El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 86 de 91

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El ejecutor

Comisaría de policía de Haugesund: Lunes por la mañana, 20 de octubre de 2014

Comisaría de policía de Haugesund

Lunes por la mañana, 20 de octubre de 2014

 

Las cámaras parecían fuego de metralleta cuando Lotte Skeisvoll y Olav Scheldrup Hansen pasaron con el coche por delante de la comitiva de prensa que se agolpaba junto a la comisaría. Por suerte, podían entrar directamente al parking de debajo del edificio, al que no tenía acceso ningún periodista. Por la ventanilla, Lotte observó pasar a toda prisa una cámara de televisión con el logo de la CNN. Resultaba aterrador. Una cosa era que los medios noruegos controlaran de cerca todos sus movimientos. Era grave, sí, pero cuando las principales cadenas del mundo ponían en marcha su poderosa maquinaria sabías que quedaría constancia de todo lo que hicieras y dijeras de aquí a la eternidad.

La comisaría de policía estaba repleta de gente, pese a que apenas pasaban de las siete y media. Durante el fin de semana la policía judicial había enviado dos equipos completos, y también se habían buscado refuerzos en todos los departamentos habidos y por haber en el distrito. Hasta el momento, el balance era de cinco asesinatos en siete días, y el sexto tendría que haberse cometido esa mañana. Pero lo habían impedido. Lo habían detenido. Y los rumores seguramente habían llegado ya a la prensa. El asesino estaba ingresado, bajo estricta vigilancia, en los servicios de urgencias del hospital. Lotte había pedido personalmente a los miembros del equipo de intervención que actuaran con prudencia durante la detención, pero no había sido así. Si el tratamiento que había recibido el hombre se podía calificar de «prudente», ella preferiría no tener que presenciar la versión violenta. Había acabado lleno de moratones como consecuencia de los golpes recibidos, aunque probablemente ya había perdido la conciencia al caer sobre el asfalto en el paso subterráneo. La profunda herida que tenía en la cabeza evidenciaba que el impacto contra el suelo había sido terrible.

Ella misma no había salido mucho mejor parada. Uno de los policías que asaltaron el túnel desde el oeste se había equivocado de persona y le había propinado una fuerte patada en la cabeza cuando hizo ademán de levantarse. Afortunadamente, su estado no era tan grave como para no poder solucionarse mediante una bolsa de hielo. Se encontraba aturdida y magullada, pero seguía con vida. Más de lo que podía decirse si no hubieran conseguido detener a tiempo al asesino.

Lotte no estaba bien. Se tambaleaba al andar y necesitó ayuda para subir la escalera. Seguramente ella también debería ir al hospital. «Creo que he sufrido una conmoción cerebral», constató al acometer los primeros escalones. Se detuvo. Scheldrup Hansen la agarró del brazo para sostenerla. No era fácil saber si su estado se debía al estallido de la granada aturdidora o a la certera patada recibida en la sien, pero su rostro había adquirido un color grisáceo que no le sentaba nada bien y parecía que iba a vomitar en cualquier momento.

—¿Puedes sola? ¿Te encuentras bien?

Lotte no contestó, se limitó a asentir con la cabeza. Entraron en su despacho y se sentaron en las dos sillas que había. Al cabo de un rato llegaron también Lars y Knut, que se quedaron de pie junto a la pared. El jefe de policía no tardó en aparecer, trayendo consigo una silla de madera del pasillo. Un par de agentes curiosos deambulaban fuera del despacho, por lo que Olav se levantó para cerrar la puerta.

El jefe de policía fue directo al grano.

—¿Lo conocemos? ¿Al hombre del túnel?

Lotte asintió y se aclaró la garganta.

—Lo conocemos bien. Es uno de los trabajadores del periódico que estaba en nuestro punto de mira. Tenemos material de ADN suyo, pero los resultados del laboratorio no nos llegarán hasta mañana.

Los otros tres se miraron. Aquello era lo que habían estado esperando que sucediera: encontrar algo que pudiera relacionar al hombre detenido en el paso subterráneo con el caso que estaban investigando. En ese sentido, habían dado en el blanco. Olav Scheldrup Hansen preguntó lo que todos estaban deseando saber:

—¿Quién es?

Lotte les miró. Contempló los tres rostros que, por primera vez desde hacía una semana, habían recuperado la pasión y el entusiasmo. Así era como se sentía uno cuando atrapaba a un asesino. Parecían un grupo de cazadores que acabaran de abatir a un ciervo.

—Se trata de Henrik Thomsen. El periodista cultural.

Lotte lo había reconocido inmediatamente. El hombre era una bestia. Había coincidido con él en varias ocasiones.

Scheldrup Hansen aprovechó el silencio que se hizo mientras los demás asimilaban el nombre.

—Y ese tal Thomsen… ¿llegó a decir algo? ¿Hizo algo cuando entraste en el túnel?

Lotte suspiró y negó con la cabeza.

—No, hubo una explosión y después todo se convirtió en un puto caos.

El silencio volvió a instalarse en el despacho. Los cuatro parecían tener más que suficiente con sus propios pensamientos. La adrenalina que había recorrido sus cuerpos durante las últimas horas les había mantenido despiertos y alertas. Ahora, de repente, fue como si les cayera encima todo el cansancio del mundo. Por fin sabían quién era y que estaba bajo control. Thomsen tendría que derribar a más de diez policías para poder escapar del hospital. Por muchas locuras que hubiera planificado, seguro que no tenía ningún plan B para este nuevo escenario.

Unos golpes en el cristal de la puerta les despertaron de su ensimismamiento. Fuera estaba Harald Madsen, con aspecto descansado y animado. El editor sonreía de oreja a oreja. Le dejaron entrar.

—Hoy he estado hablando con varios editores y me acaba de llamar Arno Vigmonstad, de la editorial Vigmonstad & Bjørke. Tiene el nombre y la dirección del hombre que se oculta detrás del seudónimo Geir Tangen.

Harald Madsen dejó sobre la mesa el papel que llevaba en la mano. Los demás le sonrieron. Habían averiguado el nombre al mismo tiempo. El jefe de policía le dio una palmada en el hombro.

—Buen trabajo. Afortunadamente, esta mañana lo hemos atrapado durante una operación policial en el centro. Tenemos a Henrik Thomsen bajo custodia en el hospital. Todo ha acabado.

Harald Madsen le devolvió la sonrisa al orgulloso jefe de policía. Asintió, pero era evidente que había una pregunta que le daba vueltas en la cabeza. Su mirada recorrió cada uno de los cinco rostros que había en el despacho.

—¿Tienes alguna duda al respecto?

—Eh… No. No estoy muy al tanto de todo el caso, pero ¿quién es Henrik Thomsen?