Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 46 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 46

El zumbido empezó a hacerse presente como llegado de otra dimensión.

Olga se había quedado dormida y la vibración fue devolviéndola al mundo real por fases, hasta que fue consciente de su propio desvanecimiento. No recordaba en qué momento había sucumbido al poder del agotamiento, pero se sintió reconfortada, al menos había podido descansar.

La luz del móvil se apagó. El celular estaba apoyado sobre la mesilla de noche, en el borde, con la vibración había ido deslizándose y ahora estaba a punto de perderse por el abismo de la trasera del cabecero de la cama. Una llamada más y hubiese desaparecido.

Olga tomó el móvil y desbloqueó la pantalla intentando cuadrar el patrón con el único ojo que aún conseguía mantener abierto. Comprobó que tenía quince llamadas perdidas. Las últimas dos eran de Pedro y el resto se la repartían entre Maite y Ángela. No recordaba haber tenido nunca tal cantidad de notificaciones de llamadas perdidas, ni siquiera del día en que ingresaron a su madre.

Con la angustia de las últimas horas vividas había pensado en el momento en que tendría que afrontar la situación. No había avisado ni siquiera con un mínimo de tiempo a sus compañeros de equipo del plantón previsto para el estreno y ahora se le caía encima el peso de la responsabilidad. Quedaban unas horas para la representación y ahora la excusa debía tener unas dimensiones lo suficientemente grandes como para que no dejasen de hablarle de por vida. Sería sincera con ellas, pero no era capaz de marcar el retorno de las llamadas sin sentir una angustia que le bloqueaba el sistema motor. Mientras se lo pensaba el teléfono volvió a vibrar en su mano: era Pedro.

No le daba buena espina que la hubiese llamado tantas veces. Solía ser muy respetuoso y si en alguna ocasión su llamada no tenía éxito de respuesta no insistía con más llamadas, sino que esperaba a que ella le respondiera. Dada las circunstancias de hospitalización de su madre podía ser una llamada portadora de malas noticias.

—Hola —contestó Olga, como si la voz no fuera suya.

—¿Cómo estás?

—Bueno… Te parecerá increíble, me acabo de despertar de la siesta.

—Genial. Eso es buena señal. Y… ¿Qué has decidido al final?

—No lo sé… Ahora mismo seguiría durmiendo.

—Pues antes de dormirte… quiero pasarte con alguien que quiere hablar contigo — dijo Pedro enigmático.

—¿Con quién? —preguntó Olga intrigada.

Se hizo un silencio y Olga agudizó el oído para intentar captar lo que estaba ocurriendo al otro lado. Notó que aquel extraño silencio se debía a que Pedro había tapado el auricular.

—¿Pedro… qué pasa? —preguntó Olga, incorporándose de la cama.

—¿Hija?

Olga se llevó las manos a la boca para no dejar escapar el grito sordo que le provocó el llanto inesperado.

—¿Mamá? —dijo apenas sin voz.

La voz de su madre la había roto por la mitad e intentaba recomponerse para no dejar escapar un solo segundo de aquel momento.

—Hija…

—Sí. Estoy aquí, mamá.

—¿Estás preparada ya? Ha venido la peluquera a peinarme.

—¿A peinarte? —preguntó Olga extrañada.

—Para el estreno, cariño. Me están poniendo guapa.

A Olga se le saltaron las lágrimas y se cubrió la boca para no dejar escapar ningún hipido.

—¿De verdad eres tú, mamá?

—Claro, hija, ¿estás tonta o qué pasa?

Intentó recordar la última vez que había hablado con lucidez con su madre, pero no fue capaz de recordar.

—¿No es hoy el estreno? Es lo que me ha dicho Pedro.

—Sí, sí… es hoy, mamá.

—Me lo ha recordado él… que yo no me acordaba, hija.

—Y… ¿quieres ir al estreno entonces? ¿Te encuentras bien?

—Claro, cielo. Pedro me lleva y luego me trae de vuelta.

—Vale… —dijo Olga asintiendo, mientras se limpiaba las lágrimas con las mangas del pijama.

—Iremos con tiempo para ponerme en primera fila. Que hoy me he dado cuenta de que no veo nada, hija. Tengo que revisarme las gafas, hace un rato sentada en el salón de usos múltiples pasaba la gente por mi vera, me saludaban y no las reconocía hasta que no las tenía de frente.

Olga dio una risotada, llevada por la emoción del momento.

—Mamá…

—¿Qué cariño?

En ese momento Olga olvidó por completo los temores de los últimos días; olvidó la última noche, las presencias del espejo y el dolor; olvidó sus miedos, sus temores y todas sus frustraciones.

—Allí nos vemos… —dijo Olga convencida.

—Muy bien cielo. Te dejo que te prepares. Te paso con Pedro. Adiós.

Se hizo un breve silencio que fue acompañado una serie golpes contra el auricular.

—¿Has escuchado? —dijo Pedro eufórico.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Olga, recuperando la compostura.

—Se ha levantado bien y poco a poco se ha puesto así de lúcida. Dicen que ha pasado muy buena noche y si la vieses ahora… Se ha vestido sola. Y

no hay quien le convenza de otra cosa.

—¡No me lo creo, Pedro, no me lo creo! Yo quiero estar ahí… ahora…

con ella.

—Saldremos para el teatro en breve. Tú prepárate y nos vemos allí.

—Está bien… Oye, grábala mientras la peinan y eso…

—Vale. Te mando fotos también. Nos vemos luego.

Olga se limpió la cara y se sintió con la fuerza necesaria para enfrentarse al estreno y vencer ese miedo absurdo que la había paralizado con anterioridad. Se sintió ridícula e infantil dejándose llevar por los

sentimientos que la habían dejado en vela toda la noche. Nada de aquello era real. Sabía que todo lo que se había generado en su mente no era real y no iba a permitir que le siguiera afectando. Había conseguido enajenarse en el ensayo general, enfrentándose a sus miedos gracias a las pautas de Ángela y ahora, gracias a su madre, se había convencido que podía hacer desaparecer cualquier atisbo de temores a esas supuestas presencias de los espejos.

La conversación con su madre, en la que había cruzado más palabras que en los últimos tres meses, fue el revulsivo suficiente como para enfrentarse a todo de una manera diferente. Si su madre era capaz de tener momentos lúcidos y salir de la jaula que era ahora su mente, por qué ella no iba a ser capaz de controlar esos miedos. La grotesca imagen que la perseguía, y que estaba intentando frenarla, no era más que una sugestión de lo que había vivido con Jota y debía terminar para siempre. Ya no tenía que ser correcta con él ni con nadie. El pasado debía quedarse en el lugar que le pertenecía.

Su relación con Jota, y con todo su entorno, debía terminar para siempre. Igual que intuyó aquella noche después de aquella charla sincera entre sábanas, en la cama, que debía romper con Jota e irse a Barcelona, ahora veía claro que tras el estreno, pasara lo que pasara, dejaría la compañía de Ángela, a pesar de todo lo que con ella había aprendido. De quedarse en la compañía estaría relacionada con una parte de su anterior vida con Jota, a la que no quería volver a asomarse nunca más, sobre todo después de lo sufrido.

Olga dio un salto de la cama y empezó a prepararse para algo más que un estreno.

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