Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 42 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 42

—Está descansando en mi gabinete —dijo Lourdes Medina mientras cerraba la puerta de la salita donde tomaban sus descansos tanto ella como Belén, la recepcionista.

Carlos Navas escuchaba atento apoyado en la estrecha encimera sobre la que reposaba la máquina de café, sosteniendo en su mano la Moleskine abultada por un bolígrafo que hacía las veces de marcapáginas.

—¿Podemos hablar con él? —preguntó Carlos impaciente.

—Aún tardará un poco en despertarse, pero está dispuesto a hacerlo

— dijo la doctora Medina haciendo una pausa y buscando una reacción—.

Quiere llegar hasta el final para saber la verdad.

—Y… ¿cómo ha llegado hasta ti? —preguntó el presentador, acuciando su excitación.

Lourdes se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada.

—Yo lo traté cuando era pequeño en Reinalto y resulta que… estuvo presente en la sesión que hicimos el viernes pasado en las jornadas.

Carlos Navas no pudo disimular su asombro.

—¿Y qué hacía allí?

—Fue con Saúl.

—¿Qué?

—Pero no creo que Saúl supiera el paquete que traía, porque ni el chaval mismo lo sabía hasta que llegó a la casa. Este chico trabajaba de becario en el programa de Saúl en Jálivas y se lo trajo de acompañante a las jornadas. Al parecer, allí mismo empezó a recordar que había vivido allí antes… y, poco a poco, ha ido reviviendo todo lo que le había pasado de niño.

—¿Me estás diciendo que el niño estuvo en las jornadas sin saber que de lo que se iba a hablar era de su propia familia?

Lourdes asintió con una sonrisa que delató sus intenciones.

—¿No se tratará de algún fanático buscando notoriedad?

—No. Es él. Fue quien que se coló cuando estábamos grabando a puerta cerrada. Quería saber, por todos los medios, lo que había pasado aquella noche.

—¿Y no recordaba nada?

—Nada. Tenía cinco años… Su madre vino a mi consulta cuando yo trabajaba en Reinalto, y tanto él como su hermano mayor traían un cuadro traumático severo, que se remonta mucho más allá de la noche de la muerte de su padre. Esta parte no la conté en las charlas porque forman parte de la confidencialidad de la familia… pero, hay algo que nunca me llegó a contar su madre. Algo que ocultan y que se cuidó mucho de que sus hijos olvidaran. Al menos este, el hijo pequeño. Algo pasó esa noche. Algo que hizo que el informático se tirara por la ventana de su casa después de intentar hacerle daño a su hijo pequeño.

—Esa es la versión oficial.

—Sí, pero no hay información más allá de lo que yo recordaba de las sesiones con los niños y de lo que nos contó la vecina para el reportaje.

Creo que todo el mundo sabe más de lo que dice, pero ahora podríamos tener una oportunidad de saber la verdad.

—¡Haciendo una sesión con él!

—¡Exacto! Pero…

—Pero… ¡Ah! Larga fiesta, ¿qué quieres a cambio?

—Bueno, de la cantidad económica como adelanto hablaremos en tu despacho, pero además quiero un contrato que asegure que esta historia es mía — dijo Lourdes tajante—. Cada programa, artículo o referencia sobre este tema, derechos de publicación y difusión. Y, por supuesto, promoción de mi consulta.

Carlos Navas apuntó en su libreta mientras escuchaba atento a la doctora.

—¿Y qué hay de Saúl? Él conoce al muchacho.

—Saúl lo echó de su programa. Ahora es nuestro y no tiene por qué enterarse.

Ambos se miraron en silencio, pensativos, y Carlos Navas mantuvo la mirada todo lo que pudo hasta que tomó aire y cerró su libreta.

—Me pondré con mi equipo a redactar la sesión para hacer la grabación.

Será en el piso de nuevo, ¿no? Mandaré a Valentina Molina a hablar con la agencia inmobiliaria y con la comunidad de vecinos.

—Debe ser allí —dijo Lourdes Medina, mientras colocaba una cápsula en la máquina de café —. Y debe ser esta tarde. Ya le he dicho a Belén que cancele todas mis citas de hoy. Creo que no le podremos retener mucho tiempo y yo tengo que marcharme de nuevo de viaje.

—Y… ¿crees que saldrá bien? La sesión, digo. La del otro día fue…

Lourdes Medina miró a Carlos Navas y le sonrió tras pulsar el botón que encendió el motor de la cafetera.

—Vosotros redactad el guion, organizad la sesión con producción y preparad las cámaras. Del resto me ocupo yo. ¿Café?

Carlos Navas aceptó la taza de café sin poder evitar darle vueltas a la idea en su cabeza. En un momento se le habían acumulado más de una decena de llamadas pendientes por hacer antes del mediodía.

Valentina aguardaba en la sala de espera observando a la recepcionista en su entorno natural. Llevaba allí varios minutos pero se percibía tranquilidad en el ambiente. Carlos la había llamado, pero no le había contado nada, aunque intuía que tenía algo que ver con el tema del programa de la semana anterior. Carlos le había anunciado que podría ser un pelotazo. Valentina fantaseaba incluso con la idea de que detrás de aquellos cristales al ácido, enmarcados en la puerta que daba acceso a la consulta de Lourdes Medina, pudiera estar el protagonista de la historia real que había estado investigando durante días. El programa ya contaba con material suficiente y nuevas revelaciones que mantendría el interés de los espectadores, pero un testimonio de primera mano de algunos de los protagonistas reales supondría la guinda al que ningún share se podría resistir.

La recepcionista se levantó de su asiento ergonómico y entró en el baño sin apartar la vista de la pantalla de su teléfono. Valentina aprovechó para

acercarse hasta la puerta y tratar de divisar algo por el borde del cristal de ácido pegado al junquillo, donde quedaba una franja transparente que permitía ver el interior del gabinete.

Allí recostado sobre un sofá de tres plazas de cuero reposaba alguien de espaldas a ella, cubierto con una colcha de cachemir. Sobre la alfombra y junto al pie de madera del diván, reposaban unas viejas Converse y un macuto que reconoció al instante. Valentina se separó del cristal de la puerta y se quedó pensativa. Intentó quitarse de la cabeza la absurda idea de que quién estaba allí tumbado era su amigo Jota; pero entonces varios pensamientos empezaron a bombardearle a la vez: Jota colándose en la sesión de psicomanteum en las jornadas, Jota interesándose por la investigación del caso, Jota rompiendo el espejo de su casa. Valentina volvió a observar a través del cristal y ya no le cupo ninguna duda.

Lourdes Medina y Carlos Navas salieron de la salita haciendo algún comentario en un código imposible de entender, pero que parecía resultarles gracioso a ambos. Valentina se separó de la puerta de la consulta y volvió a sentarse como si fuese una niña a la que acaban de pillar copiando en un examen.

—Entonces… —indicó Carlos Navas cortando el comentario anterior y recobrando la integridad y la compostura de su imagen seria —, ¿podríamos quedarnos a trabajar por aquí? ¿No te molesta? ¿O prefieres que vayamos a la redacción?

—Sin problema, podéis ocupar la consulta de mi antigua colega. Ya no se usa salvo para separar a algunos familiares conflictivos o a parejas en vías de separación.

Lourdes dio unos pasos atrás en el pasillo y abrió una de las puertas que permanecían cerradas.

—Aquí tenéis espacio y una mesa para empezar a trabajar. Hoy ya no van a venir más pacientes y no os molestará nadie… Por cierto… ¿y Belén…? — Preguntó la doctora señalando el puesto de su secretaria.

—En el baño… creo —indicó Valentina, metiéndose en la conversación.

—Dile de mi parte que se tome el resto del día libre. No quiero que haya nadie ajeno a todo esto por aquí — dijo la doctora, bajando el volumen de su voz.

Lourdes invitó a pasar a Carlos Navas al despacho vacío, y este indicó a Valentina, con un gesto, para que se acercara también.

Valentina se levantó de su silla y miró de nuevo hacia la puerta acristalada del gabinete de la doctora. Intuyó, a través del vidrio, la silueta del cuerpo tumbado de Jota que descansaba en un diván; pensando que aquel no habría sido el primero en el que se había recostado en su vida.

Deseó que se tratase de otra persona. Porque si realmente era Jota quien estaba allí, se le planteaba un enorme dilema moral que en ese momento no sabía cómo iba a afrontar.

Carlos Navas se dedicó a hacer llamadas y Valentina fue apuntando todo aquello que su jefe le iba indicando. Lourdes Medina ya los había dejado solos trabajando y el presentador ya tenía la suficiente confianza como para no cortarse a la hora de hablar con los productores delante de ella. Valentina fue apuntando todas las cuestiones que se le iban ocurriendo a Navas y aquellas que ella debía aportar a la redacción del guion.

—Lo tenemos —repetía una y otra vez Carlos Navas a todo aquel que le contestaba a las llamadas.

Cuando hubo terminado todas las llamadas programadas en su cabeza, Navas, se sentó frente a Valentina e inclinó su cuerpo hacia ella, apoyando los antebrazos en la pulida mesa de Teka.

Valentina alzó la vista por encima de su cuaderno y esperó las indicaciones que estaban por llegar.

—El equipo se está preparando —dijo Carlos con cierta dosis de presión — y necesito que antes vayamos elaborando un perfil del muchacho.

Valentina escuchó atenta, tras haber sido testigo de las intenciones que tanto él, como los productores de la cadena y la propia doctora Medina, tenían con respecto a Jota.

—Elabórame una escaleta con preguntas para hacerle al chico antes de la sesión. Quiero saberlo todo: lo que recuerda de aquella noche; lo que sucedió después de que su padre se lanzara por el balcón; si tiene algún recuerdo de él; a dónde fueron él y su familia después de aquello; si recuerda a su padre; si recuerda haber jugado delante de algún espejo; si recuerda las sesiones de terapia con la doctora; qué sintió al llegar a aquel piso y descubrir… que él había vivido allí. Quiero saberlo todo, pero quiero

que sea muy fluido. No quiero que se bloquee porque seamos demasiado directos o incisivos… quiero que lo eche todo fuera. Y para eso necesito que lo prepares bien.

Valentina levantó la vista de la lista y miró a Carlos expectante; con ganas de salir de allí corriendo, con alguna excusa que la alejara de aquella situación a la que no quería enfrentarse.

—Hablarás con él en cuanto se despierte —continuó Carlos —. Quiero que seas la cara amable. Que lo vayas preparando para esta tarde. Quiero que sienta la absoluta necesidad de tener que hacer esa sesión para descubrir la verdad; para recordar lo que le sucedió a su familia; para liberarse al fin de su carga…

A Carlos Navas le había invadido una emoción incontrolada que le hacía parecer un directivo de la CNN.

Valentina sintió náuseas al experimentar aquella sensación que nunca antes había notado: haber roto el muro emocional con los entrevistados, intentando siempre distanciarse de su humanidad y que le permitía verlos como entes portantes de historias que ella misma se encargaba de esgrimir, sacando cada emoción en forma de palabra.

Valentina siempre había alentado a Jota a volver a sus orígenes para arreglar sus conflictos internos, pero nunca podría haber imaginado que alguien tan cercano pudiese haber vivido una situación parecida a la que ella había estado investigando; una historia, y una familia, con la que había creado una relación, a pesar de no haberles podido poner ni cara, ni nombres… pero que ahora no solo cobraban nombres y rostros, sino que descubría que había emociones y vínculos comunes desde hacía muchos años.

El conflicto le hizo sentirse indispuesta. Por primera vez en toda su corta trayectoria profesional sentía que lo había dado todo por el fin, pero había encontrado su línea roja.

—Necesito ir al baño… —se excusó Valentina.

—El muchacho está descansando en el despacho de la doctora Medina.

Puedes aprovechar para ver si se ha despertado cuando salgas del baño.

Valentina vomitó todo el desayuno. Había tirado antes de la cisterna y abierto el grifo para camuflar sus arcadas. Se refrescó la cara; colocó su

pelo rubio ceniza, echándolo hacia el lado contrario de su sien rapada y morena; se secó las lágrimas que habían brotado por el esfuerzo y miró su reflejo en el espejo. Tomó aire y se observó, a la vez que tomaba una decisión que tenía que ver con su carrera y con su amistad con Jota.

Salió del aseo, sacó su móvil y escribió un mensaje de texto a Eric:

«Necesito tu ayuda». Sin dar opción a réplica, Valentina, se metió en el despacho de la doctora Medina y cerró la puerta.

Lourdes Medina había aprovechado para ir a su apartamento, situado en el mismo edificio, y prepararse, con tranquilidad, para la sesión delante de las cámaras. Organizó su outfit y repasó mentalmente su discurso.

Iba a alcanzar su móvil para anular la cena con su hijo recién llegado de Argentina cuando este vibró sobre el mármol del lavabo. Lourdes se acercó al celular y vio que se trataba de una llamada de Saúl. Observó la pantalla inmóvil, con la mirada perdida, hasta que se giró de nuevo hacia su vestidor.

Saúl dejó un mensaje en el contestador de Lourdes y volvió a su equipaje. Terminó de hacer la maleta tras intentar contactar con Carlos Navas. No podía permitirse la habitación de aquel hostal por más tiempo y había decidido volver a Jálivas y esperar a que contactaran con él para el siguiente programa.

Durante el trayecto hasta la estación de autobuses marcó el número de Eric, con la esperanza de que este tuviese que volver a Jálivas por algún motivo. Pero Eric tampoco atendió a su llamada y tras buscar en la agenda de su terminal comprobó que no disponía del número de Jota.

El coche de línea abrió sus puertas y Saúl inició su regreso.

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