Una casa sin reflejos
Capítulo 61
Cuando se mira al cielo a través de un telescopio newtoniano lo que uno ve no es más que el reflejo, a través de un cristal reflector, de una oscura inmensidad desconocida. Algunos llegan a divisar estrellas, buscando un sentido a la grandeza de su existencia. Otros lo único que ven es el reflejo de su propio iris, sintiéndose más perdidos y asustados en esa inmensidad interior que el propio vacío infinito del universo.
Unos serán aventureros cuando crezcan, sin miedo a los desafíos que les interponga la vida. Otros vivirán con el miedo a descubrir quiénes son en realidad por no desarrollar la dimensión espacial necesaria para afrontar la perspectiva idónea frente al cosmos. Los primeros nunca se conformarán con aceptar no ser más que el vacío entre sus átomos, mientras que los otros ocuparán ese hueco rellenándolo con cualquier azaroso destino que se les otorgue en el reparto de etiquetas.
Nerea observaba el cielo, a través del viejo telescopio, cuando Ángela apareció en la terraza envuelta en su bata y sosteniendo la taza que utilizaba para los descafeinado de la noche. Pensó que no debía demorar por más tiempo su decisión y que lo mejor era contarle cuanto antes a su madre que dejaría el módulo y se iría a vivir a la capital en busca de trabajo en alguna editorial, o para montarse por su cuenta y corregir artículos on-line desde su portátil, aunque, al principio, su despacho tuviera que ser un banco en el parque.
Estaba a punto de cumplirse un año de la muerte de Víctor y once desde el estreno de la obra de teatro. Su madre no había vuelto a escribir desde entonces y su trabajo en el instituto se había vuelto más administrativo que creativo. Nerea sí había empezado a sentir la necesidad de canalizar sus
demonios y sus miedos por medio de las palabras, aunque sin ningún éxito hasta la fecha.
Pocos eran los recuerdos que le quedaban de aquella época y muchas menos habían sido las conversaciones sobre lo ocurrido.
Ángela observó en silencio a su hija, mientras miraba por el visor y ajustaba la lente. Nerea había crecido, sin apenas darse cuenta, convirtiéndose a ojos de su madre en una persona distante y extraña, apenas lograba sostener con ella una conversación sin evitar tener la sensación de estar siendo juzgada.
—¿Aún funciona ese trasto?
—Creo que sí —respondió Nerea, a sabiendas que la decisión de sacar el telescopio del trastero daría pie otra reyerta entre ambas —, aunque parece que el espejo está roto.
Una notificación irrumpió en el reloj de Nerea y esta comprobó en su móvil que se trataba de un correo electrónico de un fanzine digital al que había enviado uno de sus relatos. Le daban la enhorabuena porque lo habían seleccionado para su antología digital. Nerea se mordió el labio sin exteriorizar su emoción.
—¿Cuándo te vas? —preguntó Ángela con la intención de sorprenderla con su revelación.
Nerea miró a su madre sintiéndose expuesta pero liberada.
—Quiero empezar septiembre allí.
Ángela miró a su hija y dio un trago al café para deshacer la dureza de su garganta.
—Vendré a verte, mamá.
Ángela asintió y se tragó las palabras que estaba a punto de decir a su hija. Palabras que la habrían alejado más tiempo del que ella quisiera.
—Ese trasto lo metes de nuevo en el trastero o lo tiras. No lo quiero por aquí en medio.
Nerea asintió con desazón y continuó leyendo el correo electrónico con el listado de autores seleccionados y los títulos de las obras que formarían parte de la publicación digital del mes, para luego volver a mirar por el telescopio.
—¿Has visto?
—¿El qué? —preguntó Ángela, con incertidumbre y temor.
—Ven, mira. Se ven perfectamente los cráteres de la luna.
Ángela se quedó inmóvil y sin reaccionar a la invitación de su hija, hasta que esta apartó la vista del visor e hizo un gesto a su madre, con una sonrisa que hacía tiempo que no le dedicaba. Dejó la taza en el suelo y se levantó ajustándose la bata al cuerpo. Se acercó al telescopio y lo tocó con delicadeza y respeto.
Nerea la invitó a que se inclinara hacia el visor y Ángela se acercó a la lente. Vio su propio ojo reflejado y, tras ajustar el enfoque, pudo contemplar la nítida imagen de la superficie lunar, lo que le produjo una emoción honda y cercana que le provocaba a un mismo tiempo un poco de vértigo y una extraña sensación de comodidad.
—A tus hermanos les encantaba mirar por el telescopio — dijo Ángela con una normalidad que sorprendió a Nerea.
No recordaba la última vez que su madre se había referido a sus hermanos, y no pudo evitar sentir desazón y extrañeza ante aquella referencia porque, tanto ella como Víctor se habían empeñado en borrarlos de su memoria sin éxito durante años.
Nerea aún conservaba una reminiscencia de aquellos días lejanos que se intensificaba cuando se miraba en el espejo. Usó esas sensaciones y evocaciones para plasmarlas en su último relato, en el que desarrolló la idea de que observarse en un espejo era como recordar, porque un reflejo no era más que un recuerdo de nuestro presente y, por lo tanto, un hogar sin reflejos estaría siempre condenado a vivir sin memoria.
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