Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 58 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 58

Delfina subió por las escaleras lo más rápido que pudo, mientras buscaba la llave de su casa por los distintos bolsillos del plumífero. El mosquetón de la correa de Canica repiqueteaba contra el terrazo y el yeso de las desconchadas paredes.

Al llegar al rellano de la segunda planta se agarró al pasamanos para tomar una última bocanada de aire que le permitiera no desfallecer. Observó unos instantes la puerta del 2.º A, estaba cerrada y tras ella no se escuchaba nada. Hacía un par de días que habían cesado los llantos y los gritos.

Temblorosa, Delfina introdujo la llave en la cerradura de su casa y tras varios intentos empujó la puerta y se dirigió directa hacia el teléfono fijo que reposaba en el aparador del vestíbulo. Marcó el 112, aguantando con firmeza el auricular y respirando hondo para poder hacerse entender. Cerró los ojos y esperó aferrada al aparato que iba dando los tonos hasta que alguien al otro lado descolgó.

—Ha… ha habido un accidente, por favor —espetó Delfina sin pensar —. Un hombre se ha caído por la ventana… Sí… Sí rápido, por favor, una ambulancia. Sí… avenida de los Descubrimientos, número catorce. Está tirado en el acerado… No lo sé… Dense prisa por favor.

Delfina colgó el auricular y liberó toda su tensión dando un quejido que le hizo presionarse el pecho con las manos. Abrió los ojos y miró a su alrededor con nerviosismo.

—¡Felipe! ¡Felipe, ve a avisar al señor Canales!

Delfina se quedó esperando, pero no obtuvo respuesta.

De repente la puerta del 2.º A se abrió, resonando en todo el rellano el chasquido del cerrojo. Desde su posición, Delfina pudo ver cómo la puerta

de sus vecinos se abría muy lentamente y tras ella aparecía su hijo Felipe en un estado casi catatónico.

—¡Felipe! —musitó Delfina, mientras corría hacia su hijo y abrazaba su robusto y tenso cuerpo.

Delfina observó a su hijo cabizbajo y sin reaccionar a su presencia.

—Hijo, ¿estás bien? ¿Qué haces ahí?

Delfina abrió completamente la puerta del apartamento y al final del pasillo del vestíbulo vio el cuerpo tumbado en el suelo del pequeño Jota.

Tras él, las cortinas ondeaban al viento.

—¿Qué fue mi hijo? ¿Qué fue lo que pasó? Dime algo.

Felipe miró avergonzado a su madre con los ojos llenos de lágrimas.

—Le estaba haciendo daño…

—¿Quién?

—El papá de Jota le estaba haciendo daño y… yo lo escuché.

Delfina cambió el rictus de su rostro y notó como si una losa figurada se le posara en los hombros.

—Escuché gritar a Jota y… —continuó Felipe —, la puerta estaba cerrada. Gritaba mucho y me metí por la ventana del cuarto de baño. El papá estaba haciéndole daño… Le apretaba el cuello contra el suelo. Jota ya no gritó más y yo…

—¿Qué pasó después, Felipe? —preguntó Delfina con temor.

—Yo… corrí hacia el papá y le empujé.

Felipe comenzó a llorar avergonzado y Delfina lo abrazó con la mirada perdida. Escuchó como el revuelo procedente de la calle se hacía más intenso y Delfina reaccionó.

—Escúchame, Felipe. Te vas a meter en la casa y vas a ir a tu cuarto,

¿me entiendes? Pero primero tienes que cerrar la ventana de nuestro baño,

¿sí?

Felipe asintió con los ojos ya hinchados por el llanto.

—No va a pasar nada, mi amor. Entra ya y cierra la puerta.

Felipe entró en su apartamento y cerró la puerta sin dejar de mirar a su madre.

Delfina se adentró en el apartamento vecino y caminó, sin hacer ruido, hasta el cuerpo yaciente del niño.

Jota estaba tumbado en el suelo del salón, inmóvil; iluminado por la tenue luz de las farolas de la calle. Las cortinas continuaban con su siniestro baile, rasgadas por las esquirlas de cristal del ventanal.

Delfina se acercó al niño e intuyó los hematomas incipientes de su cuello desnudo. Quedó pendiente unos instantes al pecho del niño y gimió cuando notó que aún respiraba.

La luz naranja de la sirena de la ambulancia entró en el salón. Delfina sintió la necesidad de tocar a Jota y comprobar que estaba bien, pero pensó que debía salir de allí lo antes posible.

Caminó a toda prisa por el pasillo hacia la salida y cuando estaba a punto de salir del apartamento se quedó paralizada. Volvió a entrar y se dirigió directa al cuarto de baño. Se envolvió la mano en una toalla y cerró la ventana abatible, sin dejar de observar a su alrededor para eliminar cualquier rastro que pudiera incriminar a su hijo.

Cuando Delfina apareció de nuevo en la calle, los paramédicos ya habían montado el dispositivo de reanimación alrededor del cuerpo de Juan.

Habían cubierto la escena con una tienda de campaña que les permitía trabajar lejos de las miradas de los morbosos viandantes.

Delfina se colocó junto al señor Canales, sin dejar de pensar en el pobre Jota que yacía en el piso, pensando en cómo dar a entender que el niño necesitaba ayuda, sin involucrar en nada a su propio hijo.

Se acercó a uno de los paramédicos que enseguida le hizo señas para que se alejara. Delfina apenas pudo abrir la boca mientras apuntaba hacia arriba con el dedo, dirigiéndolo hacia el apartamento del segundo piso.

—Puede que… haya alguien en el piso…

—Señora, apártese. La Policía está de camino.

Y la Policía llegó unos minutos más tarde y tomaron declaración a Delfina que había sido la principal testigo directa y la que primero había alertado del accidente. Tras varias preguntas de rigor llegó la que ella estaba esperando:

—Señora, ¿sabe si hay alguien más en el piso?

—No lo sé… creo que sí… que su hijo pequeño estaba con él.

La Policía, acompañada por el señor Canales, subió hasta el piso y tras llamar varias veces y no obtener respuesta decidieron abrir la puerta del

apartamento a la fuerza y se encontraron allí al niño tumbado en el suelo.

Delfina contuvo su ataque de pánico hasta que, tras la señal de la Policía por el walkie-talkie, los paramédicos acudieron a la llamada de auxilio.

Rompió a llorar, inmóvil en el portal. No se movería de allí; no iría a revisar cómo estaría su hijo; no dejaría que nadie lo relacionase con todo aquello. Delfina tenía claro ya cuál sería su declaración: diría lo que fuese necesario para que Felipe no se viera salpicado por aquello. Él no había hecho nada malo, eso lo tenía claro. Sabía que su hijo le había salvado la vida a aquel niño y no iba a permitir que eso destrozara la suya.

Una vez que las ambulancias se hubieron llevado tanto al niño, como el cuerpo inconsciente, pero aún con vida, de Juan, la Policía pidió a Delfina que la acompañaran a comisaría. Aceptó, sin hacer referencia a su hijo en ningún momento; pensando que ahora mismo Felipe, con su enorme cuerpo pero con una mente aún inocente y pura, estaría acostado, tal y cómo le había indicado su madre, y que se quedaría allí hasta que ella fuese a rescatarle.

Su declaración no dejó lugar a dudas. Delfina narró los acontecimientos tal y como, desde su perspectiva, los había vivido tras la noche en la que otra ambulancia se había llevado los restos sin vida de una niña de aquel mismo apartamento. Habló del comportamiento errático de sus vecinos y de la imposibilidad de pegar ojo en aquel piso por los continuos llantos, gritos y chillidos que salían de ese piso y que desde hacía un tiempo se habían convertido en una pesadilla.

En aquellos momentos, Delfina no sabía si Juan sobreviviría a la caída, pero no iba a permitir que el drama de aquella familia, ya rota, pusiera en peligro la suya. Nadie le quitaría a su hijo por un acto legítimo de defender la vida de otra persona, y no correría el riesgo de que los devolvieran a su país y que tuvieran que enfrentarse a un pasado que no había cesado de acecharles.

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