El ejecutor
Comisaría de policía de Haugesund: Madrugada del lunes, 20 de octubre de 2014
Comisaría de policía de Haugesund
Madrugada del lunes, 20 de octubre de 2014
Olav Scheldrup Hansen se quedó mirando a Lotte Skeisvoll, que se sujetaba la cabeza entre las manos.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Gudmundsson ha negado haber sido secuestrado?
Lotte murmuró un «Sí, ¿por qué?» dentro de su taza de café, sin alzar la mirada. Como no hubo respuesta por parte del inspector de la judicial, suspiró y se lo explicó todo:
—Por lo visto nuestro querido Viljar Ravn Gudmundsson se ha pasado veinticuatro horas en Røvær pescando con su nuevo «amigo» André Ferkingstad. Este lo recogió en su casa el sábado por la noche y durante este tiempo han permanecido totalmente ajenos a lo que ocurría. Viljar ha atribuido sus lesiones y la sangre a una fea caída en las rocas resbaladizas.
Scheldrup Hansen meneó la cabeza. La historia tenía la misma credibilidad que la de un ciclista profesional ruso sin rastro de sustancias dopantes en la sangre. Lo dejó estar. En cualquier caso, el asesino debería haber llegado en otro barco que, por alguna extraña razón, también se les había escapado ante sus propias narices. Solo Dios sabía cómo había podido suceder. Pero ahora tenían cosas más importantes en las que centrarse que en los cuentos de hadas de Gudmundsson.
Lotte trató de animarse un poco y se incorporó en la silla.
—Tenemos que averiguar quién es el cadáver carbonizado de Lindøy, porque está claro que Gudmundsson no es.
Llevaba dos horas diciendo cosas parecidas. Una sarta de obviedades y frases vacías. Había encargado a Harald Madsen unas fotocopias de las últimas cuarenta y cinco páginas del manuscrito para repartir entre los miembros del equipo, y todos las habían leído. Nadie tenía duda de lo que estaba por venir. Si el asesino se ceñía al texto, tenían toda la noche. Hasta la mañana siguiente no iba a ocurrir nada, pero entonces todo se precipitaría a una velocidad vertiginosa.
Scheldrup Hansen miró a los demás miembros del equipo. Exhaustos, con el rostro desencajado. Se habían dejado influir por una directora de investigación que, a todas luces, parecía haberse rendido. Olav decidió actuar y, con un movimiento brusco, se levantó. La silla rascó el suelo emitiendo un sonido alto y chirriante. Con aquel gesto captó inmediatamente la atención de todos, así que no tuvo que carraspear para anunciar que se disponía a hablar. Nadie sonrió ni asintió. Solo se encontró con miradas inexpresivas o escépticas.
—Escuchadme bien. Quedarnos aquí sentados mirando la mesa no va a llevarnos a ninguna parte. Aunque está claro que este perturbado no llevó a cabo su plan previsto de desembarcar en el muelle, eso no quiere decir que haya descubierto que estamos al tanto de sus planes. Es posible que los haya cambiado a última hora. No olvidemos que lo escribió todo hace varios años. Pero lo cierto es que, hasta el momento, ha intentado ceñirse fielmente al manuscrito original. Nuestro hombre debe de tener una extraordinaria intuición o un gran conocimiento de cómo piensa la policía. Esperemos que no haya modificado demasiado el manuscrito.
Scheldrup Hansen se detuvo un instante. Tomó un sorbo de café antes de recorrer con la mirada al grupo. Observó que algunas caras se habían despertado. La de Lotte también. Ella le dirigió una mirada agradecida desde su sitio en un extremo de la mesa. Lars Stople alzó un dedo para indicar que quería hablar.
—Si es así, el manuscrito nos señala claramente a quién debemos proteger. Hemos recibido el último correo y todos hemos leído en el manuscrito lo que eso implica. Una escena terrorífica en la que la cabeza de Lotte aparece clavada en una estaca en la zona de la cafetería de Haraldsvang. Así pues, se supone que debemos mantenerla bajo vigilancia aquí, de modo que no la pueda capturar, ¿no?
Olav asintió, pero miró pensativo a su compañera.
—Pues claro que tenemos que protegerla, pero tampoco debemos olvidar que nuestro hombre se ha equivocado completamente en una de sus previsiones.
Miró a su alrededor y, por primera vez, vio que algunos de los reunidos alrededor de la mesa sonreían o se reían entre dientes. En cambio, Lotte tuvo que ocultar sus sonrojadas mejillas entre las manos. En medio de toda la tragedia, había causado cierta hilaridad el hecho de que, según el manuscrito, debería haber tenido lugar una ardiente aventura amorosa entre Lotte y Viljar justo antes de que este saliera de la historia. La escena describía una serie de detalles de lo más vulgares y obscenos que habían puesto a Lotte en una situación bastante incómoda. Olav Scheldrup Hansen reparó en la expresión abochornada de la inspectora, como si la mujer quisiera desaparecer de la faz de la tierra en cuanto encontrara el primer hoyo en el que meterse. Así que continuó antes de que nadie tuviera ocasión de hacer ningún comentario:
—No es relevante en las circunstancias actuales, pero la escena nos muestra que estamos lidiando con un ser humano. Una persona que comete errores. Que piensa erróneamente. No es una deidad visionaria y omnisciente. Por otra parte, nuestra principal baza está precisamente en el hecho de que sabemos cómo va a actuar. Si empieza a improvisar, estaremos acabados. Y será mucho peor si mañana no consigue capturar a Lotte. Entonces, sin duda, actuará de forma tan desesperada e imprevisible que habremos perdido la pequeña ventaja que tenemos.
Scheldrup Hansen ya había captado la atención de todo el mundo. Lo que decía tenía sentido, pero al mismo tiempo resultaba tan inaudito que rozaba los límites de lo demencial. Lotte levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos.
—¿Estás insinuando que no vais a protegerme? ¿Que me vais a utilizar como una especie de señuelo? ¿Que vais a poner en peligro mi vida? No solo está prohibido según todos los artículos del reglamento policial, sino que también es algo absolutamente irresponsable.
El inspector de la judicial suspiró. Sabía que se movía sobre arenas movedizas, pero se recompuso para explicar sus intenciones:
—La respuesta es sí y no, Lotte. Podemos hacer que estés «aparentemente» desprotegida. Sabemos dónde y cómo piensa atacarte el asesino. Colocaremos a policías en todos los rincones imaginables, de modo que podamos actuar con tanta rapidez que el asesino no entienda qué está pasando hasta que tenga que entregarse. De esa manera evitaremos la grotesca escena que quiere representar en Haraldsvang una hora más tarde.
—¿Sabéis qué? Como plan operativo policial me parece una auténtica locura, pero la decisión final corresponde al jefe Guldbransen. Si él está de acuerdo contigo, Olav, yo accederé. Solo espero que esta vez hayas reflexionado un poco más sobre las posibles consecuencias. Digamos que, en ocasiones anteriores, no te has anticipado demasiado bien a los pensamientos y acciones de nuestro hombre.