Una casa sin reflejos
I. La Noche del Betún
OceanofPDF.com
1
Agarrando con fuerza el pomo de la puerta del baño trató de calmar sus nervios, como si quisiera así borrar de su mente la figura que acababa de ver reflejada en el espejo, ya hecho añicos, del armario de la habitación de sus hijos. Había comprobado de primera mano que los perturbadores testimonios de sus dos hijos eran finalmente ciertos.
Se giró, lento pero decidido, ahora hacia el descascarillado espejo del cuarto de baño y contempló su rostro iluminado por una de esas tulipas de color turquesa que una vez estuvieron de moda.
Juan tenía la mirada cansada y trataba de convencerse de que había tomado la decisión correcta al practicar aquel inocente juego delante del espejo guiado por la desesperación. Una decisión que debía ayudarle a comprender el irracional miedo que mostraban sus hijos tras un imprudente ritual que habían realizado ajenos a sus verdaderas y devastadoras consecuencias. Si algo tenía claro, desde que se había convertido en padre, era que siempre haría todo lo que estuviese en su mano por eliminar cualquier tipo de sufrimiento, por pequeño que fuera, a sus hijos.
El miedo que uno siente puede llegar a controlarse, canalizarse, ocultarse e incluso olvidarse con el tiempo. Pero no hay nada que angustie y preocupe más a unos padres, que el miedo irracional que sienten sus hijos.
Sobre todo cuando es un terror que no cesa, que les va consumiendo noche tras noche, y que ni siquiera ellos mismos son capaces de comprender y darle una explicación lógica.
Juan siguió observándose en aquel espejo, presionando con el puño el pomo de la puerta para poder controlar los pequeños espasmos que su sistema nervioso enviaba a todos los rincones de su cuerpo. Se calmó y
empezó a controlar la respiración. Notó cómo de repente le subía un sudor frío.
Una sombra comenzó a materializarse delante del espejo. Juan no quiso mirarla, pero el reflejo de aquella figura se fue haciendo cada vez más nítido. La sombra tenía su misma altura, se interponía entre él y su propio reflejo y casi se diría que tenía volumen propio. Una figura intrusa que solo existía al otro lado del cristal y que tomaba forma física como si de una acuarela se tratara. Juan empezó a distinguir dos ojos que lo miraban entre toda aquella masa oscura. Apartó la vista hacia la cajonera bajo el lavabo y se agachó. Abrió todos los cajones y rebuscó descartando cepillos, peines, cuchillas de afeitar, cajas de tiritas y pañuelos de papel, hasta que en el último cajón de la fila encontró unos cuantos botes de betún de los que tienen el aplicador de espuma.
Abrió uno de los botes de color negro y probó en su mano para ver si aún quedaba algún resto, pero el aplicador estaba completamente seco. Juan lo lanzó al suelo y pasó al siguiente, realizando la misma acción. La esponja del segundo aplicador dejó una marca circular en su mano y Juan se puso de pie como un resorte.
Sin abrir los ojos, empezó a embadurnar todo el espejo, de una esquina a otra. Su propio reflejo se iba perdiendo por completo en un mar de surcos negros entre los que solo destacaba el blanco de las órbitas de sus ojos.
No quedó rastro de sombra alguna.
Habían quedado algunos huecos sin teñir y Juan observó la puerta del cuarto de baño abierta y la figura de Jota, su hijo pequeño de cinco años, que lo observaba extrañado.
—¿Qué haces, papi?
Juan miró a su hijo desconcertado, percatándose de que observaba temeroso el espejo pintado de betún.
—¿Por qué no vuelves a la cama?
—No puedo dormir —dijo el niño, sin hacer caso a la recomendación de su padre.
—Ahora voy yo. No te preocupes.
—¿Cuándo va a volver mamá? ¿Y Yago?
—Muy pronto…
Juan rellenó el hueco que quedaba sin pintar en el espejo y, una vez concluido el trabajo, se metió el bote de betún en el bolsillo de su pantalón vaquero. Luego cogió a su hijo en brazos, apagó la luz de la tulipa, no sin antes asegurarse de que nada se reflejaba en el espejo al encajar la puerta.
Con Jota en brazos avanzó por el pasillo. Al llegar a la altura del dormitorio de sus hijos, Juan se paró en seco y miró hacia el interior con recelo. En el suelo aún quedaban algunos restos del espejo roto del armario.
La puerta del ropero estaba entreabierta y Juan, tras quedarse pensativo unos segundos, siguió avanzando por el pasillo hasta llegar a su dormitorio.
Dejó a su hijo en el suelo y se puso de rodillas para hablarle a su altura.
—Quiero que te quedes aquí dentro y que no salgas, ¿me lo prometes?
Tengo que terminar una cosa y luego me vendré a dormir contigo. ¿Te parece?
Jota asintió convencido y corrió hasta la cama, dando un brinco sobre ella y tapándose con la colcha. Juan observó a su hijo desde el umbral de la puerta y sintió un nudo en la garganta que le impedía decir nada más.
Mientras, Jota, con la cabeza hundida en la almohada, observó inquieto a su padre. Lo podía ver de cuerpo entero, iluminado por la luz del pasillo, y reparó en que no tenía aún puesto el pijama. Se giró hacia el lado vacío de la cama y volvió a mirar a su padre, como invitándole a tumbarse junto a él.
Juan agarró el pomo de la puerta, dispuesto a cerrar, cuando de repente la puerta del armario empotrado comenzó a abrirse, haciendo chirriar las bisagras y mostrando el espejo de la hoja interior de la puerta del ropero. La puerta del armario se detuvo frente a Juan y este se vio reflejado por completo en el espejo enterizo. Empezó a materializarse una figura difusa y líquida. Juan miró aterrorizado a su lado, pero no había nadie en el pasillo.
Echó mano al bolsillo, palpando el bote de betún como si de un arma se tratase.
—¿Quién es, papá? —preguntó Jota, ya al borde del llanto, contagiado del miedo que veía reflejado en el rostro de su padre.
Juan, sin responder, entró raudo en la habitación, cerró de un golpe el armario y cogió en brazos a Jota.
Recorrió el camino inverso del pasillo hasta llegar de nuevo al cuarto de baño. Abrió la puerta y dejó a Jota de pie en el umbral. Jota miró hacia el
interior del aseo asustado, sin querer soltarse del cuello de su padre y observando el espejo pintado de betún.
—Cariño, voy a dejarte aquí un momento…
—¡No, papi! Por fa…
—Jota, no salgas de aquí, ¿de acuerdo? Aquí vas a estar bien.
Jota se quedó clavado y comenzó a llorar mientras su padre parecía cerrar la puerta ajeno a sus lágrimas.
—Jota, lo único que tienes que hacer es no mirarlo — le dijo intentando transmitirle tranquilidad—. Te prometo que no te pasará nada si te quedas ahí dentro, ¿vale?
Juan trabó el pomo con una escalera plegada de tres peldaños que sacó del pequeño trastero que hacía las veces de despensa. Extrajo el bote de betún de su bolsillo y desapareció por el pasillo.
Jota cerró la tapa del inodoro y se sentó de lado, dirigiendo su cuerpo hacia la puerta. No quería ponerse frente al espejo, pero no pudo evitar mirarlo de soslayo. La pintura de betún ya estaba seca y adquirió un tono grisáceo, casi marrón. Los surcos dejados por la esponja del aplicador se habían contraído al secarse y la pintura bituminosa no había conseguido tupir la superficie del espejo por completo. Miró de reojo y se vio a sí mismo reflejado en una esquina, de cuello para arriba. A su mente retornó un gusano mental que le perseguía desde hacía semanas: Solo con una llama,
la llama te lo mostrará…
Juan entró en el salón sudoroso, mirando a todas direcciones y con el aplicador apretado en la palma de su mano manchada de betún negro.
Reparó en su tenue reflejo tras la pantalla del televisor de tubo y se abalanzó hacia ella antes de que asomase cualquier posibilidad de aparición.
Poseído por una furia extraña frotó la pantalla que tuvo que agarrar con fuerza para que no se cayera del mueble. El movimiento hizo tambalear y caer al suelo un marco con una foto reciente de los cuatro en la puerta del planetario de Madrid. Juan tomó el marco, con el cristal roto por el impacto y frotó las esquirlas con el aplicador, dejando incrustadas en la foto varios
restos rotos de la esponja ennegrecida. Lo volvió a colocar sobre el televisor y, tras un rápido oteo a la sala, observó el testero más grande de la pared del salón, del que colgaba una lámina enmarcada del Guernica, cuyo cristal mate traía proyectada la luz de las farolas de la calle. En el reflejo observó una figura quieta, silueteada entre las cortinas del balcón. Juan se abalanzó sobre la lámina y pintó el cristal hasta hacerlo opaco.
Jota, que había estado escuchando a su padre recorriendo frenéticamente la casa, sintió ahora que el silencio se prolongaba demasiado y eso, más que calmarle, le produjo un desasosiego cada vez mayor. Se puso de pie y levantó la tapa del inodoro para orinar, pero no logró soltar ni una gota. Mientras lo intentaba volvió a mirar de pasada el espejo pintado, temeroso de que algo, o alguien, pudiese aparecer. Se colocó el pantalón del pijama y acercó la oreja a la puerta del aseo para intentar descifrar los sonidos del otro lado. Intentó girar el pomo, pero este no hizo el amago de moverse.
—¿Papi…? —preguntó susurrando y acercando su boca a la junta de la puerta.
Jota volvió a mirar de reojo el espejo, sintiendo una especie de impulso que podría semejarse a una llamada desde el interior de su mente. Se acercó muy lento hasta él, casi hipnotizado. Cuando estuvo enfrente, intuyó su propio reflejo, destacado por el color amarillo pálido de su pijama de cohetes. Identificó su propia cara, y sus expresivos ojos, entre los trazos secos de betún. Puso la mano sobre la superficie pintada del espejo, y al retirarla, apareció una figura detrás de él. No pudo identificar los rasgos ya que los trazos de betún lo impedían, pero estaba seguro de que era un rostro, que parecía moverse como la témpera sobre un cartón. Y poco a poco, aquella representación fue adquiriendo las facciones de su padre.
Jota se agarró de nuevo al pomo de la puerta y empezó a girarlo con todas sus fuerzas, pero no cedía en ninguna dirección. Apretó los ojos, con la intención de hacer desaparecer ese reflejo.
—¡Papá! —gritó sin respuesta—. ¡Quiero salir! ¡Quiero salir! ¡Papi!
¡Papi!
Con los ojos llenos de lágrimas miró a su alrededor, evitando el espejo, y confirmó que no había nadie allí con él. Reparó en el ventanuco situado
junto al plato de ducha, sobre el mueble de las toallas. Cogió el taburete que usaba para lavarse los dientes y se subió a él para alcanzar el mueble, que aunque se tambaleó con su peso, le sirvió para alcanzar la puerta abatible de la pequeña ventana y tratar de tirar del pestillo. En uno de esos tirones se levantó parte de la uña del pulgar, y no pudo reprimir un agudo gemido de dolor. Tras varios intentos más, con la otra mano, consiguió ablandar el picaporte oxidado y abrir la ventana abatible, justo antes de que se cayera el mueble de las toallas.
El ventanuco del baño daba a un pequeño patio de ventilación del edificio, con un hueco de no más de un metro de ancho. El piso de la familia se situaba en la segunda planta del bloque y desde esa pequeña apertura había una caída considerable. Aun así Jota asomó medio cuerpo y observó arriba y abajo. Delante, a no más de un metro, se hallaba la ventana del baño del apartamento de sus vecinos. Pensó que, a esas horas, la señora Delfina y su hijo ya estarían dormidos.
Jota giró su cuerpo hacia la izquierda y vio la ventana de ventilación del trastero que, por suerte, se encontraba abierta. Alzó su pierna derecha y se colocó a horcajadas sobre el dintel, haciéndose un nuevo rasguño en la pantorrilla con una puntilla que sobresalía de la carpintería astillada. Un hilo de sangre brotó y empapó la rasgadura del pijama, lo que le dejó pensativo por unos segundos.
Recordó aquella vez que se atrevió a bajar al patio de la finca desde la ventana de su dormitorio, agarrándose a la gran bignonia que ascendía por la medianería y que cubría la pared hasta el tercer piso. La medianera del edificio daba a un gran descampado salvaje donde la vegetación había campado a sus anchas. Bajo la bignonia, una zarza salvaje había conseguido crecer sin control, ocupando gran parte del patio interior, al que podía accederse desde el local comercial del bajo y por el rellano de las zonas comunes de la planta baja.
Jota recordó el día que sus padres le castigaron sin salir a la calle por no comerse las lentejas y, mirando la mancha roja que inundaba los cohetes del pijama, rememoró cómo la tupida zarza de la bignonia había amortiguado el impacto contra el suelo cuando intentó bajar a la calle. Aquel acto aumentó el número de arañazos y raspaduras, además del castigo de sus padres, pero
al menos evitó que tuviera que llevar escayola todo el verano. Pero ahora aquel recuerdo no lo disuadió de su intención de salir de aquel espacio donde habitaba aquella amenazante figura.
Juan estaba sentado en el sillón de escay del salón con la mirada perdida. Dejó caer el bote de betún de su mano manchada de negro que rodó hasta la cortina del ventanal entreabierto. Repasó mentalmente toda superficie susceptible de reflejar la luz y comprobó lo que ya estaba tintado.
Recorrió mentalmente todas las estancias de la casa: desde la cocina hasta su cuarto de trabajo, donde tuvo que detenerse más tiempo para tapar con betún todas las pantallas de los ordenadores que estaban pendientes de arreglar por él o de recoger por sus clientes. No le importó lo que fueran a decir. Las limpiaría bien antes de entregarlas y nadie notaría nada.
Se sintió satisfecho. Se veía capaz, tal y como solía hacer siempre, de repararlo todo y, por supuesto, iba a reparar aquella grieta que había roto su vida y la de su familia.
Una ráfaga de aire entró por el ventanal devolviendo a Juan a la realidad. El aire elevó la cortina dejando al descubierto el cristal y, aunque todo estaba oscuro, la luz de la calle le mostró su propio reflejo sentado en el sillón.
Vio reflejado su rostro, pero no reconoció su propia expresión. Observó aterrorizado una sonrisa ajena que le estremeció. Pero lo que le heló la sangre no fue su propio reflejo sino el del hombre que apareció de pie justo detrás de él.
Juan consiguió vencer la parálisis de sus músculos y se levantó como un resorte. Se giró con las manos en guardia y con la cara llena de ira y angustia.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —gritaba a la oscuridad.
De repente escuchó unos pasos que se alejaban corriendo por el pasillo y, con los ojos desencajados y una expresión de demencia absoluta. Juan agarró el telescopio de su hijo mayor, Yago, montado junto al ventanal desde el día de su cumpleaños y enfiló a toda prisa el oscuro pasillo.
Oyó un portazo a mitad de camino y aceleró el paso deteniéndose en la puerta del baño, que continuaba trabada con la escalera plegable. Juan
continuó avanzando hasta su dormitorio y observó el espejo de la puerta abierta del armario empotrado.
—¿Jota? ¿Dónde estás? ¿No te he dicho que esperases en el baño?
— gritó Juan, con un tono amenazante.
Juan observó el reflejo que le brindaba el espejo del armario y contempló el baile de las cortinas del ventanal del salón; en cuyo vaivén pudo intuir una figura reflejada en el cristal. La imagen le dejó paralizado y entonces vio a su hijo que salía del trastero y se dirigía hacia el salón, intentando ser cauteloso.
—¿Jota?
El niño se quedó paralizado y giró la cabeza para ubicar a su padre.
—¿Qué te he dicho, Jota? —continuó Juan, acercándoselo mientras portaba el telescopio de forma intimidante.
Jota corrió hacia el salón y se escondió tras el tresillo.
Juan lo siguió, no sin antes reparar, de nuevo, en el reflejo del ventanal del salón, que le mostraba una figura tumbada en el suelo. Su propio reflejo avanzaba por el pasillo y se acercaba a esa figura, poniéndose de rodillas junto a ella y llevando sus manos hasta su cuello.
Observó aterrorizado su propio reflejo apretando el cuello de esa otra figura informe tumbada sobre el terrazo del salón.
Juan se sintió invadido por el reflejo de aquel otro lado, hasta que el dolor de sus articulaciones y los sonidos guturales le hicieron volver en sí, siendo consciente de estar apretando el cuello de su hijo Jota, que ahora yacía inerte sobre el suelo del salón.
OceanofPDF.com