El ejecutor
Calle Austmannavegen, Haugesund. Sábado por la noche, 18 de octubre de 2014
Calle Austmannavegen, Haugesund
Sábado por la noche, 18 de octubre de 2014
Esa noche Viljar se encerró en su apartamento en compañía de Johnnie Walker, un tipo relamido y poco hablador, con cierto aroma a viejo. Después de que Lotte se marchara de su casa a toda prisa unas horas antes, Viljar había hecho lo que se había propuesto por la mañana. Consiguió localizar a su psicóloga en su despacho. Tenía que averiguar qué le había contado a la policía. Sin embargo, Vigdis había negado rotundamente haberles informado de nada en absoluto. Aseguró que ni siquiera la habían llamado. A raíz de la conversación que mantuvieron, la psicóloga había comprendido que algo iba muy mal y, después de que Viljar la pusiera brevemente al corriente de lo sucedido, le concedió cuatro semanas de baja laboral por estrés emocional prolongado.
En los últimos años, aquella oscuridad absoluta había llenado de angustia la vida de Viljar, pero siempre había conseguido salir de ella con mucha voluntad. Además, no le quedaba más remedio. Debía pensar también en Alexander. Aunque el chaval vivía con su madre, Viljar no podía desmoronarse de aquella manera. Y en esos momentos añoraba una voz interior que le dijera que todo saldría bien, que pronto habría pasado todo.
La imagen del cuerpo de Ranveig suspendido en el aire volvía a su mente una y otra vez, y al parecer no había whisky suficiente en el mundo que pudiera hacerla desaparecer. Se había fijado en su retina como una estampa eterna.
Viljar se sirvió otro whisky. En un vaso de leche.
Como un puto alcohólico, bebía whisky en un vaso de leche mientras no dejaba de autocompadecerse. Entonces decidió ponerse las pilas y hacer lo que tenía que hacer. En primer lugar, enviar un mensaje al director del periódico con la clave para acceder a su correo. A continuación, hacer el equipaje…
Cuando veinte minutos más tarde volvió a sentarse en el sofá, Viljar lo tenía todo preparado. En el suelo del salón había dos bolsas de viaje llenas de ropa escogida sin demasiado criterio. También había metido el pasaporte y la cartera con las tarjetas de crédito. Había enviado el correo electrónico. Lo único que le faltaba era decidir adónde ir.
Buscó varios destinos para el día siguiente, según los billetes de última hora disponibles. En realidad, Viljar no era una persona muy viajada y le resultaba totalmente indiferente su posible paradero. Solo quería dejarlo todo atrás. Ir a un lugar donde a nadie le llamase la atención que tomara copas muy cargadas al mediodía y que se mostrara bastante antisocial. «¿Alicante? ¿Por qué no?».
Viljar compró el billete, lo imprimió y lo guardó en una de las bolsas junto con el pasaporte y la cartera. Después se recostó en el sofá. Buscó la función de despertador en el móvil y lo puso para las diez de la mañana del día siguiente. Así le daría tiempo a tomarse un par de tragos antes subir al autobús para ir al aeropuerto de Stavanger. Antes de quedarse dormido, rezó para no encontrarse a nadie conocido en el vuelo. Solo quería marcharse. Olvidar. Poner tierra de por medio respecto a toda aquella infamia.
En un estado difuso entre la vigilia y el sueño, Jonas acudió a él. Su rostro joven, hermoso e inocente. La melena rubia. La prudente sonrisa que Viljar malinterpretó cuando recibió la carta. Solo lo había visto en dos ocasiones, pero desde entonces Jonas le había perseguido como una pesadilla todos los días de su vida. Cada minuto consciente del día y cada noche en sus sueños. Jamás desaparecería, y aquella noche lo sintió más cerca que nunca. Se acercó a la puerta de Viljar con una nueva carta en las manos. No era la misma que la última vez. Esta vez la carta iba dentro de un sobre rosa. Poco a poco, Viljar se dio cuenta de que Jonas no venía solo. A su lado estaba Ranveig, cogiéndole de la mano. Estaba muy hermosa, pero la simple visión del vestido blanco hizo que el corazón de Viljar se pusiera a latir desbocado.
Se despertó sobresaltado cuando sonó el timbre. Estaba empapado en sudor frío. Viljar intuía, aunque no podía estar completamente seguro, que durante su sueño había estado gritando cuando vio a Ranveig y a Jonas ante su puerta.
Fue a abrir tambaleándose. Todavía en un estado semiinconsciente, su mente desvarió hasta el punto de pensar que iba a encontrarse realmente a Jonas y Ranveig en la puerta. No fue así…
Si Viljar hubiera estado algo más despejado, quizá habría estado más alerta. Quizá… Antes de que pudiera abrir la boca, la persona que había llamado entró en el apartamento. Con una fuerza descomunal, le agarró por la cabeza y se la estampó violentamente contra la pared. Un segundo más tarde, su cerebro desconectó de todo dolor físico.