Una casa sin reflejos
Capítulo 40
La mañana de aquel viernes de octubre Rosa María afirmaba que ya había aprendido a vivir en 2018, a pesar de estar convencida de que habitaba en 2022. Se lo confesó a Lourdes Medina como quien confiesa a una amiga que se ha saltado la dieta. Pero lo que Rosa María intentaba por todos los medios era convencer a la doctora de que estaba preparada para salir del centro psiquiátrico y poder ir a visitar a su nuevo nieto.
La puerta de la consulta se abrió de golpe.
—Le he dicho que no podía pasar, doctora Medina — dijo la recepcionista, con un gesto de desconcierto e indignación.
Lourdes y Rosa María miraron extrañadas al joven que bloqueaba la puerta, construyendo con su cuerpo una barrera entre el marco y la empuñadura del pomo.
—Disculpe, pero estamos en mitad de una consulta — expresó Lourdes sin perder ni un momento la calma.
Jota miró a la doctora con una sonrisa amenazante.
—Eso mismo le he dicho yo, pero… —se intentaba defender la recepcionista ante el violento abordaje de Jota.
—Tengo que hablar con usted —repetía sin dejar de bloquear la puerta.
—Ya le he dicho que estoy con una paciente…
—Yo vivía en la avenida de los Descubrimientos… soy el hijo del informático — dijo Jota con la respiración entrecortada.
Lourdes Medina se quedó paralizada.
—Voy a llamar a seguridad —dijo la recepcionista, intentando mostrar algo de autoridad.
—No, Belén. Deja, yo me encargo.
La joven recepcionista asintió extrañada y, recolocándose la camisa, dejó de forcejear y volvió a su puesto, sin dejar de mirar con indignación a Jota.
Este soltó el pomo de la puerta y bajó el brazo, relajando la mano que se aferraba al marco.
—Rosa, ¿te importa si terminamos ya la sesión? La semana que viene concretamos ya el tema de tus salidas. Tu hijo te está esperando fuera.
Rosa María asintió con una mueca extraña en la sonrisa. Cogió su abrigo de piel, se echó el bolso al hombro y salió de la consulta.
Lourdes y Jota se miraron en silencio durante un momento.
—Entonces tú eres Jota, ¿no?
Jota asintió y toda la firmeza con la que había irrumpido en el despacho se desplomó en un gesto de la cara. La realidad estaba frente a él, esperando a ser desenmascarada, e intuía que ella iba a poner en marcha todas las argucias posibles para no contarle nada.
—¡Cómo has cambiado!… y ¿cómo me has encontrado? — preguntó la doctora, mientras se sentaba e invitaba con un gesto a Jota a hacerlo también, frente a ella.
—Estuve el viernes pasado en las jornadas del misterio — respondió Jota mientras tomaba asiento.
Lourdes se quedó perpleja y no pudo evitar hacer una pausa mental; un recordatorio automático que asimilase la información.
—¿Estuviste presente? ¿Y qué hacías allí? ¿Cómo…?
—Una increíble casualidad me llevó allí —contestó Jota, encogiéndose de hombros. Le he estado dado vueltas precisamente a eso viniendo hacia aquí. Al final parece como si todas las decisiones que he ido tomado en mi vida tuvieran como destino último que asistiera a esas jornadas.
—Es una percepción muy habitual…
—Hace dos días descubrí, por usted, que mi padre intentó matarme en ese piso después de hacer una extraña sesión delante de un espejo. Sesión que parece que hizo para ayudar a sus hijos, pero que… le cambió. Cambió la manera de ver las cosas hasta el punto de intentar hacerme daño. Bueno, usted lo sabrá mejor que yo.
—¿Y qué quieres de mí, Jota? ¿Qué quieres saber exactamente?
—La verdad. Saber por qué mi padre hizo la sesión y qué pasó después.
Qué pasó aquella noche en la casa y lo que descubrió de mi hermano y de mí cuando nos trató en el centro de Reinalto.
—¿Has hablado con tu madre de esto, Jota?
—Mi madre… —respondió Jota con una risotada —. Mi madre quiere que me olvide de todo. Me lo ha ocultado durante casi veinte años y pretende que siga así.
—Pues… no me corresponde a mí hablar de esto contigo, Jota. Yo no puedo hacerlo.
—Por favor no me venga usted también con eso… ¿No se da cuenta de lo que todo esto ha supuesto para mí? Descubrir que no tienes ni puta idea de quién eres en realidad y de que toda tu infancia está urdida bajo la trama de una mentira.
La doctora Medina se levantó de su silla y se apoyó sobre la mesa, frente a Jota.
—Tenías la edad perfecta para borrarlo todo de tu mente y lo conseguimos, pero a base de mucho esfuerzo y mucho sacrificio por parte de tu madre. No soy yo quién para removerlo ahora todo de nuevo… y podría ser peligroso.
Jota se levantó de la silla de sopetón, dejándola caer al suelo.
—¡Tengo que saber la verdad! No es una decisión suya. ¡Es mi vida!
—Jota, como te he dicho no me corresponde a mí…
—¡Usted lo sabe! ¿Por qué lo hizo mi padre? ¿Qué es lo que vio? No es tan difícil de responder…
—Sí es difícil.
Jota se agarró la cara por la desesperación y lanzó un grito sordo.
—Cálmate, Jota.
Jota se quitó las manos de la cara y se vio reflejado en las vitrinas.
—Aún sigue intentándolo —dijo Jota con desesperación.
—¿Quién sigue intentando qué?
—Está siempre ahí —Jota alzó la mano y señaló su reflejo en la vitrina —. Y no va a parar hasta que lo consiga.
Lourdes Medina se acercó a Jota y se puso frente a él. Lo observó incrédula, pero con la cautela de las peores intuiciones.
—¿Lo has vuelto a ver, Jota?
Jota dejó de vigilar su propio reflejo y miró a la doctora Medina, intentando convertir su perplejidad en un asidero hacia la realidad.
—Sí —afirmó Jota con la mirada aún perdida —. Después de la sesión.
La doctora torció el gesto, consciente de que se habían cumplido sus temidos presagios.
—¿Has vuelto a hacer la sesión? ¿Tú solo?
Jota alzo su mirada avergonzado, mientras Lourdes le agarraba suavemente por los hombros intentando transmitirle tranquilidad.
—¿Ves lo peligroso que puede llegar a ser sin control?
—Es lo único que podía hacer. Y ahora… Siento que me está controlando.
Jota intentó gestionar su furia para no verse colapsado por una coctelera de emociones que lo tenían en pie, pero varias lágrimas empezaron a caer de sus ojos cada vez más enrojecidos. Notó como su piel se ponía de nuevo tensa, a punto de rajarse por su pecho. Tiraba hasta sus brazos y piernas y sintió un dolor nervioso que le obligó a agitarse para liberarse de la tensión.
Empezó a notar que le costaba respirar y fue consciente de que seguía perdiendo el tiempo.
—No voy a marcharme hasta que me diga lo que pasó…
—¿Aquella noche? Yo no lo sé, Jota.
Jota se acercó con violencia a la doctora y, amenazante, alzó su puño y lo puso frente a su rostro. La doctora Medina mantuvo la calma, mientras intentaba recular, impedida por la enorme mesa de caoba que le cerraba el paso.
—¿Qué vio mi padre? —preguntó Jota, haciendo pausas en cada una de las palabras, mientras acercaba su cara a la de la doctora —. ¡Qué le pasó!
Déjese de historias y dígamelo de una vez.
La doctora Lourdes Medina no se sentía amenazada. No era la primera vez que un paciente irrumpía en su consulta con violencia y en todas las ocasiones había logrado amansar y calmar la situación. De repente se le pasó por la cabeza que tal vez estaba ante una oportunidad única para incluso sacarle rédito a lo que estaba viviendo. Tenía frente a ella al protagonista del momento. La audiencia del programa Alerta 51 del día
anterior había resultado la mejor de la temporada y Carlos Navas le había ofrecido ampliar el tema del psicomanteum buscando casos similares con el equipo de redacción. De repente, cómo dejar pasar esta oportunidad, contar con el auténtico protagonista de la historia. Su mente ya trabajaba a medida que Jota desahogaba su enfadado.
Después de esa primera y violenta irrupción, ahora ella sentía que controlaba la situación, a pesar de que disimulara no hacerlo. Ella veía en Jota al mismo niño que un día se encerró en un armario para saber si su padre era una buena persona. El mismo niño que había proyectado la imagen de su padre en un espejo para confirmar sus temores. El mismo niño que seguía buscando la aprobación y el cariño de un padre compartido por todos. El mismo niño del que recordaba que uno de los días más felices de su vida había sido el día en que cayó por la enredadera hasta las zarzas del patio comunal y su padre le había cubierto de tiritas para tapar las múltiples heridas de su cuerpo. Un niño que podía haber sido capaz de preferir no tener padre a compartirlo con nadie más.
—¿Quieres que volvamos a hacerla? ¿Para descubrir la verdad? — dijo de repente la doctora con el ácido y espeso aliento de Jota en su barbilla.
Jota se separó de la doctora para poder mirarle a los ojos con la suficiente distancia como para analizar lo que le planteaba y leer qué intenciones escondía.
De repente el portero abrió la puerta de forma abrupta y también irrumpió en el despacho para bloquear al intruso.
La doctora Medina alzó la mano y este se frenó en seco, como si ella hubiese ejercido sobre él algún poder de control mental. Un gesto del dedo índice le bastó para que el portero diera unos pasos atrás y cerrara de nuevo la puerta. Medina se sintió poderosa. A sus casi sesenta años no había perdido sus dotes profesionales.
—Todos queríamos que lo olvidaras, Jota. Pero si realmente quieres saber la verdad… debes ser consciente de las consecuencias…
Jota intentó calmarse respirando con profundidad, aún aturdido porque empezaba a ver que la doctora aflojaba en su posición. Le soltó los brazos y se alejó dando vueltas a la silla de las visitas, meditabundo y confundido.
—Podríamos prepararlo todo y hacer una sesión de verdad — continuó Medina—. No esa simulación que hicimos en el apartamento para el programa. ¿Qué te parece Jota? Yo no podría contarte qué pasó aquella noche porque no estaba allí. Nadie pudo ser testigo de lo que ocurrió, salvo tú. Solo tú fuiste testigo junto con tu padre. Solo tú puedes recordarlo, Jota.
Y yo… yo si de verdad quieres puedo ayudarte… a recordar. Lo demás es responsabilidad tuya. Ya eres mayor y quizás es justo que tú decidas al fin qué olvidar y qué recordar.
La doctora se acercó a Jota, marcando ella las distancias.
Jota miró a la doctora, aún con los ojos enrojecidos, pero con una respiración más regular, a pesar de que sus puños aún estaban contraídos.
La doctora le había tocado el hombro y le sonreía, pareciendo ser la única que le había llegado a comprender en el drama de su búsqueda de la verdad.
Jota se dejó llevar mientras la doctora le ofrecía un vaso de agua con una pastilla que prometía relajarle un buen rato.
—Ahora descansa, Jota. Yo me encargo de todo. Descansa. Necesitas estar al cien por cien para la sesión.
Jota se bebió el vaso de agua, se acercó al sofá de la consulta y se reclinó sobre uno de los cojines de cuero. El hambre, la tensión y la falta de sueño (junto con la ayuda química de la pastilla) jugaron sus cartas, sumiendo a Jota en un profundo letargo, aderezado con la dulce esperanza de conocer, al fin, la verdad. Su verdad.
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