Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 12 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 12

Valentina apareció por el umbral de la puerta buscando con la mirada como si estuviera jugando al escondite. Encontró a Jota de espaldas, observando su propio reflejo a través de la ventana de la habitación. Se acercó a él de manera lenta y teatral, sin que se percatase de su presencia.

—Jota Gris Mota. ¿Qué hace usted aquí?

Jota se giró y sonrió en cuanto vio a su amiga con los brazos alzados, esperando un abrazo de su parte.

—Val…

Ambos se abrazaron y se mecieron mutuamente durante un largo rato mientras Valentina emitía sonidos guturales. La conexión volvió a ser instantánea, como si llevaran media vida viéndose a diario. Jota adoraba esa naturalidad que no había sentido nunca con nadie más, excepto con Olga.

Cuando se soltaron Jota le dedicó una mirada extraña:

—Parece que acabas de salir de trabajar de El Corte Inglés.

—¡Y qué coño sabrás tú! —respondió Valentina dando un giro sobre sí misma como una bailarina —. ¿Y esa sudadera?… ¿Es nueva? ¡Ah, no!, que es la misma pestosa sudadera que gastabas para ir a la facul…

—¿Y ese pelo…? ¿Por qué de rubia ahora?

—Porque me sale del papo… y ojito… que las perlas eran de mi abuela

— dijo Valentina, mostrando orgullosa su cuello—. A esta gente de Alerta 51 les gusta el estilo «bienpensante».

—No te había visto nunca con traje de chaqueta…

—Lo de la chaqueta y la blusa con el botón hasta arriba es porque tienen más miedo de ver un tatuaje que de ver una pareidolia.

—Entonces, ¿estás trabajando con ellos?

—¡Ajá! Soy la nueva becaria, guion, chica para todo.

—Joder, es genial. Me alegro.

—Y tú ¿qué? En serio… dime, ¿qué coño haces aquí? Cuando he visto que eras tú el que hacía las preguntas casi me da un parraque… ¿Qué haces en los Madriles? ¿No te habías ido a perderte por los peñascos de tu pueblo?

—He venido por cuestiones de trabajo, acompañando a Saúl Aranda.

Valentina abrió los ojos como si hubiese visto un fantasma.

—¿En serio conseguiste trabajo con él? Sabía que andabas metido con alguna televisión local, pero no tenía ni idea de que trabajases para él…

—Bueno, trabajar… lo que se dice trabajar… Más bien podríamos hablar de una colaboración, para ser más exacto.

—Vamos, que no te paga ni un euro, ¿no? ¡Desastre de profesión esta!

Ambos se miraron durante un momento sin poder aflojar la sonrisa.

—Me he estado acordando últimamente de ti — confesó Jota.

—¿Y por qué no me has llamado para decir que venías?

—Ha sido de imprevisto…

—Tenemos que quedar y charlar tranquilamente. Tienes que contarme tus movidas en Jálivas. ¿Hasta cuando estás por aquí?

—Hasta el domingo. ¿Qué haces hoy?

—Pues… después tenemos lo de la movida esta de la grabación del psicomanteum ese… pero mañana podríamos quedar.

Jota asintió y se quedó pensativo un momento. Aquella extraña palabra le devolvió de nuevo a la realidad.

—¿Crees que podrías hacer algo para que Saúl y yo podamos quedarnos a ver la sesión? — preguntó Jota con cautela.

Valentina le miró extrañada.

—Pero… Si Saúl Aranda está invitado a la sesión.

—¿Ah sí?

—Sí. Es uno de los invitados del programa de Alerta 51 la semana que viene.

Jota no pudo evitar tener un momento de elipsis que le distrajo de la conversación.

—Bueno, vamos a tomarnos algo. Tengo que hablar con la doctora Medina. Es un encanto, ¿sabes? Me he quedado flipada con ella.

—¿Crees que podrías presentármela?

—Pues claro. Vamos.

Valentina tiró de la mano de Jota y ambos salieron de la habitación.

Los pasillos se habían vuelto a poblar de gente, que charlaba y bebía por cada rincón de la casa. Valentina se filtró por los huecos, mientras buscaba con la mirada en todas direcciones. En un momento dado Valentina fue interceptada por la chica de producción, que le dijo algo al oído.

—Tengo que entrar. Están ya con el ensayo — dijo Valentina mientras desaparecía entre los asistentes.

Jota asintió.

Valentina entró en el salón y la chica de gafas cerró la puerta a su paso.

Jota se quedó con ganas de preguntarle si sabía algo más de la historia de aquella familia… su familia. Pensó que quedaría con ella, por supuesto, para descubrir algo más, o simplemente para que le acercase a la doctora Medina.

Fue hasta la cocina, donde habían preparado algunas bebidas servidas en vasos de plástico. Los muebles no parecían haber cambiado salvo por el color amarillento de las puertas de melanina, abiertas por las juntas debido a la humedad. El resto seguía igual: los mismos azulejos color crema y las baldosas de terrazo de grano grueso. Se preguntó quién habría vivido allí después de ellos. La oferta de bebida era escasa, pero le venía bien beber lo que fuera y que le ayudara a despejar y liberar la mente.

—Perdona —indicó Jota al muchacho del ojo extraviado que había sido su vecino —. ¿Queda cerveza?

Felipe, que colocaba una bolsa de plástico en un enorme cubo de basura, le miró y señaló hacia el frigorífico.

—Gracias —dijo Jota, dirigiéndose hacia el viejo refrigerador. No recordaba aquel frigorífico, y no supo si seguía siendo el mismo, aunque esperaba que no lo fuera.

Mientras abría una lata de cerveza se quedó quieto observando a su antiguo vecino. Le vino el recuerdo de alguna tarde de juego con él en la calle. Vaciló un instante cómo preguntarle para no levantar sospechas.

Prefería quedar como un periodista friqui a dar alguna pista sobre quién era en realidad.

—¿Vives aquí? —preguntó Jota, intentando aparentar no tener mucha importancia y tras darle un sorbo a la lata.

Felipe le miró (o eso pensó Jota) y se quedó inmóvil sin responderle a la pregunta. Jota no supo si fue arrogancia o si es que no le había entendido bien. Notó que le miraba de una forma ausente, casi meditativa.

—Van a empezar ya con la sesión —dijo Saúl desde la puerta que daba al distribuidor, rompiendo el silencio que estaba empezando a ser incómodo.

Felipe reaccionó y, tras colocar el cubo en una esquina, salió de la cocina.

—¿De quién es esta casa ahora? —preguntó Jota a Saúl.

Saúl dio un sorbo a su vaso y encogió los hombros.

—No sé. De alguna inmobiliaria, supongo.

Saúl se quedó mirando muy serio a Jota.

—¿A qué ha venido lo de antes? —le inquirió Saúl en un tono casi amenazante. Jota lo miró extrañado—. Lo de las preguntas durante la sesión

— aclaró Saúl.

—Mera curiosidad —respondió Jota para restarle importancia.

—Desde que hemos llegado te estás comportado de forma extraña.

¿Hay algo que tengas que decirme?

—No, nada. ¿Y usted a mí?

—Hay unas normas, muchacho. Estas aquí como representación de mi programa. ¿Eso te ha quedado claro?

—Sí.

Saúl tiro el vaso de plástico en el recién estrenado cubo de basura y antes de salir por la puerta se quedó parado y se giró hacia Jota.

—Me han ofrecido quedarme a ver la sesión que van a grabar para Alerta 51.

—Entonces… ¿Podemos asistir? —preguntó Jota, fingiendo sorpresa.

—Solo yo. Tú tendrás que buscarte otro entretenimiento — respondió Saúl tajante—. Me han dejado quedarme como una excepción. La sesión es a puerta cerrada, exclusiva para los de la cadena.

Jota asintió sintiendo una gran frustración.

—De hecho… Voy a asistir como invitado al próximo programa de Alerta 51 para hablar del tema — indicó Saúl orgulloso—. Me han hablado de una posible colaboración de forma regular.

—Vaya… qué bien, ¿no?… —Jota se quedó pensativo sin saber que más añadir.

—Mañana nos queda otro día completo de charlas e intervenciones.

Vete a descansar. Nos veremos por la mañana.

Jota se quedó viendo que Saúl entraba en el salón para reunirse con el grupo de elegidos. Allí dentro ahora estaba todo el equipo de Alerta 51; su jefe, Eric y Valentina, por lo que se apoderó de él una frustración inusitada.

Pensó que debía estar allí dentro también. Tenía más derecho que cualquiera de ellos.

Lo que había descubierto esa noche, en ese viejo apartamento de la avenida de los Descubrimientos, era mucho más importante que cualquier colaboración con Saúl Aranda, por lo que estaba dispuesto a arriesgar lo que fuera. Solo él sabía lo que estaba sucediendo realmente.

Jota se sentía con el derecho a asistir. Y pensó que justamente a él no lo podían echar de esa casa, donde él había vivido. Estaba decidido a enterarse de la verdad, costase lo que costase; a saber quién era él en realidad, aunque para ello se llevara por delante su trabajo, su futura reputación profesional o incluso la idea que tenía de su propia familia, y por tanto de sí mismo.

Se terminó de un trago la lata y la dejó sobre la encimera con cierta brusquedad. Al salir al pasillo, volvió a mirar hacia el salón y vio a Saúl hablando amistosamente con la doctora Medina y con el resto del equipo de Alerta 51. Observó a Valentina charlando y riendo con Eric, lo que le produjo cierta desubicación. La puerta del salón se cerró. Ya no quedaba nadie más en el apartamento.

—Tiene que salir ahorita mismo —le indicó su antigua vecina Delfina devolviéndole a la realidad.

Jota la miró esperando que le reconociera, pero Delfina se limitó a señalarle con un gesto la puerta y a cerrarla con violencia cuando ya estaba en el rellano.

Trató de recordar lo que la doctora Medina había comentado en la charla acerca del juego que él y su hermano hicieron frente a un espejo. No

recordaba nada, y mucho menos que su padre hubiese intentado hacerles daño. Aunque esto último explicaría el hecho de que su madre siempre les haya ocultado cualquier referencia al padre. A estas alturas nada veía con certeza y todo le producía dudas. La verdad pasaba por volver a hacer aquella sesión. Volver a hacerlo, para volver a verlo; entender a su padre y qué camino tuvo hasta su muerte. Tenía que saber cómo iban a realizar aquella sesión porque necesitaba descubrir la verdad. Si las teorías de Raymond Moody y su teatro de la mente eran ciertas, el psicomanteum le permitiría ponerse en contacto con su padre y, aunque no descubriera la verdad, al menos le serviría para de alguna forma poder despedirse.

De la puerta del piso anexo, salió Felipe, cargado con un par de paquetes de latas de cerveza. El joven, cerró la puerta como pudo y tocó con los nudillos en la puerta de enfrente, el piso de la sesión. Delfina le abrió y lo dejó pasar cerrando con suavidad a su paso.

Jota intuyó, por el silencio, que la sesión estaba empezando y, tras quedarse pensativo por un momento, vio que en el bombín el vecino había dejado por despiste colgadas las llaves. No dudó ni un segundo en abrir la puerta del apartamento de sus vecinos, y entrar en completo silencio. Sabía, perfectamente, de qué manera podría colarse en su antiguo piso y observar la sesión.

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