El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 33 de 91

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El ejecutor

Haraldsgata, Haugesund: Jueves por la tarde, 16 de octubre de 2014

Haraldsgata, Haugesund

Jueves por la tarde, 16 de octubre de 2014

 

En verano, la terraza del Café Espresso actuaba como un imán para las almas perdidas de la calle. Llamar «terraza» a las cuatro mesas destartaladas dispuestas sin más sobre el pavimento adoquinado tal vez resultara algo exagerado. También era evidente que los ciudadanos de a pie con poder adquisitivo habían desaparecido rápidamente del lugar cuando descubrieron que la mitad de las mesas estaban ocupadas por yonquis desharrapados rodeados por una manada de feroces perros babeantes. Sin embargo, en el mes de octubre la clientela era más bien escasa.

«¡Dios mío, ya han pasado seis años!».

Lotte meneó la cabeza. Desde lejos divisó la desmejorada figura de su hermana, sentada sola en la terraza, encorvada sobre la minúscula mesa. Del todo impasible a la lluvia que caía a mares. Aquellos años pasados desde que la calle se tragara a Anne habían pasado volando. Al igual que el tiempo transcurrido desde la muerte de sus padres. Simplemente ocurrió, y luego se difuminó en la historia. A veces Lotte tenía la impresión de que se había olvidado de ellos por completo. Podían pasar semanas sin que pensara en ellos, y cada vez le costaba cada vez más recordar sus rostros y sus voces.

En cambio, pensaba constantemente en su hermana. Por la mañana, durante el día, por la noche… «¿Dónde estarás ahora? ¿Sigues viva? ¿Cuánto has tenido que denigrarte hoy? ¿Tienes frío? ¿Te duele algo? ¿Piensas en mí…?».

Las preguntas no paraban de dar vueltas en su cabeza. Sabía que nunca sería capaz de dejarla ir. Si Anne moría, se llevaría a Lotte con ella.

Lotte había perdido la cuenta de las horas que había pasado en urgencias con su hermana, consumida por no padecer otra cosa que los estragos de vivir en la calle. Siempre lo mismo. Anne se mostraba angustiada y agresiva, temblaba, blasfemaba. En un estado lo más opuesto posible al de Lotte. Sufría constantemente los prejuicios de ser toxicómana. La mayoría de la gente la despreciaba, no tenía ninguna prioridad en la sala de espera, donde era mal vista por el personal sanitario y por los demás pacientes, y donde era rechazada por los médicos, que nunca se tomaban en serio sus problemas. La lista de agravios era interminable. Toda la situación era denigrante.

Al acercarse a la cafetería, Lotte alejó aquellos pensamientos. Miró a su alrededor para ver si descubría a otros sospechosos habituales del mundillo de la droga, pero por una vez no se les veía por ninguna parte. Habría preferido entrar con Anne dentro del local, refugiarse en el calor, pero sabía que no era posible. Así pues, se arrebujó bien en su chubasquero.

—¿Has echado a los demás o qué? —preguntó Lotte cuando se dejó caer en una silla al lado de Anne.

—Sí.

Lotte miró a su hermana y sonrió.

—Llegué a un acuerdo con Ingjerd, la de la cafetería —prosiguió Anne—. Me dijo que podía venir aquí siempre que los perros y todos los demás se mantuvieran alejados. No me fue muy difícil arreglarlo. —Permaneció un momento en silencio mirando los adoquines. De pronto, espetó—: Oye, que llevo mucho tiempo esperándote. ¿Tienes algo de dinero?

—No, Anne, joder. Ya sabes que no te voy a dar dinero para la mierda esa que te metes.

Para gran sorpresa de Lotte, Anne le sonrió. Era maravilloso volver a ver su sonrisa. Aunque solo durara unos segundos. La explicación de su gesto llegó enseguida:

—Esas cosas me las pago yo, ya lo sabes. Has llegado tan tarde que me entró hambre. Ingjerd me dio de comer si le prometía que se lo pagaría cuando llegaras.

Lotte se sintió aliviada y sacó un billete de cincuenta coronas de la cartera.

Cuando Anne regresó poco después, parecía más inquieta. Lotte era muy sensible a cualquier pequeño cambio en el ánimo de Anne. Sabía que eso podía implicar problemas.

—¿Pasa algo?

Anne miró brevemente a su alrededor antes de responder:

—No, nada. Solo que llevo unas horas sobria y empiezo a notarlo. Podría haberme metido un poco, pero no quiero hablar contigo estando puesta. Entonces no me tomas en serio.

Lotte alzó las cejas. Si su hermana había decidido mantenerse sobria a propósito pensando en ella, es que por una vez tendría algo importante que decir. No le cabía ninguna duda.

—Cuéntame.

Anna carraspeó un poco y se removió algo inquieta en la silla. A continuación se lanzó:

—Necesito dinero, Lotte. Pero no para lo que crees. No es para droga. Tampoco para pagar deudas.

—De acuerdo… Si no es para droga ni para saldar deudas, ¿para qué es? Los de la asistencia social te dan para pagarte la comida y el alojamiento, eso lo sé.

Lotte la miró con cierta severidad, en realidad sin pretenderlo, pero era una mala costumbre que había adoptado tras haber realizado innumerables interrogatorios.

—Quiero ingresar en un centro, Lotte. Desintoxicarme para siempre…

La primera vez. La primera vez que Anne expresaba el deseo de llevar una vida distinta a la que llevaba. Durante un instante, Lotte se quedó sin palabras, pero se aclaró la garganta y acertó a decir:

—¿En serio…? ¿No estás de coña? ¿Quieres dejarlo?

Anne la miraba muy seria.

—Sí que quiero. De verdad. Estoy jodidamente cansada, Lotte. Lo que pasa es que en los centros públicos hay una lista de espera de un año por lo menos, y no me queda tanto tiempo.

—¿Que no te queda…? ¿Estás enferma?

—No. Se trata de otra cosa. Pero olvídalo. Realmente no es muy importante. Lo importante es que quiero salir y quiero salir ahora, no dentro de un año. Pero eso cuesta dinero y no lo tengo.

—Bien. ¿De cuánto hablamos?

Lotte tenía bastante conocimiento de lo que implicaban los programas de rehabilitación como para no querer oír la respuesta, pero tenía que preguntarlo.

—Setenta y cinco mil.

Anne miró la mesa al decirlo. Lotte sabía que su hermana estaba haciendo un gran esfuerzo. Siempre había alardeado de manejarse muy bien sin su ayuda.

—Es muchísimo dinero, Anne. Si te inscribes ahora, puede que quede libre alguna plaza antes de que pase un año. Por Dios, la mitad de los que están en la lista de espera mueren de sobredosis antes de empezar el tratamiento.

—Sí. Precisamente por eso. La gente muere.

Las palabras de Anne se clavaron en el estómago de Lotte como una barra de hierro. Eso era exactamente lo que ocurría. Muchos morían mientras estaban en las listas porque no soportaban más la espera para recibir ayuda. Sin embargo, setenta y cinco mil coronas era mucho más dinero del que Lotte podría hacer aparecer de la chistera de su banco, ya que no disponía de una casa que poner como garantía. Y un crédito al dieciocho por ciento de interés no era una alternativa. Tendría que arreglarlo de otro modo.

—De acuerdo, Anne, pero ¿qué obtienes por ese dinero?

—Ingreso inmediato. Mañana mismo si quiero. Desintoxicación. Tratamiento. Seguimiento. Terapia. Seis meses con todo el tratamiento incluido, así como dietas y alojamiento. Además de un seguimiento en régimen abierto durante seis meses más si todavía no me siento convencida de poder conseguirlo.

—¡Caramba…!

Lotte ni siquiera tenía idea de que su hermana dominara ese tipo de vocabulario, y ahora lo empleaba con la naturalidad de quien se ha formado como trabajadora social. Era casi demasiado bueno para ser verdad. Una parte de Lotte se alegraba enormemente y no quería más que abrazar a Anne. Sin embargo, otra parte de ella se resistía. Un toxicómano necesitado de dinero haría cualquier cosa para conseguirlo. Setenta y cinco mil coronas era una cantidad muy considerable en esos círculos. Además, el porcentaje de éxito de ese tipo de tratamientos era deprimente. Eran muy pocos los que lo conseguían, incluso eran muy pocos los que concluían su estancia.

—¿Y dónde está eso, Anne?

—El centro se llama Vangseter y está en Jevnaker, al norte de Hønefoss. Conozco a dos tipos que han salido limpios de allí. Cuentan con un programa mucho mejor que el de los centros públicos. Incluso podré devolverte el dinero. Voy a buscar trabajo.

—¿Quién diablos te ofrecería un trabajo ahora, de la manera en que has arruinado tu vida?

Lotte notó que su tono era innecesariamente virulento, y enseguida obtuvo la respuesta de Anne:

—¡Nunca has creído en mí, joder! —gritó inclinándose sobre la mesa y escondiendo el rostro entre las manos.

Lotte le pidió disculpas y le acarició el pelo para demostrarle que eran sinceras.

Antes de que Lotte se marchara un cuarto de hora más tarde, Anne le dio un cálido y efusivo abrazo y le prometió que trataría de ir bajando las dosis en los próximos días.