Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 17 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 17

Ángela había aprovechado el momento en que Víctor y Nerea hacían cola en el puesto de algodón de azúcar para llamar a Jota. Le extrañó verlo en casa un día antes de lo previsto y, ya que había podido regresar antes, no iba a permitir entonces que se perdiese el cumpleaños de su hermana.

Se apartó aguardando que su hijo contestara la llamada, mientras observaba la cara de diversión de Nerea cuando Víctor le ponía un trozo del pegajoso algodón de azúcar sobre la nariz, que le traía el recuerdo de días felices con él.

A pesar de que ahora estaban separados no podía dejar de reconocer y agradecer su apoyo y su infinita comprensión, sin ella le hubiera sido más difícil superar las adversidades a las que tuvo que hacer frente durante unos largos y oscuros años de superación y olvido. La presencia de Víctor fue determinante, no solo para ella, sino también para sus hijos (aunque ahora ellos se negaban a reconocerlo), tuvo el buen ojo de ayudar generosamente a cimentar unos lazos y vínculos que las adversidades no habían hecho más que destrozar. Desde que llegó a su vida había recuperado la confianza y la estabilidad, retomando sus trabajos de diseño y atreviéndose a escribir la obra de teatro que estaba a punto de estrenar. Fue un período de fortalecimiento físico y mental para sacar adelante a sus dos hijos y a la recién llegada Nerea.

Tras lo ocurrido con Juan, Ángela, se apartó de todos y de todo. Y el único refugio que le produjo algo de alivio fue la escritura, que utilizaba como una herramienta terapéutica para sacar fuera todos sus demonios interiores. Se inscribió en un curso de creación literaria, por recomendación de su terapeuta, y fue allí donde conoció a Víctor, un joven abogado, aficionado a la escritura fantástica, que escribía sus relatos para descansar

entre el estudio de los indigestos temas de las oposiciones a Justicia. De hecho, una vez que este las aprobó, fue abandonando esta afición de escribir relatos de corte fantástico, incluso ya rara vez se le veía leyendo alguna de las primeras ediciones de Lovecraft que Ángela le fue regalando en las ocasiones especiales.

Ángela, que no había escrito ni tampoco leído apenas durante años, decidió utilizar la literatura como herramienta terapéutica. En principio se puso ciertas premisas, entre las que figuraba no escribir sobre Juan ni tampoco de lo sucedido en aquella fatídica noche. Su idea más bien era escribir sobre cómo ella misma iba plantando cara a sus propios miedos.

Incluso hablar de sus huidas, de sus derrotas, del abandono de sí misma, de su desesperación en las muchas noches en la que estuvo a punto de tirar la toalla, incluso de cómo después de varios intentos frustrados de huida había vuelto a replantear su vida y a comenzar a edificarla de nuevo sobre los restos que quedaban de su identidad.

Todo lo que escribió entonces fue el diálogo de una mujer rota en mil añicos con la muerte ansiosa por recibirla, con la que incluso había tenido algún coqueteo cercano debido a una sobredosis de barbitúricos que la dejó en un estado próximo al delirio, fue como poner un pie al borde del precipicio al tiempo que una toma de conciencia que le brindó la posibilidad de una nueva oportunidad.

Estaba cansada de vivir en un cascarón. Necesitaba contarle a alguien en voz alta quién era ella, transmitir sus ansias desesperadas por conectar de nuevo con el mundo de a pie. Por suerte, Víctor fue la persona adecuada en el momento oportuno. A él se confesó y ante aquellas íntimas confidencias cualquier otro hubiera salido huyendo por evitar batallar con tan tremendo cuadro o simplemente por la incomprensión y falta de empatía ante el comportamiento de una madre que había intentado abandonar a sus hijos en el peor momento de sus vidas y de la peor manera posible. Una huida que hubiese acabado con esos niños de forma definitiva. Pero ahí estuvo Víctor que la entendió, la amó y guardó con él sus secretos, incluso cuando ella, finalmente, decidió apartarlo de su lado.

Jota apareció en la feria cuando ya empezaba a anochecer. Nerea estaba montada en los coches de choque y Ángela y Víctor la esperaban de pie,

dedicándole toda su atención para rellenar los incómodos silencios entre ellos, con saludos y sonrisas hacia la niña, incapaces de mantener ahora una conversación continuada.

Se colocó junto a su madre y saludó a Víctor con un distante y frío movimiento de cabeza.

Víctor se acercó a él y le dio un largo abrazo que Jota no se esperaba.

—¿Cómo te va Jota? —preguntó Víctor, observándole de arriba a abajo —. Yo te veo bien.

—Bien… —contestó Jota esquivo.

Jota saludó a Nerea desde la distancia de la pista cuando esta se dio cuenta de su llegada. La cara de la niña se iluminó por completo con una tornasolada sonrisa embellecida aún más por los haces de las luces de neón de la atracción. Dio una vuelta esquivando varios coches que querían embestirla y pasó por donde estaban parados saludando a su hermano con un choque de manos sin necesidad de detener el auto.

—¿Cómo es que volviste ayer de Madrid? —preguntó Ángela.

—La charla de hoy no me interesaba —contestó Jota, levantando los hombros con desdén y con la lentitud propia de quien arrastraba cierta resaca —. ¿Os importa si os espero allí sentado? Este ruido me está matando la cabeza y no puedo con el reflejo de las luces.

Jota señaló los bancos de madera de un puesto ambulante de hamburguesas y sin esperar que le respondieran se dirigió hacia allí, cayendo a plomo sobre la bancada. Le costaba estar junto a su madre y aparentar normalidad. Cerró los ojos e intentó aislarse del estruendo de las atracciones.

Al poco Víctor se acercó a la mesa cargado con una bandeja con hamburguesas y refrescos. Nerea se sentó junto a su hermano y le dijo algo al oído, lo que hizo que Jota volviera en sí, aunque tardó en reaccionar.

—Sí, claro que te he comprado una cosa… pero, me he dejado el regalo en casa — masculló Jota—. Luego te lo doy.

Nerea sonrió nerviosa y miró a su madre con los ojos muy abiertos.

—Yo no sé lo que es… —dijo Ángela, mirando a Jota con complicidad.

—Sí lo sabe… —apuntó Jota tajante—. Pero mamá es muy buena guardando secretos y no te lo va a decir.

Jota miró a su madre con mirada inquisitiva y Ángela ladeó la cabeza, reprobando el comentario.

Víctor puso la bandeja en el centro y todos fueron seleccionando la comida y la bebida que habían elegido.

—Entonces… ¿Han venido tus amigas? ¿Qué habéis hecho al final?

— preguntó Jota a Nerea.

—Han venido… Ba… Ba-lan-ca y Noelia. Y nos hemos montado en el cangu-do.

Jota asintió y se quedó con la mirada perdida mientras daba un buche al refresco.

Nerea le dio un bocado a la hamburguesa y se quedó mirando fijamente a su hermano, que no se percató de esa mirada fraternal y escudriñadora.

Su mente no estaba con ellos. Seguía en Madrid, en la casa de su infancia, desenterrando recuerdos, que se le aparecían como chispazos en un cuadro eléctrico que no terminaba de funcionar. Seguía pensando en Yago, en la distancia tan abismal que los separaba, en que nunca se había preocupado por él. ¿Cómo había sido capaz de superar y soportar aquel trauma siendo ya tan mayor y consciente? Intentó achacar el comportamiento frío y distante de su hermano por esa adolescencia dolorosa marcada por la ausencia de lo que debía ser una idea de familia.

Ahora sabía que había mucho más soterrado de lo que él pensaba, detrás de los comportamientos tanto de su hermano como de su madre. En el subsuelo familiar se escondía un gran secreto, y este misterio cada vez le provocaba mayor desasosiego.

—Jota, estás muy da-do —indicó la niña.

—No estoy raro, solo estoy cansado del viaje… y del trabajo — dijo Jota reaccionando veloz al comentario.

—¿Y cómo van las prácticas en la televisión local? — preguntó Víctor.

—Van bien —respondió Jota sin intención de ampliar mucho más la respuesta.

—¿Te han hablado ya de algún tipo de contrato? — insistió Víctor—.

¿Te pagarán algo ya, no?

—No, aún no. Si te digo la verdad, Víctor, no me apetece hablar de eso.

—Perdona, solo quería saber cómo te iba Jota. Hace tiempo que no sé nada de ti.

Jota dio otro sorbo al refresco ignorando el comentario de Víctor.

—Supongo que le empezarán a pagar pronto — comentó Ángela, rompiendo la tensión—. En cuanto se haga imprescindible… ya no le van a dejar escapar.

Jota dio una risotada.

—Ya, pero no está de más plantearles el tema. Todo se puede hablar

— apuntó Víctor insistente—. Algún día tendrás que empezar a ganarte la vida.

—Eso ya no es asunto tuyo, Víctor. ¿No crees?

—Jota… —dijo Ángela mirando muy seria a su hijo.

Víctor soltó la hamburguesa y levanto las manos en son de paz.

—Tienes razón. Ya no es asunto mío —indicó Víctor con cierto derrotismo.

—Yo ya no quie-do más… —dijo Nerea, intentando parecer llena —.

¿Me puedo mon-tad en otd-da cosa?

—¿En que más te quieres montar? —preguntó Ángela sorprendida, mientras miraba su reloj —. Llevamos aquí todo el día, Nerea.

—El último, pod-fa —respondió la niña, poniendo cara de pena —.

Quie-do que Jota se monte conmigo una vez.

—¿Dónde? —preguntó Jota regresando de nuevo a la conversación.

—En el labe-dinto —dijo Nerea convencida.

—¿En qué laberinto? —preguntó Jota extrañado.

—En el labe-dinto de espejos —indicó la niña, señalando hacia la atracción que tenían justo frente por frente.

Todos siguieron con la mirada la indicación de Nerea y observaron la vieja atracción del laberinto de espejos.

Una marquesina metálica plagada de bombillas, que se encendían y apagaban en una simple sincronía ondulante, cubría el laberinto de cristales enmarcados en frías luces de neón que contrastaban con la calidez de la estructura exterior. La liviandad de los cristales de espejo provocaba una curiosa ilusión óptica, haciendo parecer que la marquesina, con forma de pagoda, flotaba en mitad del campo de albero. La atracción estaba

sobrelevada aproximadamente un metro y unos escalones de acero corrugado salvaban el desnivel entre la tierra y el laberinto de los cristales de espejo, que parecían flotar apoyados en una base metálica pulida que potenciaba el efecto de los reflejos de las luces de neón tanto en la base como en el techo. Desde fuera se podían apreciar algunas figuras de las personas que deambulaban en el interior y que se iban haciendo menos visibles a medida que iban atravesando las capas de cristal que les separaban de la salida, hasta que desaparecían por completo, pareciendo meros espectros perdidos entre una vidriosa niebla.

—No creo que Jota sea capaz de entrar ahí — indicó Ángela, rompiendo el hipnótico momento de contemplación.

—¿Pod qué? —pregunto Nerea enfurruñada.

Jota se quedó extrañado ante el comentario de su madre y esperó atento la respuesta; intrigado por la explicación que iba a darle a su hermana y que él desconocía por completo.

—Jota tiene miedo a los espejos —apuntó Ángela, mirando a su hijo.

—¿Ah sí? —exclamó Jota asombrado—. Primera noticia.

—¡No! Jota no tiene miedo a nada —expresó Nerea.

—Cuando era pequeño se perdió en uno de esos laberintos de espejo.

Uno justo como ese. Y desde entonces les tiene pánico.

—No lo recuerdo.

—Eras muy pequeño.

—Bueno, si no lo recuerda será porque habrá superado ese miedo, ¿no?

— indicó Víctor, mirando muy serio a Ángela.

Ángela se removió en su silla muy incómoda y miró a Víctor con intención de reprocharle su intervención.

—Pero mejor será que no vuelva a recordarlo, ¿no crees? — comentó Ángela, con una risa nerviosa que delató una cierta intranquilidad.

—Vaya… parece que hay muchas cosas que no recuerdo de cuando era niño, mamá.

—Es normal olvidar cosas —masculló Ángela sin levantar la vista de su hamburguesa —. Incluso es bueno… para avanzar… dicen.

—Pe-do yo quie-do id ya al labe-dinto… —suplicó Nerea.

—Yo voy contigo, cariño —dijo Víctor, alargando su mano hacia la niña.

—No, voy yo con ella —anunció Jota, cortando a Víctor mientras se ponía de pie y agarraba la mano de su hermana —. Vamos.

Jota sacó dos entradas en la taquilla coronada con un cartel luminoso plagado de lámparas que anunciaba el auténtico «Laberinto de espejos Fisher», y con la advertencia, en forma de papel pegado con cinta adhesiva, que indicaba que los menores debían ir acompañados de un adulto.

Jota y Nerea subieron los cuatro escalones que salvaban la altura de la estructura con el suelo, y tras darle la entrada al encargado, accedieron al laberinto por el primer hueco sin cristal de la fachada, coronado con la palabra «ENTRADA» retroiluminada.

Una vez dentro del primer pasillo, compuesto por una sucesión de cristales de espejo encajados en una liviana estructura metálica de acero galvanizado, Nerea cogió de la mano a su hermano.

—No tengas miedo —dijo Nerea, con una seguridad y madurez impropias de su edad —. Agaddate a mí pada no ped… ped-dedte.

Ambos avanzaron emocionados por el pasillo, observando sus caleidoscópicos reflejos, hasta que se encontraron la primera bifurcación.

Jota se dejó guiar por su hermana, que había tomado la iniciativa y avanzaba tirando de él como si de un cachorro asustado se tratara. A medida que iban adentrándose, las referencias visuales con el exterior se iban perdiendo y la orientación empezaba a ser víctima de los efectos ópticos. Desde el interior los cristales eran totalmente reflectantes y no generaba el mismo efecto traslúcido que ofrecía desde el exterior. Nerea seguía avanzando y tirando de su hermano, a penas sin pensar qué camino elegir en cada cruce.

—¿Estás segura de que es por aquí?

Jota intentaba poner a prueba la orientación de su hermana, jugando al despiste y tirando hacia otro camino. No se habían cruzado con nadie aún, pero debido al efecto de los reflejos, daba la impresión de que había más gente moviéndose en otras direcciones.

Nerea fue aumentando la velocidad y tiraba de su hermano cada vez con más fuerza y decisión.

—¡Pod aquí!

La niña hizo un giro en seco de 180 grados, metiéndose en un pasillo paralelo al que estaban en ese momento, lo que provocó que Jota chocara con el espejo que tenía delante y que soltara la mano de su hermana para comprobar que no se había hecho daño en la nariz. Nerea siguió avanzando sola y cuando Jota se asomó al pasillo paralelo ya no vio el reflejo de su hermana por ninguna parte.

—¿Nerea? ¡Espérame, Nerea!

Jota escuchó los pasos de su hermana y una risa que poco a poco se iba alejando por alguno de los pasillos contiguos. Puso las manos por delante para no volver a chocar con su reflejo e intentó adivinar el camino que había seguido su hermana. Al llegar a un nuevo cruce la iluminación se hizo más tenue, donde las barras de neón y los fluorescentes daban paso a unas pequeñas luces de led empotradas en la chapa metálica del techo.

—¡Nerea! ¿Dónde estás?

—¡Estoy aquí! —respondió la niña—. ¡A ved quién llega antes a la salida!

Jota escuchó los pasos de Nerea en el pasillo paralelo y buscó la entrada palpando con las palmas de sus manos.

—¡No corras! ¡Te puedes chocar!

Jota siguió avanzando lentamente acompañado de su reflejo, cada vez más oscuro. Observó su cara y se percató de que le corría un hilillo rojo de sangre por la nariz. Se limpió con la base del dedo pulgar y notó un leve pinchazo de dolor en el cartílago. Continuó avanzando y, al hacer el siguiente giro obligatorio, vio a su hermana que parecía perdida, dando vueltas sobre sí misma. Jota avanzó hacia Nerea pero se topó de frente con un cristal transparente que los separaba. Golpeó el cristal para llamar la atención de su hermana y ella miró hacia donde procedía el sonido, pero parecía no ver nada.

—¡Nerea! ¡Estoy aquí! —dijo Jota, tocando de nuevo el cristal.

La niña acercó su cara al cristal, puso las manos alrededor de los ojos e intentó ver lo que había al otro lado.

—¿Jota? ¿Dónde estás? —preguntó Nerea extrañada.

—¿No me ves? Yo a ti sí —indicó Jota poniendo su mano en el lugar donde estaba la cara de su hermana.

—¿Me ves? Yo no te veo —dijo Nerea, alejándose del cristal —. Me veo yo. Es un espejo.

—Espera que voy donde estás —indicó Jota.

Jota rodeó el pasillo y al girar se encontró con otro nuevo pasillo de espejos, pero no había rastro de su hermana. El efecto del reflejo le daba un aspecto infinito al espacio, pero sabía que solo era un truco, un efecto óptico.

—¿Nerea? —preguntó Jota extrañado.

Jota siguió avanzando por el nuevo pasillo hasta que se encontró un cristal transparente, de las mismas características que el anterior, y por el que pudo ver de nuevo a su hermana, pero esta vez más alejada de él.

Volvió a tocar con los nudillos la superficie, pero vio que su hermana avanzaba hacia otro de los pasillos y se perdía entre los reflejos. Jota dio un resoplido de desesperación y miró a su alrededor, arrepintiéndose por momentos de haber entrado en aquella atracción.

—Joder… —masculló Jota.

Y cuando volvió a fijar la mirada hacia el lugar donde había visto a su hermana se topó con una sombra que atravesaba el mismo camino que ella había hecho un momento antes, y esta sombra al poco desaparecía por el mismo lugar. Extrañado, comenzó a andar de nuevo hacia ella, con el paso acelerado, y palpando las paredes de espejos, intentando encontrar el hueco de salida hacia el pasillo donde la había visto por última vez.

—¿Nerea? ¿Dónde estás? —preguntó Jota desesperado, pero sin obtener respuesta.

Jota giró la esquina, en otro de los cruces, y vio una sombra atravesando los espejos, justo detrás de él. Se quedó paralizado y se giró de golpe para ver qué había sido aquello. Se quedó un momento estático y observando en todas direcciones, pero no volvió a ver nada raro salvo su propio reflejo, repetido una y otra vez hasta el infinito. Al volver a girarse y continuar su camino, vio con claridad la figura de un hombre que desaparecía entre los cientos de reflejos fractales que generaba la esquina en la que se encontraba. Jota giró hacia un nuevo pasillo y siguió aquella sombra,

avanzando con ambas manos apoyadas en los cristales, ocupando todo el espacio a su paso.

Observó de nuevo la figura a lo lejos, al final del pasillo de cristal, y a medida que él avanzaba la figura iba alejándose al mismo ritmo. Jota aceleró el paso y le dio la sensación de que la figura seguía alejándose a la misma velocidad cuando, de repente, vio la imagen de Nerea y fue testigo de cómo la figura antropomórfica se acercaba a ella y le daba la mano.

Atisbó que ambos se alejaban y desaparecían entre los reflejos, por lo que empezó a correr tras ellos, chocando a gran velocidad con uno de los cristales transparentes y cayendo de espaldas por el impacto del golpe. Jota se quedó tumbado y perdió por un momento el conocimiento.

Abrió los ojos y de manera muy desenfocada observó como una figura indefinida, pero multiplicada decenas de veces, se acercaba hasta donde él estaba y le ofrecía la mano. Poco a poco fue recuperando la visión y su cerebro pudo definir la cara del encargado de la atracción, que con un gesto de extrañeza le intentaba ayudar a levantarse.

—¿Pero qué ha pasado? Menudo golpetazo te has dado. Ha retumbado en toda la atracción, no sé cómo no se ha roto el espejo — dijo el encargado, mientras se agachaba y le agarraba para incorporarlo—. ¿Estás bien muchacho?

Jota asintió, llevándose la mano a la frente por el dolor.

El encargado lo acompañó a la salida del laberinto, sin dudar en ninguna esquina y haciendo que el recorrido fuera como un pequeño paseo que no tenía ninguna complicación.

Fuera le esperaba Nerea, expectante, junto a su madre.

—Ya puedo bajar yo, gracias —indicó Jota avergonzado.

—¿Estás seguro?

—Sí, estoy bien —dijo Jota mientras bajaba los escalones metálicos y volvía a poner los pies en la tierra.

—¡Mira que tengo puesto por todos lados carteles de prohibido correr!

— espetó el encargado intentando deshacerse de cualquier atisbo de responsabilidad.

Nerea se acercó corriendo a su hermano y le dio un abrazo.

—¡He salido antes que tú! ¿Has tenido miedo? — preguntó Nerea, mirando a su hermano arrepentida.

—No —respondió Jota abrazando a su hermana —. Solo que creí que te habías perdido.

Jota y Nerea se acercaron a Ángela y Víctor.

Ángela y Jota intercambiaron una extraña mirada.

—¿Va todo bien Jota? —preguntó Ángela con cierta suspicacia —. Te lo había dicho…

—Parece que hay cosas que se olvidan y de repente… aparecen sin más

— contestó Jota clavando la mirada en su madre.

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