Una casa sin reflejos
Capítulo 28
Volvió en sí, encontrándose a sí mismo cercenado por la grieta del espejo al que dirigía su mirada perdida. No tenía conciencia del tiempo que había estado así y tardó en ubicarse por completo en aquella habitación que fue brotando de las sombras del inconsciente.
Recordó haber deambulado por las estancias del apartamento y visualizó su macuto lleno de ropa, dispuesto para el viaje, aunque no podía recordar en qué momento lo había preparado.
Se dio cuenta de que aún le quedaban muchas preguntas por aclarar y que debía seguir tanteando a sus informadores para obtener mejor información. En lugar de aclararse más, tenía la sensación de que estaba levantando un muro cada vez mayor, y esta reflexión le llevó a plantearse su propio futuro como investigador, porque era evidente que no solo carecía de recursos propios sino probablemente de la madurez profesional necesaria, cosa que, bien mirada, se podía ampliar a cualquier otra faceta de su vida, como la emocional. Con todo, lejos de sentirse afectado por aquel sentimiento negativo que afloraba de forma incontrolable, Jota se sintió abierto ante aquella impresión de su nuevo ser.
Abrió su libreta y, en la primera página que encontró vacía, escribió el nombre de su hermano; seguido del de la doctora Lourdes Medina, de sus antiguos vecinos Felipe y Delfina y los de Valentina y Eric. Marcó con asteriscos los nombres de estos últimos, anotando al lado: «grabación audio».
Vibró su teléfono móvil y esa irrupción le hizo regresar al escritorio de su hermana, sobre el que anotaba su plan de acción en la capital. En la pantalla vio el nombre de su madre, que respondía, al fin, a sus innumerables llamadas.
—Estoy en el instituto, Jota. Tienes que ser rápido. Dime qué quieres.
—Voy a volverme a Madrid. Era para que lo supieras.
Ambos permanecieron en silencio tras el anuncio.
—¿Por qué?
—Porque necesito saber…
—¿Qué más quieres saber, Jota? Nadie sabe nada. Nadie más estuvo allí aquella noche… no molestes a tu hermano con este asunto de nuevo.
Hazme el favor.
Jota miró el nombre de Yago en el cuaderno.
—No, claro que no.
—No quiero que tenga una recaída ahora que ya está mejor. ¿Por qué no te esperas a que pase el estreno y hablamos todos juntos? Tu hermano estará aquí y podremos charlar…
—De verdad piensas que ve voy a creer esa mierda.
—Oye, no voy a consentir que me hables así… — dijo Ángela ofendida.
—¿Por qué me has evitado?
—¿De qué estás hablando, Jota?
—¿Me vas a decir que ahora te apetece estar más tiempo con Víctor?
No me hagas reír.
—Jota, vale ya…
—¿Cuánto hace que mientes a todo el mundo? A mí… a mi hermano y ahora a Víctor. ¿Qué le estarás contando a Nerea?
—Jota…
—Por no hablar de esa obra de teatro que te has montado para que todo el mundo te tenga pena. ¿Por qué no cuentas la verdad? ¿Eh?
—Tengo que entrar en clase. Ya hablaremos…
—Cuando quieras…
La comunicación se cortó y Jota lazó el móvil contra la cama.
Estaba furioso por su propia franqueza y harto por la manera que tenía su madre de tratarlo, como si su vida y su pasado no fuesen con él. Cansado de las mentiras y la ocultación sistemática de todos a su alrededor.
Centró su ira en el rechazo continuo y en la frialdad desde que había regresado de Madrid. Ahora sabía que su presencia en Jálivas en cierta forma era incómoda porque removía asuntos del pasado. Tenía decidido
marcharse sin despedirse hasta que se acordó de Nerea. No se iría sin despedirse de su hermana. No quería que ella tuviese un recuerdo de abandono por su parte. Era lo único que evocaba su lado emocional; sin mentiras, sin rencores. Iría a recogerla al colegio y pasarían aquella última tarde juntos. Creando nuevos recuerdos que les acompañaran el resto de sus vidas. Recuerdos de los que él carecía.
Jota pasó en muy poco tiempo de un estado de furia a un total abatimiento, y aunque empezaba a ser consciente de lo voluble de sus emociones, ahora se sentía más fuerte y confiado que nunca.
Recompuso su ánimo y se dispuso a seguir anotando su plan de acción en el cuaderno, pero al acudir de nuevo a él se quedó extrañado al comprobar que no entendía su propia letra. Era una serie de garabatos que había escrito mientras hablaba por teléfono y solo tomaron forma coherente cuando Jota los miró a través del reflejo del espejo.
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