dijo nada. Todas las notas y recortes de prensa que guardaba sobre el caso Jonas desde hacía cuatro años no debían ser vistos por ojos ajenos. Y menos aún la carta que le escribió Jonas.
—No tengo ni idea de cómo has podido mantener todo esto oculto a la redacción y a la opinión pública durante tanto tiempo, pero no me cabe ninguna duda de que te va a estallar entre las manos como una granada.
Viljar conocía muy bien la naturaleza humana y podía ver que, en el fondo, Thomsen estaba disfrutando con la situación.
—De todas formas, mi carrera como periodista está acabada. Y si te soy sincero, me importa una mierda. Después de lo que ocurrió ayer, no voy a poder seguir en esto, y también creo que ya es hora de que salga a la luz toda la verdad sobre mi implicación en el caso de Jonas.
Henrik Thomsen entornó los ojos y miró fijamente al despojo humano que tenía delante.
—Ahí te equivocas, Gudmundsson. De momento, tú y yo somos los únicos que sabemos todo esto, y creo que ha llegado el momento de que nos rasquemos un poco las espaldas mutuamente.
Viljar alzó la mirada. «¿Qué querrá esta sabandija?».
—Por ahora tienes que mantenerlo oculto. Yo también tengo mis secretos, unos secretos que tú, sin saberlo, estuviste a punto de descubrir el otro día. Hans Indbjo y yo tenemos un chanchullo que, de vez en cuando, nos permite disfrutar de algunos ratos libres muy bien pagados. Un concierto en Stavanger, un festival en Dinamarca, una velada cultural en la isla de Stord… Con sus correspondientes horas extras pagadas, unas horas que, además, podemos descontarnos más tarde.
Henrik Thomsen se rascó con fuerza la barba que le cosquilleaba en la papada, por debajo del mentón.
—Verás, tenemos un par de ayudantes jóvenes que están más que encantados de tomar algunas fotos, contarnos algo del concierto y hacer un par de buenas grabaciones de audio. Y solo por unas quinientas coronas y una entrada gratis para algo que les gusta. Todos salimos ganando, ¿sabes? Así que nosotros dos podemos echarnos una mano para salir de esta situación tan incómoda, Viljar. Si tú guardas silencio sobre mi poco ortodoxa reseña de Stavanger, yo mantendré la boca cerrada acerca de lo que hay sobre esta mesa. Nadie tiene por qué saber que, de vez en cuando, me tomo esas licencias en el periódico, y tampoco nadie tiene por qué saber lo que ocurrió realmente para que el caso de Jonas se fuera a la mierda hace cuatro años.
Viljar meneó la cabeza. ¡Aquello parecía un puto chiste sin gracia! No podía creer que las cosas estuvieran así. Ya había tenido suficiente. Suficientes mentiras. Suficientes secretos. Suficiente angustia. Había que pararlo aquí y ahora. Henrik Thomsen suspiró. Se pellizcó el puente de la nariz. Se masajeó el cuero cabelludo detrás de la oreja. Por lo visto Viljar no era el único con dolor de cabeza en aquella habitación.
—Además —prosiguió—, tengo un pequeño as en la manga. Verás, creo que he descubierto algo respecto al caso del asesino en serie. Algo que podría hacer que la policía estuviera un paso más cerca de atraparlo. Si me prometes mantener la boca cerrada, lo compartiré contigo. Si no, en realidad me importa una mierda que anden tan desencaminados en la investigación.
Henrik tiró el sedal y Viljar mordió el anzuelo.
—¡Joder, Henrik! Si sabes algo tienes que contarlo. Se trata de Ranveig.
Al parecer sus palabras no provocaron ningún efecto en Henrik Thomsen, que se limitó a encogerse de hombros, indiferente.
Viljar desconfiaba, pero no podía dejar escapar aquella oportunidad. En el fondo tampoco tenía ningún interés en informar a Øveraas de que Thomsen se tomaba ciertas libertades en el desempeño de su trabajo y que, probablemente, le filtraba información al imbécil de Radio 102. En realidad, Viljar no tenía nada que perder haciendo un trato con Thomsen.
Miró al grandullón durante un momento antes de suspirar, resignado.
—De acuerdo, Henrik. Si te sigo en esto, tengo todas las de ganar. A ver, ¿qué has descubierto que se supone que la policía no ha averiguado ya? Puede que tú lo pienses, pero no eres tan brillante como te crees.
—Vale, Viljar. Intenta conectar tu torpe cerebro para escuchar bien lo que voy a contarte. No me interrumpas antes de que termine, ¿de acuerdo?
Viljar no contestó. Se limitó a asentir brevemente y encendió lo poco que le quedaba de la colilla del cenicero.
—El homicidio de Ranveig. Por lo que tengo entendido, estaba colgando en el salón ataviada con un vestido completamente blanco. Lo que me extraña es que nadie en el periódico se haya dado cuenta de la clara referencia que implica eso. Tampoco los investigadores parecen muy interesados en descubrir por qué el cuerpo apareció colgando de esa manera. Lo único que hacen es indagar en su relación contigo y tratar de averiguar si conocemos a gente que pudiera querer vengarse de ella.
—¿Su relación conmigo?
Viljar miró al enorme tipo del sillón con renovado interés.
—A la mierda con eso. Están todos en las nubes. La pregunta es: ¿cómo es posible que no vean la conexión con la película?
Viljar se inclinó hacia delante en el sofá. Tenía la sensación de que el dolor de cabeza iba a estallarle en las sienes. No tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando Thomsen.
—¿Película…? ¿Qué película?
Thomsen miró extrañado a Viljar un instante, antes de inclinarse para coger el móvil de la mesa y ponerse a buscar el tráiler de Ángeles caídos, una de las películas sobre Varg Veum de hacía unos años.
Varg Veum, encarnado por Trond Espen Seim, apareció en la pantalla del móvil ante los ojos de Viljar, quien, al ver aquellas imágenes, pudo vislumbrar el contorno de lo que sin duda tenía que ser una conexión. Los vestidos blancos. Las mujeres ahorcadas. El asesino había copiado una escena de una de las películas de terror más vistas en Noruega, y aun así nadie parecía haber descubierto la relación. Por lo visto, nadie más que aquel tarugo de Henrik Thomsen.