El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 74 de 91

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El ejecutor

Sede del Haugesunds Avis: Domingo por la tarde, 19 de octubre de 2014

Sede del Haugesunds Avis

Domingo por la tarde, 19 de octubre de 2014

 

Olav Scheldrup Hansen se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Aunque la nueva sede del Haugesunds Avis tenía un buen sistema de aire acondicionado, el sol se colaba por la ventana cerca de donde estaba sentado. El inspector estaba tomando muestras de saliva a los empleados. Tras el fiasco del día anterior, la fiscalía también se había puesto muy nerviosa y exigía resultados. Los titulares sensacionalistas clamaban desde los expositores de prensa y las páginas web. De repente, ya no había impedimentos para autorizar las pruebas de ADN de las personas que se encontraban el jueves en la sede del periódico. Los bastoncillos de algodón se alineaban ante él como soldados. Un contenedor con bastoncillos ya marcados y otro para los que estaban sin usar. Scheldrup Hansen se concentró en la tarea. Tomó los datos de los empleados a medida que entraban y les raspó la cavidad bucal con un bastoncillo. Les interrogó para averiguar dónde habían estado en el momento del envío del correo. Pero hasta el momento no había conseguido ninguna información nueva que pudiera arrojar algo de luz a la oscuridad del túnel en el que estaban inmersos.

Cuando estaba tomando las últimas muestras, Johan Øveraas se presentó en la puerta con la evidente intención de hablar con el inspector. El director del periódico parecía muy nervioso. Scheldrup Hansen decidió acabar las últimas dos pruebas y le dijo que le esperase fuera. El hombre se sentó en una silla y empezó a teclear en su móvil.

Cuando Olav terminó diez minutos más tarde, siguió a Øveraas hasta su despacho. El director le indicó que se sentara en su propia silla y se quedó de pie detrás de él. Abrió una enorme pantalla de ordenador frente al inspector. En el salvapantallas aparecieron unas figuras psicodélicas que se desplazaban en todas direcciones. Øveraas movió el ratón y después hizo clic en el icono de Outlook.

Con dedos expertos buscó un correo electrónico con un encabezamiento ya familiar. Se trataba de él. Ante los ojos de Olav Scheldrup Hansen y Johan Øveraas, el asesino dictaba una nueva sentencia.

Scheldrup Hansen había leído tantas veces aquellos mensajes que lo único que le interesaba era el tipo de «pecado» que pretendía castigar y el código de letras y números de la parte inferior que podría indicarles cómo lo llevaría a cabo. Se desplazó por la página hasta encontrar lo que quería.

El código era HM5-1. Lo anotó en su móvil. El pecado mortal por el que la próxima víctima sería condenada era totalmente absurdo. El inspector negó con la cabeza antes de mirar a Johan Øveraas.

—No puede ir en serio… Por mentir… ¡Por mentir! ¿Cómo coño va a acabar con la vida de alguien por el simple hecho de haber mentido en alguna ocasión? ¡No tiene sentido!

Øveraas carraspeó, pensativo.

—No sé si os habéis percatado de ello, pero estos mensajes no parecen tener ningún fundamento lógico. El autor ni siquiera intenta aportar argumentos de peso. Es como si le aburriera escribirlos.

—Tienes mucha razón en lo que dices —convino Scheldrup Hansen—. No creemos que se trate de un hombre con el más mínimo sentido de la moral. Sus sentencias ficticias no son más que una excusa para… Yo…

Olav Scheldrup Hansen se interrumpió al percatarse de la aviesa sonrisa del director.

—¡Ni se te ocurra usar lo que acabo de decir en tu periódico! ¡Joder! ¡Ni se te ocurra!

Scheldrup Hansen derribó la silla al levantarse bruscamente y abandonó el despacho de Øveraas en estado de cólera. En cuanto salió al pasillo, llamó a Lotte.

—Soy Olav. ¿Han detenido ya a Ferkingstad? Si es así, hay que comprobar si tiene cerca algún móvil u ordenador. Acabamos de recibir otro correo electrónico. Esta vez le ha llegado a Øveraas.

—¿Ah, sí? Pues ya puedes olvidarte de Ferkingstad. Tengo algo mejor. Tengo un nombre.

—¿Un nombre?

—Sí, ya sé a quién estamos buscando. Tengo su nombre delante en este mismo momento.