El ejecutor
Requiem – Introitus
La miro a los ojos. Son de color verde oscuro. Brillantes. Me miran con expresión coqueta y pícara. Una sonrisa descarada se dibuja en la comisura de sus labios. No vacila, me quita las últimas prendas de ropa y las deja caer al suelo de vinilo de principios de los setenta. El suelo hace juego con el resto de su piso, anticuado y mal conservado. Por así decirlo, Rita Lothe es bastante más hábil en la cama que en lo que se refiere a la decoración.
Mientras ella nos va arrancando una prenda tras otra con movimientos expertos, mi mirada examina el piso, fijándose en todos los detalles. Junto al sofá esquinero hay un antiguo mueble bar de pino amarillento, bien surtido. Un ordenador portátil se mantiene en precario equilibrio sobre el reposabrazos de un desvencijado sillón de cuero negro. Todavía no sé si está protegido con una contraseña. Busco su teléfono móvil con la mirada. Es imprescindible que aparezca a lo largo de la noche. El ritmo de su respiración ha cambiado. Está cachonda. Dejo que siga peleándose con los botones mientras examino la salida al balcón y su zona exterior. Observo que es lo bastante grande, mientras ella suspira satisfecha y cierra los labios alrededor de mi polla.
La cabeza me duele intensamente cuando, veinte minutos más tarde, volvemos a recuperar el aliento. Masajeo la zona dolorida detrás de la oreja y constato que este tipo de esfuerzos no hacen más que aumentar el dolor. Son como breves espasmos a lo largo de los circuitos nerviosos, como unos golpes rítmicos que me producen un extraño sabor metálico en la boca.
Sé lo que me espera. Llevo tiempo siendo consciente de ello. Glioblastoma multiforme… Qué hermoso suena, ¿verdad? Casi como el nombre de una especie de flor tropical en una enciclopedia de botánica.
Algunos afirmarían que la muerte es hermosa. En la antigua Grecia imaginaban a la Muerte como a un bello y apuesto muchacho, y su imagen se reproducía en las lápidas como un dios guardián, clemente y bondadoso, que portaba en sus manos una antorcha invertida y una corona. Yo puedo desmentir toda hermosura. La muerte es solitaria, oscura y atroz. En ocasiones, también dolorosa. Como en mi caso. El glioblastoma multiforme, o, si se prefiere, tumor cerebral maligno, no es recomendable si eres de los que engullen tres paracetamoles a los primeros indicios de resaca.
Cada hora consciente del día reclama mi atención desde su cómodo refugio en la zona posterior de mi oído izquierdo. Sé que está ahí y sé lo que está haciendo. Todavía me queda tiempo. Varias semanas, tal vez incluso meses, si el destino así lo quiere.
Rita sale del cuarto de baño. Recién duchada y muy arreglada. «Para lo que va a servirte…». Un leve toque de jazmín acaricia mis fosas nasales. Se sienta a mi lado. Alza la copa de vino tinto y bebe ávidamente. Cada vez que se ausenta por unos momentos de la habitación, o dirige su atención a cualquier otra cosa, yo vacío mi copa en una maceta.
Voy al recibidor a buscar mi mochila. La abro y saco la botella de vino que he traído. Ella canturrea satisfecha desde el sofá. Yo mismo abro la botella y la dejo junto a su copa. No creo que tenga tiempo de airearse antes de que la haya vaciado. Saco una copa y me sirvo un coñac del mueble bar. Renault Carte Noir VSOP. «Sus papilas gustativas debieron de pasar a mejor vida hace mucho tiempo», pienso mientras dejo reposar el líquido dorado en mi cavidad bucal. Tiene un sabor empalagoso y mortecino. En cierto modo, apropiado para la ocasión.
Hay una gran variedad de benzodiacepinas, y muchas de ellas son solubles en agua u otros líquidos. La desventaja es que la mayoría de ellas dejan un regusto amargo que es difícil de ocultar. En una botella de vino tinto, cuatro somníferos le proporcionan cierto sabor desagradable. Sobre todo, si uno todavía no ha bebido lo suficiente como para que le entre cualquier cosa. Rita no muestra la más mínima señal de disgusto mientras bebe con avidez. Los sorbos son cada vez mayores y rellena la copa cada vez con más frecuencia. Noto que la intranquilidad se extiende por todo mi cuerpo. Es la única nota desafinada en la partitura. Ese regusto amargo. Solo queda esperar.
Su mirada se vuelve turbia. Farfulla, bosteza y desvaría. El plan es una obra maestra. Mi propio Requiem aeternam. Guardo la composición en el escritorio de mi casa, pulcramente organizada en seis filas. Seis nombres. Seis sentencias de muerte. Seis movimientos.
Todo debe ser exactamente como está descrito. Es un espejo distorsionador. Un paso en falso y la ilusión desaparece. Obviar el más mínimo detalle sería suficiente para cambiar las tornas.
Miro la tenebrosa luz de la lámpara de araña. Los rincones del piso de Rita se han adentrado en la penumbra. Son una metáfora de mi vida. Yo me encontraba en la habitación, pero la luz jamás llegaba a mí. Una vida que casi se convirtió en algo grande. He decidido salir de las sombras. Me deleito pensando en ello. Todos van a verme. La consumación de la obra maestra, como el último movimiento de una sinfonía de Mahler.
«Soy el Ejecutor». Contemplo mis manos. No tiemblan.
Rita está inmersa en su Confutatis maledictis, sin ser consciente de ello. Me divierte verla allí tumbada, a apenas medio metro de mí, con una sonrisa bobalicona en los labios. No sospecha que la arena del reloj está a punto de vaciarse.
En un instante fugaz de sincero autoconocimiento, me veo tal y como soy. El aleteo del grajo. Tengo que creer en esto. Yo soy la obra maestra. El azar así lo ha querido. Tuve una revelación. Una oportunidad de componer mi propio réquiem.
Cierro lentamente los ojos de la pecadora durmiente a mi lado y humedezco la venda con el líquido cristalino del frasco que hay sobre la mesa. Le tapo la boca y la nariz con el trapo. Ella resuella, casi a punto de despertarse. Cuento los segundos hasta que, poco a poco, muere. Todo dolor desaparece. Soy puro.
«El dolor es la debilidad que abandona el cuerpo», pienso satisfecho, y cierro la última puerta a la existencia que alguna vez tuve.