Una casa sin reflejos
Capítulo 4
Jota entró en su casa lo más sigiloso que pudo. No escuchó ningún ruido tras prestar un momento de atención, antes de dejar las llaves colgadas en el llavero de la pared del recibidor. Se quitó la cazadora vaquera y abrió el armario de la entrada para colgarlo.
A medida que caminaba por el pasillo fue percibiendo la voz de su hermana. Se acercó hasta la puerta entreabierta del dormitorio de Nerea y la vio sentada frente al espejo de su escritorio, concentrada en sus ejercicios de logopedia. Jota se quedó quieto, observándola desde el umbral de la puerta.
El logopeda, para batallar contra esa dislalia, le había recomendado que practicara delante del espejo para que su cerebro aprendiera a ser capaz de coordinar los sonidos de ciertas letras y palabras. El especialista dio mucha importancia a esta técnica, que consideraba una de las más efectivas, porque exigía un esfuerzo extra por parte de Nerea, poniendo énfasis en la colocación de la lengua antes de emitir los sonidos, ayudándose de un espejo para ver la postura correcta en cada uno de ellos.
Jota comprobó que su hermana había mejorado mucho desde su llegada, unos meses atrás. Le fascinaba la voluntad y el esfuerzo que hacía todos los días por mejorar su dicción; algo impropio para una niña de siete años y que demostraba, una vez más, su carácter fuerte y perseverante.
Nerea lo había pasado mal los últimos dos años en el colegio y se había tomado muy en serio que no quería que su «particular» forma de hablar arruinase su imagen pública. En los cursos de infantil había pasado más desapercibida por su forma de pronunciar las «erres», pero en el paso a primaria aún seguía sin poder pronunciar bien su propio nombre y el asunto se tornó en motivo de burla constante por parte de algunos compañeros,
cosa que le fue minando y durante un tiempo la convirtió en una niña silenciosa y distante, hasta que un día las burlas dejaron de molestarle y como era una niña en otros aspectos mucho más madura que el resto comenzó a proponerse pequeños retos, de cara a expresar de forma correcta sus pensamientos, bastante avanzados para una niña de su edad.
Su entorno, que no dejaba de juzgarla, se dividía en varios grupos: por una parte los que ya se habían acostumbrado a sus «deísmos», pues la conocían desde la guardería y era algo tan natural como sus pecas o su característico pelo corto; por otra parte, estaban los que aprovechaban esta particularidad para mofarse de ella, y un tercer grupo que además de burlarse la consideraban una niña con algún tipo de retraso en el desarrollo cognitivo.
Los del segundo grupo ya no enfadaban a Nerea, pero los del tercero le ponían histérica por su condescendencia, y por no aguantar a estos últimos era por los que hacía todo aquel esfuerzo diario delante del espejo. Nerea sabía que era lista y no iba a dejar que nadie sostuviera lo contrario por su forma de hablar.
Jota siguió observándola con gran orgullo y la admiró en silencio. Se había perdido gran parte de la infancia de su hermana, pero desde que había vuelto a Jálivas intentaba pasar más tiempo con ella y ayudarla en todo lo posible.
—Pa-da. Pa-da. Pa-da —repetía Nerea, una y otra vez.
Jota tocó con los nudillos en la puerta y entró en el dormitorio, haciendo como si acabase de llegar.
—Tienes que hacerlo cada vez más rápido —indicó Jota, a la vez que se sentaba en la cama de su hermana.
Nerea sonrió al ver a su hermano y se giró para abrazarlo.
—¿Qué tal el fin de semana con Víctor? —preguntó Jota.
—Muy bien. Hemos visto sus pája-dos. ¿Sabes qué? Ha nacido uno nuevo y yo le he puesto el nom-bde.
—¿Y qué nombre le has puesto?
—¡Apus! ¿Sabes? Es la constelación del ave del Pa-daíso.
—¿Ah sí? Es genial para un pájaro.
—Se me ha… ocud-dido a mí.
Nerea se giró de nuevo hacia el espejo de su tocador y abrió la boca intentando apretar con fuerza la lengua al paladar.
—Pa-da. Pa-da. Pa-da…
—Eso es. No dejes de mirarte la lengua. E intenta hacerlo cada vez un poco más rápido.
—Pa-da. Pa-da. Pa-ra. Prá… ¡Pra-da!
Nerea abrió los ojos emocionada y miró a Jota a través del espejo.
—¡Ahí está! —exclamó Jota orgulloso.
—¡Me ha salido! —gritó Nerea emocionada—. ¡Mamá!
—Lo has hecho genial, hermanita.
Ángela apareció por la puerta poniéndose las gafas y aunque tenía un aspecto un tanto desaliñado, no perdía esos rasgos naturales que le daban siempre ese aspecto elegante de quien no quiere pretender serlo.
—Pero ¡qué madrugador! —observó Ángela en un tono irónico.
Jota miró a su madre, aceptando el comentario con una sonrisa forzada, mientras notaba que sus ojos se esforzaban por mantenerse abiertos.
—Nerea, termina de preparar tus cosas que nos tenemos que ir ya — dijo Ángela, mientras se alejaba por el pasillo, a la vez que se colocaba los pendientes.
Jota la siguió con la mirada y se dejó caer como un plomo sobre el colchón, frotándose la cara con fuerza.
Nerea se levantó de su escritorio y metió los libros y cuadernos dentro de su mochila morada.
—¿Aún no has dod-mido? —preguntó extrañada la niña.
—Aún no.
—¿No te da miedo ta-da… tda-bajad de noche?
—No, es lo mismo que por el día —respondió Jota frotándose los ojos.
—Edes como «Juan sin miedo».
Jota se incorporó pensativo y sonrió a su hermana.
—Mejod dicho… Jota sin miedo —apuntó Nerea.
—Bueno, en realidad me llamo Juan. Así que…
Nerea arrugó la nariz y Jota le sonrió y con las últimas fuerzas que le quedaban dio un brinco para incorporarse.
—Puedes dod-mid aquí en mi cama… si quie-des — dijo Nerea, recogiendo el estuche del escritorio.
—No, mi cama es mucho mejor y más grande.
—¡Ya! Cuando vuelvas a id-te… ¿Puedo cambi-ad-me a tu habitación?
—Ya veremos.
Jota salió de la habitación mirando suspicaz a su hermana, que sonreía mientras metía su flauta dulce en la mochila del colegio.
Abrió el frigorífico en busca de algo de picoteo antes de meterse en la cama. Tenía sueño, pero le estaba entrando cada vez más hambre y no quería cortar el sueño a mitad de mañana para tener que echarse algo al estómago y alterar su descanso. Necesitaba dormir del tirón antes de ir a trabajar de nuevo por la tarde a las oficinas de la cadena para revisar todo el material de la Casa Cuna, y pensó que, si no estaba fresco, se le haría la tarde muy larga.
Ángela apareció en la cocina y se sirvió un café.
—No creo que haya nada comestible en la nevera. Llegué anoche tarde y Víctor me invitó a cenar cuando fui a recoger a tu hermana.
Jota miró a su madre extrañado y sacó un paquete de pavo en lonchas del frigorífico, que se acercó desconfiado a la nariz.
—Ayer hablé con tu hermano —respondió Ángela tras darle un sorbo al café.
—¿Ah sí? ¿Cómo está?
—Bien. Sigue contento con su trabajo en la residencia. Me dio la sensación de que estaba muy centrado. Me ha dicho incluso que vendrá al estreno de la obra de teatro.
—¿En serio? Pues eso es buena señal. ¿Cuánto lleva sin salir de allí?
—Ya va saliendo de vez en cuando y hace sus escapadas a la sierra.
Jota miró a su madre mientras se comía las lonchas de pavo.
—Y… todo bien, ¿no?
—Yo lo he notado bien. Ya sabes.
—Tengo ganas de verle —dijo Jota.
—Pues con suerte lo veremos por aquí para el estreno…
Las conversaciones no solían fluir tanto con su madre, pero Jota notó que estaba receptiva tras la charla con Yago.
Yago había estado ingresado en la misma residencia en la que ahora trabajaba. Había conseguido superar su adicción a algunas drogas tras una adolescencia colmada de desajustes químicos y un brote psicótico heredado de su infancia. Cuando le dieron el alta le ofrecieron quedarse para ayudar a otros pacientes, mientras se sacaba el grado de Auxiliar de Enfermería.
Jota y Yago apenas habían coincidido en los últimos años y no habían sentido la necesidad de compartir ningún aspecto de sus vidas.
—¿Y qué tal con Víctor? —preguntó Jota, tras su pequeña ausencia.
—Bien —respondió Ángela de forma esquiva, dejando la taza en el fregadero —. ¿Por? ¿Desde cuándo te preocupa Víctor?
—¿Estáis otra vez juntos o algo?
Ángela miró a Jota incómoda y cogió un paquete de pan de molde de uno de los armarios.
—No.
—¿Ahora cenáis juntos?
—Me invitó porque es bueno para Nerea. Solo es eso —contestó Ángela molesta mientras le quitaba el blíster de las manos a Jota—. ¡Nerea!
¡Vamos a llegar tarde! —Nerea apareció en la cocina mientras su madre le terminaba de preparar un sándwich—. Por cierto Jota, ahora me llevo yo el coche, pero esta tarde también lo voy a necesitar — indicó Ángela.
—Pero esta tarde lo necesito yo para ir al trabajo — contestó Jota apunto de atragantarse.
—Víc-tod dice que si no te pagan no puedes lla-madlo… ta-da…
tda-bajo — apuntó Nerea.
Jota miró con desaprobación a su madre, que evitó devolverle la mirada mientras envolvía el sándwich en papel de aluminio.
—No sabía que los abogados fuesen tan graciosos — apuntó Jota.
—Lo dicho… —concluyó Ángela cambiando de tema y obviando los comentarios de sus hijos —. Nerea se va a quedar hoy en casa de Gemma después del cole y yo me iré directamente del instituto al teatro. Hoy tenemos ensayo y tengo que traerme luego varias cajas de atrezzo que no vamos a utilizar. Puedo ir hasta la Casa de la Cultura en autobús pero tendrías que recogerme tú después del trabajo. Y ya de paso me ayudas a meterlas en el maletero.
Jota buscó dentro del frigorífico algo más de comer, pero desistió y cerró la puerta de golpe.
—¿Alguna otra cosa antes de irme a dormir? — preguntó Jota, ya con los ojos enrojecidos del sueño.
—Que Víctor tiene razón —susurró Ángela, mientras Jota se servía un vaso de agua.
—Pero es que estoy en prácticas. No puedo exigirles más ahora mismo.
¿Te crees que no me gustaría tener un sueldo? Pero estoy haciendo lo que me gusta.
—No quiero que te tomen el pelo. Solo eso.
—Soy capaz de darme cuenta de esas cosas, mamá, aunque no te lo parezca.
—Pero es que esos temas esotéricos… ¿Qué tiene eso que ver con el periodismo?
Jota se detuvo antes de salir de la cocina y se giró para mirar a su madre.
—¿Otra vez vais a empezar con lo mismo?
—¿Vais? Que yo sepa estoy yo sola hablando contigo.
—Ya. Siempre que vuelves de estar con Víctor me sacas el mismo tema.
También es periodismo. Estoy cansado de decíroslo.
Jota salió de la cocina y Ángela lo siguió hasta el salón. Nerea los observaba silenciosa mientras se ponía su chaquetón.
—Hay otras ramas del periodismo que tienen más salidas. No quiero que estos temas acaben por afectarte. No me gustan, Jota — dijo Ángela muy seria mientras se ponía su abrigo—. Y perdona que nos preocupemos por ti y por tu futuro.
—Tranquila… yo no soy como mi hermano —dijo Jota tajante —.
Ángela miró muy seria a Jota.
—Si necesitas algo de dinero mientras…
—No tenéis que preocuparos, aún tengo ahorros de las correcciones de textos — dijo Jota molesto—. Soy un profesional, no un niño de cinco años,
¿sabes? Y ahora me voy a dormir, antes de que mi falta de sueño me haga ponerme borde.
Ángela levantó las manos dando por concluida la conversación.
Nerea se acercó hasta Jota y le dio un abrazo. Jota le respondió con un beso en la cabeza y salió del salón casi como un zombi.
—¡No te olvides de recogerme! —dijo Ángela entregándole la llave del coche.
Jota prosiguió su camino hacia su dormitorio sin responder.
—Mi amiga Gemma hizo espi-ditismo un día con su hed-mana — dijo Nerea integrándose en la conversación.
Ángela miró estupefacta a su hija.
—Pues a ti ni se te ocurra hacer ninguna de esas cosas con tus amigas.
¿Me has entendido? — dijo Ángela muy seria—. Es muy peligroso.
—A mí me da mucho miedo. No soy como Jota — concluyó Nerea abriendo la puerta.
Ángela se quedó un momento pensativa, mientras Nerea abría la puerta del apartamento. Cada vez que, en algún momento de su vida, alguien hablaba de ese tipo de temas, que había mantenido soterrado tanto tiempo, no podía evitar sentir ansiedad y una parálisis que bloqueaba su capacidad motora y mental. No habían existido terapias, ni técnicas de exteriorización del trauma, para un adulto al que le puede resultar imposible olvidar. En su caso, lo único que le había ayudado a canalizar la experiencia vivida con sus hijos y su marido, había sido escribir una obra de teatro que le había permitido exorcizar algunos de sus demonios, pero no todos. Su terapeuta la alentó a usar una de sus aficiones con ese motivo: sacar de su interior toda la rabia contenida y que le habían llevado a tomar algunas de las peores decisiones de su vida.
Siempre se había movido guiada por su intuición (acertada o no) y ahora esta le mandaba señales que le aleteaban y confundían al mismo tiempo. Le había resultado muy difícil atravesar aquellos años, los peores de su vida, sumida en una terrible depresión, sola, o peor, con dos niños; guardando un secreto que intentaría llevarse con ella a la tumba.
Ángela era de las que pensaba que lo que no se dice, es cómo si no fuera.
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