Una casa sin reflejos
Capítulo 57
Abrió la puerta Felipe que puso en su cara un gesto extraño al ver a su vecino Juan del otro lado. Delfina acompañó a Jota hasta el umbral dedicando a su vecino una sonrisa de absoluta normalidad.
Jota, agarrado a la cintura de Delfina, miró a su padre con recelo hasta que su padre le ofreció su mano y un semblante de serenidad y confianza al que no pudo negarse.
Juan insistió en invitarlos a todos. Iba a pedir pizza, pero Delfina le informó que ya habían cenado una buena ración de quesadillas que ella misma había preparado.
—¿Y qué habéis hecho? —preguntó Juan ya en casa, dándole un mordisco a la quesadilla que Delfina le había envuelto en papel de aluminio.
Jota elevó sus hombros desnudos antes de meterse en la bañera.
—Jugar… —contestó Jota mirando hacia el sumidero.
—¿Quieres que te acompañe? Pondré la toalla sobre el espejo.
Jota asintió, a la vez que sus ojos se ponían vidriosos y su expresión palidecía.
Juan tomó una de las toallas del estante y la colocó sobre las tulipas que coronaban el espejo de pared.
—Ya está —indicó Juan—. Vete desnudándote mientras voy a por la muda y el pijama.
—¿Y mamá? —preguntó Jota, mientras se desvestía, evitando, en todo momento, mirar a su padre.
—Mamá se va a quedar hoy con Yago. El hermano está bien y pronto volverá a casa. No hay de qué preocuparse, ¿vale? En cuanto vuelva iremos
al Museo de la Ciencia y al planetario, ¿qué te parece? Y empezaremos a pensar en tu cumpleaños, que quedan ya… menos de dos meses.
Jota miró a su padre a los ojos y su gesto tenso se fue relajando.
—Mientras yo esté aquí no va a pasarte nada, ¿me entiendes? Estoy para cuidar de ti. Cariño, eres lo más importante para mí. Lo sois tú y tu hermano.
—¿Le pusiste una tirita a Mayra? —preguntó Jota temeroso pero decidido.
—¿Cómo dices? —Juan se quedó petrificado ante la pregunta.
—Le pusiste una tirita aquí en el cuarto de baño. ¿Qué le había pasado?
Juan se quedó mudo y notó que le daba una bajada de tensión.
—¿Quién te ha dicho eso?
—El Señor Tiritas —contestó Jota con firmeza.
—El Señor Tiritas es un cuento que nos inventamos, Jota. El Señor Tiritas no existe.
—Tiene tiritas para Mayra. Me lo ha dicho en el espejo.
—¡Basta ya, Jota! No hay nada en el espejo — gritó Juan en un arrebato.
Jota, cabizbajo, volvió a centrar su mirada en el grifo, evitando el contacto visual.
—Vete duchándote… voy a por tu ropa —dijo Juan, tratando de calmar la situación.
Salió del baño aturdido. Había algo muy desconcertante en la mirada de su hijo cuando le había hecho referencia a Mayra. Aquella noche había encontrado a Mayra llorando en el cuarto de baño. Recordaba haber escuchado el rumor del agua sobre el lavabo y se levantó para comprobar si todo iba bien. Mayra se enjuagaba la muñeca porque le estaba sangrando.
Se conoce que mientras dormía se había hecho un rasguño con la cremallera del saco de dormir. Juan la había tranquilizado, lavándole la herida y colocándole una tirita en el arañazo. El recuerdo le hizo estremecerse al darse cuenta de que, posiblemente, fue el último que la vio con vida.
Juan tomó el pijama y la ropa interior de Jota, observándose en el espejo interior de la puerta del ropero de sus hijos. Se percató de que en el hueco inferior se encontraba una vela apoyada contra el marco inferior del armario empotrado. Juan recordó que los psicólogos habían conseguido que, tanto
Jota como Yago, confesaran que habían realizado una especie de ritual frente un espejo con una vela, para, según ellos mismos, ver a las personas cómo eran en realidad.
Allí abajo, junto a las cajas de zapatos, se encontraba el enclave de sus pesadillas. Juan se quedó pensativo y se sintió ridículo ante lo que se le estaba pasando por la cabeza, pero debía llegar al fondo de aquel juego antes de que sus hijos perdieran la cabeza.
Juan comenzó a sacar todas las cajas de zapatos, mantas y bolsas de ropa que pudo de aquel hueco inferior. Se sentó en el suelo y empezó a introducir las piernas y a recular para poder encajar por completo en aquel pequeño zulo. Agarró el junquillo interno del espejo con las uñas y cerró la puerta del armario por completo, hasta que quedó a oscuras. Juan sostenía la vela en su mano y comprobó que su mechero se hallaba en el bolsillo izquierdo de su pantalón vaquero. Antes de hacerlo chasquear, prestó atención un instante y escuchó el sonido del agua y el correr de la cortina de la ducha.
Volvió a sentirse ridículo, pero respiró hondo y quiso alejarse de su propia fe en la razón. Pensó en las palabras de Ángela y en la historia de Delfina con su hijo. Y como si de un mantra de algún libro de autoestima se tratara pensó que la única manera de comprender la vida, era viviéndola.
Quiso llevarlo a su terreno, por lo que aquel pensamiento, repentino e inesperado, debía guiarle para ayudar a sus hijos: la única manera de entender lo que alguien ha vivido es vivirlo también.
Juan encendió la vela con el primer chasquido de la piedra del mechero y observó su ondulante reflejo en el espejo. Notaba su corazón bombeando a toda máquina, haciéndole sudar y alterando su flujo sanguíneo. Colocó la vela en el suelo, observando que había ya otros restos de cera sobre el terrazo. De fondo, el agua de la ducha se oía como un mantra y Juan comenzó a hacer respiraciones conscientes al tiempo que miraba fijamente su desfigurado y titilante rostro. Pensó en las viejas películas y leyendas urbanas sobre espejos y no pudo reprimir una risita nerviosa.
Hasta lo que su raciocinio entendía, sospechaba que no existía aquel otro lado que fuese capaz de darle una explicación lógica a lo que sus hijos parecían haber experimentado. Sabía que todo debía ser fruto de una
sugestión, desde este lado real, a la que la mente de sus hijos había intentado dar una nueva dimensión para explicar el vacío que produce el miedo. Aquella proyección de esos temores debía haber salido de la mente inocente de Jota, agitada por la acumulación de una serie de acontecimientos que habían desequilibrado su realidad. La mente busca, de forma continua y refleja, un subterfugio para huir de lo que no comprende.
Un crío de cinco años no está preparado para entender por qué alguien de su propia edad puede llegar a morir. No son capaces de asimilar ese cambio de estado si aún no han dejado de creer en la magia. Los miedos, al igual que los cuentos o los caramelos, se comparten y se expanden de forma descontrolada, y es ese contagio lo que puede llegar a intoxicar las mentes más inocentes. La madurez, pensó, nos resta destreza, o agilidad mental, provocando que perdamos memoria y que se atrofien los sentidos; pero, a su vez, nos otorga la capacidad de alejarnos cada vez más de la importancia que tienen los miedos en nuestro día a día. La edad adulta ya no nos permite ver más allá de lo que enfocan nuestros objetivos y cansados ojos.
Pero Juan estaba equivocado en sus pensamientos. Toda la introspección y convencimiento se fue al traste cuando, tras su propio reflejo, allí en el espejo del armario apareció el Señor Tiritas, arrancándose uno de sus apósitos y ofreciéndoselo a modo de tarjeta de presentación.
A Juan se le puso la piel de gallina, y le afloró de nuevo una sensación de miedo y terror que de repente le hicieron remontarse al recuerdo oscuro de los días de su infancia, cuando tenía que esconderse en su propia casa para que su padre no le encontrara.
Sentir ese miedo paralizante en la madurez era para Juan una experiencia extraña y nueva. Se sentía de repente como un insecto que ha quedado atrapado en una tela de arañan y que espera ahora paralizado por el miedo a que esta venga a inyectarle su letal veneno con el que le sacará todos sus jugos vitales. Juan no podía moverse, sus extremidades no respondían a los impulsos nerviosos y su cuello se quedó rígido, a pesar de que tenía la sensación de que le daba vueltas sobre el tronco. Sus ojos no respondían a los impulsos automáticos del parpadeo y continuó observando a aquel ser que, poco a poco, dejaba ver su cuerpo ulcerado.
Aquel ser, que un día había salido de su imaginación sin más intención que calmar el miedo y las heridas de su hijo Jota, ahora estaba allí frente a él, mirándole. El Señor Tiritas se fue quitando todos sus apósitos y tras la abominable máscara que cubría su rostro, apareció la cara de un joven, rasgada y sangrante, que le observaba en esa ondulante oscuridad que restaba tras de sí en el reflejo. Aquel rostro le resultó desconocido, pero sus ojos seguían siendo los de un niño asustado. Unos ojos tristes que reconoció enseguida como los de Jota.
Su mente madura de persona mayor luchaba continuamente por convencerse de que todo aquello no era real. Pensó en que lógicamente estaba influido por la falta de sueño y descanso y quiso achacar la visión a esta causa. Al mismo tiempo comprendió que si sus hijos estaban aún más cansados y faltos de sueños qué no verían ellos. Quiso ponerse en su lugar e imaginar lo que supondría para unas almas inocentes como las de sus hijos tener aquel tipo de visiones.
Aquel rostro parecía pedirle auxilio, mientras de sus poros manaba sangre que se acumulaba en su cuello. De su boca balbuceante brotaban burbujas de sangre coagulada que quedaban pegadas en la comisura de sus labios.
Juan, aún paralizado, sufrió una angustia real por no poder ayudarle, mientras observaba que su propio reflejo ondulante agarraba del cuello al joven hasta dejarlo inconsciente.
Los sentimientos seguían pareciendo demasiado reales para considerarse una mera visión, hasta que un dolor intenso se hizo presente en su pecho y en su cabeza. El dolor se hacía cada vez más fuerte y agudo, reflejándose en su brazo como un latido. Juan pudo llevarse las manos a la cabeza intentando mitigar el dolor. Cerró los ojos y de una patada abrió la puerta del armario, que, del impulso, chocó contra la pared haciendo añicos el espejo enterizo que cubría todo su frente.
Juan salió del armario arrastrándose, mientras se agarraba el brazo.
Notó como el dolor se le reflejaba en la cabeza, haciéndole creer que su cráneo se encontraba roto por varias partes. El dolor hizo que perdiera el equilibrio y que cayera contra las esquirlas de espejo rotas y esparcidas por
el suelo de la habitación de sus hijos. En el reflejo de cada una de aquellas esquirlas continuaba la misma escena sangrienta.
Tras el severo y palpitante dolor de pecho, Juan pensó que estaba sufriendo un infarto y un chasquido sordo en su mente lo dejó sin conocimiento.
Cuando Juan recuperó el conocimiento se encontró con la mueca de preocupación cubierta en lágrimas de su hijo Jota. Su hijo estaba envuelto en una toalla y lo zarandeaba haciendo crujir los trozos de cristal bajo su espalda. El dolor había dejado un hormigueo similar al despertar de un brazo dormido. Miró a su hijo y le sonrió para que dejase de preocuparse por él. En aquel cruce de miradas hubo una complicidad inédita hasta ahora entre padre e hijo y no necesitaron decirse palabras para comprender lo que había pasado. Juan había logrado su propósito de entender lo que estaban atravesando sus hijos. Y supo que, de alguna manera que no entendía, estaba vinculado a un Jota adulto, cuya unión desencadenaría en un acontecimiento traumático para ambos. Debía ser una advertencia ante la que no sabía cómo enfrentarse o actuar.
—Tienes sangre —dijo Jota con la voz entrecortada.
Juan se miró el brazo y observó unos pequeños cortes, provocados por las esquirlas de cristal, que habían empapado su camiseta.
—No es nada, tranquilo. Vístete mientras recojo esto.
Juan se incorporó, aún aturdido tras lo que había supuesto todo un viaje emocional.
Mientras Jota se ponía su pijama de cohetes, Juan recogió los cristales, evitando observarlos en todo momento. Se puso unos guantes y arrancó los trozos de espejo que aún se habían quedado adheridos entre los junquillos de la puerta del armario. Metió todos los trozos en varias cajas de zapatos y tiró con ellas el resto de vela blanca que despegó del suelo.
—Ya no hay por qué tener miedo…
Jota asintió ante las contundentes y seguras palabras de su padre.
Deseaba que el hecho de romper aquel espejo supusiera el fin de las visiones y las pesadillas.
—¿Vas a ponerte una tirita? —preguntó Jota ya metido en la cama. En su voz se percibía el temor de quien en el fondo siente que está junto a
quien le atormentaba en sus visiones.
—No hace falta. Ya no hacen falta más tiritas. Duérmete. Yo me encargo.
Arropó a su hijo y salió del dormitorio con la bolsa de basura llena de cajas de cartón y cristal. Se detuvo en el umbral y observó a su hijo antes de apagar la luz. Una vez a oscuras echó un último vistazo a toda la habitación para asegurarse que ningún reflejo perturbara el sueño de su hijo.
Juan comenzó su gira por toda la casa para eliminar cualquier reflejo que les hiciera revivir aquella lúcida visión futura de nuevo.
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