Una casa sin reflejos
Capítulo 53
En aquel mismo patio, bajo aquella zarza, que por aquellos entonces aparentaba estar menos poblada, recordó haber jugado con Yago a arrancar las espinas de sus ramajes. Solían buscar aquellos pinchos de mayor tamaño porque eran los que mejor se adherían a la nariz para su particular lucha de rinocerontes. Un poco de saliva era suficiente para dejarlos pegados en la punta de la nariz y listos para atacar al contrincante.
Jota inspeccionó aquella abandonada y salvaje corrala, encontrando un hueco entre la medianera y el frontal de la fachada trasera, desde donde podía comenzar su ascenso, evitando el grueso de la espesura de la zarza.
Se subió a la vieja fotocopiadora y apartó, con cuidado, la fronda con un oxidado palo de fregona. El ancho y seco tronco de la bignonia trepaba contiguo a la fachada, desprovisto de cualquier vestigio de hojas y brotes, y se agarraba a la vieja celosía de hormigón formando parte de su estructura.
Solo sus ramas desnudas se extendían por entre los desconchados del cemento, asidas en diversos puntos por anclajes en forma de bridas que habían permitido al arbusto crecer de forma controlada.
Jota se aferró al tronco con su mano izquierda y estudió el ascenso.
Apoyó su pie sobre la reja de la ventana del bajo y con la mano derecha presionó contra la medianera para darse impulso. Tanteó, con el pie derecho, las ramas más gruesas que brotaban del tronco principal, buscando un estribadero para la escalada. Una de aquellas ramas troncales crujió ante la presión, con un chasquido hueco que no ofreció ninguna confianza. Jota continuó tanteando con el pie hasta dar con una lo suficientemente resistente para aguantar parte de su peso. Sabía que debía ir repartiendo la carga, apoyándose, no solo en la bignonia sino también al mismo tiempo en la medianera y en los huecos de la celosía, para no volcar la totalidad de sus
casi ochenta kilos sobre el arbusto. Ya no era el niño ágil y ligero de entonces.
Continuó su ascenso lento, mientras iba viendo cada vez más cerca las ventanas del 2.º A. Ni las persianas, ni las cortinas parecían estar echadas, por lo que las luces del bloque anexo se reflejaban en sus cristales, como cientos de ojos observando su hazaña.
En su ascenso, analizó la distribución del apartamento y recordó que la ventana más pegada a la medianería correspondía a la del dormitorio que él compartía con su hermano, y que la más central daba acceso al principal.
Jota hizo una pausa y descansó la espalda contra el muro medianero en cuanto encontró la oportunidad de reposar sus pies sobre el alféizar del hueco de la ventana del primer piso. Se observó las manos enrojecidas por el rozamiento contra el tronco y la pared desnuda. En el dorso se evidenciaban multitud de pequeños y sangrantes rasguños provocados por la transición entre los ramajes de la zarza.
Tomó aire y volvió a aferrarse al tronco con ambas manos. Colocó los pies en las, cada vez menos gruesas, bifurcaciones de la bignonia. Calculó un par de escaladas más para poder llegar con sus manos al alféizar del piso segundo.
Los últimos brotes más finos crujían y se tronchaban a su paso con mayor facilidad, por lo que Jota no tuvo más remedio que apoyar casi todo su peso sobre la mediana. Se elevó los últimos metros arrastrando su espalda contra el ladrillo visto, hasta que pudo agarrar el borde del hueco de la ventana con sus dedos. No tenía un punto de apoyo firme. Las ramas ya eran demasiado finas y secas para permitirle el impulso, y ya no había lugar a marcha atrás. Jota aguantó apoyado contra la medianera, con el cuerpo en tensión, agarrado con su mano izquierda de forma firme al tronco que había perdido toda su entidad.
Estiró su mano derecha para agarrarse a la piedra del capialzado, pero no logró el impulso suficiente como para poder elevar su cuerpo, que parecía pesar más que antes. El rocío ya empezaba a condensarse sobre el mármol y las yemas de sus dedos no encontraban el suficiente rozamiento.
Debía haber habido otras formas de llegar hasta allí, pensó. Podría haber esperado en la acera toda la noche, toda la mañana, hasta que apareciera su
antigua vecina y abriera el portal en un descuido. Podría haber aguardado a la madrugada para romper el cristal del portón principal, o podría haber esperado a que el dueño de la copistería cerrara su tienda y asaltarle cuando estuviese a punto de abrir el portal con su llave, porque estaba seguro de que aquel hombre vivía en ese mismo bloque. Pero no estaba dispuesto a que le encerrasen antes de intentarlo. Intentar descubrir la verdad.
Estando en aquel patio, a pocos centímetros de su objetivo, la verdad no se podía hacer esperar más. No iba a tener muchas más oportunidades, pronto le encontrarían y le obligarían a pasar una larga temporada en Reinalto, reviviendo los duros años de su adolescencia. Supo que ahora ya nadie iría a visitarle; que su hermana pequeña se olvidaría poco a poco de él en cuanto empezase a interesarse por todo lo que le ofrecía la pubertad; que lo que recordaría sería aquel día que estuvo a punto de estamparla contra el espejo frente al que intentaba superar sus límites; que en un arrebato había agredido a su padre con la flauta que le había regalado por su cumpleaños; que su reclusión supondría un descanso emocional para su madre, pudiéndose liberar, al fin, de los cabos sueltos, las mentiras y la omisión del pasado, y no tener que disimular ser una buena madre; que Olga continuaría con una vida donde el sacrificio no supondría más que un avance, un camino real al compromiso que otorga encontrar un reducto de esperanza en las personas y el compromiso de querer ser feliz; que Yago se centraría en su trabajo, la necesidad de ser útil a aquellos que no esperan nada.
Jota sabía que él no era una víctima y su proyección de una vida en soledad no hizo más que reconfortarle y darle el último impulso para saber su verdad; lo único que le importaba en aquel preciso momento era descubrir quién era él y eso pasaba por saber qué había sucedido exactamente en aquel apartamento veinte años atrás. Por qué habían sacrificado tanto para evitar hablarle con sinceridad de lo que había sucedido aquella noche. El interior de la mente de Jota podía intuirlo, podía llegar a predecirlo. No había que ser muy listo para darse cuenta de que él tenía mucho más que ver en todo aquello de lo que deseaba, pero necesitaba que alguien, o algo, se lo confirmase. Las claves estaban ahí, solo había que saber encontrarlas.
Jota dio un último impulso echando el resto de las fuerzas que le quedaban tras la escalada, y consiguió aferrarse al alféizar del hueco de la ventana de su antiguo dormitorio. Apoyó su abdomen sobre la piedra saliente y, agarrado aún al tronco oscilante, intentó abrir la ventana sin éxito. No podía ejercer suficiente fuerza para abrirla.
Observó el interior de la estancia, aunque dentro todo estaba oscuro y solo era visible su propio reflejo. Jota acercó su cara al cristal y con la mano que le quedaba libre se rodeó los ojos para poder ver el interior de la habitación. Allí, apoyado en su trípode, dirigía su lente hacia la ventana un telescopio newtoniano similar al que tenían de pequeños; igual al de Yago.
Notó como toda su piel empezaba a tensarse. Se separó del cristal y volvió a ver su reflejo, pero esta vez su cara era la del Señor Tiritas; agazapado al otro lado de la ventana, ofreciéndole un apósito para los rasguños de su mano. Jota se inclinó hacia atrás por la impresión vívida de aquella figura, tan real como su propio dolor en la piel. La rama, en la que tenía apoyados ambos pies, dio un chasquido seco como antesala a una inevitable caída. Jota intentó agarrase al alféizar, pero sus manos no alcanzaron sino a prenderse a las ramas secas y frágiles de la bignonia, que no tardaron en quebrarse sobrepasadas por el peso de su cuerpo. Jota atravesó la maraña de la espesura afilada y cortante de la zarza que marcó sus brazos, su rostro y su espalda desnuda, llevándose consigo jirones de esa piel tensa, hendida y cuarteada. Ninguna de esas ramas pudo frenar la caída, como lo hicieron cuando tenía cinco años y decenas de kilos menos.
El cuerpo de Jota impactó contra el borde de la copiadora rompiéndole la espalda. El impulso del propio golpe lo tiró hacia la base de la zarza, golpeándole la cara contra sus antiguas bicicletas abandonadas, clavándose en el cuello uno de los radios rotos y oxidados que se habían desprendido de la rueda.
Jota retorcido aún pudo mirar hacia los reflejos de la ventana del 2.º A mientras aquel hierro oxidado que le atravesaba la tráquea le impedía pedir auxilio. A la lengua le vino un último regusto a metal y aunque intentó inclinar su cabeza para poder verter el líquido caliente que colmaba su boca, ni su cuello reaccionaba, ni a su cabeza llegaban órdenes posibles.
La luz del patio se encendió y Jota aún pudo observar la silueta, en el umbral de la puerta, del dueño de la copistería. Se acercaba a él apoyado en una muleta, andando con gran esfuerzo. Gritó algo. Se detuvo junto a la ventana del bajo y golpeó las persianas con su muleta. Siguió gritando mientras, apoyado en las rejas de la ventana intentaba con dificultad ponerse de rodillas a su lado.
Aquel hombre se quitó su gorra. Estaba sudando y en sus ojos se podía ver una expresión de angustia que dio a Jota una percepción clara de la situación en la que se encontraba. Jota se fijó en la cabeza de aquel hombre: deformada en la parte superior derecha del cráneo, con varias cicatrices.
Empezó a notar presión en su cuello, a la vez que un calor acompañado de la sensación viscosa que corría por su pecho. La presión en su cuello aumentaba. Intentó girar su cabeza para observar el motivo, pero su cabeza ya no ofrecía ningún tipo de voluntad.
El hombre alzó una de sus manos y aporreó la ventana de nuevo con su mano, dejando una visible marca roja sobre las lamas de las persianas.
Volvió la presión y entendió lo que sucedía.
Ya no había reflejos dónde asistir como testigos a la vieja y conocida escena.
Aquel hombre lloraba y parecía balbucear cosas que Jota había dejado de escuchar. La presión le estaba aliviando e intentó mantener los ojos abiertos, prestando atención a los sonidos que se estaban perdiendo en el vacío de sus oídos. Tampoco sus manos reaccionaban a sus estímulos, pero aquel tacto, la presión sobre su cuello le reconfortaba.
La imagen de una mujer apareció asomada a la ventana a la que había intentado acceder. Parecía gritar algo incapaz de entender ahora que ya perdía todos los sentidos.
Se esforzó en enfocar la vista y mirar a los ojos a aquel hombre. Sus miradas aún vivas se cruzaron solo un instante.
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