Una casa sin reflejos
Capítulo 52
Yago vio como Víctor sacaba casi a rastras a Nerea. La niña intentaba retener su frustración y no llorar mientras le devolvía una mirada de socorro e incomprensión cuando al cruzar la calle pasaron a su vera. Yago se sintió impotente, no hizo ni si quiera el amago de retenerla, pues sabía de sobra que por encima de la voluntad del padre no contaba con ningún derecho, y además tampoco se encontraba en un estado anímico muy potable como para al menos pararle y reprocharle a Víctor que le privara a su hermana de ver el estreno de la obra de su madre.
Después de todo no estaba muy sorprendido de la reacción. Incluso lo entendió, porque es lo que sus padres habían pretendido siempre, tanto con él como con su hermano: alejarlos y protegerlos de las amenazas de sus propios miedos.
Permaneció inmóvil durante un rato, decidiendo si salir corriendo y tomar aquel autobús que le llevara a su lugar seguro o, por contra, enfrentarse a la incipiente ansiedad que le había empezado a brotar, hacerle frente, controlarla y salvar con éxito aquellos minutos de temblores y sudores fríos.
Entró a oscuras en el patio de butacas. Ya nada era visible salvo los pilotos de las salidas de emergencia. Los sonidos se hicieron más presentes cuando las voces bajaron y los asistentes se acomodaron en sus asientos.
Leves carraspeos y susurros iban preparando el ambiente previo al silencio.
Yago caminó por el pasillo central con cautela, adaptándose poco a poco a la oscuridad. Oteó a ambos lados del pasillo central, buscando un hueco donde sentarse y tropezó con el pie de uno de los asistentes.
—Perdón —susurró Yago, apenas sin voz.
Pedro alzó la mano y sonrió de manera cortés, para darle a entender que no tenía ninguna importancia.
Yago comprobó que había un hueco libre en esa misma fila.
—Disculpen —dijo Yago, mientras pasaba por delante de ellos.
Yago se sentó junto a una señora con el pelo muy blanco que no había parado de sonreírle en todo momento. Al cruzar la mirada con ella Yago respondió, también por mantener la cortesía, con una breve sonrisa.
Se activaron los engranajes del mecanismo de apertura del telón, cuyo sonido acompañó a las densas cortinas en su camino a resguardarse tras las columnas de los altavoces. El cañón de luz, procedente de la cabina central iluminó una hamaca suspendida en el aire, que parecía flotar; irradiando una luz roja, como un satélite en la noche, gracias al filtro bermellón. El rojo invadió los reflejos de cristales y metales, así como la piel de los asistentes.
El chirrío del telón dio paso al de los engranajes engrasados de la hamaca, que comenzó a descender en una procesión decadente y lenta hasta la altura de la mesilla de noche. El descenso iba acompañado por un haz de luz rojo. Una vez detenida la crisálida en el punto de referencia, esta empezó a moverse, dejando patente que algo o alguien forcejeaba en su interior. La luz fue tornando, de forma casi inapreciable, hasta alcanzar el blanco y fue entonces cuando de su interior aparecieron unas manos que abrían la tela y que luchaban por salir.
Olga asomó su cuerpo, incorporándose de su posición horizontal. Sacó sus brazos, dejando ver las vendas que cubrían sus muñecas. Se miró los brazos desnudos y se tocó la cara, transmitiendo la angustia de no ser consciente del todo de su propia existencia. Echó hacia atrás, con sus manos rígidas, el pelo que cubría su rostro, para que la luz pálida la invadiera por completo. Sacó las piernas de la improvisada pupa y se puso de pie, simulando un mareo. Se apoyó en la mesa de noche y encendió la luz de la lámpara, dejando en evidencia un bote de pastillas que no dudó en coger y que volcó de golpe sobre su garganta. La chica se cubrió la boca y tragó el contenido de cara al público, haciéndole testigo y cómplice de la acción.
Miró hacia la cabina de control, buscando el punto de referencia de la luz y allí intuyó la silueta de Ángela, su referencia, que la observaba con una
mano cubriéndose la boca. Olga observó la platea, cegada por el cañón de luz e intentó localizar a su madre por su posición, pero le era imposible identificar a nadie.
Olga inició su andadura hasta el borde del escenario, justo frente al pasillo central del patio de butacas, y elevó los brazos con lentitud. Abrió de nuevo los ojos, hasta ahora entornados, y allí empezó su interpretación: se estremeció de dolor; se agarró la barriga arrugando el camisón, poniendo una mueca de aflicción que compartió en todo su esplendor con la audiencia. Comenzó a llorar y frotó sus ojos, a la vez que liberaba un alarido de desconsuelo. Clavó las rodillas en la tarima de madera, provocando un estruendoso eco que reverberó en toda la sala y que precedió un silencio total.
Y envueltos en esa sábana de silencio empezó a emerger una tos nerviosa en el patio de butacas que cada vez se hacía más intensa y compulsiva. Alguien, entre el público, parecía estar sufriendo un ataque que no podía controlar. El murmullo en la platea no se hizo esperar y la continuada y apremiante expectoración comenzó a alertar a los que estaban alrededor de su origen, haciéndose cada vez más notable ese murmullo de quejas y el revuelo en las muestras de incomodidad. Aquello empezaba a pasar de las naturales fronteras de un simple ataque de tos o de un brote de alergia. Quien fuera que fuese parecía estar asfixiándose, y o salía de la sala o acabaría por terminar de cargarse la atmósfera creada para esta primera escena.
Como parecía que no fuera a terminar nunca, Olga dejó de apretar su barriga y no pudo evitar intentar fijar la mirada para encontrar el origen de aquel ataque de tos, por ver si dirigiéndole una mirada intimidatoria servía para exhortarle a que abandonara la sala cuanto antes. Pero no pudo ver nada claro, la luz de los focos se lo impedían y alguien entre el público parecía ahogarse sin remedio.
Yago sintió como la imagen de la muchacha del escenario le abría de repente la mente. Perdió toda noción del tiempo y la consciencia de sí mismo en aquel espacio, y no supo si, en ese momento, estaba teniendo una pesadilla o solo viviendo un recuerdo con demasiada lucidez. Aunque al mismo tiempo la escena le había hecho dudar de su propia cordura. Ella
estaba allí de cuerpo presente, frente a él, de nuevo después de tantos años.
Ya no había ningún cristal entre ambos. No era un reflejo. Ella era real.
Yago empezó a toser como reacción directa e inmediata al impacto de ver representada aquella escena que le era tan familiar. Si ya venía con un complicado cuadro de ansiedad, ahora se intensificaba todo y se ahogaba sin poder evitarlo. Cuanto más intentaba frenar la tos seca, peor era la reacción de su garganta. Se echó una mano al cuello y tapó su boca con la otra, intentando controlar los esputos. Cerró los ojos y trató de contraer la faringe con la intención de que de una vez por todas parara.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Pedro ya mostrando un tono de bastante preocupación.
Todo el teatro estaba ya pendiente de esa tos. Ángela y Juan Carlos se asomaron por la ventana de la cabina intentando localizar el foco del revuelo.
—¿Pero qué pasa ahí abajo? —preguntó indignado el técnico.
Yago no podía hablar y no podía dejar de toser. Se puso de pie y sin poder decir ni una palabra agitó las manos en señal de tranquilidad hacia la señora que le miraba angustiada. Pasó por delante de ella y tropezó con el pie de la butaca, cayendo en mitad del pasillo. Ante el estruendo la mayor parte de la platea ya rompió en un pequeño abucheo, mezcla de quejas y risas, que se oyeron al unísono.
Pedro se levantó y ayudó a Yago a incorporarse.
Olga se acercó al borde central del escenario y usó la mano en forma de visera para intentar ver lo que estaba pasando.
—¡Enciende la luz! —dijo Ángela, a cuya orden Juan Carlos activó las luces generales del teatro.
Pedro logró poner de pie a Yago y fue el centro de todas las miradas en el instante justo en que encendieron la luces.
Yago tenía la cara roja por el esfuerzo. Se giró hacia el escenario y, como poseído por un extraño impulso, miró hacia la chica para comprobar que realmente estaba allí y que no era una invención mental la que le había despertado sus viejos miedos y antiguos traumas. Allí estaba ella, la figura que le había atormentado de niño. La efigie que le arruinó la infancia y su adolescencia la tenía ahora frente a él en un teatro a rebosar de gente. Yago
comenzó a dar pasos hacia atrás hasta que echó a correr por el pasillo hasta casi alcanzar la salida.
Olga arriba en el escenario al ver de quién se trataba se quedó petrificada. Sus brazos se pusieron rígidos y los dedos de la mano no le respondían: acababa de ver al visitante de su dormitorio. Tan grabado se le había quedado la imagen de su cara que no tenía ninguna duda. Era él, salvo que ahora le faltaba la sangre, la mueca grotesca y desencajada con la que le había mirado en el espejo aquella noche en casa de Jota, y quien luego le había visitado regularmente en otros reflejos que a su paso se encontraba.
Un golpe de miedo inicial le había helado la sangre, luego Olga comenzó a respirar hondo y a buscarle una lógica a lo que acababa de ocurrir. Todo debía tener un sentido y la huida de aquel chico le puso en duda: ¿quién temía realmente a quién?
Habían cruzado una última mirada de terror mutuo justo antes de que él saliera del teatro.
—¿Quién eres? —susurró Olga, aún paralizada por el incidente.
Olga miró a Pedro, que aún de pie, observaba la situación sin comprender nada, como el resto de asistentes que no dejaban de murmurar.
Yago atravesó las puertas batientes y de la carrera casi volvió a caer al suelo. Al recuperar el equilibrio se topó de frente con su madre, que bajaba por las escaleras laterales.
—Hijo… ¿qué es lo que pasa?
Yago se abrazó a la madre como un niño de ocho años y rompió a llorar.
Algo muy profundo se había quebrado dentro de él recordando aquella sensación que le había hundido en una gran depresión de la que casi no había podido salir. Miró a su madre y tras volver la vista hacia los ojos de buey de la puerta, salió corriendo del edificio sin mediar palabra.
—¡Yago! —gritó Ángela, quien también de repente se sentía como si tuviera veinte años menos.
Olga dio un salto desde el escenario y cayó con soltura al pasillo. Se acercó a la fila donde estaban su madre y Pedro.
—¿Qué ha pasado, Olga? —preguntó Pedro.
—Era él… —contestó Olga, mirando con temor y complicidad a Pedro.
Olga acarició la cara de su madre, cuya sonrisa delataba que se hallaba ajena a aquel incidente. Le dio un beso y caminó decidida hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —gritó Pedro, haciendo el amago de ir tras ella, pero frenándose al percatarse que no podía dejar sola a su suegra.
Ángela abrió las puertas y al fondo del pasillo vio la imagen de Olga, que caminaba hacia ella con un aspecto fantasmagórico. Parecía estar pálida y sus ojeras se potenciaban con los efectos de la luz. Olga pasó por su lado y salió al vestíbulo sin mediar palabra.
Ángela no necesitó más para comprender lo que estaba ocurriendo.
Olga salió a la calle y al poco la lluvia la puso chorreando, oteó el horizonte en busca de alguna pista de hacia dónde podía haberse dirigido el muchacho. El camisón se le había pegado al cuerpo y se cubrió con los brazos, tratando de minimizar el impacto de la lluvia y el frío. No había rastro de nadie en la calle, pero aun así se dirigió a la carretera para tener mejor visión en ambas direcciones.
—¡Olga! ¿A dónde vas?
Olga se volvió hacia la puerta del teatro y vio a Ángela.
—Tengo que encontrarlo… Tengo que hablar con él.
—Lo sé —contestó Ángela a medida que se acercaba a ella.
Aquella respuesta dejó totalmente descolocada a Olga.
—¿Cómo que lo sabes?
Ángela hizo el amago de hablar, sumida en una especie de trance emocional, volviendo en sí arrastrada por una fuerza externa que la devolvió a la realidad.
—Estás descalza y no para de llover. Vamos en mi coche. Lo encontraremos.
Olga miró extrañada a Ángela, sin llegar a entender su ofrecimiento.
—¿Tú sabes quién es? —preguntó Olga con prudencia e incertidumbre.
Ángela asintió.
—Es mi hijo mayor.
Yago había recorrido unos metros bajo la lluvia y, casi guiado por una fuerza superior a su propia voluntad, acabó resguardándose bajo la cubierta metálica del paso elevado sobre la travesía.
El recuerdo de la luz tenue de aquel enclave no consiguió calmar sus palpitaciones, que se aceleraban y relajaban al mismo ritmo que el sube y baja de una montaña rusa. Caminó hasta la primera crujía, que marcaba el primer pilar que se anclaba en la vía a unos diez metros hacia abajo. Allí, en la zona más oscura, el área delimitada entre la luz de uno de los faroles y el siguiente, era el punto muerto idóneo para que los camellos ofrecieran sus servicios; y allí seguían tras años de luctuoso negocio.
Una pequeña dosis de clonazepam sería suficiente para alejarle de aquel mundo y volar hasta su habitación en Reinalto. Lo había practicado tantas veces… Todo desaparecía: la ansiedad, el terror, los reflejos, la dependencia… Había conseguido vencer al autocontrol, su enemigo en esos momentos.
Nada más puede ayudarme, pensó. O quizás fuese eso lo que le había dicho al camello que le había vendido aquella mierda.
Yago continuó caminando por el paso elevado, asumiendo los riesgos, y notando como el mundo iba desapareciendo.
Ángela condujo a lo largo de la calle. La lluvia dificultaba la visión, pero no impedía que Olga mirase en todas direcciones desde la ventana del copiloto. Iban en silencio con la única preocupación de encontrarlo.
Olga sentía la necesidad de hacerle frente a ese fantasma. Quería saber por qué había entrado en su vida y por qué lo había visto en casa de Jota aquella noche. Ahora sabía quién era, el hermano de Jota, un muchacho que en realidad estaba muy lejos de un ente que viniera de ningún más allá para atemorizarla. Necesitaba saber por qué había huido al verla y por qué había sufrido aquel ataque de tos nada más aparecer ella en escena. Si bien algunas dudas o cuestiones se estaban disipando, surgían ahora nuevas preguntas que dejaban nuevas incógnitas por resolver.
Olga volvió la vista hacia las aceras. La lluvia seguía cayendo y aquel sonido del agua, repiqueteando contra los cristales del coche consiguieron estremecerla nuevamente.
Yago dio unos pasos más y notó el chasquido sordo dentro de su cabeza.
Aquel del que, en multitud de ocasiones, hablaba la doctora Medina para explicarle a su madre cómo reaccionan diferentes personas a un mismo trauma o a una situación de peligro y ansiedad.
Aquella imagen del escenario le había rasgado de nuevo el córtex cerebral, ya suturado, aunque con la herida latente. La mujer que le había atormentado la infancia, la imagen que le había acompañado hasta la locura, apareciendo en los reflejos, buscando la luz entre las sombras; aquella mujer que aparecía de día y de noche hasta que no tuvo más remedio que dormir por agotamiento físico se había materializado finalmente y su reacción había sido huir de ella, en lugar de hacerle frente. Yago ya había huido de ese pasado y ahora no quería enfrentarse otra vez a esas pesadillas que ya había descartado y guardado en un rincón controlado de su memoria.
Intuyó que fuera quien fuese aquella chica que había surgido en escena lo mejor era alejarse, para evitar que le pudiera traer cualquier dolor o problema mayor.
Recordó la noche que aquella imagen, siendo un niño, le golpeó la cabeza de forma inmaterial, provocándole una especie de migraña que parecía atravesarle los ojos. Esa noche, la imagen se quedó prendida de su retina, en la parte interior de sus globos oculares. Esa noche… La noche en la que se tomó una a una las pastillas con las que su madre dormía profundamente hasta la mañana siguiente.
Por suerte para él, su madre, no se había tomado ninguna aquella noche, y escuchó con claridad los golpes de los manotazos contra su propia cabeza, en un acto histérico y desesperado por mitigar del dolor; su madre decidió levantarse y entrar en el baño para encontrarse a su hijo tumbado en el suelo; relajado y calmado como hacía muchas semanas que no lo veía. Por suerte, también vio el bote de calmantes junto a él y no vaciló ni un segundo en meter los dedos hasta el fondo de la garganta para provocarle las arcadas que hicieran expulsar la droga de su estómago antes de que empezaran a hacerle efecto.
Yago bajó la vista y deseó que su madre estuviera allí abrazándole, mientras en un charco del paso de peatones volvía a ver reflejada la imagen de esa mujer del escenario. Una imagen que no era una representación de un trauma ya superado, sino que era el trauma en sí mismo, o tal vez la condena de una repetición infinita que le acompañaría hasta el final de un viaje inevitable.
El sordo chasquido en su cabeza, provocado por esa imagen del charco y aumentado por el efecto de los estupefacientes, generaron que Yago desde su percepción sensorial dejara de escuchar los ruidos de la ciudad. Notó una pérdida paulatina de la capacidad auditiva, a la que siguió también una merma en la visión y una rara sensación de irrealidad. De repente todo se oscureció y se hizo el silencio. Las náuseas precedieron a un mareo incontrolable que le hizo perder la vertical. Yago cayó inconsciente sobre la baranda del paso elevado que en ese momento cruzaba y, sin poder ni querer evitarlo, se dejó caer a plomo hacia abajo, precipitándose al vacío.
La lluvia se había hecho más intensa y Olga notó como un escalofrío recorría su cuerpo.
—Quizás… deberíamos dejarlo.
Ángela asintió, mientras intentaba pensar. Paró el coche y dejó la mirada como perdida al frente.
—Sé que tendrás muchas preguntas… Yo también las tengo. Pero yo he convivido con ellas toda mi vida. No sé… cómo has llegado tú hasta aquí…
hasta esto. Aunque me puedo hacer una idea.
Ángela miró a Olga con complicidad.
—No dejes que esto te destroce la vida —apuntó Ángela agarrando la mano a Olga —. Aléjate todo lo que puedas. Vuelve con tu madre y con Pedro.
Olga le respondió con una sonrisa llena de inseguridad, pero cargada de emoción.
Ángela puso en marcha de nuevo el coche y dio la vuelta, poniendo rumbo al teatro. Durante ese trayecto de vuelta Olga no pudo evitar seguir buscando a ambos lados de la calzada. La calle estaba solitaria, la lluvia no había remitido. Ambas se miraron antes de pasar por debajo del paso elevado, que trajo un silencio de apenas unos segundos y un momento de paz y alivio para Olga, hasta que el sonido del impacto de las gotas de lluvia sobre el parabrisas volvió a irrumpir junto al estruendo inesperado que fue el cuerpo de Yago impactando brutal y directamente contra el parabrisas haciéndolo añicos frente a Ángela, que tras el sonido seco del cristal, dio un volantazo que hizo girar el vehículo y perder el control. El
frenazo en seco, unido al giro, provocó que el cuerpo de Yago se deslizara hasta el capó a la altura de la posición del copiloto.
Olga gritó asustada mientras el cuerpo se arrastraba por la maraña de cristal y dejaba un reguero de sangre en su camino. La pendiente de la calle, unida al descontrol de la máquina, llevó al coche a precipitarse contra el muro de contención del viaducto. Ángela apretó el freno antes del impacto, pero no logró evitar que el coche chocase con gran violencia.
El cuerpo, aún con vida de Yago, chocó de espaldas contra el muro.
Olga, sin el cinturón de seguridad abrochado, salió despedida por el parabrisas ya resquebrajado, atravesándolo de cara y chocando contra el cuerpo de Yago, rompiéndose el cuello en el acto. Su cuerpo se retorció doblándose hacia atrás en una posición imposible de entender, justo al lado del cuerpo de su compañero de pesadillas.
Yago, aún con vida, reaccionó por unos segundos y miró hacia el coche.
Intuyó la figura de su madre, inconsciente sobre el volante. A su lado, ya sin vida, estaba la joven del escenario, aún con los ojos abiertos.
Yago aceptó aquel destino al que, por fin, se enfrentaba con la valentía que requería la situación. Su cuerpo estaba roto, aunque ya no sentía dolor alguno. Observó el reflejo del gran charco formado junto al pilar del viaducto y vio cómo en él lo único que se reflejaba era la luna. Dio varios estertores y desvaneció cayendo sobre el cuerpo de Olga, ya también sin vida.
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