Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 22 de 62

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Una casa sin reflejos

V. Una Casa Sin Reflejos

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22

Ángela y Juan convencieron a Yago para que incluyese a su hermano pequeño en la acampada del salón. No les resultó fácil pero, ante la promesa del gran regalo sorpresa que le tenían preparado, Yago accedió, a pesar de saber que con Jota iban a tener que controlar lo que decían para que este no se chivara de las palabrotas que, con total seguridad, se les escaparían. Aun así, la emoción de la noche y las expectativas creadas con su regalo parecieron mitigar cualquier estorbo que pudiera suponer su hermano.

Previamente, Yago, había intentado convencer a sus padres de que no era buena idea que su hermano Jota se quedara con los mayores, argumentando que contarían historias de miedo que podrían asustarle. Pero para los padres tenía mayor peso el argumento de que Jota había tenido un día difícil, con las emociones a flor de piel y se había sentido un poco al margen por la plena atención hacia su hermano mayor, con regalos, excursión personalizada, etc. La idea de que podría participar en la acampada con ellos ayudaría a compensar un poco la balanza y a que él pudiera de alguna manera disfrutar también del día de su cumpleaños.

Yago había invitado solo a sus cuatro mejores amigos. Se conocían desde la época de la guardería y, a pesar de la disparidad de personalidades y de las frecuentes riñas que sostenían, habían ido tejiendo entre ellos un vínculo muy fuerte, donde la sinceridad y la lealtad eran los valores más respetados.

Llegada la noche, los dos hermanos y los cuatro amigos, rodearon metidos en sus sacos de dormir una lámpara nocturna portátil que se encendía aplicando presión en la parte superior. La lámpara cilíndrica, de plástico blanco, funcionaba con pilas y contaba con un asidero metálico que la convertía en el acompañante perfecto para las visitas nocturnas al cuarto

de baño. Mientras tanto reposaba en el centro, en la mesilla de noche de Yago, y su función era idéntica a la de una hoguera improvisada en medio del campo, alrededor de la cual uno se siente siempre más predispuesto a la confesión de sus miedos más profundos o a la narración de historias inquietantes, que descubren temores nuevos y desconocidos.

Habían agotado casi todas las reservas de energía aportada por las pizzas y los refrescos. Se había hablado ya de todo lo relativo al colegio, a los juegos y al fútbol, hasta que uno de ellos, Gabriel, para gastar una broma, se colocó la lámpara bajo la barbilla y las cuencas de los ojos parecieron desaparecer por el efecto de las sombras.

—Soy Mylove… —dijo poniendo su tono de voz más grave.

—Tío, para, no empieces —agregó tajante Hugo.

—Vengo para llevarme a todos vosotros… —continuó Gabriel, con su voz alterada.

Hugo le tiró su chancla a la cara y explotaron todos en una gran carcajada.

—¿Quién es Mylove? —preguntó Jota, que no entendía bien el porqué de esas risas de su hermano y sus amigos.

—Nadie —respondió Yago tajante—. Tú eres muy pequeño para saberlo.

—Pues yo vi a Mylove cuando estaba en primero — indicó Gabriel.

—Venga ya —dijo Mayra, la más escéptica del grupo.

—¿Sí? ¡Venga ya! —repitió Pablo—. Caga y tira…

Todos rieron.

—Bueno, yo no lo vi. Lo vio mi prima Sandra — apuntó Gabriel, en un intento de dar credibilidad al relato—. Dice que vio a Mylove en un espejo y que vio cuando se iba a casar y los hijos que iba a tener…

—¿En serio? ¿Y para qué quieres saber eso? — comentó Mayra.

—Vaya cagada más grande —apuntó Yago.

—Pues también si invocas a Santa Begoña dicen que puedes ver en el espejo el día que te vas a morir — dijo Gabriel, volviendo a guiar la conversación.

—Eso sí que caga, tío —comentó Hugo, cubriéndose con el saco de dormir hasta el cuello.

—Eso es una tontería —apuntó Mayra, con los ojos en blanco.

—Tío, que está aquí mi hermano —dijo Yago.

—¿A ti te da miedo? —preguntó Gabriel a Jota.

Jota negó con la cabeza.

—Una niña de 4.º B dice que su hermana pequeña ve en su cuarto a su abuelo que está muerto — dijo Gabriel, sorprendiendo a todos por lo rotundo de sus palabras.

Jota miró a Gabriel con expectación y alerta.

—¿Qué estás hablando, Gabri? —le reprochó Yago.

—¡Sí, sí! Yo también me he enterado —dijo Pablo emocionado —. Es amiga de mi hermana.

—¡Caga y tira! ¡Eso es mentira! —concluyó Mayra, poniéndose boca arriba.

—Eso son leyendas urbanas —dijo Yago al grupo, pero mirando de reojo a su hermano.

Jota se acomodó en la almohada e hizo el intento de dormirse, cerrando los ojos con fuerza, pero sin poder evitar abrirlos cuando Gabriel comenzó a hablar de nuevo.

—Historia guapa la que me contó mi hermano mayor la noche de San Juan — dijo Gabriel, tras el pequeño silencio que se había generado—. Esta sí que es de verdad.

—¿Es de miedo otra vez? —preguntó Hugo indignado.

—¡Cuéntala! —dijo Pablo entusiasmado.

—Será otra de las cagadas de su hermano —indicó Mayra.

—¡Que la cuente! —gritó Pablo, poniéndose de rodillas y alzando los puños.

—¡Tío, baja la voz! —masculló Yago, mirando hacia la puerta cerrada del salón —. Que va a venir mi padre.

—Esto sí que le pasó a un amigo de mi hermano… — prosiguió Gabriel.

—Siempre es el amigo, del amigo, del amigo… — comentó Mayra, meneando la cabeza en círculos.

—¡Que sí! Pesada…

—¡A ver empieza ya! —dijo Pablo, atento al relato.

Hugo se cubrió la cabeza con el saco de dormir.

Yago miró a su hermano, recostado dentro del saco y con la cabeza apoyada en la almohada. Vio cómo observaba a Gabriel y en sus ojos abiertos de par en par se podía leer claramente una mezcla de fascinación y temor que ya lo tenía desvelado.

—La historia se llama… «Una casa sin reflejos» — indicó Gabriel, volviendo a poner la voz grave.

Todos, de forma involuntaria, abrieron la boca y los ojos al escuchar el título.

—Si tiene título… ¿cómo va a ser una historia de verdad? — apuntó Mayra.

—Te quieres callar. Siempre igual. No te crees nada.

—Caga y tira…

—Tú flipas.

—Las historias de verdad también tienen título.

—¿Y de qué va? —preguntó Jota intrigado.

Yago miró a su hermano, no sin preocupación y sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.

—Pues ahora os la voy a contar…

Gabriel volvió a ponerse la lámpara portátil debajo de la barbilla y su rostro volvió a adquirir un aspecto siniestro.

Jota notó una curiosidad desconocida para él. Experimentó un temor atrayente, a la vez que se hallaba emocionado por atender, por primera vez, una historia de miedo. Se sintió mayor y creyó estar preparado para lo que iba a escuchar.

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