Una casa sin reflejos
VI. El Chasquido
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Jota fue el primero en levantarse esa mañana. Se sirvió un cuenco hasta arriba de cereales, encendió la tele y se puso a mirar el balanceo del botafumeiro en la misa del apóstol Santiago. Los coros y aquel movimiento hipnótico hicieron que su mente quedara en blanco, para luego recordar las historias de la noche anterior.
Los cuerpos durmientes, repartidos por todo el salón, no se inmutaron con la estridente melodía del órgano de la catedral, ni siquiera cuando Jota empezó a buscar en el cajón del aparador que servía de sostén al televisor de tubo Sony Trinitron. Recordó que en alguna ocasión, durante las últimas tormentas de verano, su padre había usado una vieja vela que siempre colocaban en el centro de la mesa el día de Navidad. Había sido la noche en la que se había ido la luz en todo el barrio y jugaron a las sombras chinescas antes de cenar.
Jota encontró esta vela y la escondió bajo la sudadera de su pijama de cohetes. Se dirigió corriendo a su dormitorio y la ocultó entre las mantas y los jerséis de lana que aún no se habían mudado al altillo tras el cambio de temporada. Jota se miró en el espejo interior de la puerta del armario y se quedó pensativo durante un rato. Estaba trazando un plan sin saberlo, a la vez que su mente mezclaba las historias que los amigos de su hermano habían contado de madrugada, para componer un puzle que solo tenía sentido en su cabeza.
Se percató de que, tras el paneleado de madera que revestía el armario empotrado, empezaban a hacerse audibles unas voces, amortiguadas por las fundas de ropa, las mantas y las cajas zapatos. Al otro lado del armario estaba la habitación de sus padres, que parecían discutir de nuevo. Jota
había notado que sus padres estaban raros, más de lo normal, y sospechaba que esta vez algo irremediable había sucedido entre ellos.
Jota apartó las fundas con los chaquetones de invierno y se metió en el armario, sentándose sobre la balda que separaba la parte superior del perchero de una zona inferior donde se almacenaban los zapatos. Puso atención a las voces, que habían ido aumentando en intensidad y que se hacían más nítidas sin el filtro de los textiles. No le gustaba que sus padres discutieran y recordó haber escuchado a Yago decirle que los padres de Gabriel se habían separado porque discutían mucho.
Se hizo el silencio antes de que pudiera descubrir el motivo de la riña, por lo que decidió salir y comprobar que la vela no se había movido de su escondite. Estaba ya cerrando la puerta del armario cuando al mover la hoja vio la cama vacía de su hermano reflejada en el espejo. Y como llamado por una fuerza invisible Yago apareció de repente en el umbral de la puerta.
—¿Qué haces? —preguntó Yago, intentando abrir los ojos.
Jota cerró la puerta del ropero de un portazo y corrió hasta su cama.
Trató de aparentar normalidad, pero era evidente que lo había pillado in fraganti. Yago desapareció y Jota escuchó cómo se cerraba la puerta del baño. Miró hacia el armario, cuya puerta se había vuelto a abrir por el rebote del portazo y volvió a verse reflejado en el espejo.
Se quedó pensativo y recordó haberse despertado en varias ocasiones aquella noche. Había estado intentando posponer su visita al baño, pero llegó un momento en que era inevitable levantarse si no quería orinarse encima. Cuando por fin se incorporó estaba casi amaneciendo, al menos así podría ver por dónde andaba y no tener que pisar accidentalmente a ninguno de los acampados. En el fondo, aquella resistencia tenía que ver con el temor de poder llegar a ver algo reflejado en el espejo del cuarto de baño.
Se había detenido en la puerta del aseo con las manos presionando su entrepierna y, tras un bufido de angustia mezclado con incontinencia, había entrado en el baño con los ojos cerrados, muy apretados. Jota había avanzado decidido, pero se había golpeado la rodilla contra el inodoro al dejarse llevar por su pésima orientación. Al llegar a su objetivo levantó la tapa y se bajó la parte frontal de su pijama y los calzoncillos. Siguió con los
ojos apretados y se aseguró de escuchar el chorro sobre el agua para no desviarse en su trayectoria y evitar dejarlo todo perdido. Al terminar se dio la vuelta, siempre apretando los párpados, y comenzó a avanzar hacia la puerta con las manos alzadas para no tropezar con nada. No tenía pensamiento de lavarse las manos para no caer en la tentación de entreabrir un ojo y ver su reflejo. No pasaba nada por una vez.
—¿Qué estás haciendo? —susurró la voz de su padre desde fuera del baño.
Jota abrió los ojos del susto y vio a su padre a través del reflejo, que lo observaba con cara de extrañado. Lo vislumbró en un pavoroso claroscuro, con unas facciones que le hicieron creer, por unos instantes, que era otra persona.
—Anda, vuelve a la cama y no hagas tonterías que te vas a caer — dijo el padre, con un tono de voz familiar mientras bostezaba y volvía a su dormitorio sin esperar réplica.
El niño aún no se había recuperado del susto, ni de aquella cara en sombras que se le había quedado grabada. Corrió hasta su saco de dormir azul eléctrico y se metió de un salto. Se quedó agazapado con los ojos abiertos de par en par, pero era la suya una mirada ya extraviada.
«¿Y si era verdad eso que había contado Gabriel?» — pensó—. «¿Y si había visto la cara del que era en realidad su padre? ¿Y si en realidad fuera como en la historia?».
Jota volvió en sí, y se descubrió de nuevo sentado sobre la cama sin deshacer, observando su reflejo.
—¿Por qué has encendido la tele? —dijo Yago, desde el umbral de la puerta con tono de cabreo, tras volver del baño —. Estábamos durmiendo.
Jota no dijo ni mu y esperó a que su hermano Yago volviera al salón a reunirse con sus amigos que empezaban a despertar.
Aún era muy pequeño para darse cuenta de que algo se había implantado en su cabeza. La semilla necesitaba alimento y un niño no tiene la capacidad de soterrar lo que teme bajo una sábana. El temor muestra su cara a un niño para causar una reacción y dar sentido a su existencia. El miedo está dispuesto a distorsionar la realidad en su provecho y a conseguir que todo suceda en pos de su propia supervivencia. Pero el temor lanza
semillas y no siempre tiene suerte de germinar. Necesita del chasquido de una mente receptiva, inocente y porosa. Bien regada de confusión, curiosidad y transmisión oral, visual o escrita de la existencia de la oscuridad.
Al otro lado del armario empotrado, Juan y Ángela seguían discutiendo, ajenos al drama que se iba a vivir en el salón, cuando todos los amigos de Yago fueron despertando menos Mayra, que había dejado de respirar unas horas antes.
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