El ejecutor
Muelle interior, Haugesund: Martes por la noche, 14 de octubre de 2014
Muelle interior, Haugesund
Martes por la noche, 14 de octubre de 2014
El ambiente en el paseo de los muelles de la ciudad contrastaba enormemente con cómo se sentía Viljar. La gente bebía y reía animadamente en las terrazas alineadas una tras otra como fichas de dominó. En cambio, Viljar se sentía como si estuviera inmerso en una pésima novela negra. El moribundo periodista que llevaba dentro estaría exultante, pero Viljar Ravn Gudmundsson había perdido el empuje. Lo que más le apetecía en ese momento era meterse bajo el edredón y esconderse de todas sus miserias. Lo que menos necesitaba era un caso tan complicado. Pero los correos electrónicos le habían llegado a él, y Lotte le había hecho la pertinente pregunta de rigor: «¿Por qué?».
Viljar no tenía la menor idea. Sin embargo, allí sentado en el muelle, un pensamiento se le había infiltrado por debajo de la piel. Un pensamiento que le erizaba el vello de la nuca. El martes negro.
Se levantó y echó a andar hacia la casa de Ranveig Børve con la mirada fija en los adoquines. No se percató de la lluvia que caía a cántaros, ni tampoco de los individuos que caminaban encorvados junto a la hilera de barcos atracados en el canal.
Ranveig vivía en la isla de Risøy, a la que se llegaba tras cruzar el puente homónimo que partía del centro urbano. El puente era el nexo entre la parte continental de Haugesund y aquella isla que albergaba algunas de las empresas más importantes de la ciudad. Una enorme nave industrial de color azulado sobresalía en el paisaje junto a Aibel, convertida en un conocido emblema urbanístico.
Los políticos municipales habían tenido la brillante idea de iluminar el puente por la noche, y la tonalidad morada proporcionaba un llamativo carácter de modernidad a la zona del canal.
Cuando Ranveig regresó a la ciudad tras acabar sus estudios, ella y su marido, Rolf, se establecieron en un antiguo chalet de estilo suizo. Desde entonces, el matrimonio había restaurado la destartalada casa hasta convertirla en una moderna vivienda ideal para una familia con niños. Habían pagado algo más de un millón de coronas por una casa que ahora podría venderse por cinco veces más. Rolf era un tipo robusto y fuerte con buena mano para las reformas, mientras que Ranveig tenía muy buen gusto para los pequeños detalles.
El timbre era de los que retumbaban en todas las habitaciones y cuyo sonido parecía prolongarse durante una eternidad. Al cabo de un rato, Ranveig abrió la puerta, algo sorprendida. Al fin y al cabo, era la primera vez que Viljar se presentaba sin haber sido invitado.
Ranveig estaba deslumbrante. Incluso vestida con ropa informal y con el pelo recogido en un moño despeinado, irradiaba una sensualidad que hizo que Viljar sintiera un cosquilleo. Eran sus ojos. Chispeaban llenos de vitalidad y auguraban momentos maravillosos que él jamás experimentaría. Al menos, no con ella. Viljar pidió disculpas y preguntó si había llegado en un mal momento. Podría haberse ahorrado las fórmulas de cortesía, ya que el gesto sorprendido de Ranveig se transformó rápidamente en una amplia sonrisa, franca y genuina.
—Vaya, qué agradable sorpresa. Pasa —dijo ella, y le gritó a Rolf que Viljar había venido de visita y que iban al salón de la chimenea.
Le explicó que Rolf estaba acostando a su hija de seis años.
Viljar se quitó la gabardina y la colgó en un enorme perchero que ocupaba la mitad del ancho recibidor, antes de seguir a Ranveig hasta el salón de la chimenea que se encontraba junto a la sala de estar. Ambos espacios tenían ventanas panorámicas del suelo al techo que ofrecían unas vistas fantásticas sobre el canal de Smedasundet. Sin preguntarle, Ranveig sirvió té de escaramujo recién hecho para los dos, y le ofreció azúcar y limón. Por lo visto, constató Viljar, el café o la cerveza no eran una opción. Ella se acomodó en un suave sillón de color morado justo enfrente de él y lo escrutó con la mirada.
—¿Has salido a tomarte unas cervezas o qué? —sonrió Ranveig pícaramente.
—¿Se nota tanto? Solo tres pintas en el MM —se excusó Viljar.
—¿Tres pintas un martes por la noche, en octubre, sin estar de vacaciones?
Viljar vaciló un poco. No le hacía ninguna gracia arrastrar a Ranveig al fango en el que estaba metido, pero necesitaba una aliada.
—Esta tarde me ha llegado un nuevo correo. Del mismo remitente. No nos está tomando el pelo, Ranveig. Incluso se ha confesado culpable del homicidio cometido hoy en Fjellvegen.
Ranveig estaba a punto de dar un sorbo a su té, pero volvió a dejar la taza sobre la mesa sin tocarlo.
—¿La que se cayó de la torre?
—Pues sí. Al parecer recibió ayuda para tirarse. Y ahora nos está anunciando quién será la próxima víctima.
Viljar sacó el móvil para enseñarle el correo, pero Ranveig le detuvo. La miró extrañado. Había algo en su expresión que no era capaz de interpretar. De modo que se metió una bolsita de snus bajo el labio mientras esperaba pacientemente a que ella dijera lo que tenía que decir.
—¡Joder, Viljar! Tienes que ir a la policía con eso, en vez de venir aquí a cotillear conmigo.
Lo miró con gesto grave.
Viljar le puso rápidamente al día sobre el interrogatorio de Lotte Skeisvoll en la comisaría, y le contó que estaba con ella cuando entró el nuevo mensaje. Viljar le tendió el teléfono a Ranveig para que leyera el correo. Ella arrugó la nariz, como si le estuviera entregando unos calcetines apestosos.
—Como ves, es prácticamente una copia del mensaje anterior. Salvo la confesión al principio y la nueva «condena» al final, ha copiado y pegado lo que escribió en el primer correo.
Ranveig asintió con la cabeza y terminó de leerlo.
—Tiene exactamente el mismo estilo que la vez anterior. No muestra ninguna energía. Ningún nervio. Ninguna pasión. Al parecer no tiene muchas ganas de transmitir su mensaje, ya que ni siquiera es capaz de redactar un texto nuevo, sino que se limita a copiar y pegar.
Ranveig apartó la vista del móvil y lo colocó sobre la mesa.
—Es posible que sea precisamente eso lo que quiere que veamos. Lo convierte todo en un cliché de novela negra tan evidente y mal ejecutado con el fin de que sepamos que hay algo más detrás.
—Vale, de acuerdo. Pongamos que tienes razón… Pero si no es para despistar a la policía, ¿por qué se molesta en hacerlo?
La pregunta quedó en el aire sin respuesta. Ranveig volvió a coger el teléfono y se lo quedó mirando.
—¿Ves lo que hay al final del correo? Las letras y los números.
Le pasó el móvil a Viljar. Este se había fijado, pero no se había parado a pensar qué podría significar.
—«JN3-5»… Pues…
Viljar intentó recordar si alguien suele emplear ese tipo de pie de página en los correos electrónicos o en algún otro tipo de correspondencia, pero fue en vano.
—Puede que se trate de una firma estándar de correo electrónico, y en tal caso podría sernos de gran ayuda. También es posible que lo escribiera a propósito. ¡Esto puede ser muy importante, Viljar!
En ese momento fueron interrumpidos por el sonido de unos pies desnudos avanzando ligeros sobre el parquet. Victoria, de seis años, entró en el salón con pasos algo vacilantes. Se detuvo un momento en el umbral antes de acercarse a su madre y sentarse en su regazo con gesto de fingida tristeza.
—¡Papá es malo!
Victoria intentó sollozar por todos los medios. Rolf seguía el incidente sonriendo tranquilamente desde la puerta. Una densa barba ocultaba parte de su sonrisa. Llevaba puesta ropa interior térmica de lana verde de arriba abajo. Probablemente Ranveig se dio cuenta de la expresión desconcertada que recorrió la cara de Viljar, por lo que desveló el misterio de inmediato:
—En realidad Rolf solo ha vuelto a casa para recoger algo. Está cazando ciervos con su cuadrilla, pero nuestra pequeña princesa le ha atrapado.
Rolf se mantuvo a una prudente distancia de la niña. Juntó las manos y las apoyó en la mejilla con la cabeza ladeada para indicarle a su mujer que la pequeña no quería dormirse. Ranveig le lanzó un beso.
—Papá no me deja acostarme con la casa de muñecas en la cama.
Ranveig se rio y revolvió los alborotados rizos de su hija. La besó en la mejilla y la abrazó. Dejó que la niña agotara sus lágrimas de cocodrilo. Cuando amainó el último sollozo, sentó a Victoria en el suelo. Le acarició cuidadosamente el pelo mientras la miraba a los ojos.
—Papá es bueno. ¿Sabes que fue él quien te compró la casa de muñecas? Pagó mucho dinero por ella. Por eso no es de extrañar que tenga miedo de que se caiga de la cama y se rompa, ¿no crees? ¿Te parece bien que pongamos la casita en la estantería y así la puedas ver desde la cama? ¿Crees que así podrás quedarte dormida?
Victoria asintió y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Luego cogió la mano de su padre, que se había acercado.
—Buenas noches, mami. Buenas noches, señor desconocido.
—Este señor desconocido también es periodista, Victoria. Él también escribe. Pero no tan bien como yo —le susurró al oído.
La niña se rio entre dientes.
Ranveig contempló con nostalgia el rostro de su hija, apoyado sobre el hombro de Rolf mientras este la subía de vuelta a su cuarto. A continuación volvió a dirigir su atención a Viljar. Lo miró interrogante.
Él tomó un sorbo de té antes de proseguir:
—¿Sabes qué, Ranveig? Dejemos de lado el tema de las letras y los números de momento. No soy muy hábil para este tipo de acertijos. —Permaneció callado durante un momento—. He venido a verte con otra idea en mente… Desde aquí tienes acceso a la red de la redacción, ¿verdad?
Ella confirmó asintiendo con la cabeza. Como periodista cultural, a menudo tenía que publicar artículos por la noche, cuando el personal del periódico ya se había marchado. De modo que podía conectarse a la red interna por medio de claves de Citrix a fin de enviar sus artículos editados desde casa. Naturalmente, Viljar también había tenido la posibilidad de hacerlo, pero nunca se había molestado en instalar la aplicación, porque el hecho de trabajar por la noche desde casa resultaba impensable para él.
—Se me ha ocurrido que podríamos realizar una rápida búsqueda en nuestros archivos para ver si encontrábamos algo sobre violadores que hayan sido absueltos en esta ciudad. La persona que se hace llamar Åmli ha encontrado por lo menos a uno, y dudo mucho de que disponga de mejores motores de búsqueda que nosotros, a menos que trabaje en el palacio de justicia o en la policía, por supuesto.
Ranveig meneó la cabeza con aire frustrado.
—Está bien, pero aunque encontremos noticias antiguas sobre violadores que andan por ahí en libertad, nunca se da a conocer su nombre, tan solo la edad y el género —objetó ella.
—Es cierto, pero ese mismo problema también lo habrá tenido el asesino. Probablemente habrá escogido a alguien que haya hecho pública su historia. De vez en cuando publicamos casos de este tipo, en los que la víctima o el imputado aparecen con nombre y fotografía para atraer la atención mediática sobre su versión de los hechos.
—Haces que el periódico parezca una especie de picota pública.
La ingenuidad de Ranveig hizo sonreír a Viljar.
—Llámame conspiranoico si quieres, pero ¿no etiquetáis los artículos con ciertas palabras cuando os oléis algún escándalo? ¿No ponéis etiquetas que solo podéis ver vosotros, sin que resulten visibles para los lectores?
Ranveig suspiró. Comprendió adónde quería llegar. Los casos en que estaban implicados personajes públicos, solían etiquetarlos por categorías temáticas que no eran accesibles para el público. De aquella forma podían encontrar rápidamente los antecedentes y fotografías, tratando de adelantarse a otros medios que tal vez no hubieran sido tan precavidos.
—Tal vez ahora el asesino vaya a por una cara más conocida. De ese modo atraerá nuestra atención y nos obligará a los de la prensa a escribir sobre él. En realidad es lo que busca, ¿no?
Ranveig sintió como un escalofrío. Se envolvió en el jersey de cachemira morado y se acurrucó en el asiento en una especie de posición del loto, abrazándose el torso. No parecía muy convencida, pero una vez más aceptó hacer lo que él le pedía.
—De acuerdo… ¿Palabras clave?
—Inténtalo con «violación» y «absuelto».
Ranveig así lo hizo, y en la pantalla apareció una serie de documentos. La mayoría eran breves y anodinas noticias sobre casos de violación, sin nombres, juzgados en el tribunal de primera instancia de Haugaland. Entre las fotografías tampoco encontraron mucho. Había un gran número de imágenes de acompañamiento, pero ningún retrato. Siguieron con diversas combinaciones de búsqueda, pero no tuvieron suerte.
Viljar permanecía inmerso en sus pensamientos. Un caso antiguo había empezado a darle vueltas en la cabeza.
—De acuerdo, entiendo que estés cansada, pero ¿podrías hacer una última búsqueda?
Ella asintió.
—Busca «Claussen» y «absuelto».
Ranveig se giró rápidamente hacia Viljar.
—¡Vaya, joder…!
No era muy propensa a soltar tacos, pero cuando lo hacía es que había algo grande en ciernes.
Efectivamente. En aquella ocasión se publicaron tanto nombres como fotos. El hijo del armador Christopher Claussen era todo un juerguista con fama de vividor. Hacía siete años, una de sus juergas nocturnas acabó con su detención y puesta en prisión preventiva, acusado de haber violado a una mujer en una fiesta mientras esta dormía. Se armó un gran revuelo mediático, sobre todo cuando el viejo Sigfred Claussen saltó a la palestra para expresar sus sentimientos con respecto a la acusación de su hijo.
Normalmente Sigfred Claussen era muy reservado con los medios, pero en aquella ocasión acudió en defensa de aquel hijo que le había salido excesivamente marchoso. Chistopher Claussen fue absuelto de la acusación de violación por el tribunal de primera instancia, ya que la policía solo contaba con pruebas de que había mantenido relaciones sexuales con la mujer, no de que hubieran ocurrido en contra de su voluntad. La pobre víctima no tuvo nada que hacer contra los abogados contratados por el armador.
—No entiendo cómo es posible que no me haya acordado antes de ese caso. Claussen también fue arrestado por conducir bajo los efectos del alcohol, lo cual coincide con el perfil que traza el asesino. Una persona absuelta después de violar a al menos una mujer, seguramente a algunas más, y que ha sido condenado con anterioridad por otro delito.
—¿Hay otras mujeres?
—¡Segurísimo! Las fiestas de Claussen son famosas por su descontrol, y con frecuencia acaba en una habitación de hotel con varias chicas. El tío pasa olímpicamente de su familia, y parece que su esposa no se opone demasiado a que siga con sus juergas —añadió Viljar.
Le dio una palmadita a Ranveig en la espalda, descolgó su gabardina del perchero del pasillo y desapareció por la puerta antes de que a ella le diera tiempo siquiera a despedirse de él.