El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 27 de 91

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El ejecutor

Apartamento de Viljar, calle Austmannavegen, Haugesund: Miércoles por la noche, 15 de octubre de 2014

Apartamento de Viljar, calle Austmannavegen, Haugesund

Miércoles por la noche, 15 de octubre de 2014

 

Hay días de mal karma. En los que cualquier decisión que tomes te lleva a una espiral descendente de la que parece imposible salir. Todo lo que dices, todo lo que haces, te acerca más al abismo. Hasta que Lotte apareció en la puerta de la celda para dejarlo salir, no fue capaz de cambiar el chip. La miró interrogante.

—¿No estoy detenido?

—No, creo que se ha producido algún malentendido.

Lotte no hizo ningún gesto que desvelara el motivo de su repentino cambio de opinión.

—¿Todas las sospechas descartadas?

Viljar sabía la respuesta, pero lo preguntó más que nada para provocarla.

—Te puedo prometer que durante los próximos días vamos a ser para ti como un grano en el culo. Cuando quieras cambiar de canal de televisión en tu casa, tendrás que enviarme una solicitud por escrito con tres copias. Aún no hemos acabado contigo, pero la próxima vez que estés encerrado en una celda será porque yo lo diga.

Viljar empleó el resto del día tal y como se había propuesto en el calabozo que lo haría a partir de ahora. Acudió a lugares que sabía que contaban con cámaras de seguridad, guardó los recibos de las tiendas en las que estuvo, se paró a hablar con el vecino en las escaleras antes de entrar en su piso. Por primera vez en una semana, incluso llamó a su padre. Suponía que su teléfono estaría intervenido. Nadie volvería a pillarlo porque no tenía coartada. Todavía recordaba el sentimiento de terror que había experimentado cuando veía acercarse las paredes de hormigón, y sus manos seguían temblando mientras permanecía sentado en el sofá. Viljar se metió una bolsita de snus bajo el labio y encendió un cigarrillo de tabaco de liar.

Al cabo de una hora de llegar a casa, se presentó un agente de policía para devolverle el ordenador que se habían llevado para examinarlo. De ese modo, Viljar pudo comenzar con las labores de investigación que le esperaban.

Buscó rápidamente el perfil abierto de Rita Lothe en Facebook. La fotografía de ambos era, de hecho, la última que había subido. Guardó todas las fotos en una carpeta. Copió las actualizaciones de estado y anotó los nombres de sus amigos en Facebook.

Viljar empezó a estudiar el entorno de la foto. Detrás de Rita y de él se veían unos taburetes negros de piel alrededor de una barra hexagonal de caoba. Cúpulas redondas de luz suspendidas del techo. Papel pintado oscuro o pintura negra en las paredes. Al fondo se divisaba en penumbra un tresillo de estilo Winchester. Viljar sonrió y asintió con la cabeza en señal de reconocimiento.

—Bestastuå —dijo en voz alta.

El club nocturno tenía fama de «mercadillo de segunda mano» para señoras mayores consumidas por la vida en busca de nuevos pastos, pero Viljar no tenía nada claro que sus incursiones nocturnas las hicieran más felices.

Sabía que ese año había ido dos veces a ese local. En una ocasión, en marzo, había acudido a una fiesta de patrocinadores del club de fútbol Haugesund. Y la segunda vez fue hacía unas semanas, cuando Henrik Thomsen insistió en que Øystein Vindheim y él lo acompañaran después de haber coincidido por casualidad en el café MM un sábado por la noche. Viljar había protestado, pero al final se había dejado convencer por aquel imbécil.

Viljar abrió su cuenta bancaria en internet y buscó hasta encontrar los pagos realizados en el Bestastuå. El 20 de septiembre, constató. Era un domingo. Los pagos se llevaron a cabo a las 00.30, 01.03, 01.47 y 02.22. Los importes eran cada vez mayores. Era evidente que, conforme avanzaba la noche, se iba volviendo cada vez más generoso.

Recordaba muy poco.

Se acordaba de la llegada y de la primera copa con Henrik, pero después… Viljar recordaba que bailó, y también evocó vagamente una discusión en la zona de fumadores con un tipo enorme que afirmaba ser policía, pero nada acerca de ninguna Rita Lothe. Anotó en su lista que tenía que hablar con Henrik y Øystein sobre el tema.

Viljar empezó a comprobar la lista de amigos de Rita. Constató rápidamente que no compartían amistades y que los catorce contactos que tenía eran todos rostros desconocidos para él, excepto dos celebridades locales de las que «todos» los habitantes de Haugesund eran amigos en Facebook. Por supuesto, se trataba del periodista radiofónico Hans Indbjo y del presentador de TV2 Øyvind Fjeldheim. La mayoría de los demás contactos tenían perfiles cerrados y la búsqueda no dio ninguno de los resultados esperados.

Enseguida se despertó en él una sospecha. Miró los últimos mensajes. Ninguno de sus amigos había publicado RIP ni mensajes similares desde que su muerte se hiciera pública esa misma mañana. Ninguno de los catorce amigos. Tampoco ningún familiar —que seguramente debía de tener por ahí— había escrito nada. Aquello no cuadraba. Cuando la gente muere, en cuestión de pocas horas el muro aparece lleno de corazones y referencias con el último adiós al fallecido. Era imposible que aquel fuera el perfil auténtico de Rita en Facebook. Sin embargo, la fotografía de él y Rita sí era real. «Alguien está intentando convertirme en un chivo expiatorio», pensó Viljar.

Su reflexión fue interrumpida por unos sonidos que provenían del rellano. Viljar se quedó rígido, como paralizado.

La puerta del piso se abrió y oyó un golpe como si algo cayera al suelo. Viljar se puso en pie de un salto, pero se detuvo súbitamente al ver quién estaba en la entrada.

—¿Qué coño estás haciendo tú aquí?

Viljar miró al chaval flacucho de hombros encorvados en el pasillo. Era como si las piernas y los brazos hubieran decidido que el muchacho fuera jugador de la NBA, mientras que el resto del cuerpo se resistía con todas sus fuerzas. La mirada de Alexander pareció perderse en el vacío. Un gesto inseguro recorrió su rostro antes de volver a adoptar su habitual expresión apática.

—¿Es que tampoco me quieres aquí o qué? ¿Tienes visita de alguna follamiga?

Una pregunta con dos respuestas posibles. La primera le hacía desear abrir los brazos para darle un fuerte abrazo; la segunda le irritaba hasta tal punto que quería echarle una monumental bronca al muchacho. En cambio, su reacción no fue ninguna de las dos. Se quedó plantado como un pasmarote, balbuceando algo que se suponía que era un mensaje claro de que no pensaba consentirle que hablara de ese modo.

Alexander miró a su alrededor y arrugó la nariz. Se pasó la mano por el negro pelo grasiento y meneó la cabeza. Y como tenía la mano a la altura de la cara, aprovechó para reventarse un grano con las uñas.

—Joder, papá. Necesitas una asistenta polaca o lo que sea. ¡En serio! La tía con la que trabajas tuvo que ponerse a limpiar cuando se fueron los polis. Qué puta vergüenza.

Viljar lo miró desesperado. Aquel no era lugar para un chaval de dieciséis años. Ranveig tenía toda la razón al respecto. Según el acuerdo de separación, Alex debía quedarse con su madre entre semana y con Viljar los sábados y domingos. Así lo habían acordado, ya que a menudo ella tenía guardia los fines de semana en la cocina del geriátrico. Un sobresueldo necesario para suplir las penosas ganancias que le dejaba la peluquería que tenía en casa. Sin embargo, durante el último año Alexander había pasado olímpicamente de esos acuerdos, yendo y viniendo a su antojo.

El piso apestaba a humo y sudor rancio, a pesar de que Ranveig le había dado un buen repaso con la fregona. También había apilado las cajas de pizza vacías en un rincón del pasillo. En cambio no había recogido la ropa, que seguía tirada por todas partes. El muchacho miró a su padre y negó con la cabeza.

—Cualquiera diría que eres tú el del TDAH, no yo. ¿Es que nunca recoges cuando yo no estoy o qué?

La respuesta correcta habría sido no, pero Viljar evitó confirmar las sospechas de su hijo.

—Escúchame bien. No puedes aparecer por aquí y ponerte a echar pestes sobre mí. No lo voy a consentir, joder. Yo puedo vivir en este caos sin problemas, y ahora mismo tú deberías estar en casa de tu madre.

El muchacho se quedó de pie junto al fregadero, de espaldas a su padre, sin decir nada.

—¡No soporto más a esa hija de puta! —gritó de repente, y lanzó con todas sus fuerzas un vaso de leche medio lleno contra la pared.

Viljar dio un respingo y supo que tenía que hacer algo. Decir algo. Se sentó en una silla. Los hombros de Alexander se agitaban convulsos. Transcurrió un largo rato sin que ninguno de los dos dijera ni hiciera nada. Viljar quería levantarse. Acercarse al muchacho y abrazarlo. Pero permaneció sentado, incapaz de encontrar el momento.

Alexander se dio la vuelta y se dirigió tranquilamente hacia la puerta del salón. Con la manga de su enorme sudadera con capucha se secó las lágrimas. Viljar intentó retenerlo agarrándole del brazo.

—Oye. Limpia el estropicio que has hecho. Hay cristales por todo el suelo.

—¡No me toques, joder! Límpialo tú. ¡De todas formas, esto es una puta pocilga! ¿Por qué voy a esforzarme yo si tú no lo haces?

Se oyeron varios portazos al paso de Alexander en dirección al pequeño cuartucho que Viljar se hacía la ilusión de que era una habitación adecuada para un adolescente. Unos segundos después «The Eternally Damned» de Einherjer retumbó por los castigados altavoces.

Viljar suspiró e intentó retomar la reflexión que le rondaba por la cabeza antes de que Alexander la interrumpiera:

«¿Quién está intentando incriminarme en estos asesinatos?».

Si tenía enemigos dispuestos a llegar tan lejos, debían de estar relacionados de alguna forma con el caso de Jonas.

A regañadientes, Viljar apartó la vista de la pantalla del ordenador. No podría hacer nada si no conseguía ordenar antes sus pensamientos. Y en aquel momento le resultaba imposible. La protesta de Alexander había alcanzado su máximo volumen en el equipo de música. Viljar cogió el móvil para llamar a Hilde. Por muy violento que le resultase, tenía que hacerlo. Ella tendría que venir a recoger a Alex. Sus dedos temblaron sobre los contactos de la pantalla. Tenía que concentrarse para marcar el número correcto. La relación que mantenían desde su separación no podía denominarse buena precisamente. Se armó de valor para recibir la retahíla de acusaciones que ella solía soltarle antes de que él pudiera siquiera pronunciar la primera palabra. Algunos días estaba convencido de que había procreado con el Anticristo.