Una casa sin reflejos
Capítulo 41
Cerró los ojos e intentó relajarse bajo el chorro de agua caliente de la ducha.
El sonido continuo del agua a presión, salpicando sobre su cuerpo y contra el azulejo, creó un mantra que conectó, de forma automática, con las ondas theta de su cerebro. Esos minutos, en los que mantuvo los ojos cerrados, se convirtieron en los únicos en los que había conseguido descansar desde la noche anterior. Había visto pasar todas las horas de la noche recostada en el sofá del salón, con todas las luces encendidas y casi empalmando un cigarrillo con otro.
Recordó haberse trasladado al salón cuando Pedro se durmió por agotamiento; después de haber permanecido en vela varias horas, pendiente de ella, intentando calmarla sin mucho éxito. Ni la tila, ni los diazepanes, ni la propia presencia de Pedro, habían logrado controlar el estado de nervios del que Olga no podía desprenderse.
No pudo leer, ni distraer la mente con nada. No había querido encender la televisión, e incluso había cubierto la pantalla plana con una de las colchas marroquíes que protegían el respaldo del sofá. Había permanecido sentada toda la noche, tapada con su manta de rizo morada, mirando hacia la puerta como un perro esperando a su dueño; salvo que ella esperaba el amanecer, convencida que era lo único que la mantendría lejos de aquella pesadilla, de esa imagen grotesca y deforme que se le abalanzaba y la amenazaba cada vez que se le aparecía en un reflejo.
El recuerdo del sonido de las gotas, aquel extraño crepitar golpeando contra el espejo le producía calambres por todo el cuerpo y le hacía gemir hasta arrancarle el llanto. A sus veinticuatro años no recodaba ni un solo instante en el que hubiera sentido un terror como aquel. Si Pedro no la hubiera retenido contra las sábanas, habría salido corriendo calle abajo
hasta el parque; descalza, sin mirar atrás, hasta que hubiese asomado el sol o la hubiese atropellado un coche.
El despertador de Pedro había sonado a las seis y media de la mañana y aunque insistió en tomarse el día libre para quedarse con ella y hacerle compañía, Olga se negó rotundamente, pues sabía que supondría una enorme faena para su compañero alargarle el turno ocho horas más. Y, además, no le apetecía tener a Pedro todo el día mirándola, como si fuera una enferma. Quería mucho a Pedro, pero no soportaba pensar que pudiera tratarla como a una de sus pacientes.
—No te preocupes, ya ha salido el sol —le había dicho a Pedro en un vano intento de hacerle sentir mejor ante su partida. Como si eso dotara de alguna tranquilidad a su estado.
Olga había decidido, unas horas antes, que no iría al estreno. No era capaz de centrarse en el estado en el que se encontraba. La ansiedad se apoderaba de ella con solo pensar en subirse al escenario y llegar concretamente a ese parlamento con Iván. Era demasiado intenso como para poder pasar por alto su estado mental.
Aún no sabía cómo y cuándo comunicárselo a Maite y a Ángela. A cada rato que lo pensaba se le hacía más grande la sensación de culpa. No tenía ni las fuerzas, ni el ánimo, ni el valor de hacerle frente. Sentía auténtico miedo.
Perdida en el vapor condensado en la mampara, se convenció a sí misma de que Ángela lo entendería. Pensó que alguien podría sustituirla, quizás la propia Maite. O quizás cancelarían o retrasarían el estreno. Le daba igual. Solo pensar en todo aquello le hacía sentir peor con ella misma.
Olga salió de la ducha por la creciente necesidad de fumarse un cigarrillo. Su toalla estaba colgada cubriendo el espejo del lavabo, por lo que acudió al armario para sacar una toalla limpia y seca. Se vistió a toda prisa con la primera camiseta y el primer vaquero que encontró en su ropero. Del cajón de las bragas sacó un paquete de Nobel, envuelto en unas medias marrones, y se sintió como una adolescente. Nadie se lo prohibía, pero Pedro y ella habían hecho la promesa de dejar de fumar juntos, ahora encima cargaba con el sentimiento de estar estafando a su novio en ese asunto. Además sobre ella recaía una presión social mayor: su estilo de vida
saludable, su trabajo y su discurso zen eran socialmente opuestos al hecho de necesitar fumar, pero las recientes circunstancias pesaban más que la preocupación de llegar a ser una anciana sana y elástica. La ansiedad le estaba restando más años de vida que aquellos cigarrillos.
Abrió la ventana de su dormitorio y encendió el pitillo con el mechero del incensario, a la vez que colocaba una barrita con aroma de canela. Se apoyó sobre el alféizar y dio su primera calada. No quería pensar más, necesitaba dejar la mente en blanco, pero aquella primera calada siempre estaba acompañada de ese recordatorio sobre una posible muerte prematura y el sentimiento de culpa.
—A la mierda todo —dijo Olga para sí misma.
Se vio en su derecho de fumarse aquel cigarrillo y todos los que le diera la gana. Nada cambiaría su estado de inquietud. Nada cambiaría otro fracaso más en su carrera. Un estreno local no la convertiría en actriz. Ya había renunciado a eso cuando tuvo que regresar de Barcelona para cuidar de su madre. Ya había lidiado con esa frustración, así que no se sentiría culpable por dejar sin estreno a una decena de personas que podrían seguir con sus vidas, ajenas a sus frustraciones y temores. Dejaría la compañía de una vez por todas, porque no hacía más que aumentar su insatisfacción a largo plazo.
Olga miró la cajetilla, a la que aún le quedaban dos cigarrillos. Era la misma que había comprado en la gasolinera el día en que se encontró a Jota en los baños. Se sintió ridícula al recordar haber salido por la puerta trasera para que Pedro no la pillase fumándose aquel primer cigarrillo tras la supuesta dejada común. Y allí estaba Jota, cuatro o cinco años después de haberlo alejado de su vida, tan tóxico como aquel cigarrillo que necesitaba echarse a los pulmones.
Lloró de rabia al recordar a Jota y lo que le había hecho vivir en aquella sesión. Desde que lo había vuelto a ver todo había ido a peor: sufrimiento, enfado, dolor, engaño, rabia, furia, terror. Si alguien tenía la culpa de que se sintiera de aquella manera era Jota, que la había vuelto a embaucar en uno de sus intereses personales y ella se había dejado convencer de nuevo.
Como la última vez… y la anterior. Se sintió ridícula por pensar que había cambiado, y por dejarle que entrara en su vida tratando de apartar el rencor.
No tenía la más mínima intención de volver a hablar con él, por mucho que se planteara que, quizá, fuera el único que pudiera darle una explicación a lo que le estaba sucediendo, a lo que estaba viendo, ya que parecía haber vivido algo similar. Pero la simple idea de volver a escuchar su voz le levantaban las ganas de vomitar. No comprendía nada de lo que le estaba pasando, pero lo averiguaría. Debía tener un sentido y una intención.
No se trataba de una mera sombra en la pared. Aquel ser la estaba acechando sin llegar a comprender el porqué de sus intenciones.
Olga buscó algún objeto por el dormitorio que hiciera las veces de cenicero para echar la colilla. Se sentía algo más relajada, aunque iba a necesitar otro cigarrillo para quitarse de la mente a Jota de forma definitiva.
Observando su cama revuelta, inevitablemente recordó la noche en la que decidió dejarle.
Habían hecho el amor al inicio de la noche, luego todo fue hablar y hablar hasta el amanecer. Aquellas últimas conversaciones estaban superando barreras de confianza que hasta entonces no se habían traspasado. Nunca antes habían hablado con tanta profundidad y sinceridad, sin temor al juicio por parte del otro. Olga en general siempre se había sentido muy a gusto con Jota, pero aquella madrugada intuyó algo y tomó la decisión unilateral de romper, no veía un futuro junto a él y le quemaban más las ganas de marcharse a estudiar a Barcelona.
Olga cogió una de las tazas que le habían quedado por vender para el viaje fin de curso previo a la entrada en la facultad y se quedó pensativa mientras se deshacía de las cenizas. En el reproductor sonaba Leñador y la mujer América de Zahara y la melodía unió el presente con aquel recuerdo.
—¿Cómo murió tu padre? —preguntó Olga de forma inocente.
Jota la miró extrañado, mientras permanecía apoyado en el cabecero de la cama de Olga; desnudo, cubierto con la sábana solo hasta las rodillas.
Intentaba liar un cigarrillo y un poco de tabaco le cayó sobre el pubis.
—¿A qué viene eso ahora?
—Yo te he hablado de mi padre…
—No es lo mismo. Yo no me acuerdo de mi padre. Era muy pequeño…
—¿No recuerdas nada?
Jota negó con la cabeza mientras humedecía el papel.
—Mi madre nunca nos ha contado nada.
—¿Por qué?
—Ella no es mucho de contar cosas.
—¿Y nunca te ha interesado…? No sé… saber algo.
Jota se colocó la sábana hasta la cintura en un gesto de incomodidad.
—¿Me pasas el mechero?
Olga se giró para alcanzar el mechero de su mesilla, dejando al descubierto sus pechos, que se tensaron al estirar su brazo. Le dio el mechero a Jota y se volvió a acurrucar en su almohada sin dejar de mirar a su compañero de cama.
Jota encendió el pitillo y dio una calada honda que se guardó en el pecho durante unos segundos con los ojos cerrados.
—Mi padre se tiró por la ventana de mi antigua casa cuando yo tenía unos… cinco años. Yo no me acuerdo de nada y ya dejé de preguntarle a mi madre. No tengo ni idea de por qué lo hizo y no me importa.
—No lo sabía… Lo siento.
—Mi madre y yo nunca… —dijo Jota, soltando el aire lentamente —
hemos hablado mucho. Nunca he tenido esa confianza que tú tienes con la tuya. No sé hablar con ella. Es imposible. Y menos desde que se vino a vivir su novio con nosotros y nació mi hermana. Parece que esté deseando que me vaya. No me extraña que mi hermano también se haya pirado…
Aunque bueno, mi hermano se ha pasado los años del instituto puesto hasta arriba de todo.
Jota pasó el cigarrillo a Olga, que le dio una calada con suavidad.
—Tengo que pirarme de aquí en cuanto acabe la selectividad
— continuó Jota—. No soporto esa mierda de familia feliz. Es todo fingido.
Mi madre no ha sido nunca así con nosotros cuando éramos niños. No recuerdo un gesto cariñoso o una buena palabra… Siempre ha ido a su bola.
—Tuvo que pasarlo mal cuando…
—¿Y por eso nos tenía que dejar a un lado? Recuerdo haber pasado más tiempo en casa de mi vecina que con ella. Siempre estaba fuera… con sus historias. No sé. Es duro, pero nunca he conectado con ella. No sé ni siquiera si puedo decir que la quiero.
—No digas eso. A veces es complicado y se discute… pero la familia siempre está ahí.
—La familia es un lastre —concluyó Jota.
—¿No quieres formar una familia algún día?
—No. No creo.
Olga se incorporó de la cama y lo miró intrigada.
—¿No?
—¿Tú sí?
—No me lo he planteado aún, pero… supongo que sí.
—Yo no traería nunca a nadie a este mundo. Hay demasiada gente mala que le intentaría hacer daño.
—Vaya simplificación más tajante. Para eso estamos los padres y las madres, para protegerlos.
Jota miró muy serio a Olga y rio con cierta condescendencia.
—Nadie nos protege.
—Seguro que tu madre también te ha protegido estos años.
Jota observó a Olga de una forma que heló la sangre a la chica.
—Eso lo dudo mucho. ¿Tú estás segura de que tu madre te quiere?
—Claro… Eso se sabe.
Jota dio otra calada sin dejar de mirar a Olga que dio una risotada.
—Pues eso mismo. Eso se sabe. Nunca lo había dicho en voz alta pero… yo lo sé. Sé que no quiero a mi madre. No tengo ningún sentimiento hacia ella. No me importa nada y yo a ella tampoco. Eso se sabe.
—No sabes lo que dices, Jota. Aprovecha el tiempo que tengas ahora con ella mientras…
—Por favor, no me vengas con consejitos de educación emocional barata…
—Yo he discutido miles de veces con mi padre cuando estaba vivo, pero poder hablar de nuevo con él… Tenerlo aquí de nuevo…
—Está muerto, Olga. ¿Qué vas a arreglar deseando otra cosa? ¡Está muerto!
Olga no tenía por qué ser su salvadora. No era de esas personas que le atrajeran las causas perdidas. Supo que no sería su misión llegar al fondo de aquella oscuridad que Jota le acababa de mostrar. Supo que no sería feliz
con él, porque no podría estar con alguien que le había transmitido ese vacío. Prefería irse a cumplir su sueño antes que condenar su tiempo a estar con alguien que arrastra un oscuro lastre del pasado. No estaba aún enamorada y supo en ese momento que no lo estaría nunca, aunque su vida estaría ligada a Jota para siempre, pero solo porque él sí se creía en el derecho, creía haber traspasado una barrera que no conocía, pero ella no le correspondía.
Olga no le dijo nada aquella noche, esperó a que finalizaran lo exámenes de selectividad, aunque ella ya había planificado de sobra su viaje a Barcelona, hasta el punto de que había pagado la matrícula en la escuela de interpretación.
Recordó que Jota había llevado muy mal la ruptura y revivió la última noche que se vieron, la noche antes de coger el autobús con destino a Barcelona. La noche en la que Jota se convirtió en un ser de hielo incapaz de expresar ningún sentimiento. Le vino a la mente la última frase que este le dijo antes de marcharse y que provocó que se fuera llorando todo el trayecto de vuelta a su casa:
—Mi padre intentó matarme y después se tiró por la ventana. No te creas que esta ruptura me afecta lo más mínimo. Tú también harás daño a gente, pero no a mí.
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