El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 6 de 91

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El ejecutor

Sede del Haugesunds Avis: Martes por la mañana, 14 de octubre de 2014

Sede del Haugesunds Avis

Martes por la mañana, 14 de octubre de 2014

 

Ranveig Børve acababa de mantener una charla con Viljar en su compartimento, y estaba regresando al suyo cuando notó que alguien le tiraba de la falda.

—Dime, ¿cómo anda el Dragón? —preguntó Henrik Thomsen de modo sarcástico cuando Ranveig se dio la vuelta.

Thomsen, a quien apodaban el Carnicero, tenía un olfato especial para detectar situaciones que luego podía utilizar contra los demás. Como de costumbre, estaba tirándole los trastos a una de las pánfilas del departamento de marketing que se había trasladado a la planta de redacción. Ahora el hombre estiró su largo cuerpo de dos metros de altura y se arrimó tanto a Ranveig que ella se sintió muy violenta y dio rápidamente un paso atrás.

—¿El Dragón?

—Sí, ya sabes… El islandés ese. Gruñón, peligroso y que echa humo por la boca, esas cosas…

Thomsen lanzó una sonrisa insolente alrededor de la sala. Nadie pareció hacer caso de su broma.

Ranveig se lo quedó mirando fijamente.

—Ah… ¿Has empezado a ponerles apodos a tus compañeros, ya que tú tienes tantos?

Ranveig no esperó su respuesta. Se limitó a girar sobre los talones y se dirigió hacia su puesto a grandes zancadas.

—Estás de muy mal humor hoy —vociferó Henrik—. ¿Tienes la regla o qué?

Ranveig se detuvo y se volvió para enseñarle el dedo corazón antes de apresurarse a entrar en el área de reuniones denominada Sala de Propuestas, ubicada como una isla en medio de la diáfana planta abierta. Era un cuarto pequeño y cerrado que, a pesar de disponer de enormes ventanas orientadas hacia el norte y el sur, tenía una atmósfera claustrofóbica. La sala estaba amueblada de modo moderno y espartano, con una alta mesa de plástico e inestables taburetes de color verde lima. No había sido diseñada para el confort, sino para acoger unas reuniones fugaces y constructivas de las que todos ansiaban salir pitando.

El incidente entre Thomsen y Ranveig no le había pasado desapercibido a Viljar. Rio satisfecho entre dientes, pero aun así seguía sintiendo cierto malestar. Sus días eran como una sustancia viscosa e infinita en la que tenía que andarse con ojo para mantener la cabeza a flote. Siempre era igual. No existía ninguna variación, ningún momento de inspiración o de clímax inesperado.

Su psicóloga, Vigdis Nygård, le había planteado darle la baja ese mismo día, pero él no había querido. El trabajo era lo único que tenía para poder salir de la cama por las mañanas.

—No muestras ningún placer en lo que haces —le había dicho la última vez que tomaron un café con leche en el Café Espresso de Haraldsgata. Después de varios años de conversaciones terapéuticas, habían pasado a mantener algunos encuentros informales—. Te falta inspiración, estás quemado y no te gustan tus compañeros de trabajo. Tu jefe no es precisamente un gran fan tuyo y tus artículos son tan secos y aburridos que ya nadie los lee. ¿Estás seguro de que este trabajo es el adecuado para ti?

Cuando ella se había marchado para ir a hacer las compras del sábado con su marido y sus hijos, Viljar había permanecido una hora sentado en la cafetería, contemplando el ajetreo de la concurrida calle peatonal. El hecho de recibir ese tipo de reprimendas no era algo que Viljar llevase especialmente bien. Sin embargo, sabía que ella tenía razón.

La jornada laboral se arrastraba lentamente mientras Viljar se dedicaba a transformar una buena historia tras otra en textos insustanciales. Más allá de la ventana tampoco encontró inspiración.

El aguacero que había caído la noche anterior había sido reemplazado por una densa y sucia niebla. Enderezó la espalda, obligándose a seguir trabajando en aquellos textos. Poco después le llegó la salvación. El director del periódico, Johan Øveraas, se plantó en el centro de la planta abierta gesticulando con el teléfono pegado a la oreja. Después de terminar la conversación, señaló a Viljar.

—Tienes que salir a cubrir un caso, Gudmundsson. Nos ha llegado un aviso.

—De acuerdo. ¿De qué se trata? —preguntó, sintiéndose aliviado por librarse de la infructuosa labor que estaba realizando.

—Tienes que ir a las torres. La policía ya está allí. Al parecer una mujer se ha caído por el balcón.

Øveraas estaba entusiasmado. Sus michelines se agitaban mientras daba botes impacientes con los pies.

—Joder, Øveraas. Ya sabes que odio los accidentes con muertos. Lo hablamos en la reunión de evaluación que mantuvimos. No escribo sobre ese tipo de casos.

Desafió a su jefe con la mirada.

El director dejó de dar saltitos. Plantó los pies firmemente en el suelo antes de tomar impulso.

—Ahora mismo vas a mover tu arrogante y engreído trasero y te vas a ir a las torres. Tú escribirás de lo que yo te diga que escribas. Han pasado muchos años desde la época en que podías hacer lo que te saliera de los cojones en esta casa. ¡Pero tu puesto de trabajo pende de un hilo como la mierda que te cuelga de los pelos del culo! ¡Créeme, Gudmundsson! ¡No te interesa provocarme en este asunto! —Bajó la voz para adoptar un tono amenazante—: ¡Estoy deseando buscar cualquier pretexto para echarte! Para tu información, uno de los puntos del orden del día de la próxima junta directiva es el de prescindir de algunos puestos superfluos.

Øveraas golpeó la pared de uno de los compartimentos vacíos y gritó a los curiosos que asomaban la cabeza:

—¡Meteos adentro y seguid trabajando!

Las cabezas desaparecieron con la misma rapidez con que habían emergido. El único que se había levantado para seguir el incidente era Thomsen.

Viljar sabía que ya no gozaba del favor de Øveraas. El sentimiento era mutuo, pero jamás se había planteado que ese hecho pudiera costarle realmente el trabajo. Se puso la gabardina gris colgada en la silla, agarró el cuaderno y el teléfono y salió furtivamente de la oficina con la cabeza gacha. En aquel momento era preferible la niebla.

Henrik Thomsen se acercó a él en el pasillo.

—¿Sauron te estaba gritando?

Thomsen rio burlonamente bajo su espeso bigote de camionero. Viljar se detuvo de golpe, se puso de puntillas y estiró el cuello para acercarse a la cara de su altísimo compañero todo lo posible sin que la aproximación desembocara en un beso con lengua.

—¿Por qué no vuelves a tu rincón y te haces una paja viendo esas páginas web que siempre desaparecen misteriosamente cada vez que pasa alguien por delante de tu compartimento?

Henrik Thomsen retrocedió. Dejó pasar a Viljar sin hacer ni un comentario gracioso más.