Una casa sin reflejos
VII. La Muerte Lúcida
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Por la tarde se ducharon pronto y cenaron una tortilla francesa de la que apenas probaron bocado, pues el paseo por El Retiro con los barquillos y el algodón de azúcar les había quitado el apetito. Así había tratado de entretenerlos Ángela mientras en casa hacían las investigaciones pertinentes y retiraban el cuerpo de Mayra.
Juan se había quedado en casa para testificar y ayudar en todo lo posible al equipo de médicos, a los peritos forenses y, ante todo, a los padres de la niña. Los motivos no estaban claros a simple vista, pero todo apuntaba a una parada cardiorrespiratoria cuya causa debía esperar a ser resuelta en la autopsia.
La inspectora de policía, ayudada de un psicólogo infantil, había tomado declaración a todos los niños por separado, para intentar esclarecer lo ocurrido. Apoyada en el informe forense y en el historial médico de la niña, no determinó indicios de otros motivos que no tuvieran que ver con una repentina y dramática causa natural.
Fue Jota quien confesó, de forma inocente, que la noche antes habían estado contando historias de miedo antes de dormir, destacando que a Mayra no le habían asustado.
La muerte de Mayra terminó de desestabilizar la pretendida normalidad de la familia. El domingo por la tarde la casa se había quedado vacía, con una extraña tranquilidad parecida a esa sensación de letargo pasado cuando se regresa de unas largas vacaciones. Ángela y Juan intentaron dotar de cierta normalidad el resto del día, aunque no les resultó nada fácil. Hablaron con Yago y Jota del tema, pretendiendo que el suceso no les causara mayor trauma de lo que ya supone en sí perder a una amiga, o a un ser querido.
Insistieron en que ellos no tenían la culpa y que la vida, a veces, era
demasiado injusta. Entre los cuatro mantuvieron la primera conversación importante sobre la muerte, insistiendo en lo trágico de aquel suceso y en la necesidad de expresar lo que sentían para superar el duelo.
Las palabras ayudaron a mitigar el ambiente, pero Yago estaba muy afectado, influido también por el hecho de que hubiese ocurrido a un palmo de sus narices, y precisamente en medio de la celebración de su cumpleaños. Compartió la preocupación con sus padres de que creía que, a partir de ese momento, esa fecha ya estaría marcada para siempre.
Aquella noche Juan y Ángela ya no pudieron disimular su abatimiento.
No paraban de ponerse en esa misma situación, intentando imaginar cómo hubiesen reaccionado ellos de haberles sucedido lo mismo. No podían quitarse de la cabeza la cara de los padres de Mayra al encontrarse con el cuerpo sin vida de su hija en el salón de su casa. No olvidarían nunca la mirada muda vertida sobre ellos: juzgados y condenados al mismo tiempo; sin opción a una explicación o justificación.
Ninguno de los dos encontró las palabras adecuadas para expresarles todo el dolor que les producía aquella tragedia, sintiéndose los máximos responsables de lo ocurrido.
Ángela había hecho el intento de acercarse a los padres de la niña en mitad de su duelo, pero la agente encargada la retuvo y, con la mirada, le hizo entender que no era el momento. Ella se encargaría más tarde de mediar y aclarar con ambas partes lo sucedido, porque la experiencia le había enseñado que en este tipo de situaciones el ser humano es imprevisible y no hay que dejar lugar a lo que creemos que es lo correcto.
Tras el amago de cena, dejaron que los niños se entretuvieran un rato en su cuarto antes de meterse en la cama. No había prisa en dormir, pues habían tomado la decisión de no llevarlos al colegio al día siguiente. Había previsto Juan llevarlos a la cañada de las aves para mantenerlos entretenidos todo el día. Irían de excursión, comerían un bocadillo en los humedales y cogerían las piñas que se hubieran caído junto al río.
Ángela y Juan cayeron exhaustos en el sofá después de que Yago y Jota se pusieran el pijama, se lavaran los dientes y se metieran en la cama. Se miraron y los dos entendieron que lo mejor era no seguir hablando del tema.
Optaron por poner la televisión por ver si así se distraían en otra cosa.
Apenas pasaron unos minutos y ya se habían dormido, ella apoyando la cabeza en el hombro de él. En la mesa, sin guardar, habían quedado las cajas de los tranquilizantes a los que habían recurrido para soportar la noche. Empezaron a cabecear juntos mientras en la televisión arrancaba la sintonía de Documentos TV.
Yago antes de irse a dormir quiso sacar un rato extra para jugar con la taberna medieval de los playmobil. Había comprobado que si se tumbaba en la cama para intentar dormir no paraba de pensar en Mayra, así que volcó todos sus playmobil sobre la alfombra y los esparció con brusquedad.
—¿Juegas conmigo? —preguntó Yago a su hermano, al observar a Jota tumbado en la cama de espaldas a él.
—Estoy viendo este tebeo —contestó Jota, girándose enfurruñado, con un tebeo del Botones Sacarino de la colección Olé entre las manos.
Yago observó su telescopio nuevo; montado y colocado frente a la ventana. Sintió ganas de acercarse y mirar a través de la lente y buscar alguna estrella, pero sabía que podría incomodar a su hermano, por lo que prefirió dejar pasar un tiempo o hacerlo cuando él no estuviera delante.
Sus padres le habían advertido en un aparte que debía comportarse como un hermano mayor, y más aún en esos momentos, e intentar que su hermano se sintiera bien. Al principio, Yago no entendió muy bien lo que le querían decir, pero lo aceptó porque supuso que ese era su deber.
Jota dejó de disimular que leía y se quedó observando a su hermano.
Estaba ansioso porque dejara de jugar y se metiera de una vez por todas en la cama para dormir. No hacía más que pensar en la noche anterior; en las historias que contaron en los sacos de dormir, en la muerte de Mayra a la mañana y en la posibilidad de que ella pudiera aparecerse en mitad de la noche como un fantasma. Temió que su alma se hubiera quedado con ellos para siempre, generándole incertidumbre e inquietud. Sabía que Mayra no le haría daño si dado el caso apareciera junto a su cama, y si lo hacía, le preguntaría sin dudar por qué se había muerto.
Jota pensó en la vela que tenía guardada entre las mantas del armario y en la pequeña caja de cerillas con propaganda de la Caja Postal, que escondía en el bolsillo interior de su abrigo de paño azul. Observó a su hermano que buscaba sin parar entre los accesorios.
—¿Crees que Mayra se aparecerá por la noche? — le preguntó Jota a Yago.
Yago paró en seco y miró a su hermano aterrorizado.
—¡No digas eso!
—Si se aparece… voy a preguntarle…
Yago comenzó a recoger los juguetes y a guardarlos en la caja.
—¡Para ya, Jota! O se lo diré a papá y a mamá — gritó Yago afectado, que se metió en la cama de un brinco, dejando los playmobil a medio recoger. Se tapó con su edredón hasta el cuello y apagó el flexo de su mesita de noche.
Jota observó aturdido la silueta de su hermano bajo el edredón y se quedó atento a unos sonidos que escuchaba que parecían ser sus gimoteos.
Soltó el tebeo sobre su mesilla y también apagó su luz. Pensó que por fin se dormiría.
Esperó a oscuras hasta que la respiración de Yago se hizo más calmada y profunda. Jota se giró para observar los movimientos de su hermano y comprobar si ya estaba dormido por completo. Miró hacia el armario ropero y su corazón empezó a palpitar a un ritmo más intenso. Retiró su colcha y se puso en pie, frente al hueco entre las dos camas, mirando a su hermano fijamente durante varios minutos. Jota se acercó en silencio hasta el armario empotrado y abrió la puerta del extremo en cuyo interior estaba colocado el espejo que cubría toda la superficie interior y que estaba sujeto a la puerta mediante unos junquillos de madera. Amortiguó el ruido al abrir cubriendo la llaga entre las dos puertas con la palma de la mano, para que el tirón, al ceder el enganche interior, no despertara a nadie. Dentro del armario las mantas reposaban sobre un estante a media altura y llegaban hasta la división con el altillo. Jota sacó la vela de entre una manta de rizo de color crema. Lo hizo como quien extrae una barra de plutonio de un contenedor radioactivo. Del bolsillo interior del abrigo de paño sacó su caja de cerillas de solapa, que aún conservaba algún fósforo. En la parte baja del estante de las mantas era donde su madre solía guardar los zapatos viejos y las mochilas del colegio. Observó el espacio y calculó que había espacio suficiente para meterse dentro. Jota colocó una cuerda atada al tirador exterior de la puerta del armario y agarró el cabo con fuerza. Se introdujo
en el hueco del ropero y sentado, orientado hacia la puerta y el espejo, puso las piernas en forma de mariposa. A continuación tiró de la cuerda para cerrar la puerta por completo desde el interior.
El espacio se oscureció y la estrechez del habitáculo hacía que su respiración acelerada se escuchara como si estuviera en una caja de resonancia, el sonido estaba amortiguado por las mantas y la ropa colgada.
Jota colocó la vela en el suelo, entre sus piernas y el espejo. Rompió uno de los fósforos adheridos a la solapa y lo frotó con ímpetu sobre la lija.
Fue al cuarto intento cuando se produjo el estallido de luz que dio lugar a la llama. Prendió la mecha de la vela, con cuidado de que no se apagara y el pequeño habitáculo se impregnó de una luz cálida y ondulante, que reflejaba el tono rojizo del barniz de nogal del interior del panelado. Jota observó su rostro en el espejo sin el menor asomo de temor. Un rostro marcado por las sombras que pronunciaban sus facciones y que dejaban en penumbra las cuencas de sus ojos.
Con la vela, agarrada con ambas manos, Jota permaneció quieto, observando su reflejo durante varios minutos. Se tumbó reclinándose sobre las mochilas para ponerse más cómodo. Dejó de ver su propio reflejo en el espejo, pero siguió mirando atento las ondulantes vetas de la madera del estante que reposaba sobre su cabeza. Se sentía relajado, ajeno a que el motivo de su estado se debía a las pastillas de valeriana que su madre había diluido en el zumo de naranja.
Con un movimiento hipnótico, los orgánicos anillos de las vetas empezaron a darle la sensación de que se movían, y que se desprendían de la superficie barnizada. Parecían acercarse a él por el efecto de la luz de la vela, formando parte de aquel mismo espacio oscuro de su cubículo, fundiéndose con el mismo.
—Solo con la llama… La llama te lo mostrará… — dijo Jota, intentando citar la parte que recordaba de la tonada de la historia que había contado Gabriel la noche anterior.
De repente el entorno empezó a desaparecer, a oscurecerse. Donde antes se reflejaban las vetas de nogal empezó a materializarse un rostro que se acercaba a él desde esa intensa y profunda oscuridad que había sustituido la balda de madera. Jota mantenía los ojos abiertos de par en par, intentando
aferrarse a la escasa luz que quedaba mientras la vela se iba apagando lentamente. Por un momento le pareció que aquel rostro líquido era el de su padre, que lo observaba desde una posición imposible, con el cuello formando casi un ángulo de noventa grados.
La imagen desaparecía con cada parpadeo para volver a materializarse ante él, acompañada de la tirantez de su piel. Cada vez se cercaba más, y cada vez la tensión en el cuello de Jota era mayor. Notó el bombeo de sus venas como queriendo enviar con más fuerza la sangre al cuello, el espejo parecía palpitar al mismo tiempo. La figura ondulante mostró parte de su cuerpo y el rostro se hizo sólido.
—¿Papá? —susurró Jota, más intrigado que temeroso.
De repente la puerta del armario se abrió y Jota dio un respingo que le hizo clavarse el pico de una caja de zapatos en el lomo. Vio las piernas de su hermano, que se agachaba buscándolo.
—Pero… ¿qué haces ahí? —preguntó Yago susurrando.
—Nada.
La vela se había apagado y Jota la escondió en cuanto Yago reparó en ella.
—Huele a quemado —dijo Yago, adquiriendo el rol protector que se le había asignado.
Yago miró el espejo y luego a su hermano tan rápido como se dio cuenta de lo que ocurría.
—¿No estarás haciendo lo que dijo Gabriel? ¡Es una trola!
Jota cubrió su cuerpo y su cuello con sus brazos, como una armadura.
—Pues yo he visto algo…
—Venga ya, no seas idiota. Te vas a quedar tonto. Se lo voy a decir a papá.
—Que sí que lo he visto —se apresuró a decir Jota ante la amenaza.
—¿Qué has visto? ¿Has visto a Mayra? —preguntó Yago con temor.
—No…
—Pues lo que sea te lo has imaginado y vas a tener pesadillas.
—¡Qué no! Que es verdad…
—¿Y qué has visto?
Jota titubeo unos momentos.
—He visto… a papá.
Yago miró extrañado a su hermano.
—¿Qué dices? Venga, sal ya o me chivo.
—¡Qué no! Que te digo que lo he visto. Venía para mí y tenía una cara… como de miedo.
—¿Cara de miedo?
—Que daba miedo. Con la cara como si fuera un monstruo…
—Eso es por las historias de ayer. No tenías que haberte quedado a dormir con nosotros.
—¡Era él! Pero… me hacía daño. Como en la historia…
Yago metió parte de su cuerpo en el armario y se acercó a su hermano que parecía nervioso.
—Pero, a ver… ¿Estás seguro de que era papá?
—¡Qué sí! —susurró Jota con ímpetu—. Míralo tú.
—¿Y por qué haces estas cosas, Jota? No deberías hacerlo…
—No me quiero morir como Mayra.
Yago sintió un pellizco en la boca del estómago y se quedó ausente.
—No te vas a morir…
—Pero yo quiero saber cuándo me voy a morir.
—Todo eso es un bulo, Jota. No se puede ver nada en los espejos. Ni fantasmas, ni la muerte, ni el futuro… ni cómo son las personas… Eso es todo mentira. Son historias que se cuentan. Sal de ahí…
—No.
—Tienes que salir, Jota.
—No, quiero verlo otra vez. Míralo conmigo y así ves que es verdad.
La propuesta tomó desprevenido a Yago que, aunque no tenía ningún interés en ese tipo de historias y fantasías, estaba empezando a sentir cierta curiosidad debido en parte a la seguridad y la convicción de su hermano pequeño.
—A lo mejor tú lo ves más claro. Estaba muy oscuro cuando yo lo he visto.
Yago dirigió su mirada hacia la puerta del dormitorio. La luz del salón estaba aún encendida, pero pensó que sus padres aún tardarían en irse a dormir.
—Vale, pero después nos vamos a la cama —dijo Yago, sin saber que esa decisión alteraría para siempre su percepción de la realidad.
«El chasquido» fue cómo lo denominó la doctora Lourdes Medina para explicarles a Juan y Ángela lo que había sucedido en la mente de sus hijos aquella noche. Una forma de hacerles entender que un mismo acontecimiento podía ser recibido de dos maneras muy diferentes por la psique de personas distintas ante un mismo acontecimiento traumático.
Nadie supo aclarar si lo que Yago vio aquella noche en el espejo de aquel armario era real o mera proyección de una imagen que había generado su propia mente, contagiada por la sugestión de su hermano pequeño.
Pero Yago no vio a su padre, a diferencia de Jota, él vio a una niña con un rostro deforme, ondulante, indefinido; un rostro de un ser que comenzó a atormentarlo desde entonces. El espejo de aquel ropero iluminado por la ondulante luz de la vela navideña generó una impronta en el cerebro de Yago de la que no se pudo desprender en muchos años.
Yago no pegó ojo esa noche, y apenas tampoco en las siguientes. Aquel rostro se le aparecía cada vez que cerraba los párpados. Y pronto lo hizo también cuando los abría. La veía en todos los reflejos; no solo de los espejos, sino de cualquier objeto reflectante que observara; incluso en los más insignificantes: en la cuchara de la sopa, en la pantalla del flexo de su mesilla de noche o en una simple chincheta de un mural en el colegio.
Por otra parte, Jota se obsesionó con la imagen del siniestro rostro de su padre. Un padre figurado que poco tenía que ver con la imagen real. Una noche, en el reflejo del espejo del armario, Jota vio a su padre sentado a su lado, acariciándole el pelo y luego dirigiendo la mano a su cuello y apretándolo hasta dejarle casi sin respiración. El niño había asegurado a su madre que el dolor era de verdad y las marcas de su cuello así lo atestiguaron.
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