El ejecutor
Cafetería de Haraldsvang: Lunes por la mañana, 20 de octubre de 2014
Cafetería de Haraldsvang
Lunes por la mañana, 20 de octubre de 2014
Una suave brisa hacía susurrar las hojas secas de los abedules junto al parque infantil de Haraldsvang. Por lo demás, reinaba el silencio. No se oían chillidos de niños. No se oían voces. No había coches en el aparcamiento. Solo las hojas susurrando lánguidamente que hoy estarían a salvo de las pequeñas manos de los críos. La cafetería del extremo orientado al lago estaba a oscuras, con las persianas bajadas. No había corredores por los senderos que rodeaban el parque. Ningún paseante con carrito de niño. Nada.
Era como si el mundo entero contuviera el aliento. En verano, el lugar estaba salpicado de jóvenes bañistas junto al trampolín de saltos y familias con niños que jugaban tranquilamente en la explanada delante de la cafetería. Hoy, sin embargo, no se veía a nadie. Mejor dicho, a casi nadie. Un hombre permanecía sentado en un banco, contemplando serenamente el entorno del parque. El lugar parecía concebido para recrear la escena inicial de El hombre nocturno de Jørn Lier Horst. Salvo porque el hombre y el banco se encontraban en un tranquilo parque natural en un día agradable, y no en una calle comercial del centro mientras la niebla cubría con su velo lo inconcebible.
El sonido de las sirenas fue aumentando y las luces policiales arrojaron su resplandor sobre las hojas amarillentas del bosque otoñal.
Lotte Skeisvoll había salido corriendo para subirse a uno de los primeros coches. Quería estar allí. Si ella no estaba, Anne no tendría a nadie conocido a su alrededor. Lotte sabía muy bien lo que implicaría que todo ocurriera según se había escrito. Sin embargo, no podía dejar sola a Anne.
Lotte miraba llena de pánico por la ventanilla cuando el coche policial derrapó frente a la cafetería de Haraldsvang. El tiempo se detuvo cuando alzó la mirada y descubrió lo que Øystein Vindheim había logrado escenificar en los diez minutos de ventaja que les llevaba. Los coches fueron llegando uno tras otro. Apagaron las sirenas. Abrieron las puertas, los agentes bajaron y tomaron posiciones, y las órdenes atravesaron el aire durante unos segundos. Luego, fue como si toda la escena se congelara en un cuadro.
Si no fuera por el silencio absoluto, todo parecería normal. El metal del tobogán brillaba al sol. Los columpios hechos de neumáticos oscilaban con el viento. Una de las cadenas del columpio estaba oxidada y emitía pequeños gañidos cada vez que lo movía el viento. Se oía el agua lamiendo las rocas en la orilla. Todo era tal y como él quería que fuera. Estaba solo en el banco. Los policías en posición delante de él. Anne estaba a su lado.
Lotte abrió la puerta del coche patrulla con un lento movimiento. Al salir, se agarró al marco para no caerse. Los policías del grupo de intervención habían bajado sus armas unos centímetros. Todos la miraban, aguardando. Ella se apartó el flequillo castaño. Notó que estaba hiperventilando. Le temblaban las manos. Sus piernas sostenían su peso con dificultad. Primero llamó en susurros a su hermana:
—Anne…
Su hermana no la podía oír. Las palabras no le llegaban. Estaban a unos diez metros la una de la otra, pero Lotte no podía llegar a ella. Siguió llamándola. Cada vez alzaba más la voz.
—Anne… ¡Anne!
Su hermana no contestó. Contemplaba el aparcamiento con la mirada perdida.
En las copas de los árboles se oía el leve susurro de lo que hacía solo unos meses había sido follaje verde y frondoso. Una brisa fría ascendió por las suaves laderas desde el lago Skeisvannet, envolviéndoles en una capa helada. Todo lo normal y cotidiano quedó borrado por aquella imagen que tenían delante. Por encima del hombre del banco, la cabeza de Anne se mecía clavada a una estaca de dos metros de alto. El hombre feliz del banco, el Ejecutor, era el único que sabía dónde estaba el resto del cuerpo.