El ejecutor
Cinco años antes…: Habitación 306, hotel Rica Maritim, Haugesund. Jueves por la mañana, 19 de agosto de 2010
Cinco años antes…
Habitación 306, hotel Rica Maritim, Haugesund
Jueves por la mañana, 19 de agosto de 2010
La sangre goteaba de la botella rota que Jonas sostenía en la mano. Pequeñas gotas oscuras penetraban en la moqueta. Se oía el crujido de los cristales al cambiar el peso de una pierna a la otra. Jonas no sentía dolor. Su mirada se clavaba en el hombre que tenía delante y que se protegía la cara con las manos. Un reflejo irracional, puesto que tanto el cuello como el torso eran puntos mucho más vulnerables. Jonas acercó el afilado borde de la botella rota al pezón izquierdo del hombre. El cristal se le enganchó como si fuera una púa. El hombre jadeó. Un fino reguero de sangre se deslizó desde su pecho hasta la sábana blanca. Jonas no dijo nada. Todo estaba dicho. Ya no quedaban palabras que pudieran herirle.
La habitación del hotel Rica Maritim era austera, desnuda. Despojada de alma. Unos colores fríos. Moqueta azul, sábanas blancas, cortinas grises, paredes de color amarillo intenso. Jonas tenía frío. Estaba desnudo y se le erizaba la piel con la corriente de la ventana. Agarraba con fuerza la botella rota mientras la acercaba cuidadosamente al cuello del hombre.
El hombre gemía e intentó moverse hacia el pie de la cama. Jonas le agarró del pelo y tiró brutalmente de él para que volviera. El hombre gritó cuando su cabeza impactó contra el cabecero. Jonas volvió a acercar la botella a su garganta, y en esa ocasión el trozo de vidrio penetró en el tejido blando. El hombre permaneció tumbado sin mover un músculo.
—¡Cierra la boca y no te muevas!
El rostro del hombre reflejó el pánico que sentía. Su pecho subía y bajaba más deprisa que antes.
La descarga de adrenalina hizo que Jonas viera la escena como a través de un túnel. El corazón le latía desbocado en el pecho y notó que estaba hiperventilando. Sus ojos se agitaban nerviosamente.
Intentó recuperar la ira que le había invadido cuando comprendió que el ministro de Transportes, Herman Eliassen, le había engañado. Solo de pensar en ello le entraban arcadas. Oscilaba entre la furia ciega y un desprecio paralizador por todo lo que había tenido que pasar. Recordaba todas las veces que se había obligado a fingir que eran el deseo y la admiración los que le habían llevado a los brazos de aquel hombre. Recordaba todos los momentos en que había llorado y vomitado, todas las veces que se había autolesionado. Un año entero de promesas vacuas de formar parte del programa de becas de Nuevas Voces. Un año entero de mentiras. Un año entero de repugnantes servicios sexuales.
«Nuestra relación es demasiado personal para poder incluiros en el programa, resultaría muy sospechoso…».
Sus palabras todavía retumbaban en la habitación mucho tiempo después de haber sido pronunciadas. Jonas sentía que lo que más quería era hundir la botella hasta el fondo en el cuello de Herman Eliassen. Sin embargo, algo le impedía hacerlo. De alguna manera, el político parecía demasiado miserable, demasiado patético. Matar a un hombre desnudo e indefenso con el que hacía apenas media hora se había estado besando y acariciando ya no le resultaba tan tentador. Respiró profundamente y tuvo la sensación de que los pulmones le iban a reventar. En ese instante tomó una decisión y actuó en consecuencia.
Lanzó la botella contra la pared con todas sus fuerzas y el vidrio estalló en mil añicos. No le importó lo más mínimo el ruido, ni que los huéspedes de la habitación contigua pudieran llamar a su puerta o avisar al personal de servicio. De todas maneras, para cuando llegaran todo habría acabado. Además, Jonas no tenía ninguna intención de permanecer en aquel lugar, aunque estaba claro que Eliassen era el que tenía todas las de perder si lo encontraban desnudo y ensangrentado en una habitación de hotel con un chaval de diecisiete años encima.
Cuando, cinco minutos más tarde, las puertas del ascensor se abrieron y Jonas se encontró de frente con un vigilante de seguridad, ya estaba completamente vestido y tranquilo. Se apartó educadamente para dejarlo salir corriendo. Jonas entró en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja. Sabía que el vigilante tardaría en poder entrar en la habitación donde se encontraba Eliassen. Que todos los rastros de sangre ya habían sido limpiados. Y que la única persona que podría revelar su implicación en los hechos era el propio ministro. Pero que este no diría nada, y seguiría guardando silencio como una tumba.