El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 34 de 91

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El ejecutor

Cuatro años antes…: Kvalsvik, Haugesund. Domingo por la noche, 22 de agosto de 2010

Cuatro años antes…

Kvalsvik, Haugesund

Domingo por la noche, 22 de agosto de 2010

 

Fredric dio un empujón a su amigo, que casi perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse a una piedra para evitar caerse. Las rocas refulgieron cuando el sol hizo brevemente acto de presencia. Un último e intenso fulgor antes de que la bola de luz se hundiera en el mar.

—No estás bien de la cabeza. ¿Sabes lo que has hecho? ¿Lo sabes?

Una gaviota surcó el aire en dirección a ellos y no se desvió hasta acercarse casi al alcance de sus manos. Soltó un largo chillido al pasar por delante y ascender la altura suficiente para evitar los tejados de las obras en construcción detrás del mirador. El chillido hizo que Jonas alzara la vista. Descubrió que Fredric tenía los ojos llenos de lágrimas.

—La verdad es que no te entiendo, Jonas. Una cosa es que fracasara nuestro plan, un plan que creíamos infalible. Es una putada, pero llegar al extremo al que has llegado es una auténtica idiotez. Todos sabrán que hemos sido nosotros. Lo comprendes, ¿verdad?

—No, Fredric, no lo sabrán. Nosotros no somos los únicos. También tiene a otros.

Fredric giró la cabeza lentamente hacia Jonas. Sus ojos reflejaban incredulidad y se rio de modo nervioso e inseguro.

—Déjate de chorradas, Jonas. Esto no tiene ninguna gracia.

—Lo dijo el propio Eliassen. Me lo soltó sin darle la menor importancia. Ese cerdo pervertido tiene unos cuantos más en su club.

—¡Joder!

Fredric se levantó con un movimiento brusco. Le dio la espalda a Jonas y se quedó plantado de cara al mar. Repitió la imprecación, en voz más alta esta vez. Jonas lo dejó solo unos segundos antes de levantarse y armarse de valor para abrazarlo por detrás.

—No podía dejar que ese cabrón se saliera con la suya. Nos ha estado utilizando durante todo un año para, a la hora de la verdad, darnos de lado.

Permanecieron durante un largo rato contemplando el archipiélago de Røvær, que lentamente fue engullido por las sombras nocturnas. Más allá apenas se vislumbraba el contorno de Utsira. El último trozo de Noruega visible antes de sumirse en el horizonte marino.

—Por culpa de lo que hiciste en el hotel, nadie te creerá. Eliassen dirá que eres un loco, una persona violenta e inestable.

—No.

—¿Que no? Lo dejaste en el hotel en medio de un charco de sangre y lleno de cortes. Es un milagro que todavía no te haya denunciado y no estés pudriéndote en un calabozo.

—Piensa un poco, Fredric. No me ha denunciado. Pregúntate por qué. La respuesta es evidente. Si cuenta lo que ocurrió allí dentro, también tendría que admitir que estaba con un chaval de diecisiete años en una habitación de hotel a las seis de la mañana. Ese sería el hecho más relevante. La mejor defensa para Herman Eliassen es afirmar que no ha pasado nada.

Fredric meneó la cabeza. Dio una patada a un trozo de hierba que crecía entre dos piedras.

—Una revelación así supondría la muerte política de Herman Eliassen en el Partido de Centro. Negarlo no le servirá de nada —objetó Fredric.

—Te equivocas. No será así. Voy a contar mi historia anónimamente. El periodista te usará como fuente complementaria si tiene alguna duda. Eliassen no va a revelar nuestros nombres. No le interesa en absoluto, ya que lo que decimos es la verdad.

—¿Y ya tienes a alguien que quiera escribir sobre ello?

Por primera vez en mucho tiempo, Jonas sonrió. Agarró los hombros de Fredric con más fuerza, mientras el color del cielo se tornaba de un gris plomizo.

—He conseguido a Viljar Ravn Gudmundsson, del Haugesunds Avis, para escribir sobre el asunto. Ya podemos ir sacando las palas. Eliassen es hombre muerto.