Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 26 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 26

Sentada en una gran hamaca blanca, colgada de las tramoyas del teatro, Olga daba la espalda al patio de butacas y reposaba erguida con un camisón blanco y vaporoso. Permanecía rígida, poco relajada, con una tensión que la ayudaba a meterse en el papel. Tenía su melena recogida hacia su pecho; con la cabeza inclinada y girada hacia una pequeña mesa de noche, sobre la que se hallaba una lámpara encendida que iluminaba un bote de pastillas.

El resto del escenario permanecía a oscuras. Solo ella estaba iluminada por el cañón de luz que procedía de la cabina de proyección. Una luz fija que generaba un efecto óptico sobre la hamaca, dando la impresión de que se hallaba suspendida en el aire, gracias a los cordajes teñidos de negro.

Durante el breve periodo de concentración, previo al arranque de la escena, Olga no pudo evitar pensar en lo sucedido la noche anterior en casa de Jota. Como no pudo conciliar el sueño, y tampoco estaba tranquila sola en su casa, decidió ir a la residencia y pedirle a Pedro que la dejara quedarse junto a su madre. No había conseguido dormir apenas un buen tramo sin sobresaltarse por la excitación, pero al menos había descansado algo como para arrancar la jornada y tratar de hacer bien el ensayo.

En los ratos en que no dormía se quedaba observando a su madre, que no se había percatado de su presencia, ni siquiera cuando le agarró la mano durante unas horas hasta quedarse dormida.

Olga, colgada de aquella hamaca, se centró en la imagen del rostro de su madre, intentando olvidar aquella figura informe que la había amenazado desde el reflejo en casa de Jota.

Por más que buscara un sentido, no entendía cómo aquella imagen, que se había generado delante de sus ojos, había conseguido atravesar el cristal hasta casi fusionarse con su propio rostro. Olga había sentido el dolor más

intenso que había experimentado hasta ahora en su vida. Aquella figura masculina, de cara deforme y en continuo movimiento, parecía como resbalar por su silueta, adosándose a ella como lodo de ciénaga.

Después de la sesión, y durante el trayecto hasta su casa, intentó convencerse de que aquello solo había sucedido en su cabeza y que había sido víctima de la sugestión y de la influencia de Jota.

Otra vez Jota…

Olga puso sus pies descalzos sobre el entarimado del escenario y se levantó con un movimiento lento y grácil, como el de una bailarina.

Permaneció de pie unos segundos, todavía de espaldas al patio de butacas, observando el bote de pastillas que parecía ser el único objeto que captaba su atención en toda la escena. Se giró muy lenta, con la mirada perdida, y caminó unos pasos hasta el extremo del escenario, delimitado por un remate de madera barnizado que contrastaba con el oscuro entarimado. Olga levantó sus manos temblorosas y se las miró aterrada. Comenzó a palparse las muñecas y, cada vez con más inquietud, el resto de su cuerpo. Sus manos recorrieron toda su anatomía de una forma violenta, como si quisieran asegurarse de que cada una de las partes de su cuerpo existía aún con ella. Sus manos fueron subiendo hasta su cuello y de ahí a su cara, que tenía ahora una expresión de alivio y los ojos inundados en lágrimas. Pero su rostro fue cambiando hacia una expresión de pánico cuando sus manos agarraron con fuerza su abdomen. Entonces Olga miró aterrada hacia el otro extremo del escenario, fingiendo un gran dolor.

—¿Eres tú? —preguntó Olga apuntando su voz hacia la oscuridad, con un alarido de angustia.

—Sí —respondió una voz masculina resguardada del haz de luz del cañón.

De entre la sombra apareció la figura de Iván vestido de negro, que se detuvo en el centro del escenario, dentro del espectro luminoso del foco.

—Tenemos que irnos —dijo Iván, con una voz grave y neutra, pero que a la vez trasmitía calma.

Olga empezó a revolverse, agarrándose la barriga y negando con la cabeza de forma desesperada.

—¡No! —gritó Olga—. He cambiado de idea. No… no quiero irme contigo.

—Es un poco tarde para eso.

—¡Yo decido si es tarde o no!

—Esto no funciona así. Vamos.

—¡No!

—No te reconozco con tanto coraje —dijo Iván riendo.

—No soy la de antes… Ya no me conoces. Ni siquiera yo misma me reconozco. No sé quién soy. Y… voy a quedarme.

Iván se acercó, de forma intimidante, a Olga, colocándose frente a ella y agarrándole fuerte de la muñeca.

—Sabes que esto no funciona así —dijo Iván, con una siniestra media sonrisa.

—¡No voy a irme contigo! —gritó Olga, intentando soltarse —. Ya no…

he… ¡he cambiado de idea!

Olga comenzó a respirar con dificultad mientras seguía intentando liberar su muñeca de la mano de Iván.

—¿Qué te ha hecho cambiar? ¿Eh? —gritó Iván —. ¿Qué va a ser diferente ahora? ¿Contesta? ¿Acaso crees que puedes huir de mí? ¿Que con solo decirlo es suficiente? ¿Eh?

Olga dejó de intentar soltarse y con la cabeza girada y los ojos cerrados comenzó a llorar desconsoladamente, quedándose en silencio y dejándose caer al suelo. Permaneció quieta y sollozando, ante la mirada preocupada de su compañero de escena.

Iván soltó su muñeca, agachándose para ver lo que le ocurría, pero Olga lo apartó de un manotazo. Iván miró hacia el patio de butacas buscando alguna indicación de Ángela.

—Olga, míralo de frente. Enfréntate a él — dijo Ángela, desde la oscuridad del patio de butacas.

Olga se quedó inmóvil. Continuó llorando, con los ojos apretados y la cabeza totalmente girada, huyendo de cualquier contacto visual con Iván.

—¿Te he hecho daño? —susurró Iván, tocándole el hombro a su compañera.

Olga reaccionó apartando su hombro al contacto y estremeciendo todo su cuerpo. Intentó incorporarse y, con los ojos aún cerrados, se secó las lágrimas.

—Olga… ¿qué ha pasado? —dijo Ángela, mientras se levantaba y subía al escenario, ya consciente de que el comportamiento no era fingido y que nada tenía que ver con la actuación.

—¿Va todo bien? —preguntó Ángela, agachada junto a Olga.

Olga no respondió, aún con el corazón encogido.

Ángela le agarró la cabeza y la giró hacia ella para mirarle a los ojos.

—Vamos a descansar, ¿de acuerdo? Lo dejamos por hoy.

Olga asintió sin abrir los ojos, aún cubiertos por las lágrimas e intentando suavizar los hipidos.

Ángela esperó que todo el mundo se marchara para hablar con Olga, que se había quedado en los camerinos sola a petición suya. Observó mientras tanto a Maite y a Juan Carlos recogiendo el atrezzo y descolgando la hamaca de la tramoya.

Olga apareció por un lateral del escenario con el pelo mojado, recogido en una coleta, y cargada con su mochila. Vio a Ángela sentada en primera fila y bajó por las escaleras laterales sabiendo que era inevitable darle algún tipo de explicación. Por supuesto no le hablaría de cómo se sentía y qué era lo que le había llevado a tener esa reacción. Ni ella misma entendía lo que le estaba pasando, aunque tenía muy claro el origen de aquel estado de ansiedad. El horrible rostro que había visto en el reflejo había sido tan real como el mismísimo Iván sobre el escenario.

—¿Qué tal? ¿Estás mejor? —preguntó Ángela, cuando Olga pasó junto a ella.

—Sí… —contestó Olga esquiva—. Lo siento.

—Pero… ¿Ha pasado algo…?

—No, no. Estoy bien… de verdad. Hoy no he dormido bien. Eso es todo.

—¿Es por tu madre? —insistió Ángela.

—No, no es eso. Es solo que hoy… estoy rara.

—Me ha extrañado, porque esta escena la tenías muy controlada.

—Y la tengo. No te preocupes, Ángela… de verdad.

—No quiero que sientas que te estoy presionando, solo me preocupo.

Todos tenemos un mal día… y ya se va acercando el día del estreno… Es normal.

Olga bajó la mirada asintiendo y notando que el comentario, al contrario que tranquilizarla, le ponía más nerviosa.

—Trabajaremos el control de la emoción, no te preocupes —continuó Ángela—. Esta escena con Iván es importantísima, ya lo sabes. Y si hay algún sentimiento dentro de ti ahora mismo puedes usarlo y canalizarlo para el personaje. Y así hacerle frente a él — Ángela señaló hacia la esquina oscura del escenario—. Para vencerle cuando viene a buscarte.

—Lo haré —dijo Olga, con tono apagado y asintiendo pero queriendo huir de allí lo antes posible —. Estoy cansada, eso es todo.

—Pues descansa y mañana seguimos —dijo Ángela, mientras Olga se alejaba por el pasillo central.

Olga se despidió de sus compañeros en la puerta y no cedió ante la insistencia de quedarse a tomar algo con ellos. Tranquilizó a Iván explicándole que lo que había ocurrido en el escenario no tenía nada que ver con él y tras la ronda de besos y abrazos, con sus correspondientes muestras de ánimo y apoyo, Olga se alejó caminando por la acera.

Sacó su móvil y observó que tenía cuatro llamadas perdidas de Jota, lo que le provocó de nuevo ese dolor intenso en el abdomen que le cristalizó los ojos. Marcó en su teléfono móvil y mirando inquieta a su alrededor se llevó el terminal a la oreja.

—Hola cariño. Ya hemos terminado pero me voy directamente a casa.

Llámame cuando puedas y dime a qué hora vuelves, ¿vale? Yo te espero despierta. Un beso. Ciao…

Olga llegó a la parada de autobús y esperó durante varios minutos que se le hicieron eternos. Se sentó en el banco bajo la marquesina y se abrazó a su mochila.

Durante el trayecto en el circular, no pudo parar de pensar en aquel monstruoso rostro tan lúcido que había visto en la sesión. No sabía quién podía ser, pero la expresión de esa cara ondulante, con los ojos desencajados y cubiertos por lo que parecía ser sangre que manaba de las cuencas enrojecidas, no se le quitaba de la cabeza. Quería convencerse que

había sido solo un juego de luces y sombras, una pareidolia generada por el movimiento titilante de la luz de la vela y la sugestión del momento. Tenía claro que Jota había sembrado en su cabeza la idea de que iba a ser capaz de ver algo en el espejo y que esa locura compartida la había atrapado hasta un punto que ahora no controlaba. Tenía que dejar de pensar en ello: por ella misma, por su salud mental y por la obra de teatro.

Ya a punto de llegar a su parada, Olga se levantó de su asiento y, con la mirada perdida, se colocó de espaldas a la puerta y agarrada a la barra.

Varias personas seguían sentadas y ella los observó a través del reflejo del cristal opuesto a la salida. Cuando el autobús comenzó a frenar Olga observó, a través de ese mismo reflejo, a un hombre al que veía de espaldas y que permanecía frente a la puerta, como esperando para salir. El autobús se detuvo y las puertas se abrieron, por lo que Olga para salir tenía que esperar a que ese hombre que se interponía entre ella y la puerta saliera primero o se quitara del paso. Pero al girarse para salir y cuando estaba a punto de disculparse para que aquel hombre le dejara paso, comprobó estupefacta que allí no había nadie.

Durante el paseo hasta su casa se fumó un cigarrillo, evitando posar su mirada en escaparates o ventanas del camino. Buscó en su mochila un paquete de chicles y comprobó que estaba vacío. Sintió la necesidad de lavarse los dientes antes de que Pedro volviese a casa, sintiéndose ridícula e infantil.

Su móvil volvió a sonar, era otro mensaje de Jota que ignoró. Deseó no haberse cruzado con él, deseó no haber vuelto de Barcelona y se sintió egoísta por tener aquel pensamiento; por querer, en ocasiones, desear no tener que lidiar con la responsabilidad de ver así a su madre. Por sentirse demasiado joven y perdida.

Olga respiró profundamente antes de entrar en su piso y escondió la colilla dentro del envoltorio de los chicles.

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