Una casa sin reflejos
Capítulo 59
La policía no tuvo más que contrastar las declaraciones de las distintas fuentes con el historial de los niños por parte de los psicólogos; con transcripciones en las que el más pequeño de los hermanos afirmaba haber tenido sucesivas «visiones» en las que su padre siempre terminaba por hacerle daño, apretándole justo en el cuello.
El niño terminó por confesar, a los psicólogos infantiles, que había podido escapar del cuarto de baño a través del ventanuco de ventilación; encaramándose a la ventana del trastero, y poniendo su vida en riesgo para poder huir de algo que le acechaba tras el espejo cubierto de una capa de betún de lustrar zapatos. Una cara ondulante con los rasgos indefinidos de su propio padre.
La memoria parecía habérsele nublado, pero cuando Jota salió del baño, a través del trastero, se había adentrado en el salón y recordó haber visto a su padre, con el aplicador del betún en la mano, tintando todos los cristales de los cuadros colgados en las paredes; así como la pantalla de la televisión, incluso el cristal del gran ventanal por el que había terminado cayendo. A medida que su padre cubría la superficie reflectante del gran ventanal, llegó un momento en el que se había quedado paralizado, mirando su propio reflejo, con los ojos desencajados y observando algo, o alguien, que parecía ausentarle de su propia voluntad. Jota se había quedado inmóvil, observándolo; y, buscando refugio en su padre, se acercó a él, a pesar de ser la causa de sus temores, en un acto de irreprochable benevolencia.
Pero Juan parecía llevar ausente un rato, había dejado de un salto el lado de la realidad. Y nadie sabía lo que él podía ver desde ese otro lado, pero en el lado de la realidad tumbó contra el suelo a su hijo y empezó a apretarle con fuerza el cuello hasta hacerle perder el conocimiento. Tras los informes
del peritaje, todo hizo pensar, a los investigadores, que Juan, en un acto de lucidez, se había arrojado al vacío para no llevar a cabo su fatal acto.
Juan entró en coma profundo debido al severo traumatismo producido por la caída desde el segundo piso y que, milagrosamente, gracias a una cierta amortiguación de las ramas y de la gravilla de los alcorques de la acera, no había terminado con su vida. El diagnóstico tras las pruebas, descartó traumatismos internos ni órganos vitales afectados, pero las secuelas eran imposibles de predecir, al menos hasta que el paciente despertara del coma: múltiple traumatismo craneoencefálico, con hundimiento del occipital derecho, rotura de pómulo y mandíbula, rotura de vértebras T6 y rotura de cadera.
Era un milagro que hubiera sobrevivido a la caída y todos los médicos coincidían en que era muy poco probable que Juan se levantase de aquella cama.
La labor de los psicólogos infantiles no cesó durante la convalecencia de los dos hermanos, que permanecieron hospitalizados hasta que se determinó que ambos niños estaban preparados para continuar con una vida
«normal»; con un seguimiento periódico y una integración progresiva en el ámbito académico y social.
Convinieron que su apartamento actual no era del todo adecuado para una pronta recuperación y plantearon a Ángela la posibilidad de que los tres pasaran una temporada fuera de su entorno habitual.
Ángela, que había hecho del hospital su refugio, aún no había podido encontrar el tiempo suficiente como para asumir todo lo ocurrido. El relato de su hijo pequeño respecto al comportamiento de su padre la noche en cuestión, la había dejado fuera de juego. Los más oscuros temores se habían materializado y ya no estaba dispuesta a poner en peligro de nuevo la vida de sus hijos. Juan estaba en coma y debía tomar una decisión, por muy drástica que pareciera: hacer que sus hijos olvidaran aquel episodio de sus vidas y llevaran una existencia feliz bajo la capa de un olvido progresivo, o aferrarse a un muerto en vida, alguien a quien amaba pero del que no podía hacerse cargo a la vez y que suponía un peligro real para sus hijos.
A Ángela no le preocupaba que Juan pudiera despertar y que sus condiciones físicas fuesen, con toda probabilidad limitadas; lo que le
preocupaba era su estado mental, aquel estado ausente que Jota había descrito antes de que su padre le atacase. Si Juan salía de aquello, tendría que vivir alejado de sus hijos, tratado por especialistas mentales que controlasen algo que ahora mismo a Ángela le aterraba. La Policía había sido muy clara con ella y aquel acto sería llevado a la fiscalía.
Cada vez que los psicólogos hacían referencia de nuevo a la noche del betún, Jota entraba en cólera y empeoraba su situación, por lo que Ángela decidió poner tierra de por medio. Una mañana en la que hablaba con su madre se le escapó, delante de Jota, que Juan estaba en el mismo hospital que ellos, ante lo que Jota reaccionó como si le hubiesen marcado con un hierro ardiendo. A Ángela no le quedaron más dudas.
La madre de Ángela se encontraba muy impedida, era una mujer muy mayor y una chica se dedicaba a cuidar de ella después de que le diagnosticaran diabetes crónica, pero aun así era el único sitio al que podía ir con sus hijos. Desde la caída de Juan, había hablado con su madre más veces que en lo que iba de año, le rondaba la idea de irse a vivir con ella a Jálivas, idea que por supuesto tenía a la abuela entusiasmada. Lo dejarían todo organizado antes de pasar una temporada allí, incluyendo todos los permisos del hospital. En cualquier caso, y ante cualquier novedad con Juan, ella regresaría sola para hacer frente a lo que viniese y tomar las decisiones pertinentes.
Su madre la tranquilizó con respecto a la recuperación de los niños, indicándole que ella la ayudaría en lo que hiciera falta, corriendo con los gastos. Le habló de un centro especializado en el pueblo de Reinalto, del que tenía muy buenas referencias por una vieja conocida a la que había tratado una psicóloga llamada Lourdes Medina.
Previo a la mudanza Ángela debía encargarse, a su vez, de la anulación de los pedidos a proveedores y cancelar la apertura del negocio, lo que le obligaría a pasar un par de días en el apartamento antes de viajar a Jálivas con su madre. Pretendía permanecer lo menos posible en el piso de la avenida de los Descubrimientos, pero de momento, y hasta dejarlo todo cerrado, no tenían otro sitio a dónde ir. Delfina se había mostrado muy preocupada por ellos y dispuesta a ayudarles en todo lo posible, por lo que Ángela agradeció que su vecina se ocupara de los niños en sus ausencias.
—Es lo menos que podría hacer —repetía sin cesar Delfina, cada vez que se ofrecía a hacerles un favor. Intentando no mostrar demasiada culpa.
Yago y Jota disfrutaban pasando el día con Felipe. Les hacía gracia que aquella casa tuviese una distribución simétrica a la suya. Repetían continuamente que todo estaba al revés. Pero aun siendo las mismas estancias, los niños parecían sentirse a salvo; ya fuera por la decoración, por el olor o por el sutil cambio de la orientación y la iluminación.
Los niños comían, cenaban, e incluso se quedaron a dormir con Delfina y Felipe, mientras Ángela dejaba todo atado antes de su partida. Aún pensaba que ese distanciamiento con la casa y con el negocio o con Juan, sería solo algo provisional.
Nada más lejos de la realidad.
La mañana antes de su partida a Jálivas, una ambulancia hizo presencia delante del portal del bloque.
El señor Canales, había fallecido durante la noche por una insuficiencia respiratoria. El anciano vivía solo y Delfina se ocupó de los trámites del velatorio, así como de las labores de avisar a familiares y conocidos.
Ángela había dormido sola en su apartamento y se despertó por el jaleo tras siete horas de sueño ininterrumpido. Fue a buscar a sus hijos a la casa de su vecina y en el portal, Delfina le explicó lo ocurrido con Canales.
Ángela intentó mantener a sus hijos al margen de todo aquel jaleo, pero esa tarde, mientras terminaban de hacer las maletas, Jota se había asomado al rellano y observó a su vecina Delfina y a Felipe vestidos de negro. A Jota le había resultado extraño, porque nunca había visto a un niño con corbata.
El velatorio había tenido lugar durante toda la mañana y a primera hora de la tarde un coche fúnebre hizo presencia frente al portal.
Jota, alterado por el jaleo del rellano, bajó las escaleras hasta el portal y allí observó que unos hombres llevaban el ataúd hasta el coche fúnebre.
Delfina se percató de su presencia y se encaminó hacia él, pero Jota corrió escaleras arriba hacia su piso y cerró la puerta de un portazo.
Ángela tenía previsto salir muy temprano, dormirían los tres juntos en la cama grande, previendo que la noche pudiese ser movida. El solo pensamiento de revivir una noche como las que habían tenido lugar allí mismo una semana antes indujo un estado de ansiedad que la dejó sin
respiración. No podría volver a aquello, no sería capaz de soportarlo y preferiría conducir toda la anoche a tener que enfrentarse a aquel sentimiento que tenía incrustado en su cabeza y que sacaba lo peor de ella como madre.
Aún no había amanecido cuando empezaron a bajar las maletas. La noche había sobrepasado cualquiera de sus expectativas, ya que Yago y Jota durmieron abrazados a ella, tras la promesa de un largo viaje a una nueva casa.
Ángela echó un último vistazo al salón, con la persiana del ventanal completamente bajada. No había rastro de reflejos en toda la casa. Ella había peinado a los niños, pero no tenía ni idea de cómo sería su aspecto en ese momento. Ni le interesaba. No se había maquillado desde hacía ya muchos días y había recogido su pelo con una gomilla, al tiempo que suponía o esperaba que la oscuridad bajo sus ojos hubiera desaparecido.
Despidieron a Delfina y a Felipe en el portal. Ángela agradeció a su vecina toda la ayuda prestada en los últimos días y le pidió que cuidara del piso en su ausencia, dándole las llaves de su casa.
El abrazo de Delfina y sus lágrimas reconfortaron a Ángela, ajena a los verdaderos motivos de su emoción.
Al poner rumbo hacia Jálivas pasaron frente a un cementerio. El coche se detuvo al ponerse el semáforo en rojo y Jota miró por la ventanilla hacia la verja abierta del camposanto. Miró a su hermano y a su madre. No recordó la última vez que la había visto con el gesto tan relajado. No sonreía, pero era la expresión más parecida que se le asemejaba.
Jota volvió a mirar hacia el cementerio y vio un coche fúnebre como el que había visto aparcado frente al portal, y con la mirada perdida preguntó:
—Mamá…
—Dime, cariño.
—¿Papá se ha muerto?
Ángela se giró y miró a su hijo impávida.
El semáforo se puso en verde y, sin contestar a la pregunta, reanudó la marcha.
OceanofPDF.com