Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 15 de 62

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Una casa sin reflejos

IV. El Reflector

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15

Se despertó con una mezcla de alegría y emoción por todo lo que la agenda del fin de semana le tenía preparado. Yago cumplía nueve años el domingo, día de Santiago, y Juan y Ángela accedieron a que las celebraciones empezaran desde el sábado. Los dos estaban de acuerdo en que se lo merecía, sobre todo teniendo ya delante las buenas notas con las que había terminado tercero de primaria.

La negociación concluyó con que visitarían el planetario el sábado por la mañana en familia y después irían a comer a un restaurante chino. La sobremesa la pasarían también juntos en el parque de las tirolinas y comerían un helado de tres bolas.

Sus amigos empezarían a llegar a casa por la tarde para la acampada planeada en el salón. Cenarían pizza y dormirían cada uno en su saco de dormir, para amanecer el domingo, el día de cumpleaños, todos juntos y desayunar tortitas con Nocilla. Comerían hamburguesa y merendarían tarta de galleta en el local.

Ángela y Juan se levantaron temprano para limpiar y organizar el salón de cara al zafarrancho de combate de la noche. Mientras Ángela retiraba los sofás para hacer hueco y acondicionaba el espacio, Juan salió a hacer la compra, querían tener todo solucionado pronto para poder disfrutar el resto de sábado ejecutando el plan sin estar pensando en lo que les venía encima a partir de la tarde noche, con sus hijos y los cuatro amigos de Yago en plena preadolescencia.

Era la hora de salir para el planetario y Jota se retrasó a propósito. Le encantaba el planetario, pero no le apetecía ir ese día. Cuando su madre se puso seria con él y le dio un ultimátum, Jota se arrastró por su cuarto y se puso el pantalón de pinza azul y los zapatos náuticos. Se tumbó en la cama

y colgó la cabeza por el extremo hasta ver su propio reflejo en el espejo interior del armario. La voz grave, con un tono seco y dictatorial, de su padre le hizo reaccionar. Se levantó de la cama, como si el cuerpo le pesara una tonelada, cogió su mochila y metió varios cómics dentro.

Ya en el planetario Jota no mostró interés por ninguna de las exposiciones. Pasó por la zona de las fotografías interactivas ausente como quien está sonámbulo. Una nueva sala, habilitada unos días atrás, recreaba la sonda Voyager 1, presentada como el objeto fabricado por la humanidad más alejado de la tierra. Una maqueta a escala del sistema solar rodeaba la sonda para dar una visión de la distancia que se alejaba de nuestro planeta.

En el punto inicial de la sala de hallaba un telescopio newtoniano, con la lente modificada, para que al mirar a través de él, diera la sensación de ver los planetas a una gran distancia. La didáctica propuesta por el planetario se basaba en buscar los planetas con la precisión que lo hacen los grandes telescopios de la tierra como el Hubble y situar la sonda en los límites del sistema solar.

Yago no paraba de hacerle preguntas a su padre, mientras ambos observaban a través de la lente del gran telescopio. Daba la sensación de estar pasando un día fabuloso y estar disfrutando de cada descubrimiento.

Jota no pudo evitar sentirse fuera de lugar, a pesar de querer disfrutar de la visita tanto como ellos. Un pensamiento le inundó la razón y por un momento fantaseó con que Yago no estaba allí; que ni tan siquiera existía.

—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó Ángela a Jota, tras verlo vagar sin rumbo y ya sentado en los expositores —. ¿No vas a mirar por el telescopio?

Jota negó con la cabeza de forma dramática.

Ángela torció el gesto y entendió que era una cuestión de celos, por lo que de forma disimulada se acercó a Juan para prevenirle. Juan no se había percatado hasta ese momento y se acercó a Jota.

—Oye Jota, ¿nos ayudas a encontrar a Plutón? Es tan pequeño que no somos capaces de localizarlo.

Jota siguió con la cabeza apoyada en sus palmas, deformando su cara como si pesara un quintal.

—Pero… ya habéis encontrado todos los demás planetas…

—¿Y por qué no empiezas de nuevo conmigo?

—Porque ya los habéis encontrado…

—Aún no hemos encontrado la sonda. Ven ayúdanos…

—¿Queréis entrar en la proyección? —dijo Ángela consultando el folleto —. Hay una sesión sobre la sonda Voyager… en quince minutos.

—Eso estaría muy bien. ¿Qué te parece Jota?

—¡Eh, papá! —gritó Yago desde el otro extremo de la sala —. ¡Ya he encontrado Plutón!

Jota volvió a apoyar la cara en sus palmas, dejando caer sus hombros de forma dramática.

Juan miró a su mujer y Ángela extendió su mano hacia Jota.

—Vamos a coger un buen sitio tú y yo.

Jota miró a su madre y le dio la mano, acompañándola hasta la puerta de la sala de proyecciones.

Juan y Ángela se sentaron, uno a cada lado de Jota, en los grandes sillones reclinados que permitían ver la bóveda celeste sin esfuerzo. El niño permanecía cabizbajo, dando la sensación de estar continuamente mirándose los pies. Quedaban unos minutos para la proyección y Yago aprovechó para ir a comprar una botella de agua.

—¿Has pensado lo que vas a hacer para tu cumpleaños? — preguntó Juan en un intento de animarle.

Jota negó con la cabeza, friccionando el pelo de la nuca contra el sillón.

—Pues hay que ir pensando en organizarlo — apuntó Ángela cómplice.

—Igual ya hay que ir avisando a los amigos que quieras invitar — dijo Juan mirando a Ángela.

—¿Y qué podríamos hacer? —preguntó Ángela, quedándose pensativa.

—Nada —masculló Jota enfurruñado.

—¿Nada? —dijo Juan con sorpresa—. Pues vaya cumpleaños más aburrido.

—¡Ya sé! ¡Podríamos ir a los toros! —dijo Ángela intentando ser convincente.

—¡Qué buena idea! —susurró efusivo Juan.

Jota empezó a torcer el gesto y a hundir la cabeza contra los hombros.

—O mejor, podemos hacer una excursión al Museo de Artes y Costumbres… Me han dicho que los trajes regionales son dignos de ver…

Ángela intentó no reír ante la ocurrencia de Juan.

—Que no… —dijo Jota, enfurruñado y con un leve hilo de voz.

—¿Y qué me dices de la feria de embutidos?

Juan dio una risotada sorda y se tapó la boca con el puño.

—Ofú, que nooo…

Jota miró a sus padres intentando fruncir el ceño, pero no pudo evitar que se le escapara una sonrisilla.

—Pues no sé… si no nos dices nada… —dijo Ángela con una cierta desolación dramatizada.

Jota se quedó en silencio un momento mientras sus padres lo miraban de reojo.

—Quiero… yo quiero venir con vosotros al planetario — dijo muy serio Jota cruzando los brazos.

Juan y Ángela desdibujaron sus sonrisas y se miraron durante un momento, volviendo a poner toda su atención en el niño.

—Pues vendremos al planetario, cariño —concluyó Ángela.

—Claro que sí —afirmó Juan, mientras tocaba la cabeza a Jota.

Yago apareció con la botella de agua y las luces de la sala del planetario empezaron a descender, dando comienzo la proyección del Voyager en su expedición a través del sistema solar.

Jota se agarró de las manos de su padre y de su madre con fuerza e intentó olvidarse de todo lo que le rodeaba. Observó la pequeña sonda separándose del vehículo de lanzamiento Titan IIIE, una vez que había alcanzado la altura precisa desde su salida de Cabo Cañaveral.

Intentó olvidar que era el cumpleaños de su hermano, olvidar las celebraciones que se iban a prolongar todo el fin de semana, la acampada a la que no estaba invitado. Intentó no recordar, pero no pudo, que al día siguiente le iban a regalar a Yago un telescopio. Había escuchado la conversación entre sus padres tomando la decisión de gastarse todo aquel dinero en ese regalo. Había sacado muy buenas notas y lo merecía, a pesar de que, con los gastos de la apertura de la tienda, no podían permitírselo. Y

sobre todo trató de no recordar las continuas riñas de los últimos días que estaban relacionadas con asunto de dinero, y que por esa misma causa no se podían permitir tener otro bebé.

Jota agarró aún con más fuerza las manos de sus padres y todo lo demás comenzó a desaparecer, adentrándose en la negrura del espacio.

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